Google Maps se ha actualizado y permite ver la devastación de Gaza. Hospitales, zonas residenciales, pueblos enteros borrados, pulverizados. Más pruebas, por si tuviéramos pocas, del culto a la muerte que el estado sionista de Israel practica con la ayuda de Occidente. La utopía asesina de un mundo sin Palestina no tiene futuro, pero los que sueñan con ella gozan de impunidad para intentarlo.
UNICEF denuncia que más de 64.000 niños han sido asesinados o heridos en Gaza entre octubre del 2023 y octubre del 2025. La ONU dice que desde que se firmó el alto el fuego en ese mes de octubre del 2025 Israel ha asesinado al menos a un niño al día. ONU Mujeres registra en su web más de 38.000 mujeres y niñas asesinadas en esas mismas fechas, los dos años que van de octubre del 23 a octubre del 25. Miles y miles y miles. Son el reguero de sangre que deja la barbarie de un estado genocida, colonialista y criminal, son un punto de inflexión en nuestra historia reciente. Algunos nombres aparecen en los periódicos cuando detrás hay una historia que parece destacar del resto, como la de Mohammed Abu Al-Qumsan, que en agosto del año 2024 abandonó su casa en la localidad de Deir Al-Balah para ir a buscar el certificado de nacimiento de sus hijos gemelos Aser y Aisel y, cuando regresó, se encontró con que los niños habían sido asesinados junto con su madre, Jumann, y su abuela. Pero todos los demás tenían también un nombre y una historia, aunque no la conozcamos, miles de asesinados que eran tan importantes para los suyos como pueda serlo para cada uno de nosotros una madre, un padre, un hermano, un hijo.
Y a pesar de todo, Palestina no desaparecerá, la utopía de un mundo sin palestinos no sucederá, como no se materializó en ningún lugar salvo en su imaginación la utopía recurrente en el pensamiento griego antiguo de un mundo sin mujeres. Utopía masculina, se entiende. En diferentes lugares de su literatura soñaron los griegos con un tiempo feliz, antes de Pandora, en el que había hombres, pero no mujeres. Frente al relato de la creación en el Génesis, donde Dios crea al hombre y a la mujer, el mito griego de los orígenes sólo habla de la desgraciada aparición de la primera mujer, Pandora, porque el varón, imprescindible protagonista, siempre había estado ahí. Hay muchos matices en esta historia, sin embargo. Al fantasear con un mundo “sin mujeres”, no pensaban estrictamente en un mundo sin seres del sexo femenino, sino en un mundo feliz con mujeres, que no esposas, mujeres con las que satisfacer sus deseos sexuales, y diosas (unirse a una diosa es también un recurrente sueño griego) y en el que la cuestión de la procreación, la única pega que ofrecía este sueño, ya que un heredero era algo a lo que no se podía renunciar, se solucionaría sin necesidad de contraer matrimonio y meter en casa a ese desgraciado mal que son las esposas.

Esta utopía no era fácil de llevar a cabo, sólo Zeus había sido capaz de procrear sin ayuda (hasta cierto punto) de una mujer, al hacer a Atenea nacer de su cabeza. No puedo resumir aquí las ocurrencias estrambóticas que se plantearon sobre cómo tener hijos prescindiendo de las mujeres, pero la idea subyacente, aunque nunca explicitada, era que, si los hombres pudieran tener descendencia de otra manera, si se pudiera nacer de otra manera… ¿quizá se podría también morir de otra manera, o, mejor todavía, no morir? En la actualidad se escuchan voces que prometen la inmortalidad para dentro de no demasiadas décadas y, en ocasiones, percibimos en ellas ecos de aquellas viejas utopías de los autores griegos. Así lo sugiere, por ejemplo, Siri Hustvedt en su obra Madres, padres y demás: “La inteligencia artificial ha alimentado durante décadas el anhelo de trascender la reproducción corporal al dar a luz a niños nacidos del esfuerzo mental. Al igual que Zeus, a los científicos les nacerán vástagos conscientes de sus frentes reflexivas, sin necesidad de cuerpos femeninos”. La ciencia, como los antiguos mitos, sigue buscando al mismo tiempo reemplazar a la mujer en la reproducción y alcanzar la inmortalidad.
Con todo esto parece que me he ido muy lejos, pero no. La utopía de un mundo sin mujeres, que nace de la inseguridad y del miedo a la muerte, puede alcanzar una violencia extrema. La utopía de un mundo sin Palestina también. Asesinar a niñas y a niños, hacerlo a la escala a la que lo hace Israel demuestra un miedo cobarde. No hay nada más fácil que matar a un niño, nada más fácil y cobarde que golpear el cuerpo de una mujer. Cuando vemos, ya no en Gaza, sino a nuestro lado, a algunos hombres, siempre hombres, empujar brutalmente los cuerpos de las mujeres, ya se trate de profesoras manifestándose, ya de jóvenes tratando de impedir un desahucio, cuando vemos la violencia con la que las arrojan contra el suelo sin ni siquiera mirarlas, con el rostro oculto tras el casco, cuando vemos cómo esos mismos hombres, no todos, pero siempre hombres, acarician delicadamente otros cuerpos, las espaldas musculadas de los manifestantes de ultraderecha a los que sí miran a los ojos y con los que hablan mientras rozan su cintura con la punta de los dedos, o los acompañan un trecho, amarraditos los dos, espumas y terciopelo, cuando esto pasa, nuestros cuerpos, los cuerpos de las mujeres, tiemblan porque guardan la memoria de muchas utopías en las que los brutos se sueñan dueños del mundo.
Son y serán utopías que nunca se materializarán, pero la violencia que generan estos deseos frustrados, sea un mundo sin mujeres, sea el Gran Israel, dejan cifras inasumibles, como las más de cuarenta mujeres asesinadas en España en lo que va de año, punta de un iceberg de violencia, o las decenas de miles de palestinos asesinados en lo que va de genocidio. Y la única seguridad que tenemos es la que nos dan esas fuerzas y esos cuerpos amenazados, empujados y golpeados, de mujeres que aguantan y llevan cuidando la vida desde mucho antes de que nadie imaginara la pesadilla de un mundo sin ellas.



























