El halcón y el ruiseñor

Recomendados

Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

En Los Trabajos y los Días de Hesíodo se cuenta una fábula, la primera de la literatura griega conservada. Un halcón atrapa a un ruiseñor y, mientras vuela con él como presa, el ruiseñor se lamenta del daño que le hacen las garras de su raptor. El halcón le dice que abandone sus quejas, que ha caído en manos de un ser más fuerte que se lo comerá, o lo liberará, obedeciendo solo a su voluntad. Es un necio quien quiera enfrentarse a los que son más poderosos. Y ya está. Lo de añadir a las fábulas una moraleja forma parte de una tradición posterior, lo que cuenta Hesíodo es esto, pura y simplemente. Si yo pudiera aportar algo a la exégesis de esta fábula, que no es el caso, diría que me acuerdo de ella cada vez que escucho cantar a un ruiseñor. De cada cien veces que oigo su canto, logro verlo una, tan bien se esconde de posibles raptores uno de los pájaros más esquivos que conozco. Pero, volviendo a Hesíodo, tan arbitrario es el comportamiento del halcón como el de Jesús en la parábola de la higuera. Cuenta Marcos que Jesús tiene hambre y se acerca a una higuera, pero, como no es tiempo de higos, solo encuentra hojas y entonces la maldice, la condena a no dar fruto nunca más y el árbol se seca. Mateo debió de quedar tan triste como yo por el destino de la pobre higuera, porque cuenta lo mismo, pero elimina lo de que no era tiempo de higos, en un intento, seguramente, de quitar violencia al episodio.

Sé que tanto sobre la fábula de Hesíodo como, muchísimo más, sobre Jesús y la higuera, hay cientos de páginas escritas, explicaciones, interpretaciones. Pero también es posible tomar las cosas como están, hacerle caso, de vez en cuando, a Susan Sontag y oponerse a la interpretación, que es tanto más extensa y alambicada cuanto menos gusta lo que el texto dice. La violencia, la arbitrariedad, la ley del más fuerte, todo esto existe. ¿Qué hacer?

Esta semana Francesca Albanese ha publicado unas imágenes que es imposible ver sin llorar: una serie de videos, de diferentes momentos y lugares, en los que colonos israelíes envenenan rebaños de ovejas en aldeas palestinas. Hay imágenes de cómo les hacen beber el veneno a animales que tiemblan al ser apresados por esas fieras como nunca un ruiseñor tembló bajo las garras de un halcón, imágenes de cómo patean al ganado en la cabeza, de los cadáveres que dejan tras de sí. Hay que ser un enorme saco de inmundicia para hacer esto, pero eso es lo que son los colonos y los soldados que los escoltan, los mismos que arrancan olivos milenarios. ¿Cuándo van a rendir cuentas por tanto veneno, por tanta cobardía, por tanta muerte?

Las palabras para hablar de los olivos y del ganado de los palestinos, sobreponiéndose con más o menos éxito a la ira, se encuentran. ¿Qué decir, en cambio, cuando la misma Francesca Albanese cita al doctor Nick Maynard, cirujano británico que ha realizado tareas humanitarias en Gaza? Maynar cuenta lo que ya hemos escuchado muchas veces, que Israel está cometiendo un genocidio en Gaza, que el número de niños asesinados y mutilados es proporcionalmente superior a lo que haya podido verse en ningún otro conflicto anterior, que los soldados israelíes no solo les disparan intencionadamente, sino que se ponen de acuerdo para apuntar un día a la cabeza, otro a las manos, otro a los genitales. Por diversión. Mientras los soldados del ejército de Israel se divierten, el doctor Maynar dice que no puede dormir. Dice que no puede olvidar a Habiba, una niña de once años a la que estuvo una noche entera operando para reconstruirle el esófago tras un bombardeo de las bestias genocidas. La operación fue un éxito, pero la niña murió de hambre cuatro semanas después. Maynar denuncia el genocidio, el hambre, la propaganda israelí y la complicidad de su gobierno, el británico.

Como en tantas otras ocasiones en las que he visto reportajes de médicos, trabajadores humanitarios, periodistas, juristas, me admira cómo denuncian un horror del que han sido testigos y víctimas. Me admira su valentía, pero tanto o más su capacidad para decir las palabras justas en lugar de escupir fuego.

Sobre este genocidio exhaustivamente documentado se escribirá mucho a lo largo de los años, pero por encima de las interpretaciones y de los análisis, por no decir de las justificaciones, que habrá miserables que las busquen, por encima de todo esto quedarán los hechos, la maldad en estado puro, la demostración de la vileza más extrema de la que es capaz el ser humano. No hay moralejas que extraer, nada que aprender. El halcón es una pobre ave que algo tendrá que comer, Jesús pudo tener un mal día, como cualquiera, pero ni el ruiseñor ni la higuera tuvieron que enfrentarse a bestias tan desalmadas como los sionistas, asesinos de niños, torturadores, brutos malnacidos que dejan seco y sin vida todo lo que tocan.

Actualidad

spot_img