Nuestras izquierdas apuran los plazos para anunciar su desacuerdo o su apaño. ¿De qué hablarán en unas negociaciones hasta las tantas del último día? Conjeturemos. Ayer en The New York Times un columnista comparaba a Trump con Neville Chamberlain. Lo más famoso que hizo aquel primer ministro británico fue aceptar que Hitler se apropiara de una región de Checoslovaquia para apaciguarlo y evitar la guerra. Como predijo Churchill, primero fue el deshonor de la cesión y después la guerra. Ahí sitúan a Trump, porque está entregando Ucrania a Rusia a cambio de su gasoil. La broma de Irán, con los dos estrechos estrangulados, dejó el mercado seco de gasoil. Su precio sube y dispara el precio de los alimentos. La inflación puede desbocarse, Trump tiene elecciones y quiere abrir el grifo del combustible ruso, que fortalecerá a Putin en la guerra. La previsión de Thomas Friedman es que habrá más guerra y la inflación se disparará de todas formas. Y aquí también. Los malabares de Sánchez para paliar las subidas de precios no parecen ahora tan fáciles y el contexto político no favorece más excepciones ibéricas. Es muy probable que se disparen los precios. Hay que decidir dónde se ponen los amortiguadores. Se puede no hacer nada y dejar al mercado, es decir, que los muelles amortigüen la fortuna de los que más tienen y se degrade la vida del grueso de la población. O se pueden fortalecer los servicios básicos y poner cuantos impuestos a grandes fortunas sean necesarios y amortiguar el golpe para el conjunto de la población (¿no se levantó Europa tras la guerra de esta manera?). Esto tiene que ser política común para que, en estos tiempos donde todo es fluido e instantáneo, no se puedan escapar grandes empresas. ¿Será de esto de lo que discuten hasta el último minuto nuestras izquierdas? ¿Estarán dando vueltas sobre cómo trasladar con claridad un mensaje sintético de lo que viene y lo que hay que hacer? ¿Estarán eligiendo esos dos o tres temas a los que se reducen las campañas electorales exitosas? No hablan de nada de eso. Ni de eso, ni de la vivienda, ni de la evasión fiscal, ni de las pensiones, ni del desmadre del poder judicial, ni de escarceos ultras de cuerpos armados. No hay acuerdo serio que no se firme en diez minutos. Cuando dura hasta el último minuto, es que hablan de rencillas, de chincha rabiña y de sillones de la lechera. Inflación en ciernes, amenazas de involución, acampadas, la gente movilizada y hasta organizada; y las izquierdas flotando en corrillos sobre el país como el aceite en el agua, sin cordón siquiera con esa población movilizada. Lo que viene después de esto es un mensaje reducido a tópicos ideológicos y creer que unas frases manidas de pancarta son propuestas y son política. Cuando uno se devana en tacticismos y en personalismos, al llegar a las cosas serias a uno le falta práctica.
Sumar incorporó a la mayor parte de Podemos 1.0. Pero, no solo pensó que no hacía falta Podemos, sino que cortó todo hilo histórico con Podemos, sin llegar a formar un movimiento, cuando habían integrado a la mayor parte de un movimiento. Así, Sumar fue la pequeña piedra sólida de IU envuelta en gas y vapor. Su imagen está tapada por Sánchez, sin sobresalir por lado alguno. Podemos está cometiendo un triple error. El primero es no ser realistas con su apoyo electoral. En las generales de 2019, Unidas Podemos consigue 35 escaños. Cuando Sumar lo engulle todo, la cosa baja a 31. Parece que sumando, se resta. Pero no fue así. En 2019 hubo unas elecciones autonómicas y municipales, donde Podemos perdió todos sus diputados y todos sus concejales. De ahí hay que partir. El invento de Sumar fracasó, porque solo «recuperó» 31 escaños del cero absoluto del que venían en las municipales. El apoyo de partida de Podemos es de pocos puntos por encima de Alvise.
Rufián gusta y, en momentos de melancolía, quien guste es un clavo ardiendo
El segundo error es sobrevalorar el impacto de Rufián. Rufián gusta y, en momentos de melancolía, quien guste es un clavo ardiendo. Pero Rufián se presenta por Esquerra, no por Podemos. Que él pida el voto para Podemos y aparezca en algún mitin no va a dar los votos que él tendría a Podemos. Si Podemos se presenta solo, tendrá los votos que Podemos puede sacar solo. La última vez fue en las municipales de 2019 y pocos cambios hubo desde entonces. Y fue cero. Si tiene alguna antena Podemos, detectará que la ilusión por el apaño con Rufián es toda suya, la parroquia izquierdista no está ilusionada. Y el movimiento de sacar jirones de IU en pactos puntuales no cayó bien. Podemos tiene un problema distinto del resto de la izquierda. El problema de la izquierda es la movilización, en parte por la insipidez de sus dirigentes. En contraste, el apoyo a Podemos es muy movilizado. Pero, a diferencia del resto de la izquierda, Podemos genera rechazo en capas muy amplias de la izquierda. IU, por ejemplo, tiene poco apoyo, pero cae bien a los progresistas que no los votan. Podemos puede estar incrementando ese rechazo. Y quizás no lo esté detectando.
Y el tercer error, de ellos y del resto de la izquierda, es creer que la izquierda va a votar a la izquierda. No parece que estén detectando que ahora la izquierda puede sentirse relativamente cómoda votando a Sánchez. En Sánchez es notable el efecto Pigmalión. Este consiste en la tendencia de la gente a ser lo que se le transmite que es. Se le dice a un niño que es sucio y malo y el niño tiende a no lavarse y a dar la lata. Las derechas se hicieron muy fachas, no toleran no tener el poder, desquiciaron las formas y cultivaron un odio fanático hacia Sánchez. Sánchez tiene imagen internacional (más que Macron y Merz), que, en las actuales aguas, es la imagen de quien sostiene el estado del bienestar, el que le dice a Netanyahu que Gaza es un horror y sobre todo el que se enfrenta a Trump, cuando nadie se atrevía. Con cuatro trazos, la prensa internacional hizo un líder resistente, izquierdista, odiado por los ultras y buen gestor económico. Y Sánchez se va haciendo lo que dicen de él. Dijo que el Parlamento tiene que parecerse a la gente de la calle y no a la de los aticazos; y dijo que necesita apoyo contra las élites. Él, que venía de Albert Rivera. Es duro de pelar y devuelve golpes, es posible que los esperpentos judiciales contra él lo refuercen. El crecimiento económico mantiene el hilo con la gente templada. Pero el efecto Pigmalión hace a Sánchez un voto aceptable para la izquierda. No parece que lo tengan en cuenta Podemos ni los demás. Y deberían, porque no es verdad todo eso que dicen de Sánchez.
El PSOE (Sánchez) y Vox arrancaron con tracción y superando lo que son ahora. La izquierda está tan ensimismada en sus egos, que espero que tengan una alarma en la agenda y no se les pase el día de las elecciones. El PP es un vodevil. Voces sueltas disparan a las pensiones, Inda dice que no sean indiscretos y que no se sepa lo que van a hacer, Ayuso da tumbos (en todos los sentidos) cada día y saca de quicio cualquier hoja de ruta electoral sensata. Feijoo se tiene que fajar para aparecer en alguna parte. Vox tiene poderosos vínculos internacionales. Desde el exterior está dibujada la horma de la derecha que debe gobernar España y tiene la forma de Vox. El PP entrará en ella solo tajándose y dejando virutas y jirones para entrar en el molde. Hasta que el guiñapo resultante se lo coma Vox.
Y el 3 de noviembre hay elecciones en EEUU. Hay tres posibilidades: que gane Trump y nos aprieten los aires reaccionarios; que pierda y se debilite el vendaval ultra; y que pierda, pero no lo acepte y dé pasos hacia la dictadura, y entonces quién sabe. ¿Tiene nuestra izquierda previsto todo esto y lo que hará en un caso u otro? Vox y Sánchez sí, la izquierda solo estará pendiente de qué izquierda ganó a qué otra izquierda. Solo se oirá a los más claros y más firmes. De momento, PSOE y Vox son los más reconocibles. El premio a la cutrez se lo están disputando PP e izquierdas. Ya nadie usa la palabra chachi. Se usaba a veces con ironía y a veces no. En el primer caso se refería a lo chungo y en el segundo a lo chusco. Así que … estamos en un momento muy chachi.





























