23 de Octubre de 1991: la huelga general que paró Asturies

Se cumplen 35 años de una histórica movilización sindical por la reindustrialización y el futuro de la comunidad autónoma.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

“Calles vacías, pueblos adormecidos, silencio en la mina. Por no haber, no hubo ni misa. Hasta los sacerdotes se sumaron ayer a la jornada de huelga general con el lema Todos por Asturias. Los sindicalistas no tuvieron trabajo: nadie había abierto. El Principado paró de cabo a rabo. Ni un sólo vestigio de que ayer hubiera sido miércoles al norte del puerto de Pajares, al menos hasta la tarde, cuando en Oviedo más de 100.000 personas pidieron en a calle la reindustrialización de Asturias”.

Así comenzaba la crónica de los periodistas Charo Nogueras y Javier Cuartas para el diario El País sobre la huelga general del 23 de octubre de 1991, un histórico paro que cerró Asturies para reclamar al Gobierno de Felipe González otra política industrial en una comunidad que enfrentaba entonces la crisis de sus sectores con más empleo: minería, siderurgia, construcción naval y fabricación de armas. Cuatro puntales a los que se unía otra reconversión, esta más silenciosa, la del campo minifundista.

El 23O, celebrado solo tres años después de la histórica huelga general del 14D de 1988, esta celebrada en toda España, llegó tras un reguero de conflictos y paros sectoriales y de comarcas. La confluencia de la crisis en HUNOSA y en ENSIDESA, empresas públicas que entonces empleaban a más de 40.000 trabajadores, posibilitó un efecto de arrastre sobre otros sectores más pequeños, así como sobre el conjunto de la sociedad asturiana. Un dato: la Iglesia asturiana, dirigida entonces por Gabino Díaz Merchán, llamó a secundar el paro, y aquel miércoles no hubo misa en las parroquias asturianas.

Portada de La Nueva España.
Portada de El Comercio.

Los hipermercados y grandes superficies tampoco abrieron. La huelga general logró un paro total sin necesidad de recurrir apenas a los piquetes. Solo en Xixón se produjeron algunos incidentes menores. El historiador Rubén Vega destaca la transversalidad de la movilización y la capacidad entonces de los sindicatos de clase para ser percibidos como “intérpretes de los intereses regionales”. Incluso parte de los empresarios y de la derecha asturiana se subieron al carro. El siempre astuto Gabino de Lorenzo, recién elegido alcalde de Oviedo por el PP, llegaría a ofrecer en un bando municipal las calles de la capital asturiana a los sindicatos para que pudieran manifestarse libremente en ellas. El tratamiento de la huelga por parte de los dos principales medios escritos fue igualmente exquisito.

Para la derecha política, mediática y económica, apuntarse al “Todos por Asturias” tenía todo el sentido. En parte por desgastar al PSOE, pero también a sabiendas de que solo habría inversiones públicas para reactivar la economía asturiana si los sindicatos lograban arrancarlas al Gobierno de España. “La capacidad de los sindicatos de ser recibidos y atendidos en Madrid era entonces bastante mayor que la del gobierno asturiano” explica Vega.

“La capacidad de los sindicatos de ser recibidos y atendidos en Madrid era bastante mayor que la del gobierno asturiano”

Los sindicatos denunciaban que las políticas de Felipe González conducían al desmantelamiento de la industria asturiana, y defendían inversiones para una reindustrialización pilotada por el sector público. Nicolás Redondo, secretario de la UGT, acusaba al Ejecutivo, de su propio partido, de haber incumplido las promesas para una reindustrialización urgente de lo que entonces El País definía como “una región-problema” en la que un 60% de los jóvenes buscaba sin éxito empleo.

Dirigentes de CCOO y UGT el 23O de 1991.

Con su estilo habitual Felipe González calificaría de “batallita” la huelga asturiana, y criticaría a los sindicatos asturianos por convocarla: “No favorece un clima de reindustrialización”. La movilización, que no volvería a repetirse, inspiraría sin embargo otra huelga autonómica, esta vez en Cantabria, en marzo de 1992.

Rubén Vega apunta que la huelga asturiana se inscribe en una corriente de movilizaciones obreras contra lo que se llamó “segunda reconversión industrial”, y que tuvo sus episodios más importantes en la cornisa cantábrica, Asturies, el País Vasco, Cantabria y Galicia, donde en 1991 se acumulaban casi 60.000 trabajadores afectados por Expedientes de Regulación de Empleo. Vega señala no obstante que también se produjeron importantes movilizaciones en puntos meridionales como Cádiz, o Cartagena, Murcia, donde se llegó a quemar el parlamento regional por parte de trabajadores de los astilleros.

Un 1 de Mayo de principios de los 80 en Xixón. Foto: Luis Sevilla.

El historiador explica que las movilizaciones no lograron impedir el cierre de la minería, aunque sí retrasarlo, ni la privatización de ENSIDESA o Santa Bárbara, que pasaron a manos de multinacionales extranjeras. “Lo que lograron los sindicatos fue amortiguar el golpe con las prejubilaciones y los fondos mineros”. Para el historiador, profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu, lo mucho o poco que tiene Asturies en materia de infraestructuras, servicios públicos, atracción de inversiones o mejora de la calidad de vida, tiene mucho que ver con lo conquistado por un movimiento obrero que puso al Gobierno contra las cuerdas y le obligó a hacer concesiones en su plan de ajuste neoliberal del sector dependiente del Estado.

Asturies perdió gran parte de su empleo industrial en las dos siguientes décadas. Hoy apenas llega al 14%. Las movilizaciones y las políticas sociales evitaron el gran drama de los enclaves postindustriales británicos o del llamado cinturón de óxido norteamericano. No hubo doctrina del shock, sino una reconversión mucho más social y dulcificada, compensada por el acceso de muchos de los hijos de la clase trabajadora a la universidad y los empleos de más cualificación. Las políticas desplegadas no evitaron sin embargo dos de los peores augurios del sindicalismo aquel octubre del año 1991: una región con muchos jubilados y una gran emigración juvenil. Los sindicatos también lanzaron otro pronóstico: la reindustrialización no podía hacerse solo con la iniciativa privada. En eso también el tiempo les ha dado la razón.

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