“Si todo el mundo que dijo que fue a Green Day en Oviedo dijera la verdad, el concierto tendría que haber sido en el Tartiere”

Carlos Barral dirige una nueva edición de FIASCO, esta vez con el lema «Haz el humor y no la guerra».

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Xuan García Vijande
Xuan García Vijande
Comunicador, barman, músico. Redactor musical en Cuarto y mitad.

Es imposible empezar una entrevista con Carlos Barral (Oviedo/Uviéu, 1970) sin señalar algo evidente: cómo llega. Con sus características gafas de pasta, un sombrero de ala corta conjuntado con un guardapolvos, mimetizado con un Oviedo Antiguo color arena. Parece una especie de detective y de él se puede decir que tiene un gran olfato, porque después de décadas como profesional de la cultura, sus proyectos se han tornado auténticos éxitos. Casi 40 años —con parones intermedios— de El Cohete, diez con Rodrigo Cuevas y otros diez del Festival Independiente Asturianu sobre Comunidá Cultural —o FIASCO—. Esta fue la razón de nuestro encuentro, la justificación de un repaso a una vida entera dedicada a la cultura en los márgenes y que le ha merecido la pena, porque Carlos Barral no podría dedicarse a algo que aborrece y estar ocho horas trabajando en ello, «me moriría directamente».

La décima edición de FIASCO comienza ahora, en Mieres, del 5 al 8 de noviembre. En esta ocasión, el lema elegido es «Haz el humor y no la guerra». El tema lo vio claro: «Entramos en conflictos y empezamos a ver todos los días noticias en la prensa que fomentan, otra vez, la industria de la guerra». Y entre excel y excel, le sedujo el lenguaje poético y eso le ha llevado a publicar dos libros, el último ha sido «La vida va corriendo hacia los desagües» (Eolas, 2026).

Pero ahora nos vamos atrás, muy atrás. No hay un momento en el que Barral dijera que en ese momento se convirtió en quien sería el resto de su vida, movido más por el presentimo de la juventud. Desde pequeño le tocó arrimar el hombro: hijo de un confitero y un ama de casa, en el negocio de su padre, situado en la calle Alfonso III El Magno, siempre había algo que hacer. Echaba una mano a su hermano Toño en los inicios de la productora musical El Cohete, trabajando un sector en el que uno solo podía averiguar que ahí había una profesión por la vía de los hechos, mientras demostraba que la educación reglada no era lo suyo. De pegar carteles y coger el teléfono a organizar San Mateo en 1991, con un Gabino de Lorenzo que todavía no había comenzado a dinamitar el primer modelo de fiestas en las que participaron artistas de la talla de Camarón o Mecano. «Era un modelo en el que se mezclaban conciertos gratuitos y de pago con escenarios muy variados. Como todo funcionaba de puta madre, se lo cargaron al año siguiente». Un cambio radical que Barral juzga que fue a peor. Volvería a la organización de San Mateo casi tres décadas más tarde. En 2018, en el último San Mateo del tripartito de izquierdas, Barral y El Cohete (ahora Internacional) se encargaron de coordinar la programación musical de unas fiestas en las que participaron artistas tan variados como León Benavente, La Mala Rodríguez, Neneh Cherry, José James, Desakato o Celtas Cortos.

El siguiente año, el cambio de signo político en el Ayuntamiento se llevó por delante el cartel programado. Treinta y cinco años después, ese mozo que andaba pegando carteles es un hombre orquesta a quien no le importa organizar un festival, escribir un texto para una web, hacer un contrato… Lo que sea. Es en esa multitarea en donde encuentra el estímulo.

Carlos Barral. Foto: Pablo Lorenzana

Los 80 fueron efervescentes, así lo dice el director del FIASCO, pero avisa: aunque hubo cambios y fueron profundos, lo fueron para una minoría que avanzaba a machetazos en un Oviedo gris, con una faz muy decimonónica y monocolor que veía brotes de modernidad en la apertura de algunos locales en Altamirano o en el Rosal. Introducción atropellada, con bandas «malas» y donde el hambre por el futuro se saciaba con muchísima lentitud. Era alguien que viajaba a Londres. Era comprar un disco al mes y escucharlo hasta desgastarlo. Y eran las cintas grabadas, las playlist del momento. ¿Creatividad? «Creatividad la hay siempre, pero en lo que respecta a la calidad técnica, estamos a años luz de lo que había. La gente no sabía tocar».

En contraste con aquellos años, de la sequía informativa pasamos a una orgía de conocimiento; si antes los grupos eran como eran, ahora tienen una pericia que no poseían 30 años atrás; y para lo que antes necesitabas un equipo carísimo y difícil de transportar, ahora te vale un teléfono. Es otro mundo, uno en el que, según Barral, España «no tiene nada que envidiar» al resto del mundo. «Hay unos técnicos super cualificados y unas giras de la hostia».

«Creatividad la hay siempre, pero en lo que respecta a la calidad técnica, estamos a años luz de lo que había en los 80″

¿Sabíais que Green Day tocó en Oviedo? Pues sí. Los de Billie Joe vinieron a Asturias hasta en dos ocasiones, primero a Avilés y luego a la capital, donde ahora está el Tribeca. ¿Quién medió en ese desembarco? Fue una colaboración entre Barral Producciones, donde estaban Carlos y Antonio, e Ilusiones Frustradas, el proyecto de Javier Balsera. «Si todo el mundo que dijo que estuvo, hubiera estado de verdad, el concierto tendría que haber sido en el Carlos Tartiere. La verdad es que ahí habría, como mucho, 500 personas», bromea mientras recuerda que el trío californiano llegó en su furgoneta y cargaban ellos con el equipo. Those were the times, ah? Reconoce que aquello «fue un antes y un después». Mientras Green Day recorría salas de provincias, reventaba las ventas con Dookie, el disco que los catapultó al estrellato. Y así es como cree él que deberían ser las carreras: empezar en salas pequeñas, convocar poco a poco a más gente y tener un «crecimiento orgánico». Como el que tuvo Rodrigo Cuevas.

Cuevas y Barral, Barral y Cuevas. Su encuentro se produjo cuando el cabaretero de talla universal todavía tocaba en la calle y hacía espectáculos en locales minúsculos. Ocurrió en el festival Localidades Agotadas, en el desaparecido Local Paraíso, un espacio autogestionado surgido en el Oviedo Antiguo tras el 15M. Cuevas estaba en el cartel y a Barral lo habían invitado a recitar poesía con otras personas. «Era una risa y llamaba la atención, te quedabas con él pero ya». Después llegaría la vitalidad con Soy de Verdiciu. «Te ibas quedando con la copla». Entonces, Xuan Cándano le encargó una entrevista a Cuevas para Atlántica XXII, medio en el que colaboraba. Este encuentro, ya no fortuito, ocurrió en Avilés. Carlos se interesó sobre si alguien representaba a Rodrigo y después de la entrevista, le escribió y formalizaron. Han pasado 10 años. Una década de una alianza en la que la evolución ha sido «natural, constante y desde el primer día». «Acabamos de anunciar el Movistar Arena para el cierre de la gira. Hablamos de 15.000 personas».

Foto: Pablo Lorenzana

Preguntado por su agria polémica con el gobierno de Alfredo Canteli, por algunas salidas de tono procedentes del entorno del PP ovetense, Barral le quita hierro y celebra la posibilidad de que un artista pueda discrepar con un partido político o un gobierno mientras este le sigue contratando. «En Oviedo, Rodrigo y yo estamos en casa, con independencia de las discrepancias que pueda haber», añade a la vez que reivindica que el concierto que cerró las fiestas de 2026 no costó dinero al erario público. «El caché fue de 0 euros». Hoy en día, es indiscutible, Rodrigo Cuevas se ha convertido en un auténtico embajador de Asturies en España y, poco a poco, en el resto del mundo, porque ahí es donde pone Carlos Barral parte de su mirada, en la internacionalización de los proyectos.

Es 2026, es noviembre y comienza en Mieres el FIASCO, han pasado también diez años de la primera edición. También aquí fueron «aprendiendo» y «afinando la partitura». Del anterior año traen la voluntad más firme de que el festival sea cada vez más inclusivo, incluyendo interpretación de lengua de signos. El evento se plantea desde una posición crítica, porque «la cultura no es solo entretenimiento» dice Barral en un llamamiento a la reflexión mediada por este tipo de manifestaciones.

Esta es la vida de Carlos Barral Álvarez, ovetense, hijo de trabajadores que, en principio, solo tenían dos enciclopedias en casa; hermano de Toño, Juanjo y Bea… Una vida que merece la pena, movida por pasiones, por poesía y que le ha permitido estar desahogado e incluso criar a sus hijas.

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