Este artículo concluye la trilogía de escritos sobre el ascenso de los partidos pseudofascistas; en el primero explicaba las razones de su triunfo electoral y en el segundo artículo los motivos de su derrota en las urnas. Las personas volcadas en la teoría, como los filósofos, confiamos en que la mitad de un problema se solucione al analizarlo correctamente; posteriormente se verá cómo se resuelve la otra mitad. En el tema que nos ocupa, lo primero es desechar la ficción de que los asalariados de bajos ingresos constituyen un porcentaje minoritario o residual. Los medios de comunicación conservadores propagan el embuste de que la mayor parte de la ciudadanía integra la clase media con el fin de atraerse la simpatía de los peor situados; se esfuerzan tanto en ese empeño que algunos obreros acaban por creerse la patraña de que son clase media.
Cierto es que el capitalismo tecnológico ha incrementado en nivel de vida en los dos últimos siglos hasta el punto de erradicar el hambre en los países desarrollados, pero el capitalismo es incapaz de conseguir que la mayor parte de la población ascienda a clase media o, de lo contrario, al sistema le costará extraer beneficios; esto es, plusvalía. Tampoco los modos de producción anteriores consiguieron que el estrato medio fuera mayoritario, aunque el esclavismo estuvo cerca de conseguirlo al convertir a los esclavos en la principal fuente de trabajo para que los ciudadanos disfrutaran de bienes y tiempo libre. En particular, Atenas, Corinto y Esparta elevaron a una parte importante de su ciudadanía a un nivel medio de ingresos, lo que Aristóteles elogiaba como vía de estabilidad: se trata de la mesocracia.
Ahora bien, si se reconoce que un gran porcentaje de población pertenece a la clase baja, tanto a consecuencia de sus reducidos ingresos como difícil acceso a la vivienda, entonces los gobiernos deberán aplicar políticas que la favorezcan. El problema básico es que los sueldos reducidos han sido la norma en Occidente desde la década de 1990, en parte debido a que euros, dólares y libras son divisas con capacidad para comprar muchos bienes fabricados en China o México, lo que a su vez explica nuestro permanente déficit comercial con esos países; por lo tanto, los empresarios confían en que la importación de mercancías baratas compense la escasa retribución de sus asalariados. La consecuencia de tal medida es que la clase alta se enriquece de manera acelerada, pero sus empleados sobreviven con dificultades; a ello también ha contribuido el debilitamiento del poder sindical.
Sin embargo, los partidos socialistas y laboristas, en lugar de reconocer esta realidad, han aceptado la visión conservadora de que la lucha clases ha concluido y, en particular, que la clase trabajadora o baja se ha diluido. Al compartir ese error y propagarlo, no resulta sorprendente que los socialistas pierdan elecciones. Si esto no sucedió en España, en la convocatoria general ocurrida en julio de 2023, el motivo se debe a que el ejecutivo de coalición previamente aprobó medidas de protección de los desfavorecidos; en particular, un incremento importante del salario mínimo interprofesional (SMI). El gobierno de coalición se empeñó en esa subida pese a que Pablo Hernández de Cos, entonces gobernador del Banco de España, advirtió reiteradamente que la elevación del SMI aumentaría el desempleo. Sin embargo, el aumento de ingresos de los menos favorecidos impulsó su consumo y, con ello, el crecimiento de la economía y del empleo, lo que mostró que las advertencias de Hernández de Cos eran un desatino.
Un ejemplo en el sentido contrario lo proporciona Manuela Carmena, quien fue elegida alcaldesa de Madrid en mayo de 2015, al encabezar la lista de una coalición de izquierda. Sin embargo, Carmena perdió la reelección en 2019 porque, en lugar de llevar a cabo una política que favoreciera los barrios marginales, se dedicó a pagar las enormes deudas contraídas por sus antecesores en el cargo, todos conservadores. Tal desempeño decepcionó a sus electores, que el día de las elecciones se abstuvieron de votar.
Para proteger a la cuantiosa clase baja, así como a muchos jóvenes que se sienten abandonados por los gobernantes, es necesario que los salarios aumenten, al menos al paso de la inflación, así como la promoción de viviendas sociales y una generosa política de becas. Los gobiernos tampoco deben olvidar la ayuda a los países pobres para evitar que su población se vea obligada a emigrar; años atrás, esa política consistía en destinar el 0,7% de los ingresos a cooperación al desarrollo. Sin embargo, en la actualidad, muy pocos Estados occidentales alcanzan ese porcentaje; de hecho, la mayor parte de ellos ni siquiera menciona el 0,7% como requisito a cumplir para gobernar con justicia y dignidad.

La protección de la clase obrera también exige medidas reindustrializadoras o no habrá suficientes empresas para emplear a los desocupados. En virtud de tal necesidad, el Estado debe amparar a quienes se arriesgan a innovar mientras protege con aranceles algunas producciones nacionales. Por supuesto, los gobiernos también han de crear empresas públicas en sectores estratégicos, así como ayudar a la constitución de cooperativas. En el caso de los países pertenecientes a la Unión Europea, la protección abarcaría la producción europea, así que lo conveniente sería que Bruselas promoviera tales medidas. La política que se acaba de esbozar debe acompañarse de una subida de impuestos directos para financiarla; los aranceles aportan ingresos, pero resultan insuficientes para cubrir tantos gastos.
Lo que se acaba de exponer no constituye ninguna quimera puesto que, precisamente, esas medidas estuvieron en vigor durante las décadas de mayor prosperidad occidental: 1945-1975. En cambio, la globalización y desindustrialización, en aumento desde 1975, son responsables del empobrecimiento de la clase obrera y de las recurrentes crisis. Si la clase baja no es protegida por una política socialista que la considere parte de la comunidad entonces muchas personas seguirán apoyando propuestas pseudofascistas, puesto que sus líderes les prometen eliminar la competencia de los inmigrantes a la hora de buscar empleo y vivienda; por esa vía aseguran que los trabajadores nativos vivirán mejor.
Los pseudofascistas también propagan la calumnia de que la inmigración aumenta el porcentaje de robos, violaciones y narcotráfico, cuando resulta lo contrario: las personas emigran con el propósito de trabajar y prosperar, así que ellos suelen ser las víctimas de empresarios desalmados que se aprovechan de la necesidad de ingresos de los inmigrantes y su disposición a confiar en el país donde arriban; no obstante, la explotación sufrida por los inmigrantes raramente encabeza titulares de prensa. Por el contrario, las personas dispuestas a delinquir permanecen en su país porque conocen las rutinas policiales y los mecanismos ilegales para prosperar, pero ambas dinámicas cambian de un territorio a otro, así que resulta muy arriesgado emigrar con el único propósito de cometer delitos. Paralelamente, cuando los medios mencionan la delincuencia apenas informan de desfalcos, fraudes y evasión fiscal realizados por españoles que ya acumulan mucho patrimonio. En consecuencia, la delincuencia de los favorecidos resulta casi invisible para la población, pese a los graves perjuicios que provoca a la sociedad.
El resultado de las últimas elecciones en Estados Unidos, Italia y Argentina muestra que las sociedades occidentales se encuentran ante la siguiente alternativa: o bien los gobiernos implementan una política socialista o se impondrán medidas pseudofascistas; el neoliberalismo no entra en la composición porque es la ideología que ha desencadenado el malestar actual. En cierto modo, los problemas de la década de 1930 se repiten a principios del siglo XXI, puesto que la primera gran reducción arancelaria y la apuesta por las finanzas ocurrió en el tránsito del siglo XIX al XX; como se sabe, el proceso desembocó en la Gran Depresión de 1929. En el caso europeo, quizás la Gran Crisis ocurrió en 2008, pero el problema radica en que la situación económica de los desfavorecidos apenas ha mejorado desde entonces.



























