A las mujeres italianas se las felicita con un ramo de mimosas el día de la mujer. Las mimosas, que se atreven a florecer en los meses más crudos del año, y que anuncian la primavera con su exaltación de color en los días aún fríos y desapacibles de finales de invierno, simbolizan la fortaleza silenciosa que se necesita para ser mujer y no fracturarse en una sociedad que se ajusta demasiadas veces al ritmo de los hombres. La tradición, cuenta la historia, surgió al término de la Segunda Guerra Mundial, cuando la Unión de Mujeres Italianas (Unione Donne Italiane) celebró el primer Día de la Mujer en el año 1946 y eligió esta flor como distintivo de la jornada. Ese mismo día, Teresa Mattei, Rita Montagnana y Teresa Noce, tres políticas italianas vinculadas al Partido Comunista y a los movimientos antifascistas, llevaron un pequeño ramo de mimosas en sus solapas con la intención de conmemorar la fuerza, la valentía y el coraje de sus compañeras.
Aunque la tradición tiene casi ochenta años, no supe de ella hasta hace poco, cuando una compañera de trabajo, de ascendencia italiana, nos envió a todas las profesoras del departamento una tarjeta digital con un ramo de mimosas el Día de la Mujer. Como me gustan los símbolos, no he podido dejar de asociar desde entonces la grandeza de este árbol que ilumina de manera porfiada los días aún medio grises del mes de febrero con este mundo de mujeres al que pertenezco. Y no he podido dejar de preguntarme, a la misma vez, si esa solidaridad femenina que celebraban estas mujeres a mediados del siglo pasado y con la que se habían comprometido en sus luchas, podrá sobrevivir a los efectos devastadores de un sistema que nos quiere cada vez más separadas –también separados– y que no hace más que afilar la fragilidad humana al glorificar el individualismo.

Pienso entonces en las amigas con las que he conseguido crear una geografía de afectos incondicionales, con las que comparto proyectos e historias, con las que tengo la seguridad de poder cruzar aguas que no se cruzan con cualquiera, y siento que aún no hemos perdido ese léxico común que nos ha hecho llegar a donde llegamos. Pienso también en mis hijas, en las hijas de mis amigas, en mis alumnas, en todas esas muchachas jóvenes que me han ido arrastrado desde que son adolescentes a manifestaciones y protestas, y me alegra saber que el contrato generacional no se ha roto. Pero, más que en otras, pienso en mujeres como nuestras abuelas y madres que pusieron los pilares para que pudiéramos reconocer en la teoría lo que ellas hacían en la práctica, afanándose desde las orillas –desde los zulos, como diría la escritora mexicana Dhalia de la Cerda– para sostener un mundo que no siempre las sostenía, arrinconadas por las leyes de los hombres e invisibilizadas por las mujeres del cuarto propio; ese cuarto que no reclamaron nunca y que conseguirían, muy a su pesar, cuando de repente se quedaron viudas y se encontraron solas en una casa en la que todo el mundo que habían cuidado se había ido.
Soy una de esas hijas que se fue, siguiendo un camino que, no habiendo transitado, mi madre y mi padre habían trazado para mí. Por ese camino llegué a la universidad, una institución que en los 80 olía demasiado al campo del que una buena parte de nosotros venía, y en la que ser mujer aún ayudaba poco. Muchos de los gestos de machismo que pudimos haber sufrido durante aquellos años eran simplemente irreconocibles, y en las facultades de letras seguían formándonos únicamente con la voz de los varones. A nuestras madres, que trabajaban en la casa y en el campo, no se les reconocía económicamente su esfuerzo laboral como a nuestros padres, que empezaron a traer sueldos importantes en cuanto se fueron a trabajar a principios de los 60 a las fábricas, y en el espacio del saber no se reconocía la historia de las mujeres que seguía estando escrita con los caracteres rígidos del silencio. Yo podía comprar los libros que necesitaba para las clases, gracias a unas becas que Ensidesa les daba a los hijos de los obreros, y podía quedarme toda la semana en Oviedo gracias a la excelente administración que se hacía en casa con el sueldo, pero para llegar a ese punto en el que este sueldo de la fábrica nos empezó a beneficiar, ya habían pasado muchos años en los que mi madre, sin ningún sueldo, se levantaba temprano a catar las vacas y a prepararnos el almuerzo que tomábamos antes de coger el autobús para ir al instituto a Avilés. Muchos años acostándose tarde para acompañarnos a la noche cuando nos quedábamos a estudiar, pendiente de atizar la cocina de carbón para que no se enfriara la casa y aguantando el sueño como podía. Muchos años regalándonos tiempo para que pudiéramos ser la que ella no había sido, porque hasta cuando llegaban las vacaciones del verano, se nos invitaba a descansar para recuperarnos del curso. Y ese descanso nuestro habría que cubrirlo, principalmente, con el trabajo de mi madre. La idea del descanso era de mi padre, y a mi madre nunca se le ocurrió pensar que pudiera ser de otra forma.

En cuanto cumplió 60 años, y no le faltaban más que cinco para recibir la paga de la jubilación que le correspondía por la agraria, mi madre empezó a contemplar la posibilidad de que le dieran una jubilación anticipada por enfermedad. Algunas mujeres la habían conseguido y mi madre lamentó ocasionalmente que a ella, que le dolía muchísimo todo el cuerpo, el médico ni siquiera la escuchara. A mí me alegraba que tuviera que esperar a la edad correspondiente para cobrar, porque prefería una madre con salud a una madre con dinero, aunque entendía la necesidad que ella tenía de sentir ese pequeño poder que la independencia económica nos produce a todos. Cuando al fin cobró, su paga no representaba más que un tercio de la paga de mi padre, y mi madre, esculpida en la austeridad, no se quejó al respecto. Sabía que el dinero de mi padre era de los dos, y que el suyo había contribuido satisfactoriamente a incrementar los ingresos comunes de la casa, pero cuando mi padre murió, la desigualdad salarial de todos sus años productivos, de nuevo le acabó pasando factura a mi madre; como a tantas otras viudas que, además de verse obligadas a enfrentar esta soledad moderna de la vejez, tienen que seguir ajustando sus necesidades básicas a unos recursos que no siempre las cubren.
Las hijas y los hijos nos encargamos sin duda de que nada les falte, igual que ellas se encargaron en sus interminables días de dedicación de que nada nos faltara, pero la verdad es que no se trata de eso. Y porque no se trata de eso, y aunque pensar en toda mi tribu de mujeres me hace sentir más fuerte, me descorazona ver la situación de vulnerabilidad en la que muchas mujeres se han vuelto a ver, y me preocupa que esa comunidad que, con sus luchas, nos permitió llegar a donde hemos podido llegar se haya empezado a debilitar sin que tal vez nos estemos enterando. Para no terminar con una nota de pesismismo, en el que todavía no quiero caer, voy a aferrarme de nuevo a la imagen poderosa de esos hermosísimos árboles de mimosas que pude ver recientemente en Asturias, y pensar que, si estos árboles han sido capaces de asombrarnos con la resistencia y belleza de sus flores un año más, también nosotras podremos.



























