Insoportable: ni democracia, ni derecho, ni piedad

Muchas de las ideas que se repiten acríticamente sobre las raíces de Europa son fantasías ideológicas.

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

No ha habido una tregua ni un alto el fuego. Los sionistas han continuado asesinando como bestias en Cisjordania y en Siria. Y, en cuanto a Gaza, Israel no ha dejado de bloquear la entrada de ayuda humanitaria y, además, ha cortado la electricidad, de manera que la única manifestación objetiva del supuesto alto el fuego parece haber sido dejar, por unos días, de asesinar de manera directa. Indirectamente, el genocidio ha seguido adelante de pensamiento, palabra, un poco menos de obra, y omisión. Ahora ha vuelto el infierno, “esto es solo el comienzo”, ha dicho Benjamín Netanyahu, acusado de crímenes de guerra por la Corte Penal Internacional, aunque, por la impunidad que exhibe, no lo parezca.

La directora ejecutiva de UNRWA en España, Raquel Martí, se preguntaba, tras el intenso bombardeo del 18 de este mes, cómo podemos soportar que en 10 minutos asesinen a 404 personas, entre ellos 170 niños y niñas. En realidad, no podemos soportarlo, no lo soportamos, no podemos con este peso. Los crímenes en Palestina nos están hundiendo a todos. Los testimonios de los médicos que todavía quedan en Gaza sobre lo ocurrido la noche del 17 al 18 de marzo en la Franja, recogidos y difundidos por Médicos sin Fronteras, son insoportables. El objetivo de Israel no es Hamás, es asesinar brutalmente a todos los palestinos, dando prioridad a las mujeres y a los niños.

Que Israel no sea declarado un estado terrorista, que Netanyahu no sea perseguido hasta el último rincón de la tierra, que el comercio de armas con las alimañas genocidas no se haya cortado, que los periódicos apenas den espacio a un exterminio, una limpieza étnica como la que el ejército sionista está llevando a cabo en Palestina, que no seamos capaces de detener este horror ni de llamarlo por su nombre, supone el final de un cierto consenso en torno a las bases sobre las que se levantó Europa. Supone nuestro hundimiento moral.

Raquel Martí en el Edificio Histórico.

Es verdad que muchas de las ideas que se repiten acríticamente sobre las raíces de Europa son fantasías ideológicas. La primera de ellas, que somos herederos directos de la democracia griega. Se prescinde de los matices: no era griega, así dicho, en general, era ateniense, duró lo que duró y ni a las mujeres ni a los esclavos (sí, había miles de esclavos) se les permitía participar en la toma de decisiones. Pero el mero hecho de pensar que éramos una democracia de raíces milenarias servía, aunque no fuera apenas cierto, para mantener una apariencia y, sobre todo, en el mejor de los casos, una aspiración. Lo que uno se cuenta a sí mismo tiene un valor performativo, pensar que se vive en una democracia ayuda un poco a que sea verdad, por muchas imperfecciones que esa democracia tenga. ¿Alguien nos ha preguntado si queremos estar al servicio de la industria armamentística, olvidar cualquier aspiración a la paz, olvidar el derecho de asilo, dinamitar los restos del estado social? Argumentar sin mentir, dar la opción de debatir y decidir sería lo mínimo en algo parecido a una democracia.

Otra fantasía de este tipo, otra herencia de la que tenemos que estar muy orgullosos, se dice, es la romana, en concreto, el Derecho. En este caso, al menos en todo lo que afecta a los derechos humanos, esta herencia tiene ahora el mismo valor que si estuviera escrita en papel higiénico El Elefante y distribuida por las toilettes de las cancillerías europeas, o, muy especialmente, en la Casa Blanca y en la oficina del Primer Ministro de Israel. El derecho está, además, siendo pervertido cuando defender a las víctimas es peligroso (que se lo cuenten a los estudiantes de la universidad de Columbia) y abrazar a los victimarios algo rutinario.

Y en último lugar, las raíces cristianas. Si alguien ha escuchado a sus altos representantes, con la valiente excepción del Papa Francisco, decir ni pío del genocidio en Gaza, que me lo cuente. Otra cosa sería que en Israel se aprobara el matrimonio entre homosexuales, entonces quizá, sólo quizá, que estamos hablando de un estado que hace lo que le da la gana, la conferencia episcopal española arquearía las cejas. Pero si se trata de asesinar niños, adelante. También aquí la perversión es total, ya que los mismos que estrechan las manos asesinas dicen defender políticas “cristianas”, como Meloni, o Abascal. Por no hablar de lo que quiera que sea la “Oficina de la Casa Blanca para la Fe” que ha montado el colaborador necesario de Netanyahu, Donald Trump.

Ni Grecia, ni Roma, ni cristianismo. Solón y Pericles, Justiniano, Jesucristo, todos escupirían en la cara de los genocidas y de los que los jalean, todos ellos expulsarían a latigazos a los miserables que los invocan en vano.

El mito griego de las razas humanas, o de las edades del hombre, que relata Hesíodo en Trabajos y Días, contaba que una tras otra, la raza dorada, la de plata, la de bronce, la de los héroes, hasta llegar a la actual, la de hierro, se habían ido sucediendo, en algunos casos extinguidas por autodestrucción, pero en otros por voluntad divina. Era una especie de prueba de ensayo y error. En algunos casos, los hombres fueron tan bestias que se autodestruyeron; en otros fue Zeus el que no se quedó contento con el resultado, los fulminó a todos y realizó un nuevo intento. Historias como estas solían hacerme pensar en la brutalidad y arbitrariedad de Zeus, pero ahora más bien creo que, quizá, sus razones tendría. Sí, sinceramente, no sé a qué está esperando esta vez.

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