La Universidad de Oviedo me hizo pensar en el sello que ponen a las cartas los que todavía escriben cartas. Cuesta 89 céntimos. Y cuando es Amancio Ortega el que la envía, lo mismo: 89 céntimos. La Universidad de Oviedo acaba de provocar, por un lado, un choque de dos olas de buenas intenciones y, por otro, el bramido de la caverna. El Principado anunció que los estudios en esta universidad serán gratis, ya veremos con qué condiciones. Suena bien. Pero se oyen voces progresistas alarmadas por lo que parece una injusticia social, que paguemos con los impuestos de todos también los estudios de los ricos. Que sea gratis para gente humilde se entiende; que lo sea también para los ricos parece un despilfarro. La universidad no es un sello de 89 céntimos. También suena bien. La caverna suelta sus flemas y dice que nuestra universidad es un estercolero que ni gratis puede competir con las privadas. La financiación de la universidad es compleja, porque es compleja su gestión y porque chocan muchos principios y la frontera de lo justo y lo injusto se hace escurridiza.
Siempre es bueno echar un ojo alrededor para sacudirse apocalipsis y señales del fin del mundo. Según datos de WorldEdx, CursosyPostgrados, EuropeDirect de la Comunidad de Madrid o Collegedunia, entre otros, los estudios universitarios dentro de Europa son gratuitos en Alemania, Escocia, Finlandia, Suecia, Noruega, Austria, Grecia, Polonia, Eslovaquia, Chequia, Malta y Chipre. En muchos de ellos la gratuidad abarca incluso a los estudiantes extranjeros. EEUU es el país del mundo donde, por término medio y teniendo en cuenta que hay fuertes diferencias de unas universidades a otras, es más caro estudiar en la universidad. En China las universidades públicas tienen tasas bajas. España tiene el dudoso honor de ser el sexto país europeo más caro para los estudios superiores, detrás de Reino Unido (salvo Escocia), Eslovenia, Irlanda, Hungría y Letonia. Mirar alrededor ayuda a distinguir lo normal de lo excéntrico. La matrícula gratuita, desde luego, no es excéntrica. Y tampoco es la panacea. El informe de Eurostudent IV indica que hay 4 países en Europa que destacan por el acceso a la universidad de estudiantes de clase baja. Uno tiene matrículas caras, Irlanda. Otro tiene matrículas bajas, Portugal. Y dos tienen matrículas gratuitas, Dinamarca y Polonia. Parece haber una relación entre el coste de la matrícula y la accesibilidad social, pero no es una relación segura.
España tiene el dudoso honor de ser el sexto país europeo más caro para los estudios superiores
Hay dos debates en torno a esta cuestión. Uno es si debe pagar lo mismo todo el mundo o si las tasas deben variar según la renta del estudiante. Y otro es si es razonable que esa tasa sea la gratuidad. Respecto del primer debate, ¿debe pagar su operación de cataratas Florentino Pérez? ¿Debería costarle el sello a Amancio Ortega más de 89 céntimos? El principio general es que la progresividad y redistribución de la riqueza está en la fiscalidad, no en el consumo del servicio. Los ricos deben pagar más impuestos y recibir el mismo servicio. Si Florentino quiere operarse las cataratas en la sanidad pública, no debe pagar nada. Lo justo es que él pague más impuestos y el servicio sea común y universal. La idea de pagar el servicio según la renta es una artimaña demagógica que se vuelve fácilmente contra la justicia social. La justicia social consiste en la protección, derechos y oportunidades de la gente. Eso cuesta dinero. Cuando un sistema de impuestos progresivo garantiza la protección, derechos y oportunidades de todo el mundo, hay justicia social. Es decir, hay justicia cuando hay redistribución de la riqueza, cuando en vez de acumularse sin fin la riqueza donde ya hay riqueza, una parte de ella se reparte con servicios universales que nos protegen, gestionan nuestros derechos y nos garantizan la igualdad de oportunidades. El efecto de la justicia social es la subsistencia y el bienestar. Subsiste el que no es pobre y el bienestar es lo que sobresale de la subsistencia. Tener donde vivir y tener médico es subsistencia. Comprar un par de libros e ir de vacaciones es bienestar. Y esto molesta a las oligarquías. La justicia social hace que no tenga que pagar el instituto de mi hija ni mi operación de menisco, y eso me permite ir de vacaciones. El argumento torticero de las oligarquías es ¿por qué tengo que pagar impuestos para que tú te vayas de vacaciones? Por eso Aguirre y Wert decían que la sanidad no sea gratis para quien pueda pagarse su operación de menisco, que no vaya de vacaciones y así tendrá para pagar la operación y para los libros del instituto. Así los ricos pagarán menos impuestos, las clases medias perderán el bienestar y las clases humildes estarán en la pobreza o cerca de ella. El bienestar es la justa participación en la riqueza nacional, no una excelencia ni un lujo. Si no hay dosis variables de bienestar para todos, será porque la riqueza nacional la acaparan los más ricos. Por eso tenemos derecho a ir de vacaciones, porque los ricos no se lo pueden quedar todo. La idea de que el precio de la universidad sea distinto para los ricos y los humildes, y especialmente si es gratis, tiene la intención de que los ricos no se beneficien de una financiación que no necesitan. Pero se basa en un principio que, extendido, va contra la clase media y las clases más humildes. Es el principio de que, mientras tengas bienestar, aunque sea solo comer unos calamares fritos y una sidra el fin de semana, tienes margen para pagar los servicios y no tiene por qué haber impuestos para pagarlos. Es el principio de que el bienestar, la participación en la riqueza nacional de un país como España, no es un derecho. Ricos y humildes deben pagar la misma matrícula en una universidad pública y deben pagar impuestos distintos para financiarla, como sucede con los demás servicios.

Respecto al segundo debate, el sistema tiene que elegir dónde puede arriesgar y dónde no puede fallar. Nadie quiere culpables impunes ni inocentes en la cárcel. Pero hay que elegir. O nos aseguramos de que no haya culpables impunes y nos arriesgamos a inocentes en la cárcel, o nos aseguramos de que no haya inocentes en la cárcel y nos arriesgamos a culpables impunes. Nuestro sistema elige lo segundo. O nos aseguramos de que ningún estudiante gasta dinero público que no merece, porque no estudia o no rinde, y nos arriesgamos a que haya gente que no estudie por no tener dinero; o nos aseguramos de que nadie deja de estudiar por falta de dinero y nos arriesgamos a gastar dinero público inútilmente en estudiantes que no cumplen. Yo prefiero lo segundo. Por eso me parecen mejor las tasas bajas y me suena bien que los estudios sean gratis, mientras el rendimiento lo justifique. Como dije antes, no es excéntrico y hay modelos para elegir.
La ultraderecha ya dejó oír su tintineo habitual en las formas y en el fondo. Decía Gregorio Marañón que la Generación del 98 era un tintineo constante que arrancaba ecos distintos a actualidades distintas y que por eso no era un tema que pudiera agotarse. Es un pensamiento extensible a cualquiera de las artes. Y sirve, por contraste, para entender que el tintineo de los ultras es un truño indeformable sin resonancias. El Club de los Viernes del señor Jové Sandoval es un think thank de ultraderecha con poca chicha, que tiene como sello la imagen de cinco varones de edad, con barba y libros, como evocando reflexión y sabiduría, pero cuyos análisis se condensan en el mal gusto y simpleza de todo el facherío. Su contribución se agota en llamar estercolero a nuestra universidad. Son sus formas y su nivel. El contenido siempre es el mismo. Se niegan los derechos atacando a los servicios que los gestionan y se atacan los servicios atacando a sus profesionales. La universidad tiene la función del mantenimiento, transmisión y creación del conocimiento. Es normal que a la ultraderecha le apeste como un estercolero. Detrás de motosierras y estercoleros siempre están los intereses más asilvestrados de los ricos más zafios. Las universidades públicas son las que gestionan la enseñanza superior como un derecho. Conocimiento, derechos y justicia social. Los ultras no las soportan.



























