La derrota de la República en la Guerra Civil fue no solo una catástrofe para las clases populares españolas desde el punto de vista humano y social, sino también cultural. Y es que como escribía en 1995 el escritor Manuel Vázquez Montalbán, la victoria franquista supuso también un “genocidio cultural contra las vanguardias que más daño podían hacerle al reaccionarismo español”.
El nuevo régimen no solo depuró a los maestros y maestras republicanas, sino que también destruyo el rico entramado cultural que el movimiento obrero había construido con mucho esfuerzo desde principios del siglo XX. Asturies, una de los territorios donde más densidad había llegado a tener esa red de casas del pueblo, ateneos, bibliotecas populares y otras instituciones culturales del movimiento obrero, no empezaría a recuperarse del golpe hasta finales de los años 60, cuando la propia dictadura en su afán por normalizarse ante Europa y el mundo comenzó a abrir algunos resquicios legales por los que se colaría una oposición cada vez más dinámica, que también quería dar la batalla en el ámbito del arte, las ideas, el ocio y la sociabilidad.
En su monumental “La rebelión de la cultura en Asturias. Las sociedades culturales frente al franquismo” (KRK, 2019) Benigno Delmiro Coto narra con profusión de detalles esa esforzada costrucción que el antifranquismo asturiano fue haciendo desde los años 60 de un tejido cultural propio, democrático y autónomo de la dictadura. En esa nueva red que aprovecha las posibilidades abiertas por la Ley de Asociaciones de 1964 destacó Amigos de Mieres, una entidad pionera fundada en octubre de 1968 por un grupo de mierenses de filiación socialista y comunista.
En su declaración fundacional la entidad afirmaba su voluntad de “trabajar para alcanzar una mayor formación intelectual y humana de la mujer y el hombre en consonancia con la Declaración Universal de los Derechos Humanos”.
Una conferencia del filósofo Gustavo Bueno sobre el “Desarrollo de la Hunanidad a través de la familia y la propiedad”, alusión bastante poco velada al libro de Engels “El origen de la familia, la propiedad privada y el estado”, inauguró el 11 de noviembre de 1968 las actividades de la asociación. Asistieron a ella 450 personas, en su mayoría mierenses de clase trabajadora. A la cita no faltaron “secretas” que en su informe policial destacaron que el discurso del catedrático “se caracterizó por su pesadez y falta de adaptación a la mentalidad y conocimiento del auditorio, advirtiéndose en este la fata de interés. No obstante fue calurosamente aplaudido al final, bien por disciplina ideológica o quizá por la satisfacción de verse liberados de la tortura de tan largo y agobiante discurso”.
Del pequeño grupo de amigos que se reunían en 1967 en el Dakota la asociación lograría dar el salto en 1969 a los 1.500 socios y socias
Amigos de Mieres tendría un éxito casi inmediato. Del pequeño grupo de amigos que se reunían en 1967 en el Dakota para hablar de política y del futuro de la cuenca del Caudal, la asociación lograría dar el salto en 1969 a 1.500 socios y socias.
El grupo promotor eran en su mayoría trabajadores de los servicios públicos, sanidad y educación, y pequeños comerciantes. Sin embargo el éxito de Amigos de Mieres consistiría en conectar con mineros, amas de casa, limpiadoras o trabajadores del metal: personas de clase obrera con sed de ampliar sus horizontes culturales y sociales. Entre sus actividades no solo había charlas y conferencias, sino también teatro, recitales y conciertos, concursos de dibujo y pintura, un cineclub, un grupo de montaña y hasta un equipo de fútbol. Todo ello a pesar de las reiteradas inspecciones policiales, el acoso e intimidación a socios y asistentes a los actos, varios cierres por orden gubernamental e incluso atentados de la ultraderecha contra su local.




Darío Díaz que se acercó a la asociación en los últimos años del franquismo recuerda que ya en su casa eran socios y que “todos los meses subía un paisano andando a Rozaes a nuestra casa a cobrar”. Era Julio Teso, un esforzado militante que se pateaba todo Mieres, villa y pueblos, algunos bien en lo alto, para pasar los recibos de aquella asociación que tenía fama de ser un “sitio peligroso” frecuentado por comunistas.
Díaz recuerda el impacto que produjo para jóvenes antifranquistas como él algunas actividades de la asociación como los conciertos de Nuberu o Labordeta, el homenaje a Alfonso Camín en la sala Capitol o un ciclo de teatro que trajo a Mieres a compañías que entonces eran punta de lanza del teatro independiente en España, como Tábano: “Para la generación joven de aquella época Amigos de Mieres era simplemente la Asociación”.
También Ana Álvarez, una de las mujeres que conquistaron el derecho a trabajar en la mina, recordaba en una entrevista en NORTES la importancia de Amigos en su formación política y cultural: “Se convirtió en mi segunda vivienda. Ya sabes cómo son los recuerdos, pero el recuerdo que yo tengo es que todos los días bajábamos a Amigos de Mieres. Cuando no había un concierto había una charla; cuando no, cine; cuando no, teatro… Vivíamos allí. Excursiones, también. Recuerdo una ocasión en la que salieron diez autobuses, escoltados por la Guardia Civil, que luego te dejaba, pero al principio te seguía”.

Con la democracia Amigos de Mieres alcanzaría los 3.500 socios y socias en una población de unos 60.000 habitantes. Sin embargo, la llegada de las libertades también supondría el abandono de algunos de los directivos para incorporarse a responsabilidades políticas y sindicales. Algunas de las actividades de la asociación también pasarían a ser organizadas por el Ayuntamiento, y otras sencillamente ya no generaban en el público el interés que habían despertado en la década anterior, marcada por la lucha antifranquista y el aúge del movimiento obrero y los movimientos revolucionarios en todo el planeta. Tampoco habría relevo generacional para llenar el vacío dejado por los veteranos.
El declive irreversible llegaría a finales de los años 80. Las últimas directivas se lamentaban de la falta de público en las actividades, así como de la poca implicación de socios y socias para sacar el trabajo adelante. En 1991 la entidad se disolvía, anque dejando un spin off que tendría continuidad durante unos cuantos años más, la emisora local Radio Parpayuela.
Una espicha sería el punto de arranque de esta segunda época de la asociación
No sería hasta 2010 cuando un grupo de antiguos directivos comenzaron a trabajar en la idea de recuperar la asociación. Una espicha sería el punto de arranque de esta segunda época. Luis Payo, uno de aquellos jóvenes socios de los 70, es hoy el presidente de la entidad, que edita su propia revista, La Mercantil, y programa actividades todos los meses en espacios municipales y en La Llocura, una de sus sedes oficiosas.

La temporada de otoño-invierno arrancará este viernes con la presentación del nuevo número de La Mercantil, y seguirá el 24 con una conferencia de la periodista Teresa Aranguren sobre Palestina. El 16 de octubre el juez Joaquim Bosch hablará de su libro “Jaque a la democracia”. Para noviembre están previstas, entre otras actividades, un acto con con el historiador Ramón Piñeiro, un coloquio con Antonio Gutiérrez, ex secretario de CCOO, y una ruta guiada por los escenarios mierenses de las huelgas mineras de los años 60.
La directiva de la asociación coincide en que los principales retos hoy son seguir con su proceso de renovación generacional, atraer a nuevos públicos y programar actividades diferentes, más allá del clásico formato charla/presentación libro. En ese sentido ya preparan algo para diciembre, pero todavía no pueden desvelar los detalles de en qué consistirá. Amigos de Mieres quiere volver a ser el referente de la cultura popular en la cuenca del Caudal.



























