Una jornada particular en torno a Belén Gopegui

No todos los días son buenos, los hay muy malos, pero el hecho de que podamos distinguir entre unos y otros es una prueba de que no estamos en el infierno.

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

No todos los días son buenos, los hay muy malos, pero el hecho de que podamos distinguir entre unos y otros es una prueba de que no estamos en el infierno. En este lado del mundo y del tiempo tenemos familia, amigos, lugares y objetos reconocibles que dan seguridad y sensación de continuidad y que, aunque dejemos de ver y frecuentar durante años, sabemos que siguen estando. Hay días en los que algunas piezas encajan y vuelve a sonar la música y es que está sucediendo un día bueno, muy bueno. En torno a la presentación del libro Te siguen de Belén Gopegui, organizado la semana pasada por La Ciudadana en Oviedo, sucedió así.

En esa novela leemos que “casi nadie se acuerda de quienes consiguieron que algunas cosas buenas no se estropearan y algunas malas no llegaran a ser”. Recordé entonces una victoria muy pequeña, microscópica casi, pero mi mundo también es microscópico y de él forma parte una niña que una vez dijo no a atrapar y matar insectos para hacer uno de esos expositores de bichos. Creo que se llaman insectarios. Es una cartulina, o algo parecido, en la que se colocan, clavados con un alfiler, insectos muertos. Hay que cazarlos, conservarlos y colocarlos en el expositor sin que se estropeen, es decir, de modo que sean reconocibles, con sus tristes alas, inútiles pero enteras. En tiempos fue, creo que ya no, una actividad escolar de alguna de las asignaturas de ciencias naturales. Pero en un colegio, hace muchos años, una niña dijo no y, a cambio, dibujó con paciencia todos y cada uno de los insectos requeridos por el profesor. De matarlos ni hablar. Con su testarudez habría quedado sin escolarizar y sin título de EGB si de hacer un insectario de esos hubiera dependido, pero el profesor decidió, no sólo aceptar el dibujo, sino nunca más pedir a los críos que hicieran esa asquerosidad de crucificar a los bichos con alfileres. Algo malo que era y no volvió a ser.

Antes de la presentación del libro, una amiga que viene de muy lejos en el espacio me regaló Forest of Noise, un poemario del palestino Mosab Abu Toha en el que se lee un texto titulado Lo que hace una madre en Gaza durante un ataque aéreo y nocturno israelí: “Reúne a todos sus hijos / en su cama, como uno recoge y empaqueta / libros y ropa antes de dejar un hotel. /Cuenta las orejas, bocas y narices de sus hijos y luego / los mira a los ojos. Y, lo juro, sonríe. / Canta una canción nocturna para enterrar en el suelo el sonido de las bombas, / para que desaparezca el zumbido de los drones en las nubes. /Abraza a todos los niños que todavía están ahí / después de cada bomba y, / si sabe que una está a punto de iluminar el cielo y la habitación, / les tapa los ojos y les pregunta en voz alta: /¿Qué podéis ver con los ojos cerrados?/, con la esperanza de que su voz temblorosa pueda ocultar / el sonido demoledor de la bomba”. Esa madre de Gaza me recordó un mito griego, la historia de Dánae, una joven a la que su padre, Acrisio, encerró bajo llave porque, según un oráculo, con el tiempo tendría un hijo que le causaría la muerte (a Acrisio). Pero ni mil llaves ni mil barrotes de bronce pueden mantener alejado a Zeus, que era, cómo no, el pretendiente, cuando desea a una mujer: se unió a Dánae metamorfoseado en lluvia de oro, atravesando cerraduras y cancelas. El padre de la muchacha, al descubrir el embarazo y no creerse la historia de la pobre Dánae, que había sido cosa de Zeus, esperó a que naciera el niño para encerrarlos a los dos en un arca y arrojarlos al mar. Perseo, que es el nombre de ese bebé que llegaría a ser un famoso héroe, mató finalmente a Acrisio, porque los oráculos no hablan en vano, pero eso no interesa ahora, ni que decapitara a la desdichada Gorgona. Interesa Dánae, que, cuando se vio a la deriva en el mar con su bebé, en medio de una tormenta, intentó tranquilizarlo con una especie de nana: “Duerme, niño, te lo ruego, y que duerma el mar, y que duerma esta desgracia desmedida”. Así lo contaba el poeta griego Simónides de Ceos, reflejando algo que no tiene edad, la actitud protectora de una madre que no sólo no quiere que su hijo sufra daño, sino que quiere incluso evitar que se entere de que existe un peligro. Como la madre gazatí del poema de Mosab Abu Toha. Como tantas madres cada noche y cada día en Gaza, como tantos padres.

Hacia el final de la presentación de la novela, vi al fondo de la sala a otra amiga, que venía también de muy lejos, pero no en el espacio sino en el tiempo, y que conoció a la niña del no al insectario, una amiga que fue, además, quien me regaló mi primer libro de Belén Gopegui, y pude darle entonces el abrazo que llevaba muchos años esperando que ella me diera.

Y al lado tenía a Belén Gopegui y su última novela, hablando como la lluvia de cosas como la bondad, la solidaridad y la resistencia. La biblioteca del poeta palestino del que acabo de recordar un poema la hizo volar por los aires un bombardeo israelí, como tantas otras miles, públicas y privadas, en Gaza. En la mía está Gil de Biedma, que escribió así sobre la amistad: “Solo quiero deciros que estamos todos juntos. / A veces, al hablar, alguno olvida / su brazo sobre el mío, / y yo aunque esté callado doy las gracias / porque hay paz en los cuerpos y en nosotros”. Una bomba podría destrozar mi biblioteca, y a toda la gente que he nombrado, a mis amigas, a parte de mi familia, todo lo que hace que haya paz. Es algo que no podemos pensar continuamente, pero si lo imaginamos por un momento, si imaginamos saltando por los aires, desapareciendo para siempre todo lo que somos y tenemos y que, combinado en un lugar y un día concretos, de vez en cuando, crea una jornada particular, podremos quizá vislumbrar, aunque muy lejanamente, lo que están soportando cada día los palestinos. No los olvidemos. Porque estamos todos juntos, quien no fue capaz de matar ni a una mosca, y quienes han perdido toda humanidad y solo viven para que todo lo bueno se estropee y lo malo llegue a ser.

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