Una diversidad muy singular

La pieza de Mireia Gabilondo es sencilla y concluyente.

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Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

Sabes que las flores de plástico nunca han vivido, ¿verdad?

Texto y dirección: Mireia Gabilondo

Intérpretes: Mireia Gabilondo, Aitziber Garmendia y Telmo Irureta

Off Niemeyer, sábado 7, Avilés

La pieza de Mireia Gabilondo es sencilla y concluyente. Los pocos elementos escenográficos que aparecen están bien combinados y resueltos. Los cuadros, transitorios y breves, dan ritmo a la acción. Hay en la cotidianidad de los diálogos tacto y mesura. Las alegorías florales participan de esa naturalidad y el humor negro que recorre la pieza, nunca es molesto. La gracia y acierto de la autoría y dirección radica en la manera de combinar y trenzar la diversidad funcional con los planteamientos existenciales, la crisis de identidad, los problemas comunes, la peculiaridad de los personajes y la incorporación de la IA como una extensión subsidiaria de la vida. Martina es psiquiatra y madre de Lucía. Lucía, depresiva y con trastorno de personalidad, se desdobla en Yoldi, una encantadora joven con una ligera discapacidad intelectual. Yoldi cuida las plantas de José Manuel, que a su vez es un psicoterapeuta de éxito con parálisis cerebral y dependencia suma, que tiene por compañera a Alexa (que tanto nos recuerda a Her) y es paciente de Martina. Los encuentros y desencuentros sin estridencias, el tierno y delicado humor negro en combustión con los temas abordados, consiguen una grata y extraña sensación de confort en las relaciones.

La lluvia persistente oxigena la atmósfera con cierta nostalgia. Telmo Irureta padece una parálisis cerebral que afecta a su movilidad, al igual que le ocurre al personaje que representa, José Manuel. Un joven con una risa contagiosa, un humor cáustico autorreferencial y el hablar pausado del performance crédulo que nos brinda grandes verdades. Es un psicólogo muy socrático que pone a sus pacientes ante sus propias contradicciones con ironía mayéutica, transmitiéndoles las ganas de vivir. Aitziber Garmendia es una actriz descomunal, consigue hacernos dudar de si es ella realmente quien sufre el problema físico de la Yoldi ficticia; enamorada de las flores y plantas, siempre en katiuskas, desconcertante con su ternura, sensibilidad y lucidez. Su apego al diccionario y las palabras (prosopopeya, entropía) le proporcionan reflexiones sobre el lenguaje próximas a las greguerías: “me he sentado en el exabrupto de mi jardín a ver el horizonte”. Lucía, su otro yo, es la atormentada hija de Martina que reprocha a la madre frialdad y egoísmo. La propia autora y directora Mireia Gabilondo encarna a esta última atrapada en sus relaciones y al borde del suicido tras una denuncia por mala praxis. La suma de incidentes puede llevarnos a pensar que estamos ante un cuadro argumental digno de un culebrón enmascarado por un sutil tono de exposición refinado e inteligente, y una excelente estética contenida, minimalista. Hay un corte donde se apela directamente al espectador –señalado por algunos, a mí no me molesta–, un guiño a Valle-Inclán con “Rosa de sanatorio”, la proyección de acotaciones sobre unos rieles con mucho acierto y un vínculo sustancial entre las flores naturales y de plástico como metáfora del mundo y la realidad. En conclusión, un bello espectáculo que demuestra una vez más que las posibilidades y virtudes del teatro son tan inescrutables como infinitas. Afortunadamente.

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