Hay cientos de Antígonas, pero no se parecen a la de Sófocles. Una de las características más habituales de las recreaciones contemporáneas de los mitos griegos es su inevitable simplificación. Una Antígona moderna será siempre una heroína que se enfrenta a un cruel tirano y arriesga y pierde la vida en esa lucha. Pero en Sófocles, los dos, Antígona y Creonte, tenían su parte de razón. Y un elemento clave en la Antígona sofoclea del siglo V a.C. es el debate en torno al sentido de la palabra nómos, “ley”. Los dos protagonistas creen tenerla de su lado, Creonte porque la ley de la ciudad ordena rendir honras fúnebres a quien la defienda y dejar sin sepultura a quien la ataque y, recordemos, Eteocles y Polinices, hijos de Edipo, se dan muerte mutua, uno defendiendo Tebas y el otro atacándola, por lo que la suerte que decreta para uno y otro Creonte, tirano de Tebas, es diferente. Antígona, por su parte, defiende también la ley, en su caso una ley que la obliga a echar tierra sobre ese cadáver de su hermano Polinices que Creonte ha dejado descubierto para que lo devoren los perros. Los dos, Antígona y Creonte, repetidamente y con un poco de razón cada uno de su parte, invocan la ley, nómos.
Algo así difícilmente podría recrearse en la actualidad, por eso lo que tenemos son adaptaciones que, en su inmensa mayoría, simplifican la historia en favor de Antígona. El debate sí tenía sentido en la Atenas del siglo V a.C., cuando la ciudad estaba elaborando sus leyes y el escenario trágico se empleaba, entre otras cosas, para plantear conflictos y reflexionar sobre posibles soluciones. Poder discutir sobre las palabras, en lugar de prohibirlas, es lo mínimo que se le puede pedir a una sociedad civilizada.
En torno al genocidio en Gaza podemos ver el colapso de la civilización también en el empleo de ciertas palabras y el control que desde el poder se pretende ejercer sobre ellas. No se puede decir que hay un genocidio en Gaza hasta que los tribunales determinen que eso es así, decía, entre otros muchos y hasta hace muy poco, Albares, nuestro Ministro de Exteriores. Pero esto no es verdad. Los tribunales dirán, si lo dicen, y ojalá llegue el caso, cuál es la pena que se imponga a los genocidas, pero que hay un genocidio es una evidencia y no hay que esperar más para decirlo que para afirmar que habitamos un planeta llamado Tierra. También se evita llamar asesinos a los asesinos, aunque esta semana un periódico de Israel, Haaretz, desveló que los soldados del ejército de Israel (IDF) reciben la orden de disparar a los palestinos que llegan a los centros de distribución de ayuda, básicamente alimentos. Ya superan los quinientos los asesinados de este modo. Los detalles de estas revelaciones, proporcionados por soldados de Israel a un periódico de Israel, son vomitivos. Las órdenes son de disparar a los palestinos que llegan a esos centros antes de su horario de apertura para que no se produzcan aglomeraciones, al mismo tiempo que los soldados reconocen que los palestinos no son informados de los horarios de apertura de cada uno de los puestos de distribución y, dada la escasez de la ayuda, van pronto a hacer las colas. Y entonces les disparan. ¿Y no se puede llamar asesino a este ejército?
El fin de semana pasado, en un concierto en el festival de Glastonbury, en el Reino Unido, uno de los componentes del grupo de punk-rap Bob Vylan, animó al público, con éxito inmediato, a corear “Death, death to the IDF”, “Muerte, muerte al ejército de Israel”. El Primer Ministro británico ha condenado estos cánticos inmediatamente y se ha abierto una investigación por incitación al odio y por antisemitismo; además, uno de los miembros del gobierno laborista afirmó que el incidente le había parecido “espantoso” y que “toda vida es sagrada”. Así estamos: que el ejército de Israel dispare a civiles desarmados y hambrientos se permite sin pestañear y hasta se le proporcionan las armas necesarias; que a ese ejército se le cante un poco es un posible delito y se invoca, con una desvergüenza inconmensurable, el carácter sagrado de toda vida. La BBC, que había censurado por su apoyo a Palestina la actuación de otro grupo, el de los raperos irlandeses Kneecap, se encontró retransmitiendo en directo el concierto de los Bob Vylan, “incidente” incluido. La cadena ya se ha disculpado y ha dicho que no lo subirá a su repositorio.

Antes de que comenzara el genocidio en Gaza yo sintonizaba la BBC con mucha frecuencia para aprender inglés, con esos presentadores de pronunciación exquisita y seductora, con ese aura de seriedad en todos sus programas y documentales, esa buena costumbre, parecía, de no hablar de lo que no sabían (nunca vi que emitieran programas de cocina). Hasta que comenzó el genocidio y empezaron a llamarlo conflicto y yo nunca más sintonicé ese canal. Y así, poco a poco, como una peste, se impone la indecencia del lobby armamentístico y la propaganda sionista, retorciendo las palabras hasta que asesinar a civiles hambrientos por puro odio y sadismo sea un incidente cotidiano y llamar asesinos a quienes asesinan un delito.
Y que ahora vengan Antígona y Creonte con sus matices a hablarnos de leyes escritas y no escritas. Pues que sepa la escoria criminal que está llevando a cabo el genocidio en Gaza y la escoria propagandística que patea a diario los diccionarios, que si Creonte al final perdió la partida, aunque la vida la perdió Antígona, fue porque no supo escuchar lo que todo el pueblo pensaba pero no se atrevía a decir en voz alta por miedo al tirano y a la fuerza bruta de la que alardeaba. Toda la ciudad de Tebas sabía que la poca razón que tenía Creonte la había ido perdiendo por su egoísmo, su ceguera y su despotismo. Todas sabemos también ahora, aunque los nuevos Creontes amenacen y retuerzan palabras y argumentos, que hay un genocidio en curso, un estado criminal que lo ejecuta y una comunidad internacional que calla y deja hacer. Lo sabemos todos, y por eso perderá Creonte, aunque haga morir a Antígona.



























