“El lugar de víctima no puede ser para siempre”

La periodista argentina Julia Mengolini conversará este sábado con la filósofa Clara Serra en la Escuela Feminista de AMA Asturies.

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Anita Fuentes
Anita Fuentes
Anita Fuentes es investigadora en el Instituto de Estudios Feministas de la Universidad Complutense de Madrid / @anitafuentex.

Julia Mengolini (Bariloche, 1982) llega a la entrevista en un bar de Buenos Aires después de grabar un episodio de Desalineados, uno de los podcasts de Futuröck FM, la radio independiente que dirige. Hace apenas unos días, The New York Times dio cuenta del ataque digital más feroz que ha sufrido hasta la fecha: miles de cuentas falsas y un ejército de bots, amplificados nada menos que por el presidente argentino Javier Milei, difundieron una noticia falsa creada con inteligencia artificial en una operación coordinada para instalar mentiras sobre la vida privada de la periodista. “¿Hasta dónde puede llegar la crueldad oficial?”, se pregunta Mengolini en un artículo para Revista Anfibia, donde expone las costuras de esta campaña y advierte sobre el peligro de acostumbrarse a estas violencias.

Este episodio fue la gota que colmó el vaso de una violencia que Mengolini viene enfrentando desde hace más de una década. Así lo narra en Las caras del monstruo, donde entrelaza lo personal y lo político para reflexionar sobre el disciplinamiento que, a través de las redes sociales, ejercen estos actores sobre voces como la suya. Pero su respuesta fue más allá: a raíz de los últimos hechos, Mengolini ha decidido llevar la lucha a los tribunales, presentando una demanda contra Milei que tiene como objetivo sentar un precedente y proteger a otras mujeres, muchas de las cuales han salido públicamente a respaldarla.

Este sábado a las 13h en el Kuivi de Oviedo/Uviéu, conversará con la filósofa Clara Serra en el marco de la Escuela de Pensamiento Feminista de AMA Asturies. En esta conversación con NORTES, reflexiona, entre muchas otras cosas, sobre lo que implica sostener la palabra propia en tiempos de disciplinamiento digital, y sobre cómo ese “yo” que escribe y habla, aunque siempre esté en primera persona, nunca es del todo individual.

Para abrir esta entrevista, lo primero que quería preguntarte es cómo ha sido tu experiencia de poner en común esas violencias a la hora de producir una serie de reflexiones colectivas, y también sobre cómo afrontarlas desde el feminismo. Escribir un libro es una manera de apostar por formas de conocimiento más lento, que permiten salir de ese individualismo basado en la visibilidad que promueven las redes sociales. ¿Qué te llevó a decantarte por este formato y qué potencial le ves para plantear los debates feministas?

Uno de los grandes males de nuestra época es el individualismo. Entonces, en mi trabajo hay siempre un equilibrio  a la hora de encarnar la primera persona, esa experiencia personal que una tiene. Por eso mismo siempre intento que ese “yo” que utilizo esté diluido en lo demás: que se diluya en la militancia, en las compañeras, en la radio que fundé, en mi propia pareja… Es un “yo” que nunca es solo yo.

“Uno de los grandes males de nuestra época es el individualismo”

En el capítulo sobre drogas, que tal vez sea el más divertido, aunque parece el más descolgado, el más descontextualizado, di con un término, estudiando un poco sobre la pepa, sobre el LSD, que es el del “sentimiento oceánico”. Eso de que cuando una está tomando LSD, el “yo” se diluye en el resto del mundo. A mí me parece que eso es lo más interesante para vivir la vida. Y tal vez sea una de las cosas que yo siempre trato de transmitir en las charlas que doy, sobre todo cuando hablo ante públicos militantes, y lo que intento comunicar también a lo largo de todo el libro. A pesar de que es un libro autobiográfico, un libro basado en la memoria, escrito en primera persona, el mensaje es que hay que salirse de una misma.

Parece mucho más fácil hacer este tipo de ejercicios reflexivos en un libro que en las redes sociales. ¿Cómo es tu relación con estas plataformas?

Para mí el tema de las redes sociales es un tema conflictivo. De X  me fui. Directamente. Porque además, en X me pasó que, si vos me buscás, no me encontrás. Aunque pongas “@juliamengo” no me encontrás. Y eso que tenía más de 260.000 seguidores que fui acumulando con los años. Pero hace como un año, o dos me banearon y, si yo tuiteo, el tuit prácticamente no se muestra, lo cual me parece bastante terrible. Es como que te corten la voz. Como en una pesadilla en la que no te sale la voz. Y, al mismo tiempo, casi que se vuelve una metáfora de lo que está pasando, ¿no? Entonces, como te digo, me fui de Twitter. No tuiteo más. Entro a Twitter y leo, pero tengo una relación mucho más distante.

Y con Instagram también decidí, de alguna manera, hacer algo que no es lo que Instagram pide de mí. Es cierto que las reglas de Instagram van cambiando todo el tiempo. No quiero decir “Instagram” como si fuera un sujeto autónomo, pero bueno… Instagram se basa en la imagen. Tiene esa lógica de mostrar que una está guapa, que está comiendo algo rico, que todo es lindo, fotogénico. Me parece el vacío absoluto de contenido. Lo que empezó a pasar, por esa misma lógica, es que se empezaron a mostrar más videos. Entonces, lo que yo hago ahora es subir casi exclusivamente videos de momentos de mis entrevistas. Momentos donde, por lo menos, hay una idea más o menos autoconclusiva. Mi Instagram ahora es eso.

Julia Mengolini.

Lo uso, sí, pero tratando de no dejarme llevar por la cultura del filtro, de la perfección. Si voy a subir algo, que al menos contenga una idea, y que esa idea sea lo más hermosa posible. Trato también de romper con la lógica del recorte: ese recorte que generalmente busca descontextualizar, hacer quedar mal a alguien, demonizar, o generar el famoso “mirá lo que dijo” para que todos se indignen. Cuando hago entrevistas —que son de una hora, más o menos— tal vez haya cinco ideas que podrían volverse virales. Y yo trato de ir en contra de eso. Busco la idea más hermosa, no la más viral. Ese es el recorte que elegimos y eso es lo que subimos.

También estoy en YouTube. Hacemos contenido ahí y, claro, el formato principal es la entrevista. A mí me parece hermoso que, en medio de toda la mierda que hay, sigan funcionando las conversaciones largas. Porque dentro de toda esta época de banalidad, de frenetismo, al menos hay un espacio para eso.

Aunque ahora la plataforma se ha pervertido un poco con los Shorts para adaptarse a esa lógica del recorte…

Totalmente. Siempre vuelve esa lógica del recorte. Pero, aún así, las entrevistas largas en YouTube me parecen lo más lindo de todo. Porque es una conversación cara a cara entre dos seres humanos tratando de encontrarle la vuelta a algo. Que se ríen, que se pasean, que titubean… Que pueden o no construir una idea. Porque no siempre tiene que haber una idea cerrada.

“A mí me parece hermoso que, en medio de toda la mierda que hay, sigan funcionando las conversaciones largas”

Hay gente que me pregunta cómo preparo las entrevistas, si uso inteligencia artificial para pensar las preguntas —porque hago una por día, lo cual es un montón— y yo estoy completamente negada a que me ayude la inteligencia artificial. De verdad, para mí es una militancia a favor de los humanos. Prefiero que se note si no sé exactamente de qué se trata la última película del entrevistado o entrevistada. Ojalá sí, porque si soy una buena profesional tengo que saber cuál es la obra de teatro, la película o el libro de la persona que entrevisto. Pero, si no, me gusta que ese defecto también se note. Que la entrevista contenga torpeza. Que contenga algo de verdad. Igual, las preparo todo lo que puedo. Me lo tomo muy en serio. De hecho, más en serio que los varones, que son los que copan YouTube.

Y en el contexto argentino actual, con la llegada de Milei y su séquito de trolls y bots de ultraderecha, ¿cómo se han ido configurando las subculturas masculinistas en esas plataformas controladas por hombres?

Lo cuento en el libro, sobre todo en el último capítulo. Mi historia en particular arranca en Twitter. Es una historia larga. La primera vez que me hicieron un ataque de esos que te hacen tendencia fue en 2014. En ese momento todavía no teníamos mucha conciencia de lo que eran las granjas de trolls, los bots, el acoso sistemático. Y yo me acuerdo que dije: “Debe ser un chiste, me odia todo el país”. Pero salía a la calle y, no, el país no me odiaba.

Estamos en 2025, y te estoy hablando de más de una década de acoso que, de hecho, nunca frenó. Muchos hablan del tema como si todo esto hubiese empezado hace dos años, pero lo cierto es que no. El fenómeno del trollismo se viene cultivando desde hace más de diez años. Yo soy, si querés, la rana hervida. Esa rana que ponen en una olla con agua tibia y no se da cuenta de que se está cocinando hasta que ya es tarde. Bueno, yo vi cómo se empezó a prender la hornalla, cómo empezó a cocerse el odio. Y ahora ese odio se extendió y, de alguna manera, moldea a muchas personas, incluso a gente que antes estaba más en los márgenes.

Mengolini en el estudio de su programa.

Lo que pasó con Milei es que el troll se institucionalizó, se blanqueó. Tipos que antes se escondían detrás de un avatar con nombre de fantasía y se dedicaban a agitar en redes, hoy son funcionarios del gobierno. Hay uno en particular, Juan Carreira, que hoy es el director de Comunicación Digital del Gobierno. Bien, pues cuando yo empecé mi investigación para el libro, revisé mi relación con ciertos personajes concretos y encontré tuits suyos de 2016 en los que este sujeto ya me hostigaba sistemáticamente. Muchos tuits, muchos likes. Y esos tuits siguen ahí. El tipo creció en seguidores, creció en popularidad, y ahora cobra un sueldo del Estado haciendo exactamente lo mismo que hacía hace una década. Porque lo que hace no es comunicación institucional: es trollismo. Sigue siendo un troll, sólo que ahora tiene su escritorio en la Casa Rosada.

Hay algo que me parece muy interesante de tu experiencia, y es tu manera de reaccionar ante los ataques. Lo digo porque creo que la figura de la víctima, que es una figura que se ha reivindicado desde el feminismo a la hora de denunciar las violencias patriarcales, ha sido cooptada por la derecha para confundir y subvertir los términos del debate. En cambio, tú vas más allá de la victimización, del daño que se te ha causado durante estos años. Hay una voluntad de salir de ese lugar, de compartir una experiencia que es colectiva e iniciar una demanda que marque un antes y un después en los casos de violencia digital.

Cuando a vos te atacan en las redes sociales, es una pelea bastante solitaria. Estás sola porque casi nadie sale a defenderte, y tiene todo el sentido del mundo. Es como: “Estoy viendo cómo están cagando a palos a Julia por un chiste que hizo y me da miedo defenderla por si me cagan a palos a mí también”. Hay algo de eso. Y además está esta sensación de: “Bueno, no está ocurriendo en serio, es solo virtual… Ya va a pasar pronto”. Entonces aparece esa idea de: “¿Para qué me voy a meter ahí? ¿Para qué la voy a defender?”. Por eso, ante cada ataque, una siempre está más sola de lo que parece desde fuera.

“El lugar de victimización permanente dentro del feminismo es algo que yo peleo”

Y, sí, es cierto que mi respuesta nunca fue victimizarme. Quizá tenga que ver con un tema psicológico. Según mi psicóloga, yo tengo roto el sentido del miedo. Pero, en términos más teóricos, el lugar de victimización permanente dentro del feminismo es algo que yo peleo. Ya en 2018, cuando daba charlas, decía: “Chicas, salgamos del lugar de víctimas, porque es un lugar paralizante”. Entiendo que estamos muy heridas. Son muchos años de patriarcado, muchos años de que nos vienen cagando. Pero el lugar de víctima no puede ser para siempre. Yo puedo admitir que soy la persona damnificada, sí. Pero después de eso hay que salir. No me siento cómoda ahí. Y siempre insto a dejarlo de lado, porque creo que no podemos construir desde ahí. Ninguna víctima hace una revolución, en definitiva.

Aunque también entiendo que hay un componente psicológico. Quiero decir: cuando veo a otras compañeras atacadas, que se asustan y se retiran de la escena pública, lo entiendo perfectamente. ¿Por qué tendrían que pagar estos costos? ¿Por qué bancarse los golpes? Si yo tengo el cosito del miedo roto, bueno, no todo el mundo lo tiene roto. Entonces entiendo si alguien se sintió demasiado dolida y no puede seguir en la discusión pública. Entiendo que los golpes digitales te corren y nadie te defiende. Pero no porque la gente sea mala, sino por la lógica misma de las redes. Yo misma, a veces, veo ataques brutales y no me meto. Porque sé lo que viene después.

¿Qué estrategias podemos utilizar para apoyarnos entre nosotras, para tejer redes de solidaridad, en estos contextos tan hostiles?

Las respuestas están en el afecto. Desde afuera, cuando una no es el centro del ataque, se nota clarísimo. Me ha pasado muchas veces. Una compañera sufre un ataque y me llama, desesperada, para pedirme consejo. Yo ahí soy la gran consejera: “Tranquila, no es nada, en cinco horas se pasa, a nadie le importa”. Y lo digo con sinceridad. Pero cuando te toca a vos, cuando lo vivís… bueno, ahí sí duele. Duele en serio. Y cuando lo vivís durante mucho, mucho tiempo, solo tenés dos opciones: o te hacés el cuero duro, o en algún momento te cansás, o metés la pata, y pasa algo como lo que me pasó a mí el otro fin de semana, que, por primera vez en diez años, salió todo el mundo a defenderme.

Esta vez el ataque fue tan grave, tan grotesco, que explotó. Involucraba al presidente de la Nación, a milicias paraestatales, a operadores digitales del Gobierno, y la difusión de un video con contenido sexual generado por inteligencia artificial, que planteaba una supuesta relación incestuosa con mi hermano. O sea: una locura total. Y pasó algo más: el primer tuit que salió en mi defensa lo escribió Galia Moldavsky, diciendo: “Yo me voy, no aguanto más”. Ella fue la primera. Y es muy loco, porque es la misma persona que, en otro momento, me pidió un café para preguntarme cómo había hecho yo para sobrevivir a esto.

Julia Mengolini.

A la hora de su tuit, salió Ofelia Fernández también a defenderme. Mujeres. Mujeres con antecedentes similares. Mujeres odiadas fueron las primeras que salieron a bancarme. Y eso me pareció muy sintomático. Ellas habían estado en esa misma habitación. Sabían lo que se siente. Y ahí fue cuando me di cuenta de que, cuando alguien que estuvo ahí te consuela, consuela de verdad. Lo sentí.

Entonces empecé a hacer algo que nunca había hecho antes: pedir ayuda. Empezaron a llegarme muchos WhatsApps: “Julia, qué terrible lo que te están haciendo, ¿qué puedo hacer por vos?”. Y yo les respondía: “¿Querés ayudarme? Hacelo público”. Y la gente lo entendía al toque: “¡Ah, sí, claro!”. Y salía el tuit. Y así se fue generando una ola, una especie de escudo colectivo, un montón de gente que salió a decir: “Hasta acá”. Una reacción que, creo yo, tiene que ver con la gravedad del caso, con lo grotesco del ataque, pero también con que yo salí a pedir ayuda. Algo que normalmente no se hace. Porque muchas veces esto sucede dentro de una burbuja y la gente ni se entera.

Por ejemplo, le había contado a Malena Pichot: “Che, Male, están difundiendo que tengo un romance con mi hermano”. Y ella me dijo: “¡Ay, Dios! No me enteré”. Nadie se entera, porque viven en otro mundo. Y ahí yo le dije: “No, pará. Lo entiendo. Pero a mí me están torturando”. Es como si yo te dijera: “En esta habitación me están torturando”, y vos me respondieras: “Mirá que yo no lo veo”. No importa si no lo ves. Te aviso: me están torturando. Así que vení, vení a defenderme.

No existe defensa posible sin una conciencia colectiva de lo que está pasando.

Eso es. Y Male lo entendió, y salió a tuitear enseguida. Y dijo algo más: que todo el resto de los hijos de puta que salen del riñón del feminismo tenían que hacer lo mismo. Y sí, se armó un primer escudo, muy femenino. Y, además, noté que fue la reacción de las mujeres más golpeadas. Eso fue interesante porque se rompió esta idea de “si no me entero, no es importante”. No es cierto: está pasando, y me está pasando a mí.

Es la ubicuidad de la violencia que facilitan las tecnologías. Las violencias digitales existen, son reales, y además están organizadas. Actúan, además, como un mecanismo de disciplinamiento.

Exactamente. Es una forma de disciplinamiento. Y lo que se generó en torno a esta red de gente que salió a defenderme tiene que ver con eso. Porque muchas de esas personas también lo habían vivido en carne propia. Y por eso nos interpela a todas. Porque con estos ataques, en realidad, nos están silenciando a todas. Son comportamientos que, aunque estén dirigidos individualmente, buscan disciplinar colectivamente. Y lo hacen sobre figuras públicas, con mucha influencia en el pensamiento de otras personas. El objetivo es que no puedas hacer tu trabajo. Una compañera la pasó tan mal que terminó retirándose. La volvieron loca. No pudo más. Es como ver caer casas en fila. Ves cómo van bajando a quienes salen a hablar, a quienes se exponen.

El Gobierno sabe que muchas de nosotras somos bastiones de defensa de ciertos valores: la democracia, la verdad, el periodismo progresista. Somos referentes culturales. Lo que más molesta son nuestras ideas políticas, en mi caso peronistas. En la Argentina, eso siempre estuvo en disputa con el poder económico. Y lo que hay detrás de todo esto, lo que realmente se está jugando, es eso: el poder económico. Porque lo que vos producís es discurso, una forma de recordar que el feminismo existe, una manera de responder y organizar contra esos poderes. Eso es lo que ellos no pueden soportar.

¿Qué cambió con el gobierno de Milei? ¿Cómo se ha dado esa institucionalización del odio de la que hablabas antes?

Mirá, cuando empecé a estudiar un poco cómo funcionaban los trolls, me encontré con que hay académicos en Argentina que hicieron un trabajo muy sólido, identificando fechas emblemáticas en las que se empezó a ver con claridad cómo operaban estos trolls, con una lógica y una visión muy concretas.

Un caso paradigmático es el de Santiago Maldonado, un pibe que desapareció en una represión de Gendarmería durante una manifestación mapuche en el sur. No aparecía el cuerpo, había desaparecido. Fue en 2016, bajo el gobierno de Macri. No se sabía dónde estaba. Y, entonces, toda la oposición comenzó a preguntar: “¿Dónde está Santiago Maldonado?” Se convirtió en un emblema. Durante un mes entero, el Gobierno no dio ninguna respuesta. Se vio totalmente acorralado, porque no sabían qué decir. Porque realmente no sabían dónde estaba Santiago Maldonado. También para ellos se había perdido. Y estamos hablando de una desaparición forzada en democracia, con todo lo que eso significa en Argentina, con toda su gravedad. Ahí es donde aparecen los trolls. Empezaron en Twitter a tirar mierda: “Santiago Maldonado en realidad se fue a Chile”, “Santiago tiene un hermano gemelo”, teorías completamente ridículas. Y entonces Twitter se llenó de versiones delirantes sobre qué había pasado.

Esos fueron los primeros movimientos para ofrecerle al gobierno un plafón, un piso desde el cual empezar a contestar. Después, los periodistas empezaron a repetir esas boludeces que decían los trolls. Y, a partir de ahí, el Gobierno se animó a dar respuestas —absurdas, estúpidas, claro— pero servidas desde esa mierda inicial que instalaron los trolls. Ese es uno de los casos más claros donde se ve una división de tareas: los trolls tiran la mierda, los periodistas la recogen y la reproducen, y entonces el gobierno se siente habilitado a intervenir, aunque sea con respuestas delirantes. Ahí también se desplaza todo el tiempo el marco respecto a lo que se puede decir, incluso con el discurso de odio: ¿hasta dónde se puede llegar? Son los trolls los que marcan el límite. Son la vanguardia. Y después se habilita todo un discurso que termina siendo amplificado por los grandes medios de comunicación. Y, bueno, acá estamos.

Estamos entrando en un proceso de banalización de temas serios que tocan muy hondo en la sociedad argentina. A mí algo que me llama mucho la atención es la utilización de amenazas como los Falcon verdes —un símbolo de la dictadura que empezó en 1966 en Argentina— por parte de estos trolls de ultraderecha, reavivar el miedo a las desapariciones… Rescatar, en definitiva, algo muy doloroso para los argentinos y argentinas, y usarlo ahora en contra de las feministas.

En este país, durante muchos años, nadie hablaba mal de Estela de Carlotto, ni de las Abuelas ni de las Madres de Plaza de Mayo. Nadie. Durante al menos 20 o 30 años, fueron intocables. Un símbolo nacional. Es cierto que en el ámbito privado, el abuelo facho, el tío facho, capaz que decía que las Abuelas eran unas zurdas de mierda. Pero no lo decía en público. No se animaban. Eran figuras sagradas.

¿Y quiénes empezaron a hablar mal de las Abuelas? Los trolls. Para eso están también: para atacar incluso lo que era sagrado. Para borrar la memoria, para banalizar el dolor. Poder decir que Estela de Carlotto es una vieja de mierda… Eso también es parte de una disputa sobre quién cuenta la historia argentina. Durante mucho tiempo, esa historia se narró de una manera muy determinada. Y en torno a la historia argentina hubo un verdadero tabú. Ahora, eso está dinamitado. Porque hoy el Falcon verde incluso puede ser un símbolo reivindicable por algunos. Lo dicen así, sin más.

Hasta no hace mucho, acá en este país, a nadie se le ocurría decir “zurdito de mierda” con liviandad, porque había 30.000 desaparecidos. Era un absurdo. La reconstrucción democrática en Argentina no se hizo como en España, no fue una reconciliación. Acá se juzgó y se metió presos a los genocidas. Se trabajó mucho para que el mensaje fuera claro: el Falcon verde era un símbolo del terror, del mal absoluto. Y ahora se transforma en otra cosa. Se hace meme, chistecito, amenaza. El Falcon verde es, para un montón de gente, una amenaza posible. Eso es gravísimo. Y eso lo potencian las redes sociales.

Otro tema del que me gustaría hablar es de la violencia sexual digital. La difusión de vídeos sexuales generados por inteligencia artificial a través de los que se te pretende acusar de haber mantenido relaciones con tu hermano no es una práctica aislada, sino algo cada vez más extendido. En el ámbito digital, las maneras de ejercer violencia son cada vez más sofisticadas, y, en este contexto de hostilidad, la sexualidad siempre acaba utilizándose como mecanismo de castigo y humillación contra las mujeres y las feministas. Es una actualización de la caza de brujas.

Mirá, te soy sincera: esta es la primera vez que yo recibo tanto contenido sexualizado sobre mí. Nunca me había pasado, así que no tengo una teoría muy elaborada sobre esto. Al igual que el uso de inteligencia artificial, también eso es completamente nuevo para mí. No lo tengo procesado. No lo tengo masticado.

Con todo lo que pasó últimamente, lo más interesante que escuché fue a un director de escuela contar que ellos ya venían lidiando con el problema de los chicos que usan estas herramientas para hacer imágenes con la cara de sus compañeras. Ya era un problema. Y ahora, ¿cómo carajo van a hacer para abordarlo si el propio presidente lo hace? Eso me dejó pensando. Fue un momento revelador. Porque, claro, imaginate todos esos directores, docentes, familias, tratando de lidiar con este problema… Y de repente el presidente de la Nación lo reproduce públicamente. Es para volverse loco. Porque una cosa es que estas prácticas estén presentes en la adolescencia por el uso irresponsable de herramientas digitales, pero otra muy distinta es que el presidente las legitime.

¿Qué querés que te diga? Ojalá, por el bien de todas las familias, lo que me ha pasado a mí sirva para algo. Que sea un caso emblemático, que siente jurisprudencia, que de alguna forma marque un límite. Por eso estoy tan entusiasmada con el juicio. Este momento llega después de haber pasado un mal momento en los últimos diez días. Pero el respaldo fue mucho más importante de lo que pensaba. La verdad, hay veces que pienso, ¿cómo no lo pedí antes? Y lo digo porque es evidente que tenemos que empezar a acompañarnos más. Estuve sufriendo sola mucho tiempo, pensando que no podía pedir ayuda con estas cosas porque las reglas son así. Y menos mal que lo hice, porque mirá, llegó. Ese respaldo me dio fuerza para seguir. Ahora estoy con mucha más energía para decir que esto no sólo lo vamos a revertir, sino que, vamos a sacar algo bueno de ello.

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