Cuando hace unas semanas me preguntaba Diego Díaz –director de este periódico– cómo se veía Asturias desde afuera, no supe qué contestarle. Me incomodó haberme quedado sin una respuesta que, después de haber vivido más de treinta años en Nueva York, debiera haber elaborado hace mucho, pero lo cierto es que me sentí incapaz de dar curso y solución a una cuestión como esta. Seguí pensando en ello en cuanto acabamos de hablar, tratando de poner un orden aceptable a esa mirada en la distancia de la tierra en que nací, y la única certeza que tenía al respecto era que, más que pensarla con la razón, a Asturias la sentía con los afectos. Descontenta, de todos modos, ante mi falta de visión de un espacio geográfico que sigue determinando de manera esencial mi día a día, les pregunté a dos amigas que llevan más o menos el mismo tiempo que yo viviendo lejos del Cantábrico cómo ellas veían Asturias desde sus residencias actuales. Su respuesta coincidía literalmente con la mía. Ninguna de las dos había visto nunca ese espacio de querencias de una manera que pudiera responder satisfactoriamente esa pregunta; jamás se lo habían planteado, y en ninguno de los muchos años que han vivido en otro lugar han sentido la necesidad de hacer esta reflexión.
Aun así, me forcé a elaborar una guía de análisis que me permitiera cartografiar esa Asturias observada a las orillas del río Hudson de manera similar a como Xuan Cándano había sido capaz de radiografiarla desde la ría de San Esteban, pero las emociones seguían adelantándose con insistencia a ese empeño repentino de delinear el mapa asturiano que ya no habito. O que habito de manera fragmentada, desde un código postal que no aparece en ninguno de los registros de correos de Asturias y desde el código universal del apego. No funcionó tampoco, y esa idea asumida de que una mirada desde afuera, entendiendo el afuera en su única acepción física, nos permite observar mejor el paisaje no hacía en este caso más que entorpecer la visión conjunta de una cotidianeidad que ya no me pertenece; o que me pertenece de otra manera.

Pero no es solo eso.
Al fin y al cabo, yo no soy historiadora. Mi manera de dar respuesta a ciertas preguntas, quizás también a esta pregunta, es través de las historias mínimas que se me atraviesan a diario y necesito contar, o de las que insisten en reaparecer en el espacio de la memoria para que las cuente. Es lo que he estado haciendo desde que empecé a escribir mis cuentos asturianos de Nueva York al poco de llegar a esta ciudad a finales de los 90, historias en las que se condensa mi relación personal con la tierra de donde vengo a partir de esa otra relación con la tierra en la que vivo. Sé que la manera en la que cada uno de nosotros vive experiencias similares no es universal, pero coincido con una de esas amigas mías que lleva más de veinte años en otro sitio, cuando dice que a Asturias no la puede ver “desde afuera” porque, independientemente de la intensidad y de la frecuencia de los regresos, el corazón que nos alienta y guía en los caminos que nos ha tocado recorrer sigue sintiéndose ciudadano absoluto de ese territorio particular en el que empezó a latir. No puedo estar más de acuerdo. Pero también es verdad que el hecho de tener que desayunar seis horas más tarde de lo que lo haría si siguiera viviendo ahí, y de irme a dormir cuando ya en Asturias podrían estar a punto de levantarse, ha acabado delineando la arquitectura singular de mi residencia asturiana.
Lo quiera o no, se nota que me fui. Y es bueno que así sea, a pesar de la enorme alegría que me produce que alguien diga que hablo igual que los de Grao –aunque sea de Candamo, acepto la observación– y el malestar pasajero que me ha llegado a provocar el hecho de que detecten en mi entonación o en mi vocabulario ingredientes lingüísticos de América Latina o del Caribe. También esto ha dejado de importarme, como tampoco me importa ya que se mezclen de forma ocasional voces del inglés que he acabando haciendo mías en ese tejido sonoro de asturiano y castellano en el que normalmente me expreso.
Cuando después de hablar con Diego llegué a la conclusión de que más que verla de una determinada manera yo a Asturias la siento, no hacía más que reconocer una de las mayores obviedades de las consecuencias de la emigración, porque los efectos de la lejanía física se instalan directamente, y muy pronto, en las emociones. No es casualidad que las lenguas hayan reservado un término para dar nombre a esa emoción singular del que siente que la tierra no deja de moverse bajo sus pies cuando la que pisa no es la suya: señaldá, morriña, saudade, nostalgia, homesicknes… palabras llenas de una melancolía que se hace mayor cuando se tienen que encarnar sus sonidos. La literatura y la música han interpretado en todas las épocas la necesidad profunda de los desplazados de trasmitir la desazón que amanecer bajo un cielo ajeno y extraño produce, aunque el sol que nos alumbre, como escribió Ovidio en su destierro en Tomis, sea exactamente el mismo. Y no hace falta cruzar mares para ello. Ni esperar a que pasen décadas de haberse ido para sentirse atravesado por algún tipo de señaldá. Una de las mujeres de Candamo que entrevisté a finales del siglo XX para el libro La mio vida ye una novela se quejaba, cincuenta años más tarde, de haber tenido que irse a vivir a un pueblo que quedaba a 11 kilómetros del suyo cuando se casó, donde hablaban de otra manera y no había modo de saber cómo su madre estaba. El compositor oaxaqueño José López Alavez compuso en Querétaro (a donde había llegado como parte de una de las bandas de música de la División del Norte encabezada por Pancho Villa) La canción mixteca, una de las elegías más bellas sobre el sentir del desarraigo. Qué lejos estoy del suelo donde he nacido/ inmensa nostalgia invade mi pensamiento / y al verme tan solo y triste, cual hoja al viento / quisiera llorar, quisiera morir de sentimiento, nos dice un José López acosado seguramente por la morriña.
En marzo de 2011 y 2014, tuve la oportunidad de desfilar por la Quinta Avenida con la Banda de Gaitas de Corvera el día de San Patricio. En las dos ocasiones estaban mis padres en Nueva York, que venían todos los años por el invierno con nosotros, y aprovechando la estancia de la banda de gaitas en la ciudad, yo había organizado al día siguiente unes xornaes de cultura asturiana en la Spanish Benevolent Society de la calle 14 con la Octava Avenida, un centro benéfico fundado en 1868 en lo que en su día fue uno de los enclaves más importantes de la colonia española. Al final de les xornaes, Bras Rodrigo se subió a un escenario que no era exactamente escenario y empezó a tocar. Bras iba vestido de traje y corbata, y aquella elegancia totalmente inesperada del gaitero de Corvera, tocando en el Centro Español para un público principalmente latino, le daba un aire de ceremonia a la actuación que cortaba el aliento. Nadie hablaba, y la gente allí reunida escuchaba con sorpresa unos sones que en esta ciudad se asocian sobre todo con la música irlandesa, pero cuando comenzó a tocar Asturias patria querida, mi padre y mi madre, con los ojos humedecidos como si llevaran años viviendo fuera, se pusieron de pie y empezaron a cantar el himno asturiano al compás de la gaita. Sé que no hay necesidad de estar fuera de Asturias para emocionarse con esta canción, pero la distancia del suelo en el que nos tocó nacer acentúa la gradación sentimental con la que reinterpretamos ciertas referencias identitarias y ciertos símbolos. Lo hacemos casi todos, y lo haría cualquiera que se viera en una coyuntura similar. Lo comprobé por primera vez en Buenos Aires a principios de los 90 en las casas de los muchos emigrantes asturianos y españoles con los que estuve. No voy a negar que yo miraba entonces aquellas vitrinas llenas de hórreos, abanicos y vírgenes de Covadonga con cierta condescendencia, asustada por el profundo desajuste que percibía en estos emigrantes y ajena a esa necesidad suya de caer en lo que me parecía un folklorismo incómodo para aliviarlo. Enseguida me tocó representar las mismas líneas del mismo guion y, con la particularidad que le imponía la Asturias de finales del siglo pasado, el lado más sentimental de este viaje sin billete de vuelta se impuso enseguida: un verano y otro, llené las maletas de comida que no se podía traer, arriesgándome a que me la quitaran en la aduana; les compré gaitas y madreñas a mis hijas; mi madre les hizo un traje de asturiana que apenas pusieron, y yo empecé a sacar fotos similares a las que sacaría un turista, o una emigrante: fotos de la güerta, del hórreo, de las vacas, de las pitas, fotos insistentes de la familia y de los amigos, fotos de todo cuanto mis ojos no veían el resto del año y mi corazón extrañaba cada uno de sus días. Imágenes que me confortaban en mi vuelta a Nueva York, y signos que me han permitido dar realidad y espesura a esa Asturias que habito desde hace treinta años en el Alto Manhattan.
Tengo que reconocer que esta Asturias neyorquina que he hecho un poco a mi medida me gusta, porque es una Asturias que convive sin problemas con casi todas las regiones del mundo, y que me ha hecho entender, y finalmente sentir, que no hay un lugar que sea mejor que otro en este planeta, ningún espacio excepcional, ninguno más bello; aunque todos tengamos uno que para nosotros es el mejor, el único, incuestionablemente el más hermoso.



























