En abril de 2022, en la exposición sobre Emilio Alarcos Llorach en la Universidad de Oviedo que formaba parte de los actos de homenaje al lingüista por su centenario, su viuda, la también profesora de Lengua de la Facultad de Filología, Josefina Martínez, mandó quitar unas fotos en las que aparecía su esposo con su primera mujer, la suiza Clarisse Grenier. Este incidente, nada sorprendente conociendo el fuerte carácter y el autoritarismo de la filóloga, fue el aldabonazo que necesitaba Lioba Simon Schumacher para abordar “Desde un jardín en Lausana”, un libro de reciente aparición que relata la triste peripecia vital de Clarisse y el papel que jugaron Emilio Alarcos, Josefina Martínez y un grupo de protagonistas de la vida social y cultural ovetense durante las últimas décadas del franquismo en el proceso que llevó a la locura y finalmente a la muerte a la suiza.
“Desde un jardín en Lausana” es un retrato demoledor del caciquismo, la hipocresía y la corrupción moral y académica en la Universidad y en la vida social de una pequeña ciudad “de provincias” como Oviedo, en medio de una dictadura militar y del peso de una institución reaccionaria vinculada a ella, la Iglesia católica. Es un tópico hablar de la pervivencia de “La Regenta” de Clarín, de los vicios de la “Vetusta” que describe la novela, en el Oviedo posterior al siglo XIX, incluso en la actualidad. Podrán vislumbrase todavía algunos rasgos de aquel mundo de intrigas, apariencias y clasismo, pero Oviedo hoy es una ciudad moderna y acogedora, aunque mantenga su conservadurismo. En cambio el libro de Lioba, alemana asentada hace muchos años en Asturias y también filóloga y catedrática en la Universidad de Oviedo, demuestra que la Vetusta clariniana tardó mucho en disiparse, estaba muy viva en plena Transición. “Desde un jardín en Lausana” da fe de ello.
Que en el libro la autora firme con un seudónimo (Lio Schumer), recurso que utiliza con la gran mayoría de los personajes de la narración, por el temor a una demanda judicial y a la reacción de Josefina Martínez, indica que los miedos a los poderes cableados en una pequeña ciudad periférica perviven a estas alturas del siglo XXI. Emilio Alarcos, nacido en Salamanca, aparece como Emiliano Alarcón y Josefina, asturiana de San Cloyo, como Tomasa Fernández, o La Tomasa, en referencia a el nombre de La Pepa por el que se la conoce en Oviedo y en Asturias.
Clarisse Grenier y Emilio Alarcos se conocieron en la Universidad de Berna, donde ella era alumna de Idiomas Modernos y él lector de español
Clarisse Grenier y Emilio Alarcos se conocieron en la Universidad de Berna, donde ella era alumna de Idiomas Modernos y él lector de español. Hubo un flechazo y decidieron casarse pese a las reticencias del padre de la novia, pastor protestante. La primera de las cuatro bodas, civiles y religiosas, protestantes y católicas, en Suiza y en España, fue en un Juzgado de Berna en julio de 1947. La novia tenía 21 años y el novio 25. Desde entonces ella vincularía su vida a la de su marido, que desarrollaría una brillante carrera como lingüista, mientras la políglota Clarisse abandonaba sus estudios y se convertía en una ayudante de Emilio, en tareas como traducciones y transcripciones de trabajos a través de las entonces imprescindibles máquinas de escribir.
El matrimonio Alarcos-Grenier vivió feliz los primeros años de su matrimonio, prácticamente dos décadas. La esposa siguió a su marido en sus destinos como profesor de Instituto en Cabra y Logroño, hasta que en el curso 1950-51 Emilio obtiene una cátedra en la Universidad de Oviedo y se trasladan a la ciudad. En la capital asturiana nace poco después su hijo Diego.

Clarisse Grenier no pasa desapercibida en la capital asturiana. Una extranjera en aquellos años no era una presencia habitual, pero además la suiza era una joven hermosa, dulce y de modales exquisitos. Desprendía distinción, esa clase que tanto valoran los carbayones. En aquellos años un mozalbete ovetense llamado Gregorio Morán, que jugaba con Diego Alarcos en el parque de San Francisco, quedó prendado de aquella señora. La recuerda como la persona más amable y cariñosa con los niños que había visto nunca, algo inolvidable en aquella España ruda que superaba la posguerra.
En Oviedo Emilio Alarcos inició una brillante carrera académica que lo llevaría a ser considerado uno de los más prestigiosos lingüistas españoles. Fue uno de los introductores del estructuralismo en España y acabaría ocupando un sillón en la Real Academia de la Lengua Española.
Pero todo se fue agrietando en la relación de la pareja, hasta acabar viviendo en pisos separados cuando el marido se mudó a uno propiedad de la Universidad. Su esposa culpaba del deterioro de la convivencia entre ellos, que llegó a ser tormentosa, a la relación que Alarcos inició con Josefina Martínez, que había sido su alumna y acabó siendo compañera del maestro en el claustro de profesores de la Facultad de Filología de la Universidad de Oviedo. Dos jóvenes estudiantes que conoció en las aulas acabaron siendo las parejas del famoso filólogo; la vida universitaria es a veces muy rica en lo sentimental, algo que no se estudia en los libros.
El juicio ante un Tribunal Eclesiástico en Oviedo, en 1971, para la anulación del matrimonio católico Alarcón-Grenier sacó a relucir lo peor de la Vetusta clariniana, la ciudad levítica donde todo se observa detrás de los visillos, reinan el clasismo y el cotilleo, y no parece tener sitio una incomprendida mujer extrajera sola y abandonada. Entre los muchos testigos que llevó el profesor, repitiendo numerosas falsedades, estaban un portero, una portera, un tendero, un detective privado y un cura. También había personas muy conocidas del mundo de la Universidad y la cultura de la ciudad. Algunos confesaron que acompañaban a Alarcos en labores de vigilancia clandestina de su esposa, a la que atribuían una relación con un taxista. Negaban en cambio que las relaciones entre Emilio y Josefina fueran más allá de lo académico y profesional.
La sentencia que anuló el matrimonio fue celebrada con entusiasmo por Alarcos y Martínez, que no tardarían en celebrar el suyo, y supuso el inicio de la caída a los infiernos de Clariss
La sentencia que anuló el matrimonio fue celebrada con entusiasmo por Alarcos y Martínez, que no tardarían en celebrar el suyo, y supuso el inicio de la caída a los infiernos de Clarisse, que acabó viviendo en un hostal y dando muestras cada vez mayores de un rápido deterioro de su salud mental. Mucha gente en Oviedo la recuerda dirigiendo el tráfico por las calles de la ciudad. Fue la suiza quien dijo en un establecimiento ovetense “si la Virgen de Covadonga ye piquiñina y galana, que se joda”, frase que se atribuye a Camilo José Cela porque el escritor gallego la popularizó tras conocer la anécdota, que le hizo mucha gracia.
Tras varios ingresos previos en el mismo centro Clarisse muere en el Hospital Psiquiátrico de Oviedo en 1984, a los 58 años, en completa soledad. Su hijo Diego, que se había desplazado a estudiar Ciencias Físicas a Valladolid y acabó también dedicado a la docencia, había tenido una estrecha relación con su madre, pero en los últimos años, con Clarisse muy enferma y perturbada, estaban distanciados. Diego fue fuente esencial para el libro de Lioba y siente un cierto desgarro sobre lo ocurrido con su madre. Tanto el hijo de Clarisse como la autora de “Desde un jardín en Lausana” coinciden en pensar que en el desequilibrio emocional que padeció la suiza influyeron decisivamente el acoso social y la hostilidad a la que fue sometida, un proceso que detalla el libro.

Al margen del drama humano que centra la narración de “Desde un jardín en Lausana”, el libro delata otro social, académico y cultural en la historia reciente de España y Asturias, con vicios que la democracia heredó de la dictadura, porque los comportamientos colectivos tienen más que ver con los rasgos que conforman la manera de entender el mundo del pueblo que con leyes o sistemas políticos. Nadie puede negar la importancia de la figura de Emilio Alarcos como lingüista, también su talla intelectual. Era un sabio y quienes lo trataron también destacan una fina e inteligente ironía en su personalidad. Pero su papel en la Universidad de Oviedo y en la cultura asturiana también está vinculado a la falta de meritocracia, el nepotismo, la endogamia, el clientelismo y el caciquismo. No era un secreto, pero el libro de Lioba lo ha destapado, sin eludir casos sangrantes en oposiciones, exámenes y contratación de personal.
Lo que ha pasado con la cultura asturiana desde el tardofranquismo hasta la actualidad no se entiende bien sin aludir a la influencia decisiva en esos años finales de la dictadura y en la Transición de Emilio Alarcos y Gustavo Bueno, que fueron grandes amigos. Sus similitudes, incluso biográficas, son evidentes. Nacidos fuera de Asturias ambos, en La Rioja en el caso del filósofo, llegaron jóvenes a la Universidad de Oviedo, donde se convirtieron en sus figuras más influyentes y comenzaron carreras que les darían prestigio nacional e internacional. Ejercieron el pensamiento dominante y crearon opinión, lo detallo en un capítulo de “No hay país”, un libro que publiqué en 2022.
La hegemonía cultural gramsciana, la inteligencia que sale de las aulas universitarias, hacen suya las élites e impregna luego a la sociedad, como el orbayu, tuvo otros nombres en Asturias en aquellos años decisivos, cuya huella llega a la actualidad, pero los de Emilio Alarcos y Gustavo Bueno destacaron especialmente. También dejaron discípulos.
Relevante y paradigmático fue su papel en la ofensiva contra la lengua asturiana, con gran influencia en la vida política y las instituciones. El germen y la causa de aquella hostilidad en el caso de Emilio Alarcos y Josefina Martínez se contó en la revista Atlántica XXII y en “No hay país” y es curioso que nunca haya tenido mas eco en la galaxia mediática asturiana. La pareja apostaba por la lengua asturiana y su normalización, al igual que otros profesores de la Facultad, como Xosé Lluis García Arias o Ana Cano, algo absolutamente natural tratándose de lingüistas en la Universidad asturiana.
Alarcos se inclinaba por el bilingüismo en Asturias, e incluso por la unificación de las variantes del asturiano en favor de la central. Llegó a escribir: “¿Será, así, la normalización de los bables la única manera de salvaguardar la permanencia de estos ante el castellano o junto a él? Tal parece haberlo entendido la Academia de la Llingua”. Alarcos asistió desde el estrado a la primera sesión de la Academia de la Llingua en el Museo de Bellas Artes de Asturias en mayo de 1981. Fue nombrado académico de honor. La tesis doctoral de Josefina Martínez, también elegida académica de número de la llingua, se ocupaba del asturiano, comparándolo con el castellano y en 1976 prologó el libro de Xosé Lluis García Arias “Llingua y sociedá asturiana”.

Todo cambió un día de primavera de 1986. La Universidad, a través del vicerrector de Ordenación Académica y también profesor en la Facultad de Filología, José Antonio Martínez, reclamó algo más de medio millón de pesetas a Emilio Alarcos y Josefina Martínez por una cuestión de duplicidades en la dirección del Departamento. La Pepa montó en cólera y pidió solidaridad a sus compañeros. Cuando García Arias se la negó, su compañera le apuntó con el dedo y soltó una frase de tono bíblico muy de su estilo:
-Pues con este dedo que os nombró a todos, a partir de ahora todo para mis amigos y justicia para mis enemigos.
No se puede acusar a Josefina Martínez de faltar a su palabra. A partir de entonces o estabas con ella y con su marido, y lo podías obtener todo, o eras enemigo declarado, con funestas consecuencias para tu carrera y tu proyección. Una elección difícil, que te puede convertir en vasallo o en apestado, y que acaba provocando enormes desgarros personales y profesionales. Las consecuencias de aquella disputa de departamento, típica de la Universidad española, fue mucho más allá de los pasillos de la Facultad y llegó a la sociedad asturiana, que asistió a la conversión instantánea de Alarcos y La Pepa en acérrimos y aguerridos enemigos de la lengua asturiana y su normalización.
Al año siguiente, en 1987, García Arias pudo comprobar personalmente lo que suponía convertirse en enemigo del matrimonio. En la oposición a la cátedra de Dialectología Hispánica era sin duda, por experiencia y currículum, el mejor de los dos candidatos, algo que se vio también en la exposición pública, seguida durante varios días por gran cantidad de público. Pero todo el mundo sabía que nada tenía que hacer por la composición del tribunal de cinco personas, presidido por Emilio Alarcos con Josefina Martínez de secretaria. También estaba en el tribunal Gregorio Salvador, muy amigo de la pareja. La cátedra fue para Francisco García, el candidato y discípulo de Alarcos. García Arias no la obtendría hasta el año 2009.

El activismo contra el asturiano, cual herejes que se vuelven contra sus antiguas creencias, de Alarcos y La Pepa, más beligerante el de ella, un torbellino de cuya insolencia da fe quien la trata y el libro de Lioba, fue incansable. En los medios de comunicación, en la actividad académica, en la vida pública, en la Real Academia Española de la Lengua y en cualquier foro donde se pudiera oír su voz, que eran muchos y relevantes. Cuando hacía falta, sobre todo cuando pudo haber cooficialidad, como en los años 90 al mostrarse favorable Francisco Álvarez-Cascos si la apoyaba el PSOE, La Pepa descolgaba el teléfono y arremetía contra el asturiano y los asturianistas ante diputados y presidentes, si es que no los abordaba en la calle o en cualquier acto. También ante José Ángel Fernández Villa, que era el hombre fuerte del socialismo asturiano.
La eficacia de aquella ofensiva es innegable. Se observa si repasamos nombres de personas relevantes de la cultura asturiana en aquellos años que se plegaron a las posiciones cerriles y fundamentalistas de la pareja, que solo obedecían a fobias personales. Gente como Juan Cueto, Ángel González, Juan Benito Argüelles, Lola Lucio, Víctor García de la Concha, numerosos políticos con poder y mando, en la derecha y en la izquierda, y por supuesto periodistas y editores que decidían la línea informativa y editorial de los medios, seculares enemigos de la normalización del asturiano. Muchos de ellos se arrepentirían años después, como me consta en el caso de Juan Benito Argüelles y Lola Lucio, que me lo confesaron personalmente, culpando sobre todo a Josefina de aquella especie de abducción.
Alarcos y Bueno impulsaron una asociación que llamaron Amigos de los Bables a la que se adhirieron muchos de estos representantes de la cultura, arremetiendo contra la normalización y la cooficialidad. Se presentaron con un manifiesto dirigido a la sociedad que provocó cierta jocosidad desde su encabezamiento: A la Asturias sensata y pensante. Se veía que los que no compartíamos su posiciones lingüísticas éramos burros e insensatos. En las manifestaciones por la cooficialidad se gritaba: Sensatos y pensantes, sois unos mangantes.
Recuerdo un episodio personal que describe bien aquellos tiempos. Me encargaron en TVE-Asturias, donde trabajaba, organizar unos debates sobre temas polémicos de actualidad a los que asistían seis personas defendiendo posiciones enfrentadas. Cuando preparaba uno sobre la lengua asturiana llamé a Emilio Alarcos, que presidía Amigos de los Bables. Me preguntó quienes serían los tres que defenderían al asturiano. Cuando le informé que uno de ellos sería Xosé Lluis García Arias, presidente de la Academia de la Llingua, adujo que no asistiría porque no estaba a su nivel. Uno o dos días después, cuando Amigos de los Bables había decidido que otra persona sustituiría a Alarcos, me llamó Gustavo Bueno pidiendo participar también en el debate. Entendía que debería estar allí por su talla intelectual, aunque se sentaran cuatro contra tres en el estudio, porque Amigos de los Bables no renunciaba al sustituto del presidente. Intenté razonar con Bueno y que asistiera él representando a la asociación, pero no hubo manera. Como no accedí a su pretensión, cortó la llamada abruptamente:
– Usted sabrá lo que hace, aténgase a las consecuencias.
Hubo consecuencias por el poder y la influencia que tenían Alarcos y Bueno, maestros en lo suyo, pero también del pensamiento dominante en Asturias, una labor que ejercían con la soberbia que desprendían aquellas palabras del filósofo, una de las personas más inteligentes que conocí. No me refiero a las consecuencias personales, que también las hubo, aunque eso no tiene mayor importancia en mi caso, sino a las sociales y culturales.
Alarcos sostenía que las lenguas eran producto de sus hablantes, que eran sus dueños, y no le faltaba razón. Como muestra está la indiferencia de buena parte de la sociedad asturiana ante la suya, e incluso la hostilidad de una minoría poderosa, algo que explica su retroceso hasta llegar a su estado actual, en peligro de desaparición. Pero tampoco ignoraba el salmantino el papel fundamental de los Estados y las políticas lingüísticas en la evolución de las lenguas, no en vano era académico de la española, cuyo auge está vinculado al viejo Imperio y con protección oficial desde hace siglos.
Que a estas alturas la cooficialidad siga siendo una utopía en Asturias y sus lenguas románicas estén en peligro de extinción tiene también mucho que ver con el rechazo hacia ellas de los poderes públicos, del mediático y de las élites. La contribución de Alarcos y Bueno, sobre todo del lingüista, fue decisiva, le dio una justificación académica y cultural, construyó un discurso ideológico que impuso un modelo que se convirtió en oficial.
Esas actitudes y esos comportamientos también aparecen en “Desde un jardín en Lausana”, aunque en el libro no hay alusiones al conflicto lingüístico. Si nos referimos al provincianismo que encumbró en Asturias hace no tantos años a algunas personas, a costa de los intereses generales, hay que decir que Clarisse no fue la única víctima.



























