Las marchas de la dignidad han asaltado las carreteras españolas durante casi tres semanas con una sublime impertinencia para mostrar la mejor «marca España» nunca difundida en el extranjero. La ciudadanía ha saltado al asfalto ante las cámaras en directo para denunciar el genocidio del pueblo palestino y contra la presencia de un equipo ciclista, pagado por un propagandista amigo del genocida primer ministro de Israel. La Vuelta a España ha terminado, el equipo del amigo del genocida no ha sido expulsado y Netanyahu ha vencido en La Vuelta a la organización de la carrera ciclista (Unipublic), a la Unión Ciclista Internacional (UCI), al Comité Olímpico Internacional (COI) y, por supuesto, al Consejo Superior de Deportes (CSD), cuyo responsable apareció un día, al final de la carrera, para confirmar lo que todos y todas sabíamos: que es incapaz de tomar decisiones. «Pero sí podemos animar y trabajar en los ámbitos propios. Cuando vaya a las reuniones de ministros y ministras de deportes se pueden plantear estas situaciones», dijo José Manuel Rodríguez Uribes, presidente del CSD, en otra iluminada declaración para su currículo de negligencias.
Las marchas han molestado, han asaltado las carreteras, han ayudado a ver la verdad con claridad. Han cortado la celebración contaminada por la propaganda política de un genocida, indignados ante la «neutralidad política» a la carta declarada por la UCI. Ahora nadie puede decir que desconoce la existencia de un equipo ciclista cuya misión es lavar la imagen de un genocida y que este se siente orgulloso de su equipo ciclista. Netanyahu ha sacado a la calle a la ciudadanía descalificada como «antisistema», que parece estar superando al fin un proceso de desmovilización desde la llegada de los Gobiernos progresistas. Las acciones civiles han puesto en evidencia que el desencanto y la decepción no se habían olvidado. Esta vez ha estallado ante la inutilidad de las autoridades deportivas españolas, incapaces de detener un acto de propaganda contra los derechos humanos.

El ganador de La Vuelta 2025, Jonas Vingegaard ha dicho que «la gente protesta por algo, es horrible lo que está sucediendo». Estas palabras contradicen a las de muchos que se empeñan en reducir al deporte a un entretenimiento de siesta y ajeno a los conflictos sociales. Hay pocas actividades más políticas que el deporte y la transmisión de sus valores de igualdad, esfuerzo, sacrificio, constancia, inclusión y no discriminación. Solo el líder de la carrera ha querido transmitir y defender estos valores del deporte.
La historia prueba la relación entre deporte y política. Una relación que va desde la Grecia clásica hasta nuestros días. Mussolini utilizó el fútbol para fortalecer sus ideales fascistas; los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlín se convirtieron en una gran plataforma para la propaganda nazi; en los de México 68 los derechos humanos fueron los protagonistas cuando el Black Power subió al podio, un jugador de la NFL hincó su rodilla derecha durante el himno nacional norteamericano para denunciar la injusticia racial y la brutalidad policial en su país. La Ley española del Deporte indica que los poderes públicos deberán desarrollar políticas públicas deportivas para la promoción de la paz y la concordia en el deporte y los valores humanos y de la erradicación de la violencia, el racismo, la intolerancia y la xenofobia. La Ley establece un vínculo entre política y deporte, porque despolitizar es deshumanizar.
Mientras las carreteras se indignaban con la presencia del supuesto equipo deportivo, las autoridades decidieron militarizar arcenes y calles y reprimir el enfado de los y las ciudadanas de nuestro país. La última etapa ha tenido tantos efectivos de las fuerzas del orden como la cumbre de la OTAN, celebrada en la capital en 2022. Además de requisar banderas palestinas y cargar contra los manifestantes, hubo más de treinta personas detenidas, algunas de ellas con cargos. El Gobierno de Pedro Sánchez reconocía en mayo del año pasado al Estado de Palestina. El Gobierno de Asturies era el único, de una Comunidad por la que pasaba La Vuelta, que aseguraba: «No podemos permanecer impasibles ante la masacre de Gaza». ¿Apoyarán la retirada de estos cargos a las personas detenidas?
La Vuelta de 2025 ha sido uno de los acontecimientos televisados con mayor fuerza transformadora de la sociedad en los últimos tiempos
La Vuelta de 2025 ha sido uno de los acontecimientos televisados con mayor fuerza transformadora de la sociedad en los últimos tiempos. Hemos podido hablar y mostrar a nuestros hijos e hijas cómo se lucha por una sociedad justa. Han aprendido a participar de la mejora del mundo en el que vivimos, han visto a ese chaval correr mientras extendía una bandera palestina el día de la subida a L’Angliru, en Asturies, detrás de los dos primeros ciclistas. Esa será la imagen de esta Vuelta y no la del podio de Madrid. Los más de 190 países para los que se retransmitía la prueba también vieron, en la etapa que no terminó en Bilbao, una fila de madres enlutadas mostrando a sus hijos muertos. Ninguno de nuestros artistas más políticos será capaz de superar esta acción.

En esta Vuelta por fin el deporte ha interesado a todos los ciudadanos y ciudadanas. Gracias a las movilizaciones, el ciclismo profesional ha trascendido de las grandes gestas deportivas para ser una plataforma política contra el uso del deporte para blanquear la imagen y legitimar a un Estado genocida, todo ello con la inversión de dinero público. Esta Vuelta ha sido la mejor escuela de una ciudadanía impertinente y desobediente, que se ha levantado contra el silencio internacional que había permitido participar en todos los acontecimientos ciclistas al equipo del genocidio.
El fotoperiodista ganador del Premio Pulitzer, Manu Brabo, resumía hace unos días con esta frase —en referencia a sus fotografías publicadas en medios internacionales donde mostraba el horror de los campamentos de refugiados en Alepo (Siria), que desembocaron en la crisis humanitaria de inmigrantes que buscaban una vida mejor en Europa y han dado pie a los discursos xenófobos que encumbraron a la extrema derecha—: «os avisamos y no hicisteis nada». Estas veintiún etapas de La Vuelta no pueden quedar en un mero recuerdo. Ya no hay tiempo.



























