Sobre Benjamín Netanyahu pesa una orden de arresto de la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra y de lesa humanidad, lo que no ha impedido que se le permitiera intervenir en la ONU para anunciar que va a seguir con el genocidio en Palestina hasta la devastación absoluta. Se supone que debemos alegrarnos porque la mayoría de delegados de la mayoría de naciones abandonó la sala cuando empezó a ¿hablar? este sujeto abominable, pero el hecho de que se le permitiera asistir y tomar la palabra es insoportable, y la constatación de que sigue cometiendo impunemente los crímenes de los que se le acusa, intensificados, debería avergonzarnos.
Como los caminos del pensamiento son imprevisibles, vi una foto de la cara con la que Netanyahu contemplaba el desplante de numerosas delegaciones en la ONU, una cara pétrea y sebosa a un tiempo, y la vi justo después de leer el capítulo tercero, dedicado al pavo salvaje, del libro Diez aves que cambiaron el mundo, de Stephen Moss (Salamandra 2025), y mi mente se desbocó. Tras un primer capítulo impresionante dedicado al cuervo y un segundo capaz de reconciliar a cualquiera con la discreta y humilde paloma, enfrentarme a la imagen de miles de toneladas de carne de pavo consumidas al año (una parte no desdeñable sólo para celebrar Acción de Gracias) me había dejado mal cuerpo. Todo el capítulo gira en torno a las tradiciones que se cuentan sobre el origen de esta fiesta y de la costumbre de sentarse a la mesa en torno a un plato de pavo. La brutalidad que se practica en las macrogranjas que en torno a los años 70 sustituyeron a las granjas familiares es terrorífica. Sin embargo, la costumbre nos condiciona y, aunque sepamos de la crueldad de estas granjas de tortura, comemos pavo con más tranquilidad de la que mostraríamos ante un guiso de carne de cisne o de cigüeña. Aunque hace mucho que no como nada que en vida haya tenido plumas, sigo condicionada para ver diferencias entre unas aves y otras si hablamos de cocina.
Comer carne humana tiene también muchos detractores. Se contaba que Atreo, el padre de Agamenón y Menelao (los comandantes de la expedición a Troya, casados con Clitemnestra y Helena, respectivamente), había dado de comer a su hermano Tiestes, sin que éste lo supiera, la carne cocinada de sus propios hijos, en venganza, como siempre, por traiciones en torno al lecho y el trono. También Procne y Filomela se vengaron del salvaje Tereo cocinando para él la carne de su hijo Itis. Todos estos personajes fueron castigados, de una manera u otra, por los dioses. A pesar de lo mal visto que está, me imaginé a Netanyahu cocinado y devorado, pero, ¿por quién? Ni una piara de cerdos se le acercaría. Que conste que la imagen me vino a la mente por culpa de los pavos, porque su único delito es pesar muchos kilos y tener una carne tierna. Así definía al pobre pavo un autor citado por Stephen Moss: “Un ave grande cuya carne, cuando se consume en determinadas festividades religiosas, tiene la peculiar propiedad de atestiguar la piedad y la gratitud”. Todo suena mejor rodeado de un poco de literatura. Como ejemplo tenemos el ensayo de Jonathan Swift, publicado en 1729, Una humilde propuesta (el título completo era Una humilde propuesta para evitar que los hijos de los pobres sean una carga para sus padres o su país, y para hacerlos útiles al público). Swift proponía que los desesperados y empobrecidos campesinos irlandeses, incapaces de alimentar a sus familias, vendiesen a sus hijos pequeños a los terratenientes ricos, que contarían así con un alimento “delicioso y nutritivo” al tiempo que ellos ganarían un poco de dinero. La sugerencia era, obviamente, satírica, aunque, asumiendo que en estos últimos tiempos estamos atravesando un agujero de gusano temporal y moral, cortesía de los villanos que están al mando aquí y allí, igual acabamos aterrizando en un mundo en el que algo parecido se proponga en la ONU.
Pero volvamos a Netanyahu, que sacaría del hambre a varias familias de cualquier especie. No hay literatura que pueda venderlo. Necesitaríamos dragones, que tragan sin masticar, y jinetes de dragones, que habrían interceptado su avión en ese largo viaje de Tel Aviv a EE.UU. en el que evitó cruzar espacios aéreos en los que no era bienvenido. Humildes propuestas, tan impracticables como las de Swift, porque, al despertar, Netanyahu seguía ahí, su despreciable figura no había sido devorada. Tendré que conformarme con ese video que circula por internet en el que un córvido picotea y picotea una bandera de Israel hasta que la arranca del mástil y la arroja al suelo. Es una corneja cenicienta, aunque en las redes se dice que es un cuervo y se aplaude su proverbial inteligencia. Es una preciosa corneja cenicienta, menos imponente que un cuervo, pero tan lista y valiente como la que más. A cada uno lo suyo, y lo mínimo que merece ella es una silla en la asamblea de la ONU.



























