Desde el 28 de septiembre, los jóvenes de la llamada generación Z están saliendo a las calles de al menos once ciudades marroquíes para protestar por la falta de inversión en salud y en educación, por el desempleo y la corrupción de las élites sociales en su país. La actuación de la policía no se ha hecho esperar y se ha detenido a decenas de personas. La asturiana Sonia Moreno (Oviedo/Uviéu, 1973), periodista y reportera de información internacional especializada en el norte de África, ex corresponsal del diario Público y de la Cadena SER en el Magreb, explica para NORTES qué cambios se están gestando en el país vecino. Acaba de publicar “Marruecos, el vecino incómodo” en La Esfera de los Libros.
Esta semana Moreno presenta su libro con La Ciudadana, el jueves en El Manglar de Oviedo/Uviéu, a las 19:30h, y el viernes con la Sociedad Cultural Gijonesa. Será en la Biblioteca Jovellanos a las 19h.
¿Por qué se levantan protestas en este momento?
El detonante fue la muerte de ocho mujeres embarazadas en un hospital de Agadir, una ciudad costera a casi 500 kilómetros al sur de Rabat, que refleja la mala calidad de la asistencia sanitaria. Pero hace años que se viene pidiendo una mayor inversión en sanidad y en educación, medidas contra la corrupción, la desigualdad y el desempleo. Tras la COVID-19, la sequía y la situación económica mundial, el desempleo se elevó al 13 por ciento, castigando mucho a la juventud y a las mujeres, en especial del ámbito urbano, con un 35,6 por ciento y un 18 por ciento, respectivamente, de paro. Los médicos y los profesores se llevan manifestando desde 2018. Sucede que la gente se va de Marruecos porque no tiene oportunidades y no son solo subsaharianos, como el ministro Grande-Marlaska o Rabat quieren transmitir, no, hay muchos jóvenes que salen y uno de los motivos es la desigualdad, el no tener trabajo y que el servicio militar sea obligatorio, que se restableció en agosto de 2018. Pero es que la mayoría de la juventud que puede viajar con visado, que está formada, prefiere quedarse. Se trata de médicos, abogados, profesores, por ejemplo; también están quienes se han ido a Europa, han regresado y empujan para abrir brecha.

Coincide que acaba de publicar su libro, Marruecos, el vecino incómodo, de la editorial La Esfera de los Libros, donde analiza el reinado de Mohamed VI y, asimismo, sus relaciones con España. En él ya menciona un sistema represivo y de control de la población. ¿Cómo han podido entonces organizarse estas movilizaciones?
Las convocatorias se han realizado sobre todo a través de las redes sociales con el hashtag #GENZ212 —GENZ significa generación Z y 212 es el prefijo de Marruecos— y también por Discord, una aplicación gratuita de comunicación que permite usar chat de voz, video y texto, con millones de usuarios. Hay post de activistas en la red X, en Instagram y en TikTok. Han surgido de las grandes ciudades y van cambiando el lugar, como ya se hizo otras veces. Con cuatro días de movilizaciones, solo en Rabat hay 90 detenidos, entre ellos, el presentador del podcast político Motalate y las activistas Latina Makhloufi y Fatiga Zamora Belghiti. Y emplean eslóganes muy contundentes, que hacen referencia a que no quieren que se organice allí el Mundial de Fútbol 2030, reclaman que eso se invierta en sanidad, en educación. Es un reproche a esa imagen que se desea proyectar al exterior y que reporta beneficios a los de siempre. Incluso en esa preparación del evento deportivo, hay ciudadanos españoles afectados, ya que derribaron sus casas, como informé en El Español.
Explica en su obra que esto ya viene de muy atrás
Antes de esto, el rey tenía varios frentes abiertos en las zonas rurales que podían hacer que explotara todo. En mi libro explico que en 2020, en Zagora, más de 30.000 personas sufrieron cortes o falta de agua potable durante días y esta situación desencadenó las «manifestaciones de la sed». De forma similar, desde 2017, en Jerada, a 60 kilómetros de Oujda, frontera con Argelia, la población se ha movilizado por la muerte de personas —algunos incluso, menores de edad— tras el derrumbe de galerías en minas clandestinas. Human Rights Watch condenó la «campaña de represión» contra los manifestantes y el «uso excesivo de las fuerzas de seguridad», con decenas de detenciones. Después, para suavizar la situación, las autoridades concedieron seis licencias de explotación de carbón, pero los jóvenes salieron a las calles durante el confinamiento para exigir al Gobierno alternativas de empleo a las «minas de la muerte» tras la caída de una de carbón que sepultó a un hombre de 30 años. A ello se añaden, en 2016, las movilizaciones de la región del Rif, donde se formó el Hirak —«movimiento», en árabe— que salía a protestar a diario. Se reclamaba, aparte de inversiones, justicia por varias muertes sin esclarecer durante la Primavera Árabe. El Gobierno acusó a los rifeños de independentistas y de trabajar para potencias extranjeras. La indignación explotó cuando Mohcine Fikri, un vendedor de pescado de 31 años al que las fuerzas del orden le habían requisado pez espada en Alhucemas, se metió en un camión de la basura para recuperar su mercancía y murió triturado. El joven se convirtió en un mártir que desencadenó las revueltas del Rif. También, más recientemente, por el verano se dieron unas Marchas por la Dignidad en el Atlas, una zona rural —que es donde más desigualdad existe—, que no tuvieron mucha repercusión en los medios.
¿Y cuál es la actitud del rey?
En el 20F, por la Primavera Árabe, el rey reaccionó rápido, dio un discurso extraordinario y convocó un referéndum para hacer una reforma constitucional; se quitó poderes para dárselos al Ejecutivo y al Judicial. Algunas cosas sí se consiguieron, no muchas, como que él elige quién va a gobernar, pero dentro del partido más votado. Sin embargo, ahora mismo se da una situación peligrosa, porque el rey ha tenido que irse a Francia por un tema de salud. Y existe gran debilidad, el rey está traspasando los poderes a su hijo y tanto la policía como los militares están cogiendo mucho brío y los islamistas, que están muy reprimidos, quieren salir adelante. Es un momento muy delicado y eso puede repercutir a España.
¿En qué sentido puede afectar a España?
Desde el aumento de las llegadas de personas migrantes que escapan de la represión y de la posibilidad de ir a la cárcel, hasta el cierre de las fronteras terrestres con Ceuta y Melilla para evitar que en el norte más ciudadanos se unan a los manifestantes, lo que asfixiaría más a las ciudades autónomas españolas. Marruecos está a 14 kilómetros de la península, pero además Ceuta y Melilla se sitúan en el continente africano con gran parte de población marroquí. Cualquier inestabilidad en el país repercute en las relaciones comerciales bilaterales.
Se están dando estas revueltas y sin embargo, el eco en la prensa española no es muy visible. ¿A qué lo atribuye?
Creo que esta vez, a diferencia, por ejemplo, de las protestas rurales este verano, están teniendo más visibilidad en los medios de comunicación. Sin embargo, no sirve solo con dar cifras, exponer los eslóganes y entrevistar a los jóvenes, hay que hacer análisis y ofrecer el contexto para poder transmitir a la ciudadanía la magnitud y las consecuencias que pueden tener estas movilizaciones.
Al hilo de esto, ¿cuál es la relación de la prensa con las autoridades marroquíes?
Pues su televisión ha intentado silenciarlo, pero ya no les ha quedado más remedio que hablar de ello cuando ha saltado a las redes sociales y a la prensa internacional. Existe un silencio informativo que es clarísimo en el Sáhara Occidental, donde no tenemos ojos y no se puede informar, porque los periodistas locales están reprimidos y represaliados y a la prensa extranjera no nos dejan entrar. Este silencio informativo se extiende a todo Marruecos, que controla los medios de comunicación. Hasta el cuarto día las autoridades no se manifestaron, y lo que han hecho es tomar apuntes de las medidas que dictó el rey en el discurso de la Fiesta del Trono del 30 de julio para terminar con un «Marruecos a dos velocidades».
¿Me puede mencionar algún caso concreto?
Sí, en mi libro comento que a mí me dieron varios toques de atención por artículos sobre Mohamed VI, me ofrecieron ingentes cantidades de dinero por escribir artículos dulcificados sobre el país y me amenazaron con no volver a dejarme entrar si acudía a una charla con rifeños en Madrid. Además, compañeros de la SER, ABC, El País, se vieron obligados a dejar Marruecos. A lo largo de este reinado, se han cerrado revistas, periódicos, se ha encarcelado a varios periodistas independientes, como Omar Radi. Este último iba a escribir el prólogo de mi libro, pero finalmente declinó la oferta, ya que estuvo encarcelado, aislado y en 2024 fue indultado y ahora mismo se ha posicionado apoyando al movimiento GENZ212. También hay activistas como Ibtissam Betty Lachgar, cofundadora del Movimiento Alternativo por las Libertades Individuales, que hizo una campaña de 23 días criticando, a artículo por día, la reforma del Código de Familia, porque bajo el argumento del respeto a los valores del islam, los derechos de las mujeres son inexistentes. Ahora está encarcelada por lucir una camiseta en la que se puede leer: «Alá es lesbiana». Su hermana acaba de publicar una carta denunciando que duerme en el suelo, no tiene ni una manta, a pesar de que es una superviviente de un cáncer.
Manifiesta que la situación de los derechos humanos es una de las asignaturas pendientes en Marruecos, ¿por qué?
El Código Penal castiga hasta con tres años de cárcel a quienes tengan relaciones sexuales con personas del mismo género y lo califica como una «orientación antinatural». Las relaciones entre personas heterosexuales fuera del matrimonio pueden acarrear hasta un año de prisión. Existen leyes discriminatorias contra las mujeres en materia de herencia, prisión por adulterio, prohibición del aborto.
Con todo este panorama, ¿se aventura a pronosticar qué puede ocurrir?
Esto va a seguir, va a ir a más, las protestas son muy masivas. A ver por dónde sale el rey, que es el único que lo puede parar. En todo cado, lo significativo y más preocupante es que los jóvenes van a estar respaldados por otros marroquíes en la diáspora, como los rifeños en Europa, e incluso por los saharauis, para hacer frente al majzén, la oligarquía marroquí que concentra el poder en el país magrebí.



























