Crean desolación y lo llaman paz

Que justifiquen sus crímenes con citas de autores griegos y latinos es lo de menos, pero me molesta.

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Cuando el historiador Tácito escribió la biografía de su suegro, Julio Agrícola, senador y militar en tiempos de Domiciano, no dejó escapar la ocasión de criticar el régimen de terror de este emperador y, en el contexto de las guerras en Britania, habló del despotismo de los romanos, de su soberbia, del pillaje que practicaban, de cómo no se veían saciados nunca, de cómo se mostraban codiciosos ante los enemigos ricos y despóticos ante los pobres. En esa crítica insertó unas palabras que se hicieron famosas: solitudinem faciunt, pacem appellant, crean desolación y lo llaman paz. Es difícil no ver retratados a los EE.UU. en esta descripción. Por supuesto, los bárbaros que rodean a Trump, tan amigos de citar a los clásicos, esta referencia la evitan, aunque encajaría perfectamente, con una pequeña modificación, en sus planes actuales, los suyos y los de los asesinos sionistas: crean desolación y lo llaman oportunidad de negocio, o “resort”.

Estos bárbaros prefieren emplear otra cita, de la que se desconoce el contexto y así se manipula mejor: Si vis pacem, para bellum, si quieres la paz, prepara la guerra. El otro día le sirvió al secretario estadounidense de Guerra (no de Defensa, que eso es woke), Pete Hegseth, para abrir su discurso de presentación ante los generales del ejército. Dijo que ahí estaba la base de todo su alegato: para garantizar la paz, hay que prepararse para la guerra. Y con esta cita en latín, que le pasaría alguno de los fachas de la manosfera de la América profunda, tan amantes ellos del Imperio Romano, dejó zanjada la discusión de fondo: todos queremos la paz, ¿no?, pues, hala, a preparar la guerra. Cerrado este pequeño detalle, ya pudo centrarse en lo que realmente le interesaba, dar a conocer un par de ideas muy elaboradas y novedosas que pueden cambiar el mundo: primera, se acabó lo woke; segunda, todo el mundo a cortarse el pelo, afeitarse la barba y eliminar esa barriga, que da mala imagen. Y que vivan los más elevados estándares de la masculinidad.

No tuve paciencia para leerme el discurso entero, pero les aseguro que lo woke aparecía una y otra vez, y los más altos estándares de la masculinidad también. A mí nadie me ha preguntado nunca cuáles considero que son esos estándares, así que me lo pregunté yo a mí misma y pasé mucho rato sin que se me ocurriera nada, hasta que pensé que uno podría ser no haber estado implicado en denuncias de agresión sexual, pero tanto el presidente de los EE.UU. como el secretario de la Guerra en cuestión, Pete Hegseth, no lo cumplen y quizá por eso no estaba entre las recomendaciones que hacía este sujeto a los generales. Luego vi que Eva Güimil, en su columna en El País, reivindicaba “Lee un libro, Manolo” como lema de la ola feminista en la que ahora estemos, haga esta el número que haga. Lo proponía, con toda razón, a partir de un comentario de una concursante de OT. Y este requisito resulta que tiene el aval nada menos que de Elizabeth Taylor. Truman Capote, en Retratos (Anagrama, 1995) dedica un capítulo a la actriz y por él desfilan algunos de sus amantes, más o menos ilustrados. Uno de ellos se restregaba los ojos lamentándose del esfuerzo que le estaba suponiendo leer Matar a un ruiseñor, novela de Harper Lee que a Elizabeth Taylor le había encantado, “Lo he intentado, pero no puedo”, acabó diciendo. Pero entonces llegó Richard Burton, “Es realmente brillante. Lo ha leído todo y puedo hablar con él. No hay nada sobre lo que no pueda hablar con él”. Se casaron dos veces y si los estándares de la masculinidad que proponga Elizabeth Taylor no sirven, apaga y vámonos. Sin embargo, tampoco vi en el discurso de Pete Hegseth ninguna sección de libros recomendados. Insistía en lo de las barbas y los kilos de más.

Prepara la guerra porque quiere la guerra, necesita la guerra y el dinero que mueve la guerra

La pena es que por ridículo que sea Pete Hegseth, por fácil que sea reírse de él, por esperpéntico que nos parezca este gobierno norteamericano que ha facilitado la absoluta desolación en Gaza y que ahora llama paz a un plan que ni de lejos plantea la rendición de cuentas, la reparación, ni un futuro posible para una nación Palestina, la pena, decía, es que quiere la guerra y la tendrá. Prepara la guerra porque quiere la guerra, necesita la guerra y el dinero que mueve la guerra. Por eso es difícil tener esperanza.

Que justifiquen sus crímenes con citas de autores griegos y latinos es lo de menos, pero me molesta. Vivo en un ay temiendo que algún día descubran a Safo y empiecen a citarla. Es difícil, les queda lejos, pero quién sabe. Una alumna una vez me escribió en un examen lo siguiente (literal): “Al final, resultó que Safo era una mujer”. Es una de esas frases que te dejan sin aliento: al final ¿de qué?, ¿cómo que “resultó”? Y, sobre todo, ¿qué duda había? El caso es que yo, que me esmero cuanto puedo, que hasta les hago escuchar en clase una de las poesías más famosas de Safo en la versión de Christina Rosenvinge (el “Poema de la pasión”, de sus Versos sáficos) para que nunca se olviden, me encontré con eso en un examen. Y ahora pienso que ojalá el Ministro de la Guerra de los EE.UU. tenga claro que sí, que resulta que Safo era una mujer y, por tanto, no le interese en absoluto. Tengo esa esperanza porque Safo decía que, frente a los que cantaban la belleza de un ejército de infantes o de jinetes, para ella “lo más hermoso es lo que uno ama”, que, en su caso, estaba lejos, muy lejos, de los muy elevados estándares de la masculinidad del señor de la guerra ese.

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