La historiadora Anne Morelli (Bruselas, 1948), profesora honoraria de la Universidad Libre de Bruselas, es una de las grandes especialistas europeas en el estudio de la propaganda de guerra y los mecanismos de manipulación mediática. Su ensayo Principios elementales de la propaganda de guerra, publicado hace más de veinte años y reeditado ahora en español, se ha convertido en un clásico que resume, en diez reglas simples, la lógica con la que todos los bandos justifican la violencia.
El próximo 17 de octubre, Morelli participará en el congreso “Autoritarismo y guerra. En defensa de los valores democráticos y la cultura de la paz”, organizado por la Fundación 1º de Mayo de CCOO en Xixón, donde presentará su libro en una charla sobre los viejos y nuevos lenguajes de la guerra.
Durante esta conversación con NORTES, habla en un español comprensible, salpicado de francés, italiano e incluso algún giro de esperanto. Su fraseo es pausado, a veces vacilante, pero su mezcla de lenguas le da a sus palabras una dimensión universal, como si su voz, plural y sin fronteras, encarnara la conciencia europea a la que apela su obra.
Un manual de autodefensa contra la propaganda
Su libro resume la propaganda de guerra en diez principios. ¿Cómo surgió la idea de convertirlos en un manual tan breve y directo?
Durante la Primera Guerra Mundial empezó una propaganda muy profesional, con bulos, fake news. Y hoy lo es todavía más porque está hecha por grandes empresas de comunicación. Por eso es importante entender los mecanismos de la propaganda ya que quien los conoce puede resistirla. Creo que este pequeño libro es un manual de autodefensa frente a la propaganda que cada día encontramos en los periódicos o en las redes. Hoy día la propaganda es mucho más profesional que hace cien años.
El libro parte del clásico Falsehood in Wartime de Arthur Ponsonby, escrito tras la Primera Guerra Mundial. ¿Qué le atrajo de aquella obra y qué sintió que debía actualizar?
Ponsonby era un aristócrata británico que trabajó durante la guerra en la oficina de propaganda. Después, horrorizado por las mentiras que había visto, escribió un libro para contar todo eso. Causó un escándalo porque en los ambientes más patrióticos nadie quería reconocer que había creído en noticias falsas. Así que a partir de su obra elaboré mis diez principios de la propaganda de guerra, para que mis estudiantes pudieran recordarlos fácilmente. Y comprobé que todos seguían vigentes: del primero al último. Y se usan hoy, igual que en 1914, para orientar la opinión pública a favor de las guerras actuales.
Todos los bandos mienten igual
Usted sostiene que todos los bandos, sin excepción, utilizan las mismas estrategias de propaganda. ¿Por qué cuesta tanto reconocerla cuando viene “de los nuestros”?
Porque es difícil aceptar que también nosotros mentimos. El mejor método es no creer inmediatamente lo que se dice. Por ejemplo: “el presidente de Venezuela es un narcotraficante”. Enseguida pienso: ah, este es el principio número tres, el que consiste en presentar al líder del enemigo como un monstruo. Lo mismo pasa con Putin, al que se le representa con bigote, como Hitler. Cada principio tiene su reflejo en la actualidad. Si uno los conoce, puede leer el periódico o ver la televisión y reconocerlos: “nosotros no hemos empezado la guerra”, “defendemos valores morales”, “los otros solo buscan intereses económicos”… Son frases que se repiten siempre. Ayer y hoy.

¿Pero cuál de esos principios cree que se repite más actualmente?
El que divide el mundo entre los buenos y los malos. Nosotros somos pacifistas, los otros imperialistas. Pero si se mira el mapa de Europa, se ve que no son los rusos quienes se han acercado al espacio de la OTAN, sino la OTAN al de Moscú. Lo mismo pasa con China. Se habla de “imperialismo chino”, pero China está rodeada de bases americanas. Al final, cada bando se presenta como víctima y acusa al otro de agresor.
“Una mentira viaja más rápido que nunca”
En los conflictos actuales, las redes sociales se han convertido en campo de batalla. ¿Estamos más informados o más manipulados que antes?
Más manipulados. En la Primera Guerra Mundial se decía que los soldados alemanes cortaban las manos de los niños belgas, pero había que abrir el periódico para leerlo. Hoy basta con encender el móvil. Las mentiras llegan solas, todos los días. Una mentira se difunde ahora mil veces más rápido.
Uno de los mecanismos que describe en su libro es la necesidad de una causa noble para justificar cada guerra.
Sí, porque las verdaderas causas de las guerras son económicas. Se trata de conquistar territorios, conseguir materias primas, abrir mercados. Pero eso no se puede decir a los soldados que van a ir a morir al frente, así que se inventan causas morales como la libertad, los derechos humanos o la civilización. Lo curioso es que ambos bandos usan las mismas palabras. En los monumentos a los caídos de Alemania se lee “por el derecho y la libertad”; y en los de Bélgica se lee lo mismo también. Todos mueren convencidos de haber muerto por una buena causa. Nadie quiere morir por una mala causa.
¿Y cómo se fabrica el enemigo?
Siempre hay que deshumanizarlo. En la Primera Guerra Mundial los alemanes aparecían en los carteles como caricaturas, como monos peludos, violentos, con dientes afilados. Cuando el enemigo se convierte en animal, se le puede matar sin culpa, se puede hacer con él cualquier cosa. Es un mecanismo muy primario, casi infantil: “yo no he empezado, fue el otro”. Esa psicología tan simple sigue funcionando perfectamente.
Educar contra la propaganda
Su libro se usa hoy en escuelas y medios como herramienta educativa. ¿Cómo se puede enseñar a las nuevas generaciones a reconocer la propaganda sin caer en el cinismo?
Es verdad. El libro tiene un aspecto muy pedagógico. Cada año yo tenía más de mil estudiantes de primer curso. A veces, años después, todavía me escriben: “Profesora, vi las noticias y era exactamente el principio número cuatro”. Eso me alegra, porque demuestra que recordar los principios ayuda a desarrollar el espíritu crítico. Ese es el papel de un profesor o de un escritor, el de insistir en la crítica y enseñar a mirar con distancia.
Esta nueva edición en español llega en un momento de guerras y polarización. ¿Qué ha añadido?
Podría añadir algo nuevo cada día. La primera edición tiene veinte años, y desde entonces ha habido muchos ejemplos. El conflicto entre Palestina e Israel, donde los palestinos se presentan como no humanos; la guerra entre la OTAN y Rusia, con sus campañas de desinformación; o el uso de los drones, que ya son armas ilegales. Creo que cada día hay un nuevo caso que confirma los principios que hay en el libro.
Después de tantos años analizando los mecanismos de la guerra, ¿qué le sigue dando esperanza en la capacidad crítica de la ciudadanía?
Siempre hay que ser optimista. Soy belga, pero tengo origen italiano. En italiano tenemos una expresión: seminare sotto la neve —“sembrar bajo la nieve”. Significa sembrar aunque parezca que nada va a crecer, cuando todo está helado y blanco. Pero llega la primavera, la nieve se derrite y entonces brota lo sembrado. Yo creo que mi trabajo es eso: sembrar bajo la nieve. Aunque ahora parezca inútil, las semillas del pensamiento crítico siempre acaban germinando.



























