El Gaviluetu: Recuerdos del Avilés pirata

A mediados de los noventa se creó el primer centro okupa documentado en Asturias.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

En las leyendas marineras del occidente asturiano —transmitidas en romances y relatos orales—, el Gaviluetu era un críu nacido del encuentro imposible entre una sirena y un vikingo. Tras morir su madre de pena, unas gaviotas lo rescataban de una roca y lo llevaban a la torre de Santa Eulalia, en Luarca, donde un cura lo criaba hasta convertirlo en un guerrero que acabaría casándose con una infantina portuguesa. Un héroe improbable, salvado del abandono por el azar, el mar y los márgenes.

Décadas después, por Avilés circulaba otra versión, más de parque que de archivo. Ahora el Gaviluetu ya no era un guerrero legendario, sino el hijo improbable de un capitán y una sirena, un pirata cantábrico que robaba a los ricos para dárselo a los pobres. Una leyenda deformada por años de historias que ya nadie sabe quién empezó, pero que conservaba el mismo núcleo, el de un personaje nacido al margen del orden establecido.

Cartel dentro del antiguo colegio que fue convertido en un centro okupa de autogestión.

Por eso, cuando un grupo de jóvenes abrió el 7 de julio de 1995 la puerta del viejo colegio Virgen de las Mareas, el nombre salió casi sin pensarlo. El Gaviluetu. Una palabra ancestral para un edificio abandonado al que querían devolver el pulso.

Dentro, el colegio era poco más que una carcasa húmeda con cristales rotos y paredes desconchadas. “Estaba lleno de mierda y de jeringuillas; allí iba la gente a pincharse”, recuerda Primi Abella, guitarrista del grupo musical Dixebra, y que formó parte de aquella experiencia desde el principio. No había un plan milimetrado. La idea venía de antes, pero la forma concreta de hacerlo —cómo entrar, cómo organizarse, qué camino tomar— se decidió sobre la marcha. Lo único claro era la intuición juvenil de que aquel edificio podía ser algo más que una ruina.

Y así, entre turnos de limpieza y noches de trabajo, el colegio empezó a transformarse en un lugar posible.

“La plaza funcionaba como una asamblea espontánea con guitarras, litronas, fanzines y conversaciones largas.”

Una ciudad en declive y una plaza como laboratorio

Para entender el Gaviluetu hay que volver al Avilés de mediados de los noventa. La reconversión industrial había dejado un paisaje perforado. Naves cerradas, empleos perdidos, barrios obreros en repliegue. Al mismo tiempo, abundaban los pisos y edificios vacíos, silencios urbanos sin un futuro claro.

En ese escenario, un grupo de jóvenes buscaba sitio. Y lo buscaba afuera, en las plazas.

“Nos juntábamos en la plaza Carlos Lobo —recuerda Manu—. Hablábamos de que no había espacios para ensayar ni para reuniones, ni nada. Y de que había edificios vacíos por todas partes.”

La plaza funcionaba como una asamblea espontánea con guitarras, litronas, fanzines y conversaciones largas. Y de allí salió algo más que una queja: la convicción de abrir un espacio propio.

“Había que facelo —resume Yermu Colero—, porque nun había nada n’Avilés. Tou yeren trabes. Ellí, de sópitu, teníamos sitiu pa munches actividaes.”

El antiguo colegio Virgen de las Mareas encajaba perfectamente. Era grande, cerrado desde hacía años, visible desde cualquier esquina del barrio. Todo el mundo lo conocía, pero nadie lo usaba.

“Entramos, miramos cómo estaba aquello y empezamos a limpiar”, recuerda Paco Iglesias.

Cómo se fue conformando el Gaviluetu

La entrada no tuvo épica clandestina. Fue decidida colectivamente, a plena luz del día. Primero, encajar el golpe del abandono. Luego, imaginar qué podía hacerse allí.

La música llegó la primera. Las aulas amplias y las paredes gruesas permitían ensayar sin saturar al vecindario. Titi Muñoz —músico entonces en La Berza Contundente, más tarde en Possession, y hoy uno de los realizadores audiovisuales más reconocidos de Asturias— lo recuerda con precisión: “Los locales de ensayo eran húmedos o carísimos. En el Gaviluetu, de repente, había sitio. Para ensayar, para tocar, para hacer fotos, para montar cosas.”

En pocas semanas, el colegio dejó de ser un esqueleto gris para convertirse en una constelación de proyectos.

Cada aula se convirtió en un experimento: locales de ensayo, talleres de pintura, cuartos para carteles, salas de reunión de colectivos políticos o vecinales. No había jerarquías. Quien proponía algo y lo trabajaba encontraba su espacio.

“Nos juntamos los que teníamos inquietudes —resume Primi—: músicos, artistas, comunistas, anarquistas, diferentes tipos de asociaciones… y gente sin grupo. De todo.”

En pocas semanas, el colegio dejó de ser un esqueleto gris para convertirse en una constelación de proyectos. El Gaviluetu no fue diseñado, sino que se fue haciendo al mismo tiempo que se vivía y se organizaba.

El barrio que volvió a entrar en el colegio

Para el barrio de Las Mareas, el cambio fue inmediato. Un edificio que durante años había sido un punto ciego —oscuro, degradado, asociado al consumo de drogas— empezó a llenarse de actividad.

“Los vecinos nos daban las gracias —cuenta Paco Iglesias—. Nos decían ‘qué bien que hagáis cosas aquí.’”

Un cartel con un programa de actividades del centro okupa Gaviluetu.

Los niños, que antes bordeaban el recinto, volvieron a entrar al patio a jugar. El colegio recuperó su papel fundamental como parte del barrio.

Las entrevistas con algunos de los que participaron de aquella experiencia guardan una escena que hoy parece irrepetible. Un día, la policía municipal llegó con una mujer sin hogar. “Nos preguntaron si podía dormir allí”, recuerda Manu. Y durmió. Sin trámites, sin protocolos, solo un edificio inmenso y una decisión sencilla de humanidad.

El único conflicto sostenido fue con el cura de la iglesia contigua. Quejas por el ruido, coches mal aparcados, portazos. Y nada más.

“Lo recaudado servía para sostener el edificio: cristales, cables, cerraduras, pintura.”

Conciertos, charlas y vida cotidiana

Cuando el edificio estuvo mínimamente habitable, llegó el paso de abrirlo al exterior.

En el patio cubierto se montó un pequeño escenario con materiales reciclados y una barra sencilla. Los conciertos se hicieron habituales: bandas locales, sesiones dedicadas a Black Sabbath, amagüestos, fiestas de apoyo a la insumisión, actividades ecologistas.

Lo recaudado servía para sostener el edificio: cristales, cables, cerraduras, pintura.

También llegaron visitas inesperadas. “Venían estudiantes mexicanos o indonesios a hablar de las luchas en sus países”, recuerda Primi. Durante un tiempo, un barrio obrero de Avilés se conectó con geografías políticas lejanas.

Una zona del interior del Gaviluetu.

Para quienes eran más jóvenes, el impacto fue enorme. Lisi Sarciada lo recuerda así: “Había un montón de cultura, una programación musical potente. Para mí, con quince años, aquello era un parque de atracciones”. Iba a ver ensayar a sus amigos, descubría grupos y hasta hábitos nuevos: “Yo empezaba a ser vegetariana y allí había comida vegetariana para vender. Era un espacio donde podías entrar por la mañana, por la tarde o por la noche, libremente.”

La vida cotidiana transcurría entre distintas actividades. Según Lisi: “Había gente de todas las edades. Yo era adolescente y allí había también personas de cincuenta o sesenta. Era un punto de encuentro con personas de distintas edades e inquietudes culturales y políticas. Es algo que ahora no existe”.

Asambleas, acuerdos y desacuerdos

La estructura que sostenía aquel dinamismo era la asamblea. “Al principio había casi a diario”, recuerda Primi. Allí se decidía lo urgente y lo estratégico.

“Se proponían cosas, se veía quién podía hacerlas y se hacían. Muy horizontal”, añade Manu.

No hubo bandos organizados, pero sí maneras distintas de imaginar el futuro.

Con el tiempo surgieron diferencias sobre el uso del edificio. Para algunos debía ser estrictamente un centro social. Para otros, era legítimo dormir allí dada la precariedad de la época. “Para mí era un centro social, no una vivienda”, afirma Primi.

Otros reconocen que la convivencia —en un edificio inmenso y sin normas cerradas— podía generar tensiones. No hubo bandos organizados, pero sí maneras distintas de imaginar el futuro. Ese desgaste, pequeño al principio, terminaría pesando.

El alcalde, la policía y el nuevo clima político

A medida que el colegio se llenaba de actividad, la ocupación empezó a incomodar al Ayuntamiento. Tras las municipales de 1995, el consistorio pasó a manos del PP, con Agustín González como alcalde. La prensa de la época recoge declaraciones suyas criticando la ocupación y asociándola a desórdenes.

La Asamblea del Gaviluetu respondía con panfletos y comunicados, denunciando la falta de políticas juveniles y el abandono institucional del barrio. También recordaban el supuesto pasado ultraderechista de algunos miembros del consistorio, un cruce político muy propio del momento y que también contaron las cabeceras locales.

Una manifestación contra el cierre del Gavilietu en 1996 a la que acudieron cientos de personas.

En febrero de 1996, una protesta en el Ayuntamiento acabó con cargas policiales y un joven detenido. Las fotos muestran pancartas con mensajes como: “Non al desalojo. C.S. Gaviluetu”

La okupación ya formaba parte del debate público.

El cambio legal: de conflicto civil a delito penal

Mientras tanto, el marco jurídico nacional cambiaba. La Ley Orgánica 10/1995 —en vigor desde el 1 de mayo de 1996— tipificó por primera vez la ocupación pacífica de inmuebles como delito leve de usurpación.

Hasta entonces, la okupación se trataba sobre todo como un conflicto civil. A partir de entonces, como un delito.

El Gaviluetu nació justo en esa frontera. Abrió cuando okupar no era delito y continuó cuando ya lo era. “Y éramos conscientes de ello, pero, bueno, éramos jóvenes y además la insumisión también estaba penada y no es que hubiera muchos detenidos”, dice con cierta sonrisa Yermu Colero.

“Durante un tiempo, el Gaviluetu funcionó también como espacio de articulación política con campañas, por ejemplo, contra la misa por Franco, apoyo a la insumisión o movilizaciones laborales.”

Manifestaciones, desgaste y final

Cuando llegaron las primeras amenazas de desalojo, la respuesta fue organizarse.

“La primera manifestación fue muy grande, con cientos de personas”, recuerda Primi. Participaron vecinos, colectivos juveniles, militantes de izquierda y grupos sin vínculo directo con el centro social.

Durante un tiempo, el Gaviluetu funcionó también como espacio de articulación política con campañas, por ejemplo, contra la misa por Franco, apoyo a la insumisión o movilizaciones laborales.

Pero el desgaste llegó. Diferencias internas, cansancio, presión municipal. Todo sumaba para restar. La segunda manifestación, ya con el desalojo cerca, reunió a mucha menos gente. “El apoyo se había diluido”, coinciden quienes participaron.

Un grupo de policías en las inmediaciones del centro okupa Gaviluetu entre 1996 y 1997.

La madrugada del 28 de diciembre de 1997, Día de los Inocentes, la Policía Nacional entró en el Gaviluetu. No hubo barricadas ni enfrentamientos. Quedaban pocas personas dentro, todas durmiendo en ese momento. “Habíamos estado semanas haciendo guardias, pero estábamos agotados”, recuerdan.

El desalojo fue rápido y silencioso. Algún tiempo después, el colegio reabrió como Centro de Educación de Adultos de Avilés, su uso actual.

Lo que queda del Gaviluetu

Treinta años después, el Gaviluetu sigue vivo en quienes lo levantaron. No figura en las guías oficiales —ni falta que hace—, pero ocupa un lugar relevante en la memoria de los movimientos sociales asturianos.

Otra zona en el interior del Gaviluetu.

La investigadora Berta Suárez Polo, que ha estudiado la genealogía de la okupación en Asturias, sitúa al Gaviluetu como la primera experiencia documentada de centro social okupa de los años noventa en el Principado, anterior a La Campera (Moreda) y La Flex (Gijón). Sin solemnidades, su trabajo deja claro que, por fechas y por impacto, el de Las Mareas abrió camino.

Hoy, muchas de las personas que pasaron por allí siguen vinculadas a la cultura, el audiovisual, el asociacionismo o el activismo. Y la intuición que impulsó aquel colegio ruinoso —tomar un edificio muerto y devolverle vida colectiva— pervive sobre todo en ciertas iniciativas en el ámbito rural.

“Ojalá los jóvenes de ahora tuvieran algo así”, dice Lisi Sarciada. “Hoy es casi imposible que se pueda dar algo así en las ciudades asturianas. Aislamiento, problemas de salud mental, falta de espacios… Entonces había lugar para encontrarse, para crear, para equivocarse juntos. Eso fue el Gaviluetu. Fue algo increíble”.

Como el niño de la leyenda salvado por las gaviotas, el Gaviluetu fue una respuesta contra el abandono. Un lugar improbable, levantado con necesidad, intuición y ganas de hacer cosas. Duró lo que duró.

Pero demostró algo difícil de olvidar. Que incluso en una ciudad en declive, cuando la ley aprieta y las instituciones miran hacia otro lado, basta con que alguien empuje una puerta, entre, barra, y decida que allí puede empezar otra historia. Habrá quien lo llame cosa de piratas, pero también quien acabe contando romances sobre ello.

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