El Niemeyer arranca el maratón “1936”

Los autores de la obra presentaron este jueves el espectáculo teatral, que llenará durante tres días el centro cultural avilesino.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

El jueves por la tarde, en el Auditorio del Centro Niemeyer, tres de los autores de 1936 —Albert Boronat, Juan Cavestany y Andrés Lima— se sentaron a conversar sobre la pieza teatral que llenará este fin de semana el centro cultural avilesino con tres funciones, a las que hay que sumar la previa celebrada este jueves y dirigida a estudiantes. En total 16 horas de historia de España.

La cita formaba parte del Ciclo Palabra y llegaba cargada de emoción: la organización abrió la sesión recordando a Javier García Rodríguez, escritor y profesor, responsable del ciclo desde 2016 y fallecido recientemente. El público recibió el homenaje en silencio, y enseguida la conversación se instaló en el escenario como si todos —autores, moderadora y asistentes— hubieran venido a hablar de algo que todavía late.

La periodista Machús Osinaga, que guiaba el encuentro, anunció que quería una “charla entre amigos”. Y así transcurrió: larga, abierta, llena de digresiones que iban de talleres teatrales a archivos militares, de debates internos a anécdotas de función escolar, siempre orbitando alrededor de un mismo año, 1936, que la obra recorre desde su inicio hasta su desenlace.

“Esto ya había empezado sin saberlo”

Andrés Lima fue quien primero trató de explicar de dónde salió la necesidad de crear una obra como 1936. Según contó, el proyecto había empezado antes incluso de que ellos mismos fueran conscientes. Las imágenes de la invasión de Irak, las lecturas sobre los golpes de Estado del siglo XX y la reflexión en torno a La doctrina del shock de Naomi Klein acabaron por llevarle, como él mismo dijo, a “nuestro propio shock”: la Guerra Civil española.

El paralelismo surgió de forma visual. “Estaba viendo Mosul destrozada —recordó— y pensé que era igual que las imágenes de Guernica o de Madrid”. De ahí a reunir al equipo con el que había trabajado en Shock 1 y Shock 2 solo hubo un paso. El impulso no era solo teatral, sino también pedagógico: la constatación de que varias generaciones, desde la suya hasta la de su propia hija, habían llegado al final de la educación obligatoria sin estudiar la Guerra Civil más allá de unas pinceladas.

Mirar atrás para comprender

Osinaga destacó que uno de los rasgos más particulares de 1936 es el modo en que contextualiza los hechos. La obra no se lanza directamente al golpe de Estado, sino que se permite volver atrás, explicar lo que estaba en juego, desmontar lecturas que han sobrevivido durante décadas. Uno de los autores lo explicó con claridad: “Se ha dicho que la República era tan insostenible que las reaccionarias tuvieron que levantarse. Y eso es falso”.

El equipo dedicó casi tres años a leer, escuchar y documentarse: Paul Preston, Ángel Viñas, Julián Casanova, Manuel Chaves Nogales, nuevos archivos que han ido saliendo a la luz, documentos poco difundidos y también materiales literarios. Juan Cavestany recordó que, cuando estrenaron la obra en el CDN en 2023, estaban preparados para la pregunta de “por qué otra vez la guerra”. La respuesta nunca llegó. Y aquello, según dijo, ya indicaba algo.

Talleres, improvisaciones y cuatro manos por autor

La charla avanzó hacia una parte menos conocida del proceso: cómo se construye una obra coral con decenas de escenas y varios dramaturgos escribiendo a la vez. Lima describió esos encuentros previos como “talleres de chapa y pintura”, en los que una primera mitad se dedicaba a escuchar a especialistas —historiadores, investigadores, testigos— y la segunda a improvisar en escena con los actores. “Si no, no levanta el vuelo”, explicó.

Andrés Lima. Foto: Manuel Carranza | Centro Niemeyer
Albert Boronat. Foto. Manuel Carranza | Centro Niemeyer

En esos talleres surgieron discusiones fuertes y productivas: descendientes de militares republicanos frente a estudiosos del anarquismo, interpretaciones distintas sobre la defensa de Madrid, matices sobre el papel de Azaña, la ayuda internacional o el significado mismo del miedo. “Dentro de un relato veraz hay controversia”, señaló Lima, y el equipo aseguró que ese choque de miradas fue lo que terminó dándole densidad al texto.

La escritura, explicó Cavestany, se hace a varias manos. Cada autor propone temas que le gustaría abordar, escribe un conjunto de escenas y luego es Lima quien ensambla, reorganiza y pide lo que falta. “Mágicamente todo encaja”, dijo. Boronat añadió que la clave está en “confiar en el teatro”, incluso cuando el camino no está claro: permitir que el material vaya diciendo lo que necesita.

Lo que cabe y lo que queda fuera

Uno de los temas que surgieron durante el coloquio fueron las ausencias obligadas. El equipo mencionó dos especialmente dolorosas: la Revolución de Asturias de 1934 y la intervención soviética en la guerra. Ambas, afirmaron, son esenciales para entender el conflicto, pero la necesidad de construir una pieza escénica de ritmo sostenido obligó a simplificar.

“1936”

Sí quisieron, en cambio, incorporar el papel de las mujeres. Para ello trabajaron con la cineasta e investigadora Tània Balló, autora de Las sin sombrero y del documental Milicianas. Balló mantiene un censo de mujeres que participaron en la Guerra Civil, desde el frente hasta la retaguardia. “Antes se hablaba de quinientas; hoy ya se cuentan más de siete mil”, dijo Lima.

La juventud: en el escenario y en la sala

Buena parte de la conversación giró en torno a los jóvenes. Ese mismo jueves por la mañana, casi mil estudiantes de secundaria habían llenado el Niemeyer para ver la función completa, sin cortes. “Se la han comido entera”, contó el equipo. Cuatro horas y cuarto de obra que, según les transmitieron, siguieron con un silencio “reverencial”.

La presencia del coro de voces jóvenes en la puesta en escena busca, precisamente, ese puente generacional. “Quería que el espectador tuviera ese nexo entre la actualidad y la guerra”, explicó Lima. La propia experiencia de la gira está llena de anécdotas: adolescentes que repiten función, jóvenes que descubren en escena episodios que no conocían, intérpretes que reciben reacciones sorprendidas. Cavestany recordó la de un niño que, al escuchar la voz de Franco en la obra, pensó que el actor lo estaba parodiando. “No —le respondieron— hablaba así”.

Documentar en escena

La conversación también abordó cómo un documento cambia cuando pasa al escenario. “Cualquier documento, cuando se pone en escena, ya es ficción”, explicó uno de los autores. Pero esa ficción, añadieron, puede tener una fuerza reveladora: el espectador escucha las palabras en su fisicidad, sin filtros, incluso cuando se trata de discursos de Queipo de Llano o de José Antonio Primo de Rivera. “Lo han dicho ellos. Son responsables de sus palabras”.

La escena dedicada a la fundación de Falange se mencionó como ejemplo. Lima explicó que no quiso representar a José Antonio como una caricatura: “Si tuvo seguidores, es porque tenía carisma. No puedo mostrarlo como algo no atractivo. Lo que quiero es que se escuche lo que dice”.

Antes de terminar, surgió la pregunta que flotaba en el ambiente: qué pasará con 1936 cuando la gira concluya. El equipo adelantó que habrá más funciones y que es posible una nueva reposición en Madrid. También habrá grabaciones y una reedición del texto, prevista por la editorial Antígona.

La tarde se cerró con la sensación de que 1936 es tanto obra teatral como espacio de conversación. Un intento de mirar un conflicto desde muchas voces, desde documentos, desde escenas que se ensamblan como piezas de un puzzle todavía en construcción. Un intento, también, de volver a escuchar —sin ruido añadido— aquello que marcó a tantas generaciones y que aún busca su manera de contarse.

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