La Fundación Albergue Covadonga, con sede en Gijón, se encuentra en un proceso de transformación de su modelo de atención. Con un equipo comprometido y una visión centrada en la dignidad de las personas sin hogar, la entidad busca no solo ofrecer recursos, sino también cambiar percepciones sociales y fomentar la integración. Lo que comenzó como un recurso de emergencia para dar techo y comida a quienes no tenían dónde ir, se ha convertido en un espacio que busca acompañar de manera integral a las personas en situación de calle.
Elena Suero, directora de la organización, afirma que el objetivo es caminar junto a cada persona en su itinerario vital. “Eso significa ayudarles en trámites administrativos, acompañarles a consultas médicas, cubrir necesidades concretas como gafas o sillas de ruedas, y ofrecer apoyo psicosocial. Las estancias, antes limitadas a siete días, se han ampliado para permitir procesos más largos y sostenidos”, explica.
“Quien entra en el albergue descubre un ambiente que se asemeja más a un hogar que a una institución. El equipo está formado por trabajadores sociales, integradores, personal de cocina, mantenimiento y administración, además de auxiliares y porteros”, relata Elena, orgullosa de la profesionalidad y la humanidad de sus compañeros de trabajo. “Todos comparten una vocación social y una capacidad de acogida que los usuarios perciben desde el primer día. El patronato, en el que participa el Ayuntamiento de Gijón, y el voluntariado —incluidas las Hermanas Terciarias Capuchinas, presentes en las instalaciones— completan la estructura”.
Los rostros de la calle
El perfil del sinogarismo ha cambiado. Si antes predominaba el hombre de mediana edad, hoy el recurso acoge familias, jóvenes y cada vez más mujeres. La demanda femenina ha crecido tanto que se han habilitado cinco plazas adicionales, alcanzando un total de 25.

También se observa un descenso en la edad media de los hombres, un mayor nivel de estudios y un incremento de personas extranjeras -procedentes de Ucrania, Latinoamérica y otras regiones-. La Fundación subraya que estos cambios reflejan una realidad más compleja de lo que muestran los prejuicios: detrás de cada historia hay factores estructurales como la salud mental, la desestructuración familiar y, sobre todo, la dificultad de acceso a la vivienda. Desde la dirección advierten que, incluso con un empleo y salario mínimo, resulta casi imposible acceder a un alquiler. Elena Suero señala el incremento de las dificultades al que se enfrentan las familias, que no solo deben encontrar un espacio, sino también superar la barrera de propietarios reticentes a alquilar.
El revuelo del traslado
“La reforma del edificio obligaba a buscar una solución temporal para los usuarios del albergue”, afirma la directora. Inicialmente se planteó el traslado al barrio del Natahoyo, lo que generó inquietud vecinal y un debate público que, según la propia Fundación, estuvo envenenado por la desinformación y el alarmismo.
Sin embargo, el Ayuntamiento de Gijón y la Red de Entidades de Inclusión Activa (REDIA) han acordado finalmente que sean las entidades sociales las que asuman las necesidades temporales derivadas de las obras, descartando el Hogar de San José como destino. El proceso estará liderado por un equipo técnico creado expresamente para este propósito.

La alcaldesa, Carmen Moriyón, ha dado por cerrado un debate que, en sus palabras, “nunca debió existir” y que generó discursos de odio que no representan a la ciudad. El acuerdo, subraya, busca proteger a los usuarios del albergue y garantizar la atención que merecen como vecinos de Gijón. “Cuando la ciudad lo pide, sus entidades siempre están a la altura de las circunstancias”, ha destacado.

La Fundación defiende que la integración en los barrios es fundamental y rechaza la idea de “ocultar” la realidad social. Numerosos vecinos del Natahoyo habían mostrado apoyo y propuesto iniciativas como jornadas de puertas abiertas para dar la bienvenida a los usuarios. La dirección recuerda que Gijón tiene una tradición solidaria y acogedora, con experiencias previas positivas como Proyecto Hombre y el mismo Hogar de San José.
A pesar de todo, el equipo asegura que la convicción en el proyecto es firme y que se seguirá apostando por él. La Fundación pide condiciones dignas y reclama que no se criminalice al colectivo. Considera profundamente necesario reforzar la labor de sensibilización y comunicación, puntos clave para cambiar percepciones erróneas y combatir estigmas dañinos. El mensaje de la Fundación Albergue Covadonga es claro: Gijón debe seguir siendo una ciudad solidaria, capaz de acoger y proteger a quienes los más vulnerables.



























