“Las cosas hay que hacerlas por saber, lo de menos es ganar”

Entrevista a Inés Illán publicada en 2009 en Atlántica XXII y recuperada con motivo del fallecimiento de la profesora de la Universidad de Oviedo/Uviéu.

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Xuan Cándano
Xuan Cándano
San Esteban de Bocamar (1959). Periodista. Redactor en RTVE-Asturias. Fundador y exdirector de Atlántica XXII. Es autor de "No hay país".

Entrevista publicada originalmente en Atlántica XXII en noviembre de 2009 y recuperada con motivo del fallecimiento de la filóloga.

Precisamente porque su biografía está tan marcada por la tragedia española del siglo XX, Inés Illán no para nunca de reírse. Nacida en Don Benito cuando terminaba la guerra civil, en la familia que padeció el horrible crimen de dos mujeres del que tanto se ocuparon el cine y la literatura, Inés aprendió a andar en la cárcel de ese pueblo extremeño donde estaba preso su padre, un telegrafista comunista y culto, que tuvo que quemar su biblioteca cuando llegaron los franquistas. Desde entonces sus pasos en la vida han sido tan firmes que, aunque tenía diez años cuando entró por vez primera en una clase, se acaba de jubilar como profesora de Latín en la Universidad de Oviedo. Coincidiendo con su retirada académica ha publicado un libro tan original y caótico como ella misma (Armensallé del tejido y la escritura. Manifiesto fenicio. Editorial Universos)

  • Ya antes de que usted naciera su familia estaba marcada por la tragedia.
  • Más o menos. Por parte materna y por parte paterna. La tragedia es la guerra. Y la tragedia de la prehistoria es el asesinato brutal de mi tía abuela y su madre. El famoso crimen de Don Benito. O sea, que la violencia de género y la cuestión política ya están marcadas. Su nacimiento también lleva esa marca. Una manera estupenda de venir al mundo, sí. Yo nací en 1939, con la victoria de la derrota, en presencia de la Guardia Civil y con mi padre esposado. Se lo llevaban en tren para el paseo último y pidió como última voluntad que lo dejaran ver al bebé. Se lo concedieron como última voluntad, pero, como el tren se marchaba y la criatura no venía al mundo, a mi madre le pusieron una inyección para que pariera rápidamente. Salí literalmente lanzada, con un grito terrible de mi madre. Luego mi padre se salvó de milagro, por azares.
  • Es usted una profesora de Universidad que no va a la escuela hasta los diez años.
  • Si puede llamarse a aquello escuela, que no lo era. Era la casa de un maestro represaliado, como todos. En los años 40 no había escuelas, lo que había eran colegios de monjas o de curas que había que pagar y no todo el mundo podía, y desde luego no en los pueblos. Yo aprendí a leer en el periódico ABC con mi padre. Como andaba de un pueblo para otro, y todos de la España profunda, Alcahudete de la Jara, Don Benito, Miajadas … ,iba a la escuela a lo mejor un mes, pero no eran escuelas, era una habitación de cualquier manera y los maestros estaban en pleno proceso de depuración. Todo estaba en construcción. La única escuela que yo tuve fue la calle. Ni juguetes, ni clases ni nada.
  • ¿De la biblioteca quemada de su padre viene su amor a los libros?
  • Toda mi infancia y mi adolescencia las pasé intentando recuperar algunos de aquellos libros que se salvaron, libros de historia. Uno o dos se recuperaron, pero luego con tanto traslado se han ido perdiendo. Entre esos libros quemados había desde clásicos españoles hasta literatura de vanguardia. Un libro para mi mítico era el de Eliseo Reclús, “El hombre y la Tierra”, que es uno de los perdidos y que mi padre siempre quiso recuperar. Reclús era un geógrafo e historiador anarquista catalán. Pasé la vida a la búsqueda del libro perdido. Viví un trajín de libros inexistentes, que mi lado lo de Borges es nada (risas).
  • Su biografía es un viaje al Norte.
  • Pues sí, lo mío no es “por ir al Norte fue al Sur”, sino al revés. Me hubiera tocado estudiar en Sevilla, pero fui a Madrid a estudiar Preuniversitario porque tenía allí a una tía y no me costaba la estancia. Y allí seguí estudiando.
  • ¿En ese viaje al Norte cambió la fe en Dios por la fe en la revolución?
  • Yo todas las cosas las he hecho muy lentamente y no es casual que me decidiera por hacer Filología, que es el arte de la lectura lenta y de la lentitud. La fe hacía tiempo que la había perdido, pero los contactos, la formación, el compromiso político … fue muy lento.
  • Usted ha dicho que aprendió Filología en las asambleas.
  • Cuando yo llegué a Oviedo a la Universidad era en una época de mucho movimiento. Y un movimiento real, porque no era la Universidad sola, que es una peculiaridad de aquí importante, que era la relación con la minería, con el movimiento obrero. Eso es otros sitios no se dio, como en Madrid o Salamanca. Había un contacto muy directo. Y una hablaba y tenía que escuchar, sobre todo escuchar mucho. Y cuando hice las oposiciones a profesora titular de la Universidad, al exponer mi biografía, dije que había aprendido Filología Clásica sobre todo en las asambleas. La oratoria, la función de las palabras, la aprendí en las asambleas. Antonio Fontán, que presidía el tribunal, se quedó perplejo, pero no estaba diciendo nada raro. Yo ya les digo a mis alumnos que la Filología clásica, la cultura clásica, los libros clásicos , es una  literatura política, de estar en la realidad. Todo lo clásico, incluida la poesía, es algo totalmente politizado.

“La oratoria, la función de las palabras, la aprendí en las asambleas”

Todos los progres dicen que estuvieron en París en el 68, pero a usted lo que le marcó fue la revolución portuguesa.

  • Yo estuve en París en el 68, pero no en mayo, en julio. Allí conocí a un abogado portugués que luego fue ministro de Economía durante la revolución, con Vasco Gonzálves. Sí, a mí lo que me parece un cambio real, una ruptura, fue la revolución portuguesa. La primera sorpresa fue ver que los militares eran revolucionarios. Otra sorpresa fue ver la hegemonía del Partido Comunista. Y en Portugal había una lucha ideológica fuerte, pero se debatían problemas reales de la gente, no como en París, donde al movimiento obrero se le espera, pero no está. En Portugal fue mucho más serio. También vi la importancia de los medios de comunicación cuando realmente se implican en tareas pedagógicas de fondo y no como ahora, con las tertulias, ocupándose de lo que hace fulanito.
  • Pero usted vio la revolución de la mano de un ministro.
  • Ministro fue después, primero era un abogado del Movimiento Democrático portugués, que veía a ser lo que aquí fue la Junta Democrática. No eran comunistas, aunque estaban muy influidos por el Partido Comunista. El Partido Socialista portugués surgió con la revolución. Una de las personas que primero conocí, en el primer viaje, fue Mario Soares. El Partido Socialista no existía, fue una creación exnovo. En España sí, tenía una tradición, pero en Portugal no. Mario Soares no era nadie y fue todo. Una cosa que me sorprendió es que el Partido Socialista basaba toda su estrategia en ir contra el Partido Comunista. Era una cosa visceral, terrorífica. Nada más llegar en el primer viaje mi hermana y yo fuimos con aquel abogado a una sesión de un ayuntamiento del Alentejo donde lo habían nombrado alcalde. Todo era insólito. El público eran campesinos que debatían sobre la limpieza del agua, sobre salud pública. Te dejaban intervenir. Yo hablé algo y todo. Luego estuvimos tomando unas cervezas con gente de allí y creo que uno de los estaba era Saramago.
Inés Illán Calderón, posa en su casa. Foto: Eloy Alonso/SEMEYAPRESS
  • España no tuvo la ruptura democrática de Portugal. ¿Salieron ganando los portugueses?. ¿La falta de calidad democrática en España tienen que ver con ello?
  • Ahora yo creo que nadie tiene más calidad democrática, sino que todos tenemos menos. Allí, aquí y en todos los países civilizados. Se está igualando por lo bajo la democracia, en Portugal, en España y en el mundo mundial. Pero teniendo en cuenta de donde partía Portugal y donde está, el avance ha sido grande. Una ruptura democrática, una revolución, aunque dure un año, aunque dure un mes, que se vea que algo puede ser diferente… eso marca para bien. Otra cosa es que ante el neoconservadurismo que nos corroe a todos ya hay pocas diferencias. Pero aquello valió la pena. Mejor dicho, valió la gloria.
  • En el referéndum de la OTAN en España usted también fue una activista anti-atlantista. ¿ Fueron unos ilusos los que defendían el no?
  • No me sorprendió el resultado. Lo sentí muchísimo, pero lo esperaba y no me desengañé, porque como por mi situación no estoy acostumbrada a vivir en el engaño, no me desengaño. Las cosas hay que hacerlas por saber y porque hay que hacerlas. Lo de menos es ganar. Eso lo aprendí de mi padre. Es una cuestión de conciencia. Lo que vale es la conciencia. Yo tuve muchas discusiones con la gente que estábamos por el no porque decían que aquello era seguro y que había que decir que íbamos a ganar. Y en un momento dado yo ya vi que no se ganaba el referéndum, pero eso no impidió decir que la OTAN no me gustaba.
  • Izquierda Unida apareció tras aquella campaña por el no. Usted tuvo el carnet del PCE. ¿Sigue siendo comunista?
  • Yo, cuando me impliqué en los movimientos sociales, en la Universidad, era independiente. Lo que pasa es que entonces quienes estaban en aquella lucha eran del PC y yo tenía mucha relación con ellos. Luego en un acto público me dieron un carnet, que después no utilicé. Pero siempre he votado al PC y a Izquierda Unida, aunque no me gusten del todo, y soy una compañera de viaje absoluta. Sin carnet.
  • ¿Un viaje que no acaba de llegar al destino?
  • La vida es un viaje, la meta es la muerte. Yo no quiero llegar a ese futuro (risas). Para mí lo importante es que cada paso que se dé sea lo más acorde con los sentimientos y el pensamiento de cada uno. Yo no voy a conocer una revolución socialista o anticapitalista. Yo quiero hacer las cosas que haría en caso de que se hubiera llegado a la meta. Y ya está.
  • ¿Las humanidades viven una agonía como la del comunismo?
  • Depende de cuáles. En parte se ha trabajado, se ha pretendido esa agonía. Desde el momento en que las humanidades han pretendido ser una ciencia dura, hacer especialidades y dedicarse cada uno a una parcelita y no tener una visión crítica, global de las cosas… pues claro, la agonía es lógica. La Universidad es totalmente de derechas y las humanidades también. Digo de derechas, porque ni siquiera se ha intentando discutir globalmente lo que se quiere, sino lo que quiere cada uno en su parcela. No se puede competir con las llamadas ciencias duras en el mismo terreno y con los mismos métodos. Las humanidades son otra cosa. No tienen por que ser ciencia en ese sentido. Las humanidades están de capa caída porque a lo mejor no se ha sabido lo que se pretendía.
  • Con el latín, especialmente en retroceso, ¿qué perdemos?
  • El progreso es ir y venir. Ir hacia atrás también puede ser progreso. El griego y el latín durante siglos fueron el súmmum, pero ahora el mundo se ha ampliado, hay otras lenguas, otras necesidades. Ahora no tienen por que tener la supremacía.
  • ¿Que los jóvenes hablen cada vez peor tiene que ver con ese olvido de las humanidades y del latín?.
  • El latín es un ejemplo precioso de fecunda corrupción. Si no fuera porque se hablaba y se escribía mal latín, las lenguas románicas no hubieran existido. Las lenguas surgen y evolucionan por unas necesidades. ¿Qué los jóvenes no hablan bien español?. ¿Qué es bien?. ¿Nebrija hablaba y escribía bien?. Hay una mitificación de la lengua. El correo electrónico ha democratizado para bien o para mal las formas expresivas. Eso, ¿es bueno, es malo?. Pues no lo sé, pero es así. De la lengua y de la escritura no es dueño nadie. Mi madre hablaba un castellano maravilloso, pero eran otras formas de relación. También ahora entre los jovencitos del botellón habrá alguno que hable bien, para sus relaciones, que no son las mías. No sólo hablan mal los jovencitos, también los profesores. Es un dolor ver como se lee en voz alta o como se habla en una junta de Facultad. Yo puedo decir que se hable o se escriba de una manera, pero sabiendo que, como la OTAN, esa batalla está perdida (risas). Y además me parece muy bien que sea así. Yo siempre digo a mis alumnos “benditas faltas de ortografía”, porque sin faltas de ortografía no existirían las Facultades de Filología. La Filología es el estudio de la corrupción del lenguaje oral y el lenguaje escrito.

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