Las pensiones, los ricos y sus bufones

Recordemos ahora la diferencia esencial entre querer Groenlandia porque sí y querer una jubilación porque sí: la universalidad.

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Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

Poco antes de estar cegados por el despiporre fascista de Trump, había un runrún con las pensiones. No era un bandazo de esos que da la actualidad, era parte del caldo gordo de la evolución social, que volverá cuando nos acostumbremos al ruido del elefante republicano entrando en cacharrerías. La escasez y la desesperación pueden descomponer nuestra humanidad, hacernos vivir un presente rabioso, sin memoria ni futuro, y enajenarnos del prójimo. Esa sociedad distópica de supervivientes feroces hostiles con su vecino es la sociedad de la ultraderecha, la que quieren los amos que los financian. Los personajes excesivos y zafios, que aúllan brutalidad e ignorancia (Trump, Milei, Bolsonaro, …) son el mensaje mismo de la sociedad de la crueldad. El discurso de la crueldad transmite energía y da autoestima, porque te habla de negros que te quitan la vivienda y de feministas que quieren que te pases el día pidiendo perdón, te dice que eres blanco, español y heterosexual y que te pongas en pie. El Corte Inglés, Florentino o las Koplowitz son demasiado abstractos como objetos de ira. Los amos azuzan a sus perros ultras porque, literalmente, quieren ser los amos. No quieren una sociedad con derechos. Las pensiones son un episodio más.

Los derechos tienen algo esencial en común con los privilegios y algo esencial que los diferencia. Tienen en común que los dos son porque sí, porque yo lo valgo y no tengo que ganármelo. La moral compartida tiene contradicciones. Que los demás se esfuercen por ti porque sí nos gusta porque suena a protección y seguridad; y nos disgusta porque tenemos la intuición de que la gente ha de ganarse lo que recibe. Stephen Miller dice que EEUU tiene derecho a anexionar Groenlandia por una razón muy sencilla: porque puede, porque tiene más bombas que quien quiera otra cosa. Es decir, porque sí. ¿Por qué debo ser curado sin pagar si se me rompe una pierna? ¿Por qué debe haber una edad en que deje de trabajar y siga cobrando? La respuesta a las dos preguntas es la misma: porque tengo derecho a ello, a la atención sanitaria gratuita y a una jubilación. Se parece mucho a la respuesta de Miller sobre Groenlandia: porque sí. Es importante interiorizar que los derechos y los privilegios son versiones laicas de la gracia de Dios. Se tienen sin merecer, no se justifican porque su esencia es que son porque yo lo valgo, porque sí.

Donald Trump

Volveremos a esto de porque sí. Recordemos ahora la diferencia esencial entre querer Groenlandia porque sí y querer una jubilación porque sí: la universalidad. Los derechos son universales, son para todos, los privilegios son para unos pocos. Hay derechos porque hay un acuerdo sobre qué cosas no deben pasarle a nadie (romperse una pierna y aguantarse con ella rota si no tienes dinero) y qué cosas deben ocurrirle a todo el mundo (tener una vivienda con techo, luz y calefacción; comer tres veces al día). No hay que ganarlos. La comunidad de vecinos que es el estado coge recursos de la población, según su riqueza, y crea los costosos servicios públicos que gestionan los derechos. Los privilegios no son cosa del estado, es decir, de todos nosotros. Que una familia de cuatro miembros tenga ocho coches no es un derecho, es un privilegio que tienen que pagarse ellos. Donde los privilegios chocan con los derechos, los privilegios deben retroceder. Puede que te guste que en el aula de tu hija no haya ningún niño sordo y ningún inmigrante pobre. Pero ese privilegio, que no derecho, choca con los derechos del niño sordo y del niño pobre y sencillamente no se te debe permitir. Y la apetencia de anexionar Groenlandia o chulear el petróleo de Venezuela no es un derecho (no puede ser universal), es un privilegio que lesiona los derechos de otros y, por tanto, debe ser combatido.

Portada de ABC informando del fichaje de Soto Ivars.

Las pensiones molestan por lo que molestan a los amos todos los derechos. Los derechos implican redistribución de la riqueza, porque requieren servicios públicos que se pagan con impuestos. Los derechos son cesiones de ventajas de los poderosos. Y los derechos garantizan gratis atenciones por las que la gente pagaría lo que hiciera falta y fastidian el lucro con las necesidades básicas. La propaganda de los amos querrá que seas tú mismo quien quiera eliminar tus propios derechos. Hablarán de libertad (siempre en singular, no oiréis a los bocazas ultras hablar de libertades) y querrán convencerte de que la libertad es la intemperie. Y, como los derechos se parecen a los privilegios en ser porque sí, querrán convencerte de que los derechos son privilegios. España es más rica y los españoles más pobres, porque en España avanza la desigualdad. Así que los amos quieren que creas que las pensiones son privilegios que te quitan a ti el salario. Quieren que tu indignación se proyecte sobre una identidad falsa que te venden, de varón (contra las feministas), blanco (contra los negros), español (contra los inmigrantes) y heterosexual (contra los LGTBI), pero también como millennial contra los boomers, que te esquilman con sus pensiones.

Analía Plaza, autora de “La Vida Cañón”.

En todas las cortes hubo bufones. No eran grandes músicos ni grandes poetas, solo distraían a los amos. Ahora complacen a los amos distrayéndonos a los demás con sus simplezas lacayunas. Por ejemplo, el límite de la desigualdad, el crimen machista, es mostrenco, pero combatirlo nos da de bruces con la igualdad de las mujeres, que toca demasiados puntos del orden social como para no tener enfrente a las derechas. Así que salen bufones como Soto Ivars con boberías de chigre que quieren pasar por audacias, a ver si nos despistamos delirando que el problema estructural son las falsas denuncias. Y con las pensiones intenta pillar cacho la tal Analia Plaza y bufones parecidos, complaciendo a los amos vendiendo la alucinación de que ejercer derechos s montárselo cañón a costa de lo demás. Bufones.

Los derechos, decíamos, son como la gracia de Dios, se tienen por existir, no por merecerlos. En los chigres de mi barrio había una expresión cuando una disputa llegaba al punto de no admitir razones: ye así o salimos de aquí a hosties. ¿Y por qué tiene que costear la sociedad la apendicitis de tu hija? Porque es su derecho; o sea, porque, si no, salimos a hosties. Cuando recordé esta expresión, a pesar de su franqueza ordinaria, me acordé de Popper. Popper había creado un marco robusto para explicar los enunciados científicos. Solo es científico lo que es contrastable con los hechos (no la homeopatía o la teología). Lo que es contrastable y verificable es empírico, no científico y ni siquiera teórico. La afirmación científica es falsable, la contrastación puede demostrar que es falsa, pero no que es verdadera. Y quiso un marco parecido para la política. No vale lo de la falsación, porque no podemos decir que la socialdemocracia sea verdadera o falsa. Entonces habló de falibilidad. Las políticas no son falsables, sino falibles. No hay forma de decidir que una política sea la buena, pero tiene que haber formas de decidir que una política es fallida. Por ejemplo, una política que haga mayor la crueldad sería fallida y peor que otra que la disminuya. Como buen conservador, Popper no consideraba la minimización de la miseria un criterio de falibilidad. Me gustaría pensar que Popper estaría de acuerdo en que una política que tienda a un punto estable pacífico es preferible a una política cuyo punto de estabilidad sea violento. Entiendo que hay violencia cuando se ejerce, pero también cuando se desea, cuando no hay guerra porque no puedo, pero la habrá cuando pueda. Con la jerga menos sofisticada de mi barrio, es mejor una política que no tienda a una sociedad donde lo normal sea salir a hosties. Y es que no imagino ningún contexto en que yo, por no tener dinero, tenga que ver, en paz, a mi hija con una apendicitis, convertida en peritonitis y trance de muerte. Creo que quien quiera llegar a una sociedad así debe contar con ganar una guerra de alguna intensidad, porque no se debe llegar a eso en paz. Las pensiones son un derecho y las sociedades sin derechos son más falibles que las sociedades con derechos, porque son más violentas. Porque no nos pueden quitar los derechos o salimos a hosties.

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