El 25 de abril de 1974 un grupo de jóvenes capitanes portugueses derrocaba el régimen autoritario más longevo del continente e iniciaba una revolución con tintes socialistas. En Grecia la Dictadura de los Coroneles se desmoronaba, y en España el franquismo agonizaba. Italia, inmersa en los “años de plomo”, vivía huelgas y conflictos sociales, atentados de extrema derecha y extrema izquierda, represión policial, y el PCI, segunda fuerza política del país, avanzaba elección tras elección.
La Europa meridional era pues, llegados a mediados de los años 70, un espacio regional que afrontaba una profunda crisis económica y social, complicada en tres países, Grecia, España y Portugal, por sus particulares transiciones políticas. Qué rumbo tomarían, preocupaba, y mucho, en Alemania Occidental. El escenario era muy abierto y los políticos de la RFA temían que la Guerra Fría pudiera perderse por el flanco sur. Y es que incluso en Francia, la sociedad más estable de la Europa meridional, la unión del Partido Comunista Francés y Partido Socialista de Miterrand, entonces muy escorado a la izquierda, amenazaba con sacar al país de la OTAN.
Lo cuenta Antonio Muñoz en “El amigo alemán” (Villa de Indianos, 2025), un libro que da cuenta del papel central jugado por la socialdemocracia alemana en la promoción de un determinado socialismo meridional.

Según el historiador asturiano los políticos de Alemania Occidental identificaron a los partidos comunistas del sur de Europa como los agentes con mayor potencial desestabilizador de la región. Paradójicamente, no tanto por su radicalismo prosoviético, como por su voluntad de aunar mayorías y de llegar a los gobiernos de la mano de partidos socialistas.
El ex canciller alemán y gran patriarca de la socialdemocracia germana, Willy Brandt, lo expresaría así de claro:
“Los que luchan contra fantasmas pierden de vista al adversario real. Ya no nos enfrentamos solo a Moscú y Pekín, y a las variantes del comunismo nacional. También nos enfrentamos al fenómeno denominado, de forma vaga y engañosa, eurocomunismo”

El comunismo había cambiado, y el anticomunismo también debía hacerlo. Brandt no solo estaba preocupado por el crecimiento de la opción eurocomunista, sino también, por el surgimiento de un polo socialista meridional, alternativo a la hegemonía del SPD alemán en la familia socialdemócrata. Un polo más izquierdista, favorable a la cooperación con los comunistas, contrario a la EEUU y la OTAN, y partidario de una Europa no alineada con ninguno de los bloques.
Frente al PSF de Miterrand y el PASOK griego, entonces también en posiciones muy izquierdistas, el SPD extendería su protección sobre tres partidos con un denominador común, su hostilidad a establecer alianzas con los comunistas. Eran el Partido Socialista del portugués Mario Soares, los socialistas italianos de Bettino Craxi, y el renacido PSOE liderado por un joven abogado sevillano, un tal Felipe González. Los tres se impondrían a sus rivales comunistas y llegarían a presidir los gobiernos de sus respectivos países.
Un cheque en blanco al PSOE
Para los analistas del SPD el PSOE era un partido extremadamente débil frente a la buena estructuración y la nutrida militancia del PCE. Su presencia en el movimiento obrero y el resto de los movimientos sociales, y la proyección internacional de Santiago Carrillo a través de la Junta Democrática, preocupaban a los socialdemócratas alemanes, que temían que a la complicada transición portuguesa, se uniera con España otro foco de inestabilidad en la península ibérica. El régimen franquista contribuía además con su represión a reforzar el prestigio del PCE como el gran partido de los que querían traer la democracia a España.
“Los comunistas españoles tienen no solo la organización más activa; también han logrado, a través de diversos comités, organizaciones de ayuda e iniciativas ciudadanas políticamente neutrales, incrementar su influencia entre los obreros españoles. Hoy en España la situación es similar a la de Portugal antes de la revolución (…) Se considera urgente que los socialistas españoles reciban ahora toda la ayuda imaginable” informaba en abril de 1975 Hans-Eberhard Dingels, responsable de Relaciones Internacionales del SPD.

Tras los primeros contactos políticos entre los socialdemócratas alemanes y la dirección del todavía ilegal PSOE, el respaldo del SPD dejó de ser solo retórico. Willy Brandt tomó la decisión de realizar una donación directa al PSOE, inicialmente de 50.000 marcos, una cantidad modesta en términos internacionales, pero enorme para un partido todavía clandestino, con recursos muy limitados y una estructura precaria. En ese momento, los gastos del PSOE eran reducidos y cualquier aportación externa suponía una inyección vital para su funcionamiento cotidiano.
Este primer gesto abrió un flujo continuo de financiación solidaria. El PSOE remitió al SPD un presupuesto detallado para el año 1975 que ascendía a 310.000 dólares, una cifra que el partido alemán asumió en buena medida, demostrando un compromiso que iba mucho más allá del simbolismo. Nadie en la oposición contaba con un apoyo internacional comparable. Pese a la leyenda del “Oro de Moscú”, las donaciones de otros partidos al PCE eran muchísimo más modestas.

Aunque otras organizaciones socialistas europeas también contribuyeron con fondos, Muñoz demuestra con datos que ninguna mostró un nivel de implicación comparable al del SPD, que se consolidó desde entonces como el principal sostén internacional del socialismo español. Un flujo económico a través del partido y sus fundaciones que terminaría, años más tarde, derivando en el conocido como “Caso Flick”.
La ayuda alemana no solo permitió al PSOE cubrir gastos básicos, como un piso y un sueldo para su secretario general, sino que también fue determinante para la profesionalización y expansión organizativa de un partido muy pequeño, que desde los años 40 había quedado desmantelado, y cuya militancia en 1975 estaba incluso por debajo de la de las organizaciones de la llamada izquierda radical. Gracias a ese respaldo económico, la dirección encabezada por Felipe González y Alfonso Guerra pudo abandonar la precariedad material, reforzar la estructura del partido y empezar a proyectarlo como una fuerza política con vocación de masas, capaz de competir en el escenario que se abría tras la muerte de Franco.

El apoyo del SPD también reforzó al PSOE frente a las otras fuerzas socialistas que competían por el mismo espacio, el Partido Socialista Popular de Enrique Tierno Galván, más favorable a la cooperación con el PCE, así como sus aliados de la Federación de Partidos Socialistas.
Según Muñoz, en la implicación de Brandt en España no solo jugaron factores políticos. También los hubo personales. Por un lado su pasado como voluntario antifascista en la Guerra Civil, colaborando con el POUM. Siempre aborreció el comunismo estalinista. Por otro, su fascinación personal por Felipe González, un joven que desde el primer momento deslumbró a un político con fama de tímido y muy emocional.
“Consciente de que en España el socialismo contaba, según las encuestas de opinión, con la simpatía de más de la mitad de la población española, el PSOE se veía, gracias al apoyo exterior, capaz de cumplir con el que consideraba era su deber histórico de ofrecer a los españoles esa organización política de izquierda moderada que los ayudara a alcanzar sus aspiraciones de vivir en un país democrático y moderno” expone Muñoz en un libro profusamente documentado, que detalla hasta qué punto “El amigo alemán” y su lluvia de marcos contribuyeron a moldear la política española de la Transición.
“El amgo alemán” se presenta este jueves a las 19h en la Librería Matadero Uno, y el viernes a la misma hora en La Revoltosa, en dos actos organizados por la Fundación Juan Muñiz Zapico.



























