Gabriel Rufián, candidato republicano

Ha querido la historia que venga un catalán (independentista, se supone) a reconstruir el apagado y marchito pero sin duda vivo republicanismo español.

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Jairo Fernández
Jairo Fernández
Es historiador.

Es el momento. Ahora que la extrema derecha repunta en los sondeos con estruendo de alud, ahora que nadie da un duro por la supervivencia del tan manido gobierno progresista; ahora, precisamente, es el momento.

La historia, con sus flujos sociales, políticos, económicos y culturales, siempre se las apaña para hacer emerger en el lugar donde estos confluyen a las personas o personajes que encarnan la coyuntura y la abren en nuevas direcciones.

Hoy la historia (de España) sonríe y guiña el ojo a un diputado de ERC: Gabriel Rufián. Sencillo, efectista (demagógico, dirán los más rigurosos), sin duda carismático. El caso es que divulga y comunica de forma meridianamente clara el sentido común de ese espacio sociológico que vive con el agua al cuello por el precio de la comida y la vivienda, que se indigna por la corrupción constituyente y prostituyente y que quiere, en definitiva, una patada en las narices al sistema económico y social abúlico que no está dando salida a sus vidas; pero que aún se resiste a que esa patada se la dé la copia española cutre del ya de por sí cutre trumpismo yanki.

El argumentario refrito de la izquierda ya lo conocemos: que esto no va de caras, que va de programa, que va de militancia, que va de compromisos y demás monsergas con las que llevamos, contando por lo bajo, una década (sí, ya hace diez años del brindis de Pablo y Garzón) armando listas con los más diversos repartos de cuota y marca sin nunca saber alumbrar algo cuajado, consistente, eficiente e ilusionante. La cruda realidad es que sí, los programas son necesarios y los militantes más, pero los votos en un régimen de opinión mediatizada llegan con las intervenciones brillantes, emocionantes y cortantes en la tribuna pública de parlamentos y platós. Así llegó Podemos a 69 escaños y así no pasó IU de 2 cuando quiso competir contra eso aferrándose a la seriedad, los carnés y los pies en la tierra.

Con todo, es cierto, no vale tan solo con armar una plataforma personal al servicio de ese liderazgo carismático. Tal fue precisamente el error de Podemos, de Más País, de Sumar y de demás marcas puramente nominales que periclitaron a la par que la fugaz biografía política de quienes las acuñaron a su propio servicio. Toca ya, de una vez, generar una identidad que explique y dé aliento a ese liderazgo y lo trascienda una vez concluya para que otro u otra coja la antorcha. En el caso del espacio sociológico al que me refería antes esa identidad es claramente el republicanismo.

Gabriel Rufián es republicano. Es básicamente eso lo (único) que tiene en común con Julio Anguita, con Alberto Garzón, con Pablo Iglesias, con Yolanda Díaz. Pero con eso basta. Ese es el hilo que siendo promesa esperanzada de futuro nos conecta sin embargo a todos con nuestros padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y así hasta llegar al día de 1837 en el que los demócratas de este país, traicionados por el Partido Progresista que renunció a la Constitución de Cádiz, se dieron cuenta de que con el liberalismo monárquico no bastaba. Republicanos fuimos entonces, republicanos en 1873, republicanos en la Restauración y republicanos, por supuesto, entre 1931 y 1939 y más allá.

Ha querido la historia, ante la incapacidad de los cuadros comunistas madrileños, que venga un catalán (independentista, se supone) a reconstruir el apagado y marchito pero sin duda vivo republicanismo español, reducido desde hace décadas a comparsa de un comunismo que lleva zombi desde 1991 y que está, este sí, realmente muerto.

Esta vocación española de Rufián puede parecer paradójica pero no lo es. Rufián lleva ya años ejerciendo de catalán soberanista que habla de los problemas del conjunto del Estado en castellano desde Madrid y que desde esa posición intenta fomentar un mejor marco de convivencia para todos: es decir, ejerciendo de republicano español. Le falta, quizá, cruzar formalmente ese Rubicón, pero ya está ahí. Y es que la República acumula parte de su potencia de futuro en que es precisamente el ideal común de patria que integra a los diferentes pueblos de España de forma armónica y no conflictiva. De la República se pueden sentir parte catalanes y vascos mucho mejor que de España, así dicha en bruto, y cualquiera que conozca estas comunidades nacionales sabe de lo que hablo. No es casual que Puigdemont introdujera el lexema “República” en el referéndum del 1 de octubre, como no es casual que la “indepe” ultraderechista Silvia Orriols omita siempre este ideal para referenciarse, por contra, en el Estado Catalán.

Frente a Abascal y a Orriols: República. Frente a Abascal y a Orriols: Gabriel Rufián.

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