Gregorio Morán, biografía de urgencia

Un repaso por la larga trayectoria política e intelectual del recientemente fallecido periodista ovetense.

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David Sánchez Piñeiro
David Sánchez Piñeiro
Doctor en Investigaciones Humanísticas por la Universidad de Oviedo/Uviéu. Ha colaborado con medios como La Trivial, Atlántica XXII y El Salto.

Gregorio Morán Suárez nació en Oviedo en 1947. Su padre había sido teniente de los Regulares, las fuerzas militares españolas acuarteladas en Marruecos que lucharon en el bando franquista durante la Guerra Civil, mientras que su madre provenía de una familia socialista. Morán fue el pequeño de tres hermanos. Su infancia y adolescencia transcurren en la capital asturiana y en 1965, después de haber cursado el bachiller en el colegio de los Dominicos, se traslada a Madrid y se matricula en la Escuela de Arte Dramático, en la especialidad de dirección de escena. El propio Morán explicará más tarde su traslado a Madrid en los siguientes términos: “la razón fundamental de mi salida de Oviedo era tanto hacer teatro como dedicarme a lo que luego supondría algo parecido al teatro como era la política. Un teatro muy agresivo y muy duro como era la lucha antifranquista”.

En Madrid, Morán comienza a vivir en pensiones y se ve obligado a iniciar su vida laboral para ganarse un sustento; trabaja, entre otras cosas, como archivador de impresos en Correos. También comienza a frecuentar los debates sabatinos en el Pozo del Tío Raimundo y allí entra en contacto con militantes del Partido Comunista, al que se afilia de inmediato. Una vez dentro del partido realiza labores diversas, que incluyen desde la redacción de panfletos e informes hasta la organización de actos e incluso viajes a París. Morán llega a formar parte del grupo de dirección de la publicación del partido, Mundo Obrero, en lo que supone uno de sus primeros contactos con el mundo de la prensa. Tras la muerte de Franco, recibe el encargo de recoger en España a algunos de los miembros de la cúpula del PCE regresados del exilio. Como él mismo va a reconocer años después, se le daba bien la actividad clandestina.

Su primer viaje a París se produce en el año 1967. Al año siguiente se traslada allí y se inscribe en el Centro de Estudios Teatrales de la Sorbona. En la capital francesa, que califica como “la ciudad de mi vida”, trabaja en el Centro de Estudios y Documentación Internacional y colabora con Armand Gatti en el montaje de La pasión del general Franco, una obra de teatro que buscaba recaudar dinero para las cajas de resistencia de los mineros asturianos y cuyo estreno fue prohibido por De Gaulle para evitar un conflicto diplomático con España. Tras París, Morán reside en Heidelberg y viaja por Suecia, Finlandia y Checoslovaquia.

El año 1976 supone un punto de inflexión en su biografía. Por entonces tiene 29 años, está casado con Montserrat Galcerán (futura catedrática de filosofía y concejala del ayuntamiento de Madrid de Manuela Carmena) y espera su primer hijo. Seis meses antes de la legalización del PCE Morán decide abandonar el partido. En su libro Miseria y grandeza del Partido Comunista de España (1939-1985) da testimonio de esa experiencia refiriéndose a sí mismo en tercera persona: “entró [en el partido] porque había que hacer una revolución y  salió porque ya no se iba a hacer, y si la hacían, lo cual era harto improbable, ya no le necesitaban. Fue un sentimiento entonces muy subjetivo y personal, nada político; percibió que si ganaban los nuestros perdíamos nosotros”. Montserrat Galcerán enfoca la cuestión desde una perspectiva complementaria: Gregorio Morán se fue del PCE porque “se quedó sin silla”. 

De militante comunista a periodista

En 1976 Morán acude como periodista al XXVII Congreso del PSOE, el primero del partido en España y al que asistieron figuras señeras de la socialdemocracia europea como Olof Palme y Willy Brandt. Al año siguiente sufre uno de sus primeros encontronazos con el poder establecido, un episodio que va a ser conocido como el “caso Conesa”. En 1977 Morán publica en Diario 16 varios artículos sobre Roberto Conesa, jefe superior de policía de Valencia, en los que denuncia, entre otras cosas, su implicación en la liquidación del Socorro Rojo Internacional en los años de posguerra y su colaboración en la detención de las “trece rosas”, un grupo de jóvenes antifranquistas que fueron ejecutadas por el régimen. Morán fue detenido en la misma sede de Diario 16 y pasó la noche en un calabozo, en una operación ordenada por el general Milans del Bosch, según el testimonio del propio Morán. El agente Conesa, que había sido, poco tiempo antes, uno de los artífices de la liberación de los generales Oriol y Villaescusa, secuestrados por los GRAPO, exigió a Morán una indemnización de veinte millones de pesetas, supuestamente porque la publicación del artículo había dificultado una operación suya con la editorial Planeta. Ese mismo año Morán publica en Diario 16 una serie de artículos sobre la extrema derecha en España (“La camada negra”) que contribuyen a la detención de los supuestos organizadores del atentado contra la revista El Papus. Por esos años Morán también se convierte en uno de los fundadores de la revista Opinión. 

En 1978 el diario El País encarga a Morán una serie de artículos sobre la corrupción en TVE. Mientras que el primer artículo (“Los hombres de las sombras”) llega a ser publicado en El País Semanal e incluso secundado por un editorial del periódico, el segundo (“La saga de los Ansón”) es censurado y no llega a los quioscos a pesar de que ya había aparecido impreso en algunos ejemplares. Por aquel entonces los hermanos Rafael Ansón y Luis María Ansón eran, respectivamente, director de RTVE y de la agencia EFE. Esta es la primera experiencia de Morán con la censura, pero no la última. De hecho, tres años más tarde, el mismo diario El País –en concreto su director Juan Luis Cebrián– va a censurarle otro artículo, esta vez sobre el secuestro y asesinato por parte de ETA del ingeniero jefe de una central nuclear en el País Vasco. Por hechos como este, el periodista catalán Guillem Martínez se refiere a la censura como “esa constante en la trayectoria de Morán”.

En esa misma época Morán colabora con Juan Antonio Bardem en la elaboración del guion de la película 7 días de enero, que relata los hechos acontecidos en la semana más trágica de la Transición española, desde los asesinatos de los estudiante Arturo Ruiz (abatido por pistoleros falangistas) y María Luz Nájera (alcanzada por un bote de humo de la policía) hasta la detención de los generales Oriol y Villaescusa por parte de los GRAPO, pero centrándose sobre todo en la matanza de los abogados de Atocha cometida por miembros de la Triple A (Alianza Apostólica Anticomunista) el día 24 de enero. Morán conocía de su época de militante el entorno de los abogados laboralistas asociados al Partido Comunista; él mismo ha relatado cómo Manuela Carmena, compañera de los abogados asesinados que salvó su vida gracias a un cambio de agenda de última hora, era, durante sus años de militancia, su contacto en la cárcel, la abogada que iba a ver a los presos del partido. El propio Morán, ya en su faceta de periodista, aparece representado en varias escenas de la película, que consiguió el Gran Premio del Festival de Cine de Moscú. 

Morán se convierte en escritor

1979 va a ser un año decisivo en la trayectoria de Gregorio Morán. Tal y como señala el periodista Javier Cuervo, “a finales de 1978 tenía 31 años, dos hijos pequeños y se ganaba la supervivencia con unas colaboraciones en Mundo Diario de Barcelona”. Es entonces cuando pide prestado a dos amigos un millón de pesetas con el objetivo de escribir en nueve meses una biografía de Adolfo Suárez, el presidente del gobierno. El libro, titulado Adolfo Suárez. Historia de una ambición, desgrana la trayectoria vital y política del presidente –a quien Morán define como un “seductor de serpientes”– desde su nacimiento hasta 1979. Es publicado por Planeta y el propio Suárez llega a reconocer que es la biografía más objetiva que se ha hecho sobre su figura. En 2009 Morán reescribe el libro, esta vez con el título Adolfo Suárez: ambición y destino, añadiendo la información de los años posteriores a 1979 y reevaluando desde un momento histórico diferente la figura del que había sido el primer presidente de la democracia española en el periodo posfranquista. La primera biografía alcanzó las tres ediciones, con unos 100.000 ejemplares vendidos, y Morán se embolsó 10 millones de pesetas en derechos de autor. Hubo fuertes presiones por parte del gobierno y de medios de comunicación para que la biografía no llegase a la imprenta y a Morán le fueron ofrecidas grandes sumas de dinero e incluso altos cargos en TVE a cambio de que renunciase a publicarla. Ricardo de la Cierva, célebre apologista del franquismo reconvertido en uno de los principales columnistas del diario El País, llegó incluso a acusar a Morán por la biografía de Suárez de ser un agente del KGB soviético.

Los españoles que dejaron de serlo: Euskadi (1937-1981), publicado por primera vez en 1982, es el segundo libro de Gregorio Morán. Tras haberse iniciado con una biografía, se traslada ahora al ensayo periodístico, un género al que va a aportar a lo largo de su carrera varias obras fundamentales en las que aborda algunos de los temas más polémicos de la historia reciente de España, como la Transición, el papel de los intelectuales en la sociedad, la figura del filósofo Ortega y Gasset o los nacionalismos vasco y  catalán. El libro, que es reeditado por Planeta en 2003 con un nuevo subtítulo (Cómo y por qué Euskadi se ha convertido en la gran herida histórica de España) y un nuevo prólogo de Morán, pone el foco sobre tres temas principales: ETA, la oligarquía vasca y el PNV. Cinco años más tarde, tras haber sido director del diario La Gaceta del Norte entre 1986 y 1987, Morán publica Testamento vasco: un ensayo de interpretación, obra en la que relata dicha experiencia al frente del periódico, además de retomar algunos temas relacionados con la sociedad vasca que había planteado en su anterior obra. El historiador Manuel Tuñón de Lara participó en la presentación del libro en Bilbao en febrero del año 1988. 

Las elecciones democráticas del 28 de octubre de 1982 supusieron una debacle para el PCE, que pasó de 23 a 4 diputados en el Congreso. En ese momento, Morán comienza a investigar la historia del Partido, del que había formado parte hasta apenas seis años antes, intentando averiguar qué tuvo que ocurrir para que el que era en 1976 “el partido con mayor implantación social, prestigio y autoridad” del país, hubiese acabado en una situación cercana a la insignificancia política. El resultado de esa investigación es su libro Miseria y grandeza del Partido Comunista de España (1939-1985), publicado en 1986 y cuyo alcance excede el marco de los años de la Transición democrática y alcanza hasta la inmediata posguerra y los años del partido en el exilio. Morán pasa revista, con su distintivo estilo cáustico, a la trayectoria del partido y a la actividad política de sus principales líderes históricos, tanto la de los más conocidos como Pasionaria, Carrillo –de quien dirá en una entrevista posterior que es “posiblemente el golfo político más grande que he conocido en mi vida”– o el secretario general del PSUC Joan Comorera, como la de otros personajes de segunda fila, maltratados por la historiografía oficial del partido, como Heriberto Quiñones o Jesús Hernández. Morán, que más adelante va a definir a Stalin como “uno de los principales criminales de la historia”, critica ferozmente en Miseria y grandeza la larga sombra del estalinismo en la historia del PCE y las dinámicas nocivas y autoritarias que esta tendencia implantó en él, principalmente a través de figuras como Dolores Ibárruri, Ignacio Gallego o Wenceslao Roces. 

La convicción de que “en los personajes más míseros hay un punto de grandeza y en los momentos de grandeza su detalle miserable” es la que lleva a Morán a elegir el título del libro. Simultáneamente reconoce que, a diferencia de la revolución rusa, que se dice que fue “una obra de gigantes que se consideraban enanos”, la historia del PCE, al igual que la de España, “es de gente bajita, de enanos, que nos creíamos gigantes”. Miseria y grandeza, prácticamente inaccesible para el público durante muchos años, a pesar de ser uno de los libros más redondos y exhaustivamente documentados de Gregorio Morán, es reeditado y puesto de nuevo en circulación en otoño de 2017 por la editorial Akal. 

El siguiente libro de Gregorio Morán, El precio de la Transición (1991) es publicado por Planeta con numerosos fragmentos modificados y/o censurados, la mayor parte de ellos referidos a la figura del monarca Juan Carlos I. En 2015 la editorial Akal reedita el texto original (previo a la censura), añadiendo un breve prólogo del autor. En este libro, Morán define la Transición como “un proceso de desmovilización social”, en el que los líderes de las principales organizaciones políticas, esencialmente Adolfo Suárez y Santiago Carrillo, junto con el rey Juan Carlos y Torcuato Fernández Miranda, dan forma a un proceso caracterizado por la opacidad y el personalismo. En una entrevista posterior, Morán, que nunca tuvo en alta estima a las principales figuras políticas de aquella época, llegará a afirmar que “los padres de la Transición eran absolutamente impresentables”. En otra de sus provocadoras y punzantes sentencias, define la Transición como un “modelo de improvisación a partir de una consideración principal: la monarquía y cuanto la sustenta es intocable”. El precio de la Transición va a ser la obra inaugural de una tendencia intelectual y política que pretende matizar o revisar el relato oficial tradicional de ese acontecimiento político que fue la Transición española, que Morán circunscribe temporalmente a los siete años que transcurren entre la muerte de Franco el 20 de noviembre de 1975 y la victoria del PSOE  en las elecciones generales del 28 de octubre de 1982. Morán va a retomar el tema de la Transición, esta vez desde un punto de vista más alejado de los avatares políticos y más cercano a la historia intelectual y cultural, en El cura y los mandarines (2014). 

Colaboraciones periodísticas y diarios de viajes

En 1988 Gregorio Morán comienza a publicar semanalmente en el diario barcelonés La Vanguardia una columna titulada “Sabatinas intempestivas”. La colaboración entre el escritor y el periódico se va a prolongar durante dos décadas y media. Dos años más tarde, en 1990, traslada su residencia a Barcelona, que se convierte en su ciudad de acogida. Morán señala que por entonces la ciudad condal era un oasis en medio del desierto español, “una sociedad mucho más abierta que la madrileña”. En 1999 aparece en el mercado editorial Llueve a cántaros. Crónicas intempestivas, una recapitulación en forma de libro de las “sabatinas intempestivas” escritas entre 1988 y 1998. Sorprendentemente, uno de los artículos que aparece en el libro nunca llegó a ser publicado por La Vanguardia. En 1992  Morán viaja a Israel con el objetivo de publicar una serie de artículos sobre la situación en el país. Los dos primeros (“Noticias de Israel. Jerusalén (I)” y “El espíritu de Masada. Israel (II)”)  fueron publicados por el diario, pero el tercero, que Morán pretendía titular “El sionismo es un racismo (y III)”, fue censurado debido a presiones de la comunidad judía de Barcelona. Finalmente fue recogido en Llueve a cántaros con algunos añadidos y con el título de “El judío no sionista y la libertad de expresión (y III)”. Algunos años más tarde, concretamente en noviembre de 1999, La Vanguardia volverá a censurar un artículo de Morán, en este caso sobre la presunta corrupción del entorno del president Jordi Pujol, que más adelante confirmarían los tribunales. A pesar de estos dos episodios poco edificantes desde el punto de vista de la deontología periodística, Morán reconoce que en el diario catalán “ha gozado de una libertad que con toda sinceridad y sin que me duelan prendas jamás hubiera logrado en diarios postineros de la capital de España”. Sus “sabatinas intempestivas” se seguirán publicando en La Vanguardia hasta el verano de 2017.

Un año después de los Juegos Olímpicos de Barcelona y de la Exposición Universal de Sevilla, fastuosas plataformas de lanzamiento de España hacia la modernidad, Gregorio Morán camina en la dirección contraria, medieval y  rústica, y acompañado del ilustrador Toni Meseguer y de unas convicciones ateas inquebrantables, dedica tres semanas a recorrer el Camino de Santiago, que en 1993 todavía no se había convertido en una ruta turística masificada, careciendo incluso de ramales secundarios. Las andanzas de Morán fueron recogidas en un libro titulado Nunca llegaré a Santiago que, tras ser rechazado por Anagrama –su editor Jorge Herralde lo definió como “un travelling de la cutrez”–, fue publicado por Anaya en 1996. Tras muchos años descatalogado, fue reeditado por la editorial Pepitas de calabaza en el año 2015. Efectivamente, Morán nunca llegó a Santiago, pues tras caminar desde Roncesvalles hasta León, alimentándose principalmente de chorizo y sopas de ajos y sufriendo las bajas temperaturas del frío invierno castellano, decidió tomar un autobús hasta Finisterre para disfrutar de “las dos cosas más suculentas de la naturaleza: sol y pescado”. Nunca llegaré a Santiago es un diario de viajes poco conocido y poco leído pero uno de los libros “más queridos” por su autor, que se lo dedica “a los que caminan. Especialmente, a los que no saben adónde van”.

Una aproximación a Ortega y Gasset

En El precio de la Transición (1991) Gregorio Morán había apuntado que “hay que reescribir la historia del franquismo y de su ‘inteligencia’ desde 1945 hasta 1956”. Con la intención de rellenar este “agujero negro” en términos historiográficos, Morán publica en 1998 El maestro en el erial. Ortega y Gasset y la cultura del franquismo, enfrentándose a las que para él son “quizás las dos referencias más permanentes de varias generaciones de españoles”: Ortega y el franquismo. El libro abarca el periodo 1945-1955, que para el filósofo supone su última etapa vital, ya de vuelta en la España franquista tras nueve años de ausencia (desde el estallido de la guerra en 1936) y para la inteligencia franquista los años que van desde la derrota de los países del Eje en la Segunda Guerra Mundial y sus consiguientes repercusiones en la política doméstica española hasta las huelgas estudiantiles de 1956 que provocan la primera gran crisis de la familia franquista. 

Morán, ya desde el mismo título del libro, resalta las virtudes intelectuales y la labor pedagógica del filósofo madrileño, al que define como “el pensador más influyente de la historia intelectual de España” y entre cuyos méritos destaca haber enseñado “a pensar a varias generaciones de españoles”. Ortega fue un maestro en un páramo cultural (o un “filósofo en la sacristía”, siguiendo el título de la reseña del libro que escribió Vargas Llosa para El País). Sin embargo, el retrato que Morán hace de Ortega presenta más sombras que luces: un tipo con tendencia a hacer declaraciones frívolas y desmesuradas, que desprecia a negros y homosexuales y en ocasiones utiliza un vocabulario racista y machista (la mujer “es feliz sintiéndose el sexo débil”), cuyos posicionamientos liberales casi nunca fueron de la mano de convicciones democráticas (“mi posición no es la defensa de la democracia” o “la democracia por sí es enemiga de la libertad”), que adolece de un limitado valor físico (en este aspecto Unamuno es su contrapunto) y que, sobre todo, no sólo no tuvo la dignidad de posicionarse frente a la dictadura sino que llegó a asumirla como un mal menor y pasajero frente a una temida deriva radical e izquierdista de los gobiernos republicanos españoles y de regímenes políticos gestados en otras latitudes. Morán introduce además la tesis polémica de que el régimen le pasó el sueldo durante muchos años a Ortega (incluso cuando no daba clase en la universidad española) para comprar su silencio. 

El laicismo de Ortega, que Morán define como el único punto en el que el filósofo fue radical hasta el final de sus días, le granjeó el odio y la repulsa de algunos de los sectores más integristas del régimen. Por el contrario, la actitud de los falangistas, cuyo líder José Antonio Primo de Rivera había sido un seguidor entusiasta de Ortega, vino marcada en general por los constantes intentos de apropiación e integración intelectual del pensador en los marcos de la cultura franquista. 

Morán también ofrece en El maestro en el erial una teoría general de la ideología nacionalcatólica, a la que define como la variante española del totalitarismo. En un  artículo aclaratorio a su propio libro, titulado “Seis consideraciones sobre El maestro en el erial“, Morán señala que “a diferencia de otros totalitarismos europeos, el nacionalcatolicismo no tiene ninguna veleidad revolucionaria, ni tan sólo modernizadora, es estrictamente regresivo”. De hecho, “su ambición, incluso su horizonte, están en una vuelta a los valores religiosos apostólicos e imperiales que dominaron España en siglos pasados”. En definitiva, se trata de una “negación pura y simple de la modernidad”. Morán denuncia en El maestro en el erial algunos de los legados culturales  nacionalcatólicos que hemos heredado acríticamente hasta nuestros días, como los conceptos de “generación del 98” –patentado por Azorín pero popularizado por Laín Entralgo con la pretensión de “integrar a la laica y desazonadora generación que denunció la Restauración en patrióticos cantores del paisaje castellano, añorantes de una España, perdida, imperial y quijotesca”– y la “generación del 27” –acuñado por Dámaso Alonso para evitar hablar de una generación de la República– o la rehabilitación que hizo Dionisio Ridruejo de la figura de Antonio Machado. El filósofo catalán Eugenio Trías, que después se distanciaría ideológicamente de Morán, participó en una de las presentaciones de El maestro en el erial.

Un viaje novelado y un escritor ignoto

El primer libro que Morán publica en el siglo XXI, El viaje ruso de un vendedor de helados (2001), es una de sus obras menos conocidas y más difícilmente accesibles. En ella se relatan las peripecias rusas de dos viajeros, Miguel, un cincuentón español que de pequeño soñaba con convertirse en vendedor de helados y su traductora autóctona Várenka, una mujer rusa orgullosa de su país. Algunos años después de la desintegración de la URSS, que había gozado de una presencia importante tanto en su vida (etapa de militancia en el PCE) como en su obra (Miseria y grandeza), Morán retrata en este diario de viajes novelado sus experiencias en algunas de las principales zonas del país y sus encuentros con sus habitantes y sus costumbres, en un viaje que comienza con un trayecto aéreo Moscú-Vladivostok y que continúa desde allí hacia el oeste (llegando hasta  Kaliningrado) para finalizar de nuevo en la capital rusa. A pesar de llevar numerosos años realizando una labor destacada como crítico literario, tanto en sus libros como en sus artículos, El viaje ruso de un vendedor de helados constituye el primer y único acercamiento de Gregorio Morán al género de la ficción. 

En el año 2006, Morán escribe el prólogo de El pacto de Santoña, un libro firmado por su amigo periodista Xuan Cándano. La amistad de Morán y Cándano se remonta hasta 1982, cuando el segundo fue despedido del diario La Voz de Asturias por haber publicado una entrevista a Morán con motivo de la publicación de su libro sobre Euskadi. En El pacto de Santoña, se estudia el acuerdo que alcanzaron en plena guerra civil española el PNV y los fascistas italianos, un episodio que Morán ya había analizado en Los españoles que dejaron de serlo: Euskadi (1937-1981).

En esta misma época, Morán emprende un viaje por Uruguay, Paraguay y Argentina para documentarse sobre la figura del escritor nacido en Torrelavega Rafael Barrett (1876-1910). Esta experiencia culminará en su libro Asombro y búsqueda de Rafael Barrett, publicado por Anagrama en 2007. Morán bucea en la biografía de este autor “ignoto” en la literatura española, que convivió con la generación española de final de siglo, amigo de Valle-Inclán y de Maeztu, citado por Baroja y admirado por Borges, Roa Bastos, Benedetti y Galeano, que tuvo que exiliarse en Sudamérica tras una trifulca con el duque de Arión y que tras convertirse en un icono del pensamiento anarquista (adscripción que Morán le niega, contradiciendo incluso las declaraciones del propio Barrett), murió de tuberculosis con tan sólo 34 años. La mayor parte de la producción literaria de Barrett se concentra en artículos y aforismos y su único libro, Moralidades actuales, publicado originalmente en 1910, fue reeditado en 2010 por la editorial Pepitas de Calabaza con un prólogo de Gregorio Morán. Asombro y búsqueda de Rafael Barrett fue criticado con dureza por Francisco Corral, director de varios Institutos Cervantes alrededor del mundo y experto en la obra de Rafael Barrett, que identificó algunas falsedades, erratas e imprecisiones en la obra de Morán y señaló que sus “constantes errores de bulto” van de la mano de un “exceso de pedantería” y “sobredosis de petulancia”. Corral le reprocha a Morán su “complejo de Adán” por presentar a Rafael Barrett como un descubrimiento propio cuando antes de la publicación de su obra ya existían “más de medio centenar de libros en al menos nueve países y seis ediciones de sus obras completas”. En España, Santiago Alba Rico había publicado en 2003 una antología de textos de Barrett titulada A partir de ahora el combate será libre (La Dinamo).

La hora de la fama

El cura y los mandarines, publicado en 2014 y preparado durante más de 10 años, es probablemente el libro más famoso y el que más polémica ha suscitado, menos por su contenido que por su génesis, de todos cuantos ha escrito Gregorio Morán. Crítica, editorial perteneciente al grupo Planeta que iba a encargarse de publicarlo, decidió cancelar el contrato con el escritor en el último momento, cuando ya se le había dado el visto bueno y el libro ya estaba incluso anunciado para la venta en las páginas web de algunos grandes grupos comerciales. La explicación oficial fue que la obra contenía pasajes que podían ser motivo de potenciales querellas y la editorial no estaba dispuesta a correr ese riesgo. La razón extraoficial, difundida por el propio Morán, era que Víctor García de la Concha, que había sido director de la RAE y después director del Instituto Cervantes, se había molestado por un capítulo (apenas una decena de páginas) en el que se vertían críticas sobre su figura, y Planeta, que estaba a punto de firmar a través de su editorial Espasa un contrato con la Academia para publicar el Diccionario –sin duda una publicación mucho más jugosa desde el punto de vista económico que el libro de Morán– decidió sucumbir a las presiones y cuidar la rentabilidad del negocio. Finalmente el libro fue publicado por la editorial Akal, y la expectación que se había generado en torno a su aparición, provocó el efecto contrario a la censura buscada por algunos: un considerable éxito de ventas. En las entrevistas promocionales Morán se refirió reiteradamente a una famosa escena de la película El Padrino para explicar que la censura no había sido un problema personal sino simplemente una cuestión de negocios y añadió, basándose en su larga experiencia profesional, que si “antes la censura era política y muy concreta, ahora la censura es de mercado, más compleja”.

El cura y los mandarines (que originalmente Planeta había encargado a Morán como una biografía de Jesús Aguirre) fue publicado con el subtítulo Historia no oficial del bosque de los letrados. Cultura y política en España (1962-1996) y abarca más de tres décadas de historia de España, desde la boda de los futuros reyes Juan Carlos y Sofía, la huelga minera de Asturias y la reunión de la oposición democrática al franquismo (del interior y del exterior) conocida como “contubernio de Múnich”, episodios ocurridos todos en 1962, hasta la victoria electoral del Partido Popular en las elecciones de 1996 tras 14 años de gobiernos socialistas. A Morán le intriga una constante que se da en la trayectoria de numerosas figuras señeras de la cultura en este periodo, que las lleva a pasar de la oposición antifranquista (algunos abogaban incluso por la lucha armada) a posiciones institucionales decididamente conservadoras e incluso reaccionarias. En sus propios términos, “de la más aventada de las profecías revolucionarias se pasará en unos años al realismo más chato y seguidista del poder”. Morán afirma que la coherencia, “que no significa que uno siempre piense lo mismo, sino que los cambios se expliquen”, es la gran virtud ausente en la deriva ideológica y política de estos mandarines intelectuales.

El personaje central que da título al libro y que ofrece un paradigma de esta evolución es Jesús Aguirre, que comenzó estando cercano a la órbita del FLP (Frente de Liberación Popular), estuvo presente en las huelgas mineras y en el “contubernio de Múnich”, ejerció como cura en Madrid la primera misa por el asesinato de Julián Grimau, se convirtió después en editor de Taurus y en Director General de Música y Danza con el gobierno socialista y terminó casándose con la duquesa de Alba (siendo homosexual) y convirtiéndose en miembro de honor de la aristocracia española. En las más de 800 páginas del libro, Morán es muy crítico con aquellos que denomina mandarines (cuyo paradigma es representado por Aranguren y Javier Pradera), salva de la quema a tres figuras injustamente olvidadas: Max Aub, Manuel Sacristán y Luis Martín-Santos  (insiste en destacar las virtudes de su novela Tiempo de silencio), define a Cela, sobre el que siempre quiso escribir una biografía, como un compendio de talento y cinismo y desvergüenza, y dedica un capítulo a esa “parodia de intelectual colectivo” que fue el diario El País, recordando la procedencia ideológica de sus fundadores (Fraga, Polanco, Cebrián, Ortega Spottorno, Pío Cabanillas…), bastante alejada de cualquier orientación progresista. El cura y los mandarines puede ser leído como una continuación de El maestro en el erial y en conjunto ambas obras abarcan más de cuatro décadas de historia intelectual de nuestro país. Junto con la reedición en 2015 de El precio de la Transición, la publicación de El cura y los mandarines impulsó el acercamiento y el interés intelectual e ideológico de sectores culturales de la órbita del partido político Podemos (fundado en enero de 2014) hacia la figura y la obra de Gregorio Morán, llegando incluso a ser entrevistado por su secretario general, Pablo Iglesias, en su programa televisivo Otra vuelta de Tuerka, en mayo de 2015.  En octubre de ese mismo año Morán inició su colaboración con el diario digital bez.

El mundo periodístico y el final de una larga colaboración

En 2013, la revista asturiana Atlántica XXII dedicó su portada y un reportaje interior a las corruptelas del sindicato UGT de la región. Unos días después, su director Xuan Cándano, fue suspendido de empleo y sueldo durante 20 días en su trabajo en TVE-Asturias, que compaginaba con la dirección de la revista, tras ser denunciado por la sección de UGT en la televisión pública. Gregorio Morán, antiguo amigo del periodista (a quien había prologado un libro) y colaborador de Atlántica XXII, se desplazó hasta Oviedo para asistir al juicio (Cándano denunció a UGT y a TVE y la suspensión fue finalmente anulada) y publicó su crónica en una “sabatina intempestiva” en abril de 2014. La inclusión de ciertos comentarios polémicos hizo que Morán y La Vanguardia  fuesen condenados en primera instancia a indemnizar con 6000 euros por faltas al honor a uno de los abogados de UGT presentes en el juicio, aunque finalmente la sentencia fue revocada. En el artículo, titulado “El reto periodístico de Xuan Cándano”, Morán definía a José Ángel Fernández Villa, líder histórico del sindicalismo asturiano (SOMA-UGT) y antiguo diputado socialista como “un padrino de inquietante trayectoria”. Tres años más tarde, Fernández Villa sería imputado por supuestos desvíos de fondos y cobros de mordidas y tras conocerse que había evadido a Hacienda 1,4 millones de euros, cantidad que regularizó en la amnistía fiscal aprobada por el ministro del Partido Popular Cristóbal Montoro. También en 2017, la Guardia Civil iba a registrar la sede de UGT Asturias y a detener a su secretario general y a otros cuatro dirigentes en el marco de una investigación sobre presuntos fraudes en las subvenciones de los cursos de formación, hechos relacionados con las informaciones que había publicado Atlántica XXII tres años antes. 

Un año antes de la aparición de El cura y los mandarines, la editorial Debate había publicado La decadencia de Cataluña contada por un charnego, una nueva recopilación de artículos escritos por Morán en La Vanguardia durante diecisiete años, esta vez en torno al tema catalán, su mundo político y cultural y algunos de sus más ilustres personajes. Morán declara en el libro que no aspira a ser un “charnego agradecido” (“ni ellos me regalan nada ni yo les bendigo por su benevolencia”), condición que sí reprocha a su antiguo amigo Manuel Vázquez Montalbán (al menos en la segunda parte de su vida).

A diferencia de muchos de sus colegas de izquierdas como Xosé Manuel Beiras, líder histórico del nacionalismo gallego, o el propio Pablo Iglesias, Morán considera que uno de los pilares ideológicos irrenunciables de la izquierda ha de ser el internacionalismo y que, por lo tanto, una izquierda nacionalista es “una frivolidad política”. Uno de los objetivos principales de las críticas de Morán en sus artículos es el nacionalismo catalán, al que termina denominando despectivamente como “Movimiento Nacional”, por su voluntad de exigir adhesiones culturales inequívocas. El 22 de julio de 2017, La Vanguardia censura una de sus “sabatinas intempestivas”, titulada precisamente “Los medios del Movimiento Nacional”, en la que define a los gobernantes catalanes como “talibanes” y los acusa de querer “provocar un conflicto no sólo cívico sino violento”, compara el referéndum de independencia del 1-O en Cataluña con los que convocaba Franco, describe al conseller d’Interior de la Generalitat, Joaquín Forn, como un “delincuente legal” y denuncia las cuantiosas subvenciones públicas a medios de comunicación convertidos en portavoces oficiales del independentismo. Al igual que en el caso de El cura y los mandarines, la censura consiguió el efecto contrario al deseado y varios diarios publicaron el artículo de Morán, que desató una gran polémica mediática en uno de los momentos decisivos para el futuro del proceso independentista catalán. Al día siguiente, domingo 23 de julio, Gregorio Morán sufrió un infarto que provocó su ingreso en el Hospital de Barcelona. Él mismo fue quien señaló la probable relación  entre la polémica suscitada por el artículo censurado y sus achaques físicos. Un mes después, ya recuperado del infarto y mientras preparaba un nuevo artículo, Morán recibió un burofax en el que se le comunicaba su despido de La Vanguardia, poniendo así fin a una colaboración que se remontaba hasta el año 1988. Morán se apresuró a ofrecer su interpretación de los hechos: un diario como La Vanguardia que subsiste, entre otras cosas, gracias a las subvenciones de la Generalitat de Catalunya, no se puede permitir seguir publicando unas críticas de este tipo (cada vez más subidas de tono y despojadas de filtros) al procés independentista.

Tras su despido en La Vanguardia, un Morán que había definido a la prensa española como “la peor de Europa occidental” continuó publicando sus columnas de opinión semanales en medios digitales de inclinación derechista como Crónica Global, Vozpópuli y, finalmente, The Objective, donde firmó su última pieza el 7 de febrero, apenas 15 días antes de su fallecimiento. En 2023 había publicado su último libro, Felipe González. El jugador de billar (Roca Editorial), un acercamiento biográfico en clave crítica a la figura del expresidente del gobierno que tuvo una repercusión pública y mediática significativamente menor que sus ensayos anteriores.

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