El renacimiento nuclear europeo: palabras grandes, números pequeños

Conviene recordar que las centrales nucleares solo se construyen hoy con un apoyo público masivo.

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Juan Chaves
Juan Chaves
Es asesor del grupo de Convocatoria por Asturies.

En la reciente Nuclear Energy Summit celebrada en París, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, afirmó que la reducción del peso de la energía nuclear en Europa ( del 33% del mix eléctrico en 1990 al 15% actual ) fue un “error estratégico”. A continuación anunció una estrategia para impulsar en Europa pequeños reactores modulares (SMR) con e horizonte de que estén operativos a comienzos de la década 2030.

Como casi todo lo que hace y dice Ursula von der Leyen, la declaración puede interpretarse más como una boutade que como una verdadera política energética. En el fondo, responde a la compleja arquitectura política europea, donde Bruselas debe satisfacer simultáneamente a la nueva extrema derecha que reivindica el renacimiento nuclear, a sectores conservadores y muy especialmente, a Francia y su chovinismo del átomo.

Pero más allá de lo que diga la presidenta de la Comisión, el problema no es el discurso, sino la política de lo inane que con demasiada frecuencia se practica en Bruselas. Me explico.

Protesta en Extremadura en defensa de la central nuclear de Alamaraz.

El instrumento financiero anunciado para impulsar ese supuesto renacimiento nuclear consiste en una garantía de 200 millones de euros a través del sistema europeo de comercio de emisiones (ETS). Ni siquiera se trata de subvenciones directas, sino de un mecanismo destinado simplemente a cubrir parte del riesgo de inversión.

La cifra sin contexto puede parecer apropiada, pero es que el Banco Europeo del Hidrógeno moviliza 3.000 millones de euros. El Fondo de Innovación para tecnologías net-zero supera los 2.900 millones. Las subastas para descarbonizar el calor industrial alcanzan los 1.000 millones. Y el llamado Clean Industrial Deal aspira a movilizar más de 100.000 millones.

Frente a ese panorama, 200 millones en garantías para los SMR parecen formar parte más del bienquedismo político que de una política industrial seria.

Washington, pese a apostar mucho más fuerte por una política industrial clásica basada en subvenciones públicas y en la asunción de riesgo compartido con el sector privado, apenas ha logrado poner en marcha una central nuclear en los últimos 25 años y con sobrecostes multimillonarios. Y en cuanto a los SMR, el balance es dseolador, el proyecto que debía convertirse en el primer despliegue comercial en Occidente, el de NuScale en Idaho, fue cancelado en 2023 después de que el coste estimado del proyecto se disparara hasta hacerlo inviable.

Si ni siquiera Estados Unidos, con muchos más recursos públicos y una política industrial mucho más agresiva, ha conseguido todavía convertir los SMR en una tecnología comercial viable, resulta difícil imaginar que Europa vaya a lograrlo con 200 millones en garantías.

Europa, por ahora, uno parece que vaya a haber cambios sustanciales, se limita a hablar y no a hacer.

Central nuclear

El caso francés ayuda a entender hasta qué punto existe una distancia considerable entre el discurso nuclear europeo y su realidad industrial. Francia sigue siendo el país nuclear por excelencia, 57 reactores distribuidos en 19 centrales, con una edad media cercana a los 40 años y la prioridad inmediata no de construir nuevas centrales, sino evitar que las existentes se apaguen antes de tiempo.

El programa de modernización y extensión de vida de los reactores el llamado Grand Carénage se acercará a los 100.000 millones de euros hasta 2035. El mantenimiento anual del parque ronda los 6.000 millones. Y aun así la disponibilidad de los reactores ha caído respecto a la década anterior del 80% al 74% debido a problemas técnicos derivados del envejecimiento de las instalaciones.

Mientras tanto, la construcción de nuevos reactores en Europa no invita precisamente al optimismo. El ejemplo más cercano es Flamanville III, que debía costar unos 7.000 millones de euros y terminó superando los 21.000. Hinkley Point C, en el Reino Unido, ha pasado de una estimación inicial de unos 21.000 millones de euros a entre 48.000 y 56.000 millones en precios actuales y no entrará en funcionamiento antes de finales de esta década. A ello hay que añadir retrasos que, en ambos casos, se acercan al 100% del tiempo de construcción inicialmente previsto.

Incluso el país con mayor tradición nuclear del continente tiene enormes dificultades para renovar su propio parque de centrales

Este contexto es importante porque explica la paradoja actual del debate nuclear europeo. Incluso el país con mayor tradición nuclear del continente tiene enormes dificultades para renovar su propio parque de centrales. Si la mayoría de los reactores franceses alcanza los 60 años de vida hacia 2045, Francia necesitaría construir varias decenas de nuevos reactores simplemente para mantener su capacidad actual. Los planes anunciados por el Gobierno francés, sin embargo, contemplan seis.

Los SMR suelen presentarse como la solución a muchos de los problemas de la nuclear tradicional, reactores más pequeños, más flexibles y más baratos. La clave de esa promesa económica es la fabricación en serie. En teoría,la estandarización industrial permitiría reducir costes de forma similar a lo que ocurrió con otras tecnologías industriales.

El problema es que esa industria no existe. A día de hoy no hay reactores modulares comerciales operando y los proyectos más avanzados siguen en fases de diseño, licenciamiento o demostración. La supuesta ventaja económica de los SMR descansa en la producción en cadena, pero esa economía de escala solo sería posible si antes existiera un mercado amplio y una industria capaz de fabricarlos en serie. Por ahora, ninguna de las dos opciones está remotamente cercana.

Para su desgracia el resto del sistema energético está evolucionando mucho más rápido.

Una planta fotovoltaica a gran escala puede construirse en uno o dos años y con costes de inversión que en Europa suelen situarse entre 600 y 900 euros por kilovatio instalado. La eólica terrestre se mueve en plazos similares y con costes del orden de 1.200 a 1.600 euros por kilovatio. Incluso proyectos más complejos, como la eólica marina, suelen completarse en cinco o seis años desde la decisión final de inversión, con costes que hoy se sitúan en torno a 3.000 o 4.000 euros por kilovatio.

Las infraestructuras de almacenamiento también están avanzando con rapidez. Las baterías a escala de red, prácticamente inexistentes hace una década, están desplegándose ya en Europa y a gran velocidad en Estados Unidos, China o Australia para estabilizar sistemas eléctricos cada vez más renovables. La hidráulica de bombeo, una tecnología mucho más antigua, sigue siendo además una de las formas más eficientes de almacenamiento energético a gran escala.

Nada de esto significa que la energía nuclear no vaya a seguir desempeñando un papel en determinados sistemas energéticos que, por sus características, puedan carecer de recursos naturales abundantes como sol o viento. Pero resulta difícil imaginar que, en una comparación de costes y retornos de la inversión, no sean las renovables combinadas con almacenamiento las que crezcan al mismo ritmo que la nuclear pierde peso.

Conviene recordar además que la nuclear solo se construye hoy con un apoyo público masivo. Si la inversión privada participa de forma limitada no es por prejuicios ideológicos, sino por esa vieja manía de las empresas de querer ganar dinero y detectar cuándo un negocio no es especialmente rentable.

Así que mientras Von der Leyen habla de reactores que con suerte, podrían estar operativos a finales de la década de 2030, las tecnologías que están transformando realmente el sistema energético (solar, eólica, almacenamiento..) se despliegan a una velocidad y con unos costes que la nuclear no podrá igualar. Y menos aún cuando el supuesto impulso europeo se limita a 200 millones de euros, una cantidad que en un sector como este apenas alcanzaría para iniciar el proyecto de un solo reactor. Porque en política energética, como en casi cualquier política industrial, las estrategias no se miden por los discursos, sino por el dinero y el tiempo que estés dispuesto a emplear, y en este caso ni hay dinero ni tenemos tiempo.

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