“Yo tengo ahora mismo a la vista praos que eran verdes y ahora mismo son bolas de matu”. Beatriz Rodríguez no habla en abstracto. Lo dice señalando la ladera, con la naturalidad de quien lleva años viendo cómo el paisaje cambia delante de casa. Hace más de dos décadas que llegó a esta zona del oriente asturiano, en Parda, en el entorno de Cangas de Onís, y desde entonces ha visto cómo muchos prados dejaban de serlo. “Gran parte del territorio en manos de gente que no lo cuida…”, resume.
En Asturias, donde el verde parece garantizado, hay una idea que apenas se enuncia: el paisaje no se mantiene solo. Se trabaja. Y una parte de ese trabajo —cada vez más invisible— la sostienen explotaciones pequeñas, extensivas, que combinan ganado, tiempo y territorio.

Al mismo tiempo, el modelo no está exento de debate —con voces que cuestionan incluso su impacto a gran escala—. Entre esos extremos, lo que existe son prácticas concretas.
El monte no se mantiene solo
Beatriz Rodríguez tiene 56 años y llegó a la ganadería desde otro lugar, desde el centro de Asturias, entre Avilés y Candamo. “Sinceramente llegué un poquitín por mi marido”, cuenta. Ese marido es Francisco Wagner, 53. “Pero al final lo que adoro es estar con los animales, plena naturaleza. Es lo que elijo”. Y lo resume sin rodeos: “Esto tiene que gustarte. Si no, no lo haces”.
Junto a él sostiene La Casa Vieya, una pequeña explotación ganadera en la que elaboran queso Gamonéu ecológico, dentro de la Denominación de Origen Protegida. Es, además, la única quesería del valle que cuenta con certificación ecológica, obtenida en 2021 a través del COPAE, el organismo encargado de la producción ecológica en Asturias.

El proyecto se construye sobre el terreno. Mantienen más de medio centenar de cabras, un rebaño de ovejas latxas, alrededor de treinta gallinas y varias vacas de leche con las que elaboran el queso. “Tienes que tener animales adaptados. No pueden ser razas que necesiten estar estabuladas”.
No es una elección ideológica, sino una consecuencia directa del lugar. La pendiente, el clima y la vegetación obligan a trabajar de otra manera, y eso empieza mucho antes del producto final. “La reciella es la base de la prevención de incendios”, dice contundente.
Cabras y ovejas comen lo que nadie limpia: matorral, broza, restos. Mantienen abierto el monte sin maquinaria. Sin ese trabajo continuo, el paisaje se cierra rápido. “No hay nada que quemar si tienes ganado que lo gestione”. Lo que hacen, en la práctica, es intervenir todos los días sobre el territorio.
Porque aquí no hay un manual cerrado. Hay prueba y error, años buenos y años malos, decisiones que se pagan.
Producir menos, sostener más
Ese modelo, sin embargo, encaja mal en un sistema que premia otra cosa: volumen, regularidad, cantidad. Frente a eso, Bea y Francisco han optado por otro camino. “Preferimos hacer muy poco y que sepa muy bien”.
No es una frase pensada para vender. Es una forma de situarse fuera de esa lógica. Pero también implica asumir límites: menos producción, más trabajo por unidad, menos margen para equivocarse. “El aprendizaje cuesta dinero”, reconoce. “Animales que pierdes, cosas que no haces bien…”.
Porque aquí no hay un manual cerrado. Hay prueba y error, años buenos y años malos, decisiones que se pagan. Y, sobre todo, una forma de trabajar que no siempre encaja en lo que el mercado pide. “No todo el mundo lo valora”, admite. “Pero cuando lo entienden… lo entienden de verdad”.
Ahí es donde se juega la viabilidad. No en producir más, sino en que alguien entienda por qué produces así.

Un modelo que vuelve al centro del debate
Lo que hacen Bea y Francisco no es una rareza aislada. En los últimos años, la ganadería extensiva ha vuelto al centro del debate sobre el territorio, no solo como forma de producir alimentos, sino como herramienta de gestión del paisaje.
Este mes de marzo, Ecologistas en Acción ha publicado la guía La ganadería del futuro, aquí y ahora, donde se recogen experiencias similares en todo el Estado y se plantea este modelo como una alternativa al sistema industrial dominante.
“no se trata solo de producir, sino de cómo, cuánto y dónde.”
El documento insiste en que la forma de producir alimentos tiene efectos directos sobre el territorio: desde la biodiversidad hasta el agua, pasando por el empleo rural. Frente a la concentración de animales y la desvinculación del entorno que caracteriza a la ganadería intensiva, la extensiva —cuando está ligada al medio— puede mantener abiertos los paisajes, reducir el riesgo de incendios y sostener actividad en zonas donde cada vez vive menos gente.
También introduce un matiz relevante: no se trata solo de producir, sino de cómo, cuánto y dónde. Una discusión que sigue abierta.

Otra forma de producir (y de vivir en el pueblo)
A varias decenas de kilómetros, en Asiego (Cabrales), el paisaje es distinto y también lo es la trayectoria, aunque la lógica de fondo se parezca.
Allí trabajan Rocío Bueno y Pablo Ruiz, responsables de Quesería Asiegu, una explotación ecológica integrada en la DOP Cabrales.
Ella tiene 39 años —“voy a hacer 40 este año”— y él 35. Tienen dos hijas, Vega y Amaya, de 8 y 6 años, y viven en un pueblo de unos 60 habitantes. La organización del trabajo pasa también por ellas. “Mi prioridad son mis hijas”, explica Rocío.

Su proyecto arranca en 2016, cuando decidieron recuperar algo que había desaparecido del lugar: vacas de leche. “Compramos las primeras después de muchísimos años sin vacas aquí”.
En 2020 empezaron a elaborar queso. Hoy manejan unas cuarenta vacas entre grandes y pequeñas y también crían cerdos, con los que aprovechan el suero de la quesería y cierran el ciclo productivo. No fue una decisión romántica, sino práctica. “Con una ganadería de 20 vacas convencional es muy difícil mantenerse”.
Sus vacas producen menos que las de explotaciones intensivas. Entre 15 y 20 litros. “¿Cómo compites con eso? Es imposible”. La respuesta no está en competir. Está en hacer otra cosa. “Y añade: “Esto no vale para todo el mundo. Te tiene que gustar”.
“Sí, más allá del precio, algo más caro quizá, la gente lo valora muchísimo”.
Lo que se ve y lo que se entiende
En Quesería Asiegu, esa diferencia no se oculta, al contrario: se muestra. Desde la propia quesería se ven las vacas pastando, y esa continuidad entre paisaje y producto forma parte de la explicación.
“Nada más le explicas cómo lo haces y la gente lo valora muchísimo”, dice Rocío. “Ves les vaques, ves el prau…”.
El queso cambia con las estaciones, es más amarillo en primavera, más irregular, más ligado a lo que comen los animales en cada momento. También es más caro. Pero hay un público que lo entiende. “Sí, más allá del precio, algo más caro quizá, la gente lo valora muchísimo”.

El lobo, un problema más
El lobo, un problema más. En ese día a día también hay conflictos. En la zona de Bea, el lobo ha sido uno de ellos. No lo plantea como un debate teórico ni como una posición cerrada, sino como una cuestión práctica, de manejo diario. “Tuvimos problemas al principio… faltaba una, faltaba otra”.
Lo cuenta sin énfasis, casi con resignación, como quien enumera una dificultad más del trabajo. Con el tiempo, dice, la presencia se ha ido notando más. “Cada vez hay más”, comenta, sin dramatizarlo, pero sin ocultar el problema.
La respuesta no ha sido única ni inmediata. Han tenido que adaptar la forma de trabajar, reforzar la vigilancia y apoyarse en mastines. “Llegamos a tener ocho”, recuerda. “Pero tampoco es la solución a todo”. Porque el problema no se resuelve del todo. Se gestiona. “Hay sitios donde da igual los mastines… se comen al mastín también”.
No hay en su relato un discurso ideológico ni una defensa cerrada de una postura. Hay experiencia. Prueba y error. Decisiones que se toman sobre la marcha y que implican más trabajo, más coste y más incertidumbre. Y, en cualquier caso, no es el único frente en este modo de vida.
Lo que sostiene el paisaje
Entre el relato que idealiza y el que cuestiona, lo que aparece en Asturias es algo más difícil de encajar: explotaciones pequeñas que no son modelo perfecto, pero sí piezas clave en el equilibrio del territorio.
No como solución total, sino como práctica cotidiana. Porque el paisaje no se mantiene solo. Se trabaja. Y muchas veces ese trabajo no se ve. Y al final, más allá del modelo o del debate, lo que queda es eso. “Se puede vivir”, dice Rocío. “Pero hay que trabajar todos los días”.



























