Las desigualdades extremas, los privilegios de los milmillonarios y los mercenarios políticos de extrema derecha constituyen el principal obstáculo para la libertad y los derechos humanos de la mayoría de la población. Hay que decirlo sin rodeos, a todo el mundo, en todos los lugares: no son los inmigrantes quienes roban. Son los señores del capital los que meten la mano en tu cartera. Es el imperio de los ricos el que hace caja con la crisis climática, energética y alimentaria. Son los führers de la guerra quienes devastan el planeta. Son ellos. Tienen nombres y apellidos. Y son los mismos.
Para contextualizar con pocas palabras lo que está en causa: en 2025, la riqueza de los milmillonarios creció tres veces más rápido que la media del lustro anterior. Doce personas acumulan ya más patrimonio que la mitad más pobre del planeta; es decir, que 4.000 millones de seres humanos. El incremento de sus fortunas en el último año bastaría para distribuir 250 dólares a cada habitante de la Tierra y, aun así, esta élite retendría un superávit de 500.000 millones. Las cifras de Oxfam constatan esta obscena realidad.
Pero, a pesar de que las cifras son escalofriantes, no es verdad que el dato mate al relato. Para combatir el despojo necesitamos movilización y audacia estratégica: aprender del pasado para ensayar respuestas inéditas, impulsar medios alternativos, regenerar cuadros, cultivar nuevas razones para reencantar el mundo. A un hecho opresivo no se le opone un mero deber moral; se le confronta con otro hecho que materializa un deber orientado en sentido emancipatorio. Hay que empezar por creérselo: la neorreacción oscura solo fracasará si construimos un bloque histórico más fuerte, capaz de torcer la vara de la rabia, el resentimiento y la crítica a la corrección política hacia el lado contrario, el de la justicia ecosocial.
·Ningún sistema por encima de los ecosistemas; ningún beneficio privado por delante de la supervivencia y el buen vivir de la humanidad.·
Por eso hay que elegir: entre oligarcas tecnológicos dueños de nuestros datos que imponen despiadadamente su supremacismo frente a lo que consideran “igualitarismo superficial”, o radicalizar la democracia para diseñar instituciones públicas que desplieguen el procomún, asegurando un acceso equitativo a servicios, energía, tecnologías y derechos. O depender de titanes tecnológicos que controlan cadenas de valor globales y fabrican los drones de espionaje digital empleados en crímenes de guerra —en Gaza, Irán, etc.— como denuncia insistentemente Amnistía Internacional—, o articular lo que Cecilia Rikap denomina un internacionalismo tecnológico: levantar infraestructuras públicas, centros de investigación y espacios de debate que sean independientes de los intereses corporativos y establezcan cortafuegos a la mercantilización del patrimonio fruto de la inteligencia colectiva.

Debemos tomar partido: entre fondos buitre que arrasan con nuestros barrios, convirtiéndolos en parques temáticos para la gentrificación, o crear lo que Eric Klinenberg llama “palacios del pueblo”: tejidos institucionales donde el vecindario hace comunidad y ejerce el derecho a decidir sobre su territorio. Entre estructuras de castas que dominan el mercado inmobiliario, elevando escandalosamente los precios de la vivienda y expulsando a los residentes, o garantizar las condiciones materiales para que cualquier persona pueda desarrollar una vida significativa y plena dentro de los límites biofísicos del planeta.
Hemos de escoger: entre el racismo caliente de quienes convierten en chivos expiatorios a las personas migrantes culpándolas de las crisis sistémicas y colocándolas en la diana de los chovinistas y fascistas de mierda para tapar las miserias del capital, o sembrar respeto y solidaridad haciendo posible que nadie quede atrás porque nadie es más que nadie. Entre ese racismo frío, institucional e insidioso que pretende convencernos de que la mejor manera de erradicar la xenofobia consiste en endurecer los controles de inmigración y alimentar un alarmismo securitario que solo multiplica la exclusión, o dicho de otro modo, que procura acabar con el racismo promoviendo aún más el racismo, o entender la interculturalidad como un valor político positivo que edifica sociedades más ricas, prósperas y moralmente mejores.
Ya no hay tiempo que perder: o un capitalismo del desastre que socava las fuentes naturales y humanas de la riqueza —mediante la extinción masiva de especies, la alteración de ciclos geoquímicos, el calentamiento global, la guerra…—, o un ecosocialismo para el 99% que se apropie de las condiciones de existencia. En esto consiste verdaderamente la soberanía: no en un repliegue identitario, sino en blindar la autogestión energética, alimentaria, habitacional, cultural y de cuidados de las poblaciones. Alcanzar tal horizonte exige articular una perspectiva internacionalista capaz de anudar —y jamás separar— la justicia global, el antirracismo y la salvaguarda de los bienes comunes. Es lo que el filósofo Paul Guillibert define como el «comunismo de la vida». Sugerente y hermosa divisa. Ningún sistema por encima de los ecosistemas; ningún beneficio privado por delante de la supervivencia y el buen vivir de la humanidad.





























