Izquierda Unida Asturias celebró este fin de semana en Avilés las jornadas Por un ecologismo para el 99 %,un foro de debate concebido para reflexionar sobre uno de los grandes desafíos que atraviesan hoy a la izquierda y que busca cómo afrontar la transición ecológica sin romper su vínculo histórico con la clase trabajadora. En un contexto marcado por las tensiones entre empleo e impacto ambiental, o el debate sobre el papel de la industria de defensa, la formación reivindicó una visión ecosocial que combine sostenibilidad, justicia social y prosperidad para las mayorías.
Con ese telón de fondo conversamos con Juan Ponte (Oviedo, 1983), director general de Agenda 2030 del Principado y responsable del Área de Ecosocialismo de IU Asturias, sobre crecimiento económico, empleo, transición ecológica y los retos de construir un ecologismo con perspectiva de clase.
Las jornadas hablan de un “ecologismo para el 99%”. ¿Qué significa exactamente esa idea y qué problemas intenta resolver dentro de la propia izquierda?
Desde Izquierda Unida partimos de una premisa ineludible: si queremos que Asturias sea un paraíso natural, más allá de lo que reza el lema, tienen que cumplirse dos condiciones. La primera es que Asturias sea socialmente responsable y la segunda que sea medioambientalmente sostenible. ¿Qué significa que sea socialmente responsable? Que en el centro ponemos la prosperidad de la mayoría social, de la clase trabajadora, y no los intereses especulativos de quienes tienen suficiente dinero como para vivir diez vidas. De ahí esa componente de clase, ese ecologismo para el 99%. Y cuando hablamos de sostenibilidad medioambiental nos referimos a mejorar el equilibrio de nuestras relaciones metabólicas con la naturaleza, restaurar ecosistemas y abandonar la idea de que la naturaleza es una simple despensa de la que extraer recursos de forma indiscriminada. La expresión “ecologismo para el 99%” la tomamos en espejo de trabajos de autoras como Nancy Fraser o Cinzia Arruzza y también de la experiencia del movimiento Occupy. Ese 99% hace referencia a la mayoría social. Creemos que hace falta una gran conversación que reúna a activistas climáticos, comunidad académica, centros educativos y todas las fracciones de la clase trabajadora para construir un sujeto de transformación social.
¿Comparte la idea de que el ecologismo ha conectado mejor con las clases medias urbanas que con una parte de la clase trabajadora?
Es una crítica que se ha formulado muchas veces. Pero antes habría que aclarar algo: a menudo se caricaturiza el ecologismo como si fuera una especie de jardinería sofisticada, cuando en realidad, si se tomaran en serio sus propuestas, implicaría transformar radicalmente los patrones de producción, distribución, intercambio y consumo de nuestras sociedades. Por eso sostengo que el ecologismo tiene necesariamente una dimensión de clase. Otra cosa es que existan diferentes corrientes dentro del ecologismo. Desde nuestra perspectiva, no puede reducirse a la ecoansiedad de determinadas capas profesionales urbanas. Tiene que arraigar en los territorios y estar conectado con las preocupaciones de la clase trabajadora. No hay una dicotomía entre los intereses de la clase trabajadora y los problemas ecológicos. Detrás de cada problema medioambiental hay siempre un empresario capitalista intentando convertir los bienes naturales básicos en un recurso del que extraer beneficios. Los problemas ecológicos y los problemas sociales están profundamente conectados. La clase trabajadora no vive en abstracto; vive en territorios concretos y sufre de manera más intensa los efectos de la contaminación, la degradación ambiental o la falta de acceso a bienes básicos. Por eso nos oponemos también al llamado capitalismo verde, que no persigue mejorar la vida de la mayoría social sino garantizar nuevas oportunidades de acumulación económica del 1% más rico.
Crecimiento, abundancia y transición ecológica
Durante mucho tiempo la izquierda prometía más crecimiento, más producción y más consumo para mejorar la vida de la mayoría. ¿Ha llegado el momento de asumir que no siempre se puede crecer más y vivir mejor al mismo tiempo?
La clave no es si crecer o no, sino qué debe crecer y qué debe decrecer. Debemos multiplicar la inversión en servicios públicos, el acceso a los bienes comunes —como el agua, las semillas o la energía—, la biodiversidad y el tiempo libre para tener vidas plenas. Al mismo tiempo, urge reducir drásticamente el uso de combustibles fósiles, los envases plásticos o los jets privados. Y hay cosas que directamente deben desaparecer, como el desperdicio alimentario, la destrucción de espacios protegidos o la barbarie de la guerra frente al derecho internacional.

Pero ese cambio de modelo, ¿implicaría costes sociales o laborales a corto plazo?
No necesariamente. De hecho, nosotros defendemos justamente lo contrario. Prefiero hablar de postcrecimiento antes que de decrecimiento. Y postcrecimiento no es pobreza: es prosperidad y abundancia para el 99%. Pobreza es tener alquileres a 1.300 euros. Pobreza es la gentrificación que nos expulsa de nuestros barrios. Pobreza son los empleos precarios. Pobreza es que menos del 3% de los alimentos que consumimos en Asturias se produzcan en nuestra propia tierra. Por eso tenemos que dejar de sacralizar el PIB. El producto interior bruto contabiliza como positivo el extractivismo, la deforestación, los costes de asumir un desastre ecológico o la fabricación de armamento y, sin embargo, invisibiliza los cuidados, las brechas salariales o el tiempo libre para gozar de una vida burena. Por eso creemos que hay que incorporar otros indicadores como el desarrollo humano, el test de Palma o la salud comunitaria.
Defensa, seguridad y transición ecosocial
Asturias aspira a captar inversiones vinculadas a la industria de defensa. ¿Puede una izquierda ecosocialista apoyar ese desarrollo industrial o existe una contradicción de fondo?
Desde Izquierda Unida defendemos un pacifismo activo y una concepción de la seguridad que va mucho más allá de la dimensión militar. Cuando hablamos de seguridad hablamos también de salud, educación, pensiones, cuidados o cohesión social. Todo eso forma parte de una seguridad integral. Por supuesto, la defensa existe y forma parte de las responsabilidades de los Estados, especialmente en un contexto internacional tan convulso como el actual. Pero cualquier inversión en este ámbito debería orientarse a construir sociedades más pacíficas, inclusivas, respetuosas y tolerantes.
¿Qué debate sobre ecología evita todavía la izquierda porque le resulta incómodo?
Con estas jornadas buscamos huir de la falsa dicotomía que separa el mundo del trabajo de la crisis medioambiental. En primer lugar, porque la clase trabajadora desarrolla su y vida y realiza sus actividades dentro de unos límites biofísicos y unas condiciones materiales concretas. Negar esto es caer en el idealismo. Y en segundo lugar, porque es la clase trabajadora la que sufre en primera línea el impacto de la contaminación y el deterioro de la salud pública. Cada emisión de lujo de las clases adineradas —esas que viven en burbujas y chalets, lejos de los focos contaminantes— es un proyectil lanzado directamente contra los de abajo.



























