El 34% de los norteamericanos de entre 18 y 29 años se declara favorable al comunismo. Y el 62% es favorable al socialismo. Los datos son de hace un año. La encuesta es de Cato Institute con YouGov. Gallup y Harvard confirman datos similares. Si enredan en la web de Cato, verán que es un think tank con mucho mucho dinero y que ideológicamente es Trump y más allá. (Si la izquierda hurgase en la cantidad de fundaciones y think tanks ultraderechistas y de millonaria financiación que hay por el mundo, dejaría de asombrarse de la eficacia de la propaganda de la ultraderecha y entendería mejor cuál es el terreno de juego). Seguro que mucho rojo sonríe ante estos datos. Lo último que pretende Cato Institute son sonrisas de rojos. De hecho, el artículo en que difunden los datos es un artículo alarmado. Dice Cato, con razón, que la gente no asocia el socialismo con la intervención del estado y la estatalización de empresas, sino con protección social, servicios públicos y bienestar. La asocia más con la Suecia de Palme que con los soviets. Y dicen, con razón, que la gente no sabe lo que es el comunismo. Cato conmina a las “organizaciones libertarias” a que intervengan para explicar como es debido la maldad del comunismo (el 32% de los millennials cree que murió más gente con W. Bush que con Stalin) y para explicar que el socialismo humaniza el capitalismo con intervenciones que provocan desajustes que llevan a más intervención del estado, para acabar siempre en dictadura.
No creo que a Cato le preocupe mucho que la gente crea que hay que redistribuir la riqueza y debe haber servicios públicos de calidad. Saben cómo hacer que la gente vote contra la distribución de la riqueza y contra sus servicios públicos sin dejar de creer en ellos. Le preocupa que no asusten debidamente las palabras “comunismo” y “socialismo”. Las palabras mandan mucho, incluso en la época de la imagen y el story doing. Más del 40% de los españoles está de acuerdo con la prioridad nacional de Vox. Las palabras no se relacionan con las cosas directamente, sino a través del cerebro, sistema emocional y memoria de los sujetos. La prioridad nacional activa un marco según el cual España debe tener especial atención con los españoles y, aquí viene la parte buena del marco, no lo está haciendo. Pero si haces la pregunta cambiando las palabras, quitando de ellas el bulo de que en España se trata mal a los españoles y acercándolas al verdadero propósito, y preguntas si están de acuerdo con la discriminación racial, el resultado sería distinto. Con palabras más honestas, el resultado sería distinto. Los ultras y sus amos oligarcas quieren que las palabras comunismo y socialismo sean radiactivas y que todo lo que se toque con ellas arda como se arde en el infierno. Podríamos discutir, dada la jerarquía de derechos establecida en la Constitución, si el estado debería intervenir directamente en el precio de la vivienda e incluso en su propiedad. Pero, si son lo bastante tóxicas las palabras comunismo o socialismo, se podría no llegar a hablar de derechos ni bien común. Solo con llamar comunismo a la intervención del estado debería bastar. Y Cato Inst. se encuentra con que esas palabras no son cancerígenas. Y conmina a los libertarios a que arreglen esto.
Podemos ver que en España las trincheras de la derecha son falsos problemas: ETA, okupas, inmigrantes, dictadura sanchista, todo inexistente, pero todo con carga emocional y carga narrativa
Podríamos preguntar a Cato si el apoyo a Trump o Milei no se basa precisamente en la desinformación, que tanto lamenta para el comunismo. Pero estaríamos formulando mal la pregunta. Sin duda, es cierto que la gente no tiene ni idea de lo que es el comunismo ni de su historia. Ya se ocupan ellos con uñas y dientes de que la historia se ignore. Su juego es distinto. No consiste en que la gente cambie sus ideas sobre la justicia social y sus derechos, ni siquiera que ignore que los ultras sirven a los ricos y los ricos quieren quitarles el médico y la pensión. Consiste en que todo eso no sea prioritario, que haya otra razón más movilizadora que sus propios intereses materiales. Ninguna otra razón será lo bastante movilizadora sin furia y sin odio. Se necesitan tres partes en la propaganda: identidad simbólica, distracción y desinformación.
Tiene que haber identidad simbólica en conflicto. Ser español debe ser sentido como una condición amenazada, de manera que la reafirmación nacional sea una prioridad. La propaganda no funciona sin odio y, cuando la gente ya está indignada, es fácil reconducir esa ira y hacerle sentir que sus conciudadanos son moralmente malos. Si las cosas te van mal, eres propenso a sentir que estás entre sinvergüenzas y jetas, solo necesitas un empujón. La emoción nacional y el patriotismo siempre son contra compatriotas. Es una parte del conflicto identitario. Pero intervienen también los elementos de la guerra cultural, aborto, derechos LGTBI, inmigrantes y similares. La idea es que las minorías son más tenidas en cuenta por no ser blancos, heterosexuales o españoles. La identidad se convierte en un refugio, te ofrece el retorno a un pasado mejor y más claro y el aborto o el matrimonio de homosexuales son cuerpos extraños y partes de la rareza. Qué importan tu médico y tu pensión. Además, es una parte de la propaganda que da autoestima, no hay bobo que no se sienta alguien cuando cree que puede decidir qué inmigrante no debería estar aquí.
La distracción consiste en llenar la mente y el pensamiento con hechos que concitan la atención con fuerza, pero que son irrelevantes o falsos. Podemos ver que en España las trincheras de la derecha son falsos problemas: ETA, okupas, inmigrantes, dictadura sanchista, todo inexistente, pero todo con carga emocional y carga narrativa.
Y la pura ignorancia también tiene su cuota. Realmente la gente no sabe que las pensiones son insostenibles solo cuando no hay impuestos o cotizaciones. Y la gente no sabe que un médico privado te cobraría 2000 € por operar un ojo de cataratas, pero sin la actual Seguridad Social el precio se iría por encima de los 6000. Con una dosis suficiente de ira, no es necesaria la ignorancia. Milei dijo con desvergüenza que la educación no es un derecho y que se acabó tu pensión. La corrupción y desgarro sufridos habían sido tales, que puede más el impulso de una motosierra que rompa que el interés propio. Algo de esto pasa en EEUU, para cabreo de Cato Inst. Socialismo y comunismo suenan punk, apetecen.
Durante la guerra fría EEUU buscó superioridad moral: libertad y riqueza, frente a la grisura y dictadura del comunismo. Trump ya no quiere superioridad moral, solo fuerza y brutalidad. Conmigo poco y contra mí el infierno. China, tradicionalmente lenta, fría, sin escrúpulos y sin vender ideas (no le importaba quién gobernara Irán, ni lo que hiciera a la población, China no es la URSS), ahora ve valor en la superioridad moral, aprovechando la bajeza de Trump. Ahora se vende como única certeza en un mundo atormentado. Y vende socialismo: aquí las empresas ganan dinero, pero no mangonean al Gobierno, lo obedecen. En EEUU mandan en la IA los tecno oligarcas, en China mandan en la IA el Gobierno y el Partido Comunista. La peculiar acción de oro del estado en los emporios tecnológicos no da dinero al estado, pero sí poder. Harás grandes negocios, pero ejecutando las prioridades del Gobierno. Nadie quiere que el estado gestione negocios de alta costura. Nadie debería querer que la empresa privada gestione su pensión y su salud. Hay cosas de natural privado y cosas de natural público. Me pregunto si en los negocios privados de cosas estratégicas (energía, telecomunicaciones, …) no debería haber cucharadas de lo que Cato Inst. llamaría comunismo. No sé qué pintaba el legítimo gobierno de Sánchez mendigando contención en los precios a las eléctricas cuando el shock de la guerra de Ucrania. En bienes estratégicos, no sé por qué no implantar en un sistema no autoritario esa subordinación al estado, en que el privado gana dinero, pero al servicio de las prioridades colectivas gestionadas por los poderes públicos. Yo lo llamaría democracia real.





























