“Esta novela habla de Historia, pero desde la cocina de las güelas”

Raquel Presumido publica "Lutano", una historia ambientada en una aldea de montaña entre Asturias y León, con la Guerra Civil como telón de fondo.

Recomendados

Estela PG
Estela PG
Es periodista.

Antes de los ratones estuvieron las brujas. Y antes de las brujas, las anónimas. Todas esas mujeres que escribieron sin firma, a las que Raquel Presumido (Oviedo, 1992) lleva años devolviendo la voz, primero desde el ensayo, después desde el relato, y ahora desde la novela. Guionista de formación, profesora de Lengua y Literatura de oficio, Raquel Presumido ha hecho de lo no contado su territorio narrativo. Con Lutano (Pez de Plata, 2026) se instala en una aldea de alta montaña entre Asturias y León para retomar lo que no entra en la épica grandilocuente: lo infraordinario que dibuja nuestra memoria y la propia Historia.

Tras pasar por la Feria del Libro de Madrid, la autora presenta su novela el domingo, 21 de junio, en la FeLiX junto a su compañera de pódcast Paloma Campomanes. El 5 de julio lo hará en La Maléfica de la mano de Rodrigo Cuevas.

En Lutano, vuelves a trabajar ese territorio de realismo mágico, entre lo mítico y lo cotidiano. ¿Qué te interesaba explorar de esta frontera entre lo rural y lo fantástico? ¿Qué cosas crees que solo se pueden contar desde lo irreal?

El territorio fronterizo tiene mucha potencia narrativa. En el género del western, si no llegase por la característica de la frontera, no sería lo mismo. Los lugares fronterizos siempre son más turbulentos. Empiezo la novela diciendo: «Esta intersección, el momento en el que chocan dos fallas es donde se da un terremoto. Las zonas fronterizas siempre se prestan a que haya un poco de terremoto».

Esa frontera entre lo real y lo irreal, no saber si lo que estoy contando es real o no, jugar con lo insólito y lo mágico. A veces parece algo que está pasando realmente. Me gusta porque la literatura no mimética —la fantasía, la ciencia ficción, el terror— explica muy bien la realidad. Puede servir como espejo de la nuestra.

Los libros que más me han impresionado han sido novelas y cuentos de terror y ciencia ficción, porque utilizan una metáfora que explica nuestro mundo. A veces el realismo puro simplemente te dice algo que ya estás viviendo, pero cuando utilizan una metáfora funciona mejor. Pienso en El cuento de la criada, que cada vez se parece más al mundo en el que vivimos.

En la novela hay una amenaza silenciosa característica del horror folk. Eres asturleonesa de un pueblín, ¿qué elementos de esa zona has extraído para este imaginario colectivo?

Cuando uno escribe, irremediablemente mete lo que vive. Me crié en una zona fronteriza entre Asturias y León, en una zona de paso, un pasillo. Una frontera de la que no se sale sin desmerecer: el puerto de Pajares. Recuerdo que de pequeña siempre llegaba a mi pueblo vomitando, mareada. Es una forma desagradable de enfrentarte a un territorio ya de por sí un poco hostil.

“Me crié en una zona fronteriza entre Asturias y León, en una zona de paso, un pasillo”

Es un pueblo donde las dinámicas son muy diferentes a las de la ciudad, con clima extremo —nieva mucho, hace muchísimo frío de noche y hay animales salvajes—. Jugaba en la calle; mis padres me dejaban andar por ahí con mis amigos. Echando la vista atrás, me da la sensación de que la vida que viví en Rodiezmo fue una ensoñación rara.

Recuerdo a esas abuelas contando historias que tampoco sabía si eran reales, porque incluían aspectos muy fantásticos: historias de fantasmas, trasgos, cigüeños que buscan nidos, huevos que explotan en la cara como venganza. Todas tienen características de la leyenda. Los cuentos de viejas siempre están a caballo entre la realidad y la ficción. Todo ese imaginario de la cultura popular y narración oral permea la novela, porque es el caldo de cultivo en el que me crié.

Las problemáticas de ahora, que son mis preocupaciones, están desde el pasado. Para entender las inquinas que se dan en un pueblo tienes que remontarte a la Guerra Civil. Incluso para entender cómo funciona Gijón debes remontarte a la guerra para saber cómo vota una ciudadanía, por qué hacen lo que hacen, por qué está en pie un edificio y no otro.

Mi pueblo es una zona que sufrió los estragos de la guerra. Fue quemada durante la Guerra Civil; casi todas las casas fueron quemadas. Esas viejas que nos contaron historias fueron niñas de la guerra, completamente traumatizadas. Eran nuestras abuelas pero personas completamente rotas: siendo niñas vieron cómo fusilaban a vecinos, quemaban casas, familiares morían, pasaron un hambre brutal. No nos podemos desligar de eso.

Raquel Presumido. Foto: David Aguilar Sánchez

Cuando se dice que hay que superar la guerra civil, la superaremos cuando se haga algo, cuando se repare todo eso. En mi pueblo sigue apareciendo metralla. Pasas por el monte y ves restos de guerra. Hay padres de amigas que, jugando de pequeños, les explotaron granadas y perdieron un dedo o un ojo. Las bombas de la guerra civil siguen explotando en mi valle. De manera simbólica, con lo que trabajo como escritora, se dice mucho cómo de no superada está la guerra civil. Para explicar el presente, el estado de ánimo de la protagonista, me parecía interesante explorar ese pasado cercano y sus consecuencias en el pueblo, de forma mágica, utilizando fantasía, terror y realismo mágico, para darle belleza formal y utilizar metáforas que sean reveladoras.

“Las bombas de la guerra civil siguen explotando en mi valle”

Tus publicaciones visibilizan narrativas femeninas tradicionalmente omitidas. En Lutano, das voz a las abuelas, generación silenciada que sufrió violencia de la guerra, posguerra y franquismo. ¿Cuándo decidiste que era necesario contar estas historias?

Hay intencionalidad. No es que solo haya escuchado a mujeres hablar. Mi padre me contó muchas historias; es actor teatral y director de teatro. Pero los paisanos del pueblo no hablaban tanto. Hacían mucho, y de forma muy violenta. Pero pararse a educar a los críos lo hacían las mujeres. Si quiero recrear las leyendas de una zona, me sale la voz de una mujer. Me salen esas paisanas reunidas en la cocina. Para contar esas leyendas e insertar narración oral, tenía que utilizar la voz de una mujer mayor. Cuando escucho que están muy de moda las autoras ahora, no es que esté de moda: somos las que más leemos. Estamos escribiendo cosas sobre las cuales no se nos hacía ni caso hace unos años. Es consecuencia de lo que ha pasado en las últimas décadas. Autoras escribiendo cosas muy potentes, pero que antes no se las publicaba o no se las leía tanto. Existe literatura de mujeres y hombres. Depende de quién hable de literatura para que tenga una connotación u otra. Solo hay que ver de qué escriben unos y otros. Los hombres tienden a escribir cosas muy grandes, grandes acontecimientos, novela histórica, temas bélicos. Siempre ha dado la sensación de que lo pequeño —lo que pasa en una cocina, cuidando niños, cambiando un pañal, mirando una flor— es menos importante que la guerra. Pero mirando una flor entiendes la guerra o cuidando un niño, entiendes la guerra. Te parece que la guerra te da asco porque te planteas el futuro de ese niño. Aquí hablo de la guerra e Historia, pero desde la cocina, desde la cocina de las güelas, contada por miradas de niñas que sufrieron la guerra. Es intencional, pero también que es lo natural para mí. No me senté a decir “voy a escribir una novela con mujeres”. Simplemente salieron, porque estaban en mi vida. En la educación emocional de todas, que es muy importante. Cómo se apoyaban entre ellas, cómo la cocina era un lugar de apoyo, hermanamiento, psicología, refugio.

¿Desde dónde se veía la guerra, sin estar al lado de las bombas?

La guerra y la posguerra. En lo que podías echar a la pota o no. Eso es la guerra. Si todo lo que tenías eran unos hierbajos y una cebolla, eso habla más de la guerra que la batalla del Jarama. Literariamente tiene más fuerza hablar de lo poco que hay para el puchero y la economía doméstica que las mujeres llevaban a cabo, que de la batalla en sí. La batalla la podemos leer en muchos libros de Historia y es necesaria. Pero la literatura tiene que hablar de lo interesante emocionalmente, simbólicamente, y tiene que utilizar un relato. Ese relato está en esas pequeñas cosas, en lo infraordinario —lo que está por debajo de lo ordinario.

El conflicto central gira en torno a Rosina y cómo se rompen los sueños que le vendieron. También su choque con figuras masculinas como el profesor Margo, que se apropian de ideas ajenas. Denuncias la explotación y el anonimato femenino. ¿Se siguen dando estas prácticas en las artes y la literatura?

Sí, claro. El problema generacional que encarna Rosina es algo con lo que la gente de nuestra edad se identifica, sobre todo para quien eligió un camino artístico. Al volver al pueblo, se pensaba que volvería siendo alguien. Ella dice: «nadie es nadie nunca». Ser alguien es una cuestión un poco elitista. Tenía reparo escribiendo este personaje porque es profundamente clasista, odia su propia cultura, se avergüenza de su lengua asturiana, de proceder de una zona rural. Quiere ser una traidora de clase, pero no la dejan entrar. Acaba siendo una traidora por todas partes. Tenía miedo porque en general queremos escribir personajes muy malos o muy buenos, muy dicotómicos. Pero me quité ese miedo pensando que también puede haber personajes víctimas de violencia que hayan vivido cosas malas y que se porten de forma mezquina. Se puede ser ambas cosas.

Raquel Presumido. Foto: David Aguilar Sánchez

Es más interesante hacer un personaje contradictorio que uno puramente bueno, siempre maltratado y nunca maltratador. Es más real porque todos somos contradictorios. Una de las cosas de las que ella es víctima —no victimaria— es este abuso de muchas formas de su profesor Manolo Margo, algo que observé en la carrera. En la universidad se da carta blanca a comportamientos de hombres hacia alumnas… Vergonzoso. En el me too salió algún caso, pero esos señores siguen dando clase. No solo te roban una idea: abusan sexualmente, te manipulan mentalmente haciéndote creer que te pueden dar un trabajo cuando en realidad quieren llevarte a la cama. Todo esto lo sabe todo el mundo y nadie hace nada. Desgraciadamente, pienso que va a seguir siendo así. Esto pasaba en la época de mi madre también. Mi madre cuenta historias de cuando estudiaba Filología en los 80 que son vergonzosas. Ahora lo decimos más, aunque nos llamen locas feministas. Espero que la generación siguiente lo diga todavía más y les llamen menos locas feministas. Es un cambio muy lento porque los hombres llevan milenios ostentando lugares de poder. No podemos deshacer esto en una ola feminista. Hay que seguir nombrándolo, creer a las víctimas y resaltarlo.

Vienes del mundo de los fanzines. ¿Qué partes te interesan? ¿En qué has colaborado?

Empecé durante el máster de guión de cine, cuando escribí ensayos en fanzines pequeños, como artículos de opinión o análisis de guión. Lo primero fue un fanzine llamado Sabrina, cosas de brujas, un análisis de guión de la serie de los 90. También había un test para saber qué personaje eras. Me la volví a ver para ese análisis y me pareció súper feminista, reescribía el tema de la bruja desde un lugar muy interesante. Luego, cada vez que se me ocurría un texto sin cabida en prensa ni para un libro, lo sacaba en fanzine porque me urgía tenerlo impreso, jugar con la edición y los materiales. Autoeditaba todo, muy cutre, el objetivo era hacer chapas, pegatinas, collage. Iba a ferias de fanzine o festivales de autoedición para conocer gente, intercambiar trabajos, repensar nuevos horizontes teóricos. Era una época muy interesante. Después publiqué un fanzine que hice hace cinco años. Saqué Sola, un poemario. Una amiga, Camino Viejo, hizo las ilustraciones. Era todo en risografía. Mis textos y sus ilustraciones eran indivisibles. La risografía es impresión manual con dos tintas que convergen creando nuevos colores. Típicamente ves rojo y azul, y al mezclarse queda morado. Ella exploraba la parte estética y gráfica; yo jugaba con los textos. El fanzine es una cultura, no una subcultura. Añadirle ese prefijo lo que hace es decir que hay alta y baja cultura, pero no tiene nada que envidiar a muchas publicaciones tradicionales. Hay cosas súper interesantes que no podrían ser libro porque son cortitas, hechas para ser fanzine. No lo veo como algo menor. Es un género en sí mismo. Leo y compro fanzines todo el rato. Gracias a hacer fanzines conocí la editorial Antipersona, ahora Levanta Fuego, que me editó Anónimas. Ellos hacían fanzines. Anónimas iba a ser un fanzine, pero acabó siendo libro. También escribí un artículo como fanzine sobre un aborto que me practicé a los 18 años en una clínica. Hice unas perchas de alambre y colgué el fanzine de una percha. Cosas que a través de lo formal llamaran la atención sobre el contenido. Eso solo lo puedes hacer con un fanzine y tus manos; una editorial nunca lo haría. Por eso me parece potente.

Cuéntanos qué es “Han cantado bingo”.

Es un podcast que hacemos mi amiga Paloma Campomanes y yo, surgido como los fanzines: no como descarte, sino intentando encontrar salida a ciertos textos y temas que nos interesan y no pueden ser canalizados a través de otro formato. Cuando me preguntan por qué doy tantos palos de ciego —poemario, ensayo, fanzine, libro de relatos, novela, podcast—, es porque como comunicadora quiero comunicar. Elijo diferentes formatos según lo que cuente. Hay historias para novela, podcast, poemario o fanzine. Son vestidos que le pongo a las cosas que tengo que contar. Queríamos reflexionar sobre cosas que hacemos en stories de Instagram, pero sin alimentar este vicio horrible de estar en redes sociales alimentando sus carteras. Preferimos crear algo aparte. Un videopodcast donde podamos ser creativas fuera de la red social, aunque la usemos para promocionarlo. Usamos la excusa cómica de ser dos bingueras que giramos un bombo y sacamos un número. En cada número hablamos de un tema. En el cero hablamos del vacío, en el uno de las primeras veces, en el dos del amor, en el tres de historias con los tres actos, en el cuatro de la suerte… Usamos números como restricción al escribir. Cada una escribe por su parte lo que quiere contar y luego, sorpresivamente, lo juntamos y encaja perfectamente. Estamos súper conectadas, sin desacuerdos. Llevamos el guión muy cerrado pero luego improvisamos dentro de lo posible, queriendo que sea una hora sin pesadez. Jugamos con la comedia; no queremos que por hablar de Aristóteles dejes de hacer una broma sobre vino. Nos estamos divirtiendo, intentando desarrollar ideas y tener una conversación.

Recomiéndanos algún libro, serie, autora…

Este año me flipó Carne, de David Pascual aka Perfumme. Es la novela del año. Inteligente, muy completa, graciosa pero muy dura, con diálogos brutales, perfectos. Escribir diálogos es muy difícil y estoy fascinada. Me la he leído dos veces, se la dejo a todo el mundo. Mi madre de 70 años acaba de leerla y le encantó. Como autora Cristina Sánchez Andrade me gusta mucho. Es una escritora a la que vuelvo cuando quiero encontrarme en mi zona de confort. Utiliza el espacio rural para contar historias duras de forma muy cómica, hablando de lo insólito con retranca humorística. Todas sus novelas me encantan y tengo ganas de que saque algo nuevo. Ahora estoy leyendo la nueva de Elaine Vilar, autora cubana que sacó La piel hembra con Barrett. Anteriormente sacó El cielo de la selva, que fue un bombazo. Me gusta mucho. Espero terminarlo para la Celsius, que viene a presentarla. Me parece que, de nuestra generación, es la escritura más interesante. Al menos, la que trata los temas que me interesan: ruralidad, mujer dentro de la ruralidad, desde la fantasía y la distopía. De pelis, acabo de ver Ave María con Laura Weismar. Es de una madre con obsesión con una infanticida. La interpretación de la actriz es brutal, me dejó muy mal cuerpo pero para bien. Tengo ganas de seguir viendo a esta actriz. Va a ser un bombazo a nivel profesional. Recordaremos a esta actriz dentro de 30 años. Tiene una cara muy especial y forma de actuar muy natural.

Actualidad

spot_img