Salir del armario sigue costando en las comisarías asturianas

Mientras el movimiento LGTBI crece en los cuerpos de seguridad de otras partes de España, en Asturies se mantiene el tabú.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

Hay policías LGTBI en Asturias. Todos los entrevistados para este reportaje están convencidos de ello. Sin embargo, encontrar a uno dispuesto a hablar públicamente ha resultado imposible.

Durante varias semanas este periódico trató de localizar agentes asturianos que aceptaran contar cómo viven su orientación sexual dentro del uniforme. Hubo contactos a través de XEGA, la principal asociación LGTBI del Principado; se intentó hablar con policías en activo y se recurrió a distintos intermediarios. Una agente finalmente declinó participar y otras gestiones no llegaron a concretarse. Ese silencio, inesperado al comienzo del trabajo, terminó convirtiéndose en una parte más de la historia.

La paradoja resulta llamativa. España llega a este Día del Orgullo de 2026 convertida por primera vez en el país europeo mejor valorado en protección legal de los derechos LGTBI, según el Rainbow Map elaborado por ILGA-Europe, que compara la legislación y las políticas públicas de 49 países. Sin embargo, ese liderazgo jurídico convive todavía con agentes que prefieren no hablar de su vida privada cuando cruzan la puerta de una comisaría.

La dificultad para encontrar testimonios no es exclusiva de Asturias. También las dos principales asociaciones nacionales de policías LGTBI, Gaylespol y LGTBIPol, reconocen que muchos agentes continúan optando por la discreción. No porque teman una expulsión o una sanción disciplinaria, sino porque todavía perciben que hacer visible su orientación sexual puede condicionar la forma en que serán vistos por compañeros, mandos o incluso ciudadanos.

El armario que no siempre se queda en casa

Manuel Peinado lleva diecisiete años en los Mossos d’Esquadra y preside Gaylespol, la asociación de policías LGTBI fundada en 2006. Cuando habla de la situación actual, evita tanto el dramatismo como la complacencia. Reconoce que la realidad ha mejorado de forma evidente respecto a la que encontró cuando comenzó su carrera, pero sostiene que los problemas no han desaparecido; simplemente se manifiestan de otra manera.

“La situación ha evolucionado, evidentemente hay bastante más respeto que hace unos años”, afirma. Aun así, considera que la homofobia sigue apareciendo en forma de comentarios aparentemente inofensivos. “El típico chiste homófobo, la broma”. Expresiones como “no seas maricón” o “mariconadas las justas” continúan escuchándose en algunos entornos laborales y contribuyen, en su opinión, a que determinados agentes sigan midiendo cuidadosamente qué cuentan de su vida privada y qué prefieren callar.

Representantes de LGTBIpol

Peinado utiliza una expresión muy gráfica para definir esa realidad: el “armario laboral”. Explica que todavía conoce compañeros que ocultan su orientación sexual no solo dentro de la comisaría, sino incluso en su propio entorno familiar. “Si eso ocurre en casa, también pasa en el trabajo”, resume. A su juicio, el desafío ya no consiste tanto en acceder al cuerpo siendo una persona LGTBI como en desarrollar toda una carrera profesional sin preguntarse constantemente qué consecuencias puede tener la visibilidad.

Ese temor rara vez se relaciona hoy con las oposiciones, que son objetivas, sino con todos aquellos aspectos donde interviene el criterio de otras personas: determinados destinos, algunos ascensos, la relación cotidiana con los mandos o la integración en un equipo concreto. “Siempre hay una parte de subjetividad”, explica. Son decisiones que, según sostiene, llevan a algunos agentes a seguir separando cuidadosamente la vida profesional de la personal.

Una oposición marcada por un prejuicio

La historia de Txema, policía local en Les Franqueses del Vallès, demuestra hasta qué punto esa realidad ha cambiado con el paso del tiempo. Cuando se presentó a su primera oposición, el responsable del cuerpo se acercó durante el examen para comunicarle que no obtendría la plaza. El motivo, recuerda, era que el gerente de la empresa donde trabajaba había advertido de que era una persona “conflictiva” por ser homosexual.

Suspendió aquella convocatoria y solo consiguió ingresar cuando una renuncia permitió ampliar la lista de aprobados. Años después, aquel mismo mando se acercó para pedirle disculpas. Le reconoció que se había equivocado y que nunca había tenido el menor problema con él como policía.

Txema suele resumir aquella experiencia con una frase que todavía hoy repite con naturalidad: “Mi condición sexual nunca ha tenido nada que ver con mi manera de trabajar”. Cree que una situación semejante sería hoy mucho más difícil de imaginar, aunque no descarta que determinados prejuicios sigan existiendo bajo formas menos explícitas. “Ya no te lo dirían así. Buscarían otra manera”, afirma.

Durante casi dos décadas habló con absoluta normalidad de su orientación sexual con familiares y amistades, pero evitó hacerlo dentro de la comisaría.

Su experiencia contrasta con la de Marisa, exinspectora de la Policía Nacional, pero ambas terminan conduciendo a una reflexión parecida. Ella nunca sufrió un episodio tan directo. Su estrategia fue guardar silencio. Durante casi dos décadas habló con absoluta normalidad de su orientación sexual con familiares y amistades, pero evitó hacerlo dentro de la comisaría. “Era libre para todo el mundo, excepto en el trabajo”, recuerda. Solo muchos años después empezó a mencionar con naturalidad a su pareja delante de los compañeros, convencida de que ese silencio había condicionado parte de su carrera profesional.

No habla de expedientes ni de sanciones. Habla de oportunidades, de determinados ambientes y de la sensación de que una parte de su identidad debía permanecer siempre fuera de las conversaciones cotidianas. Esa experiencia la lleva a sostener que el machismo y la homofobia han compartido durante demasiado tiempo espacios comunes en algunos cuerpos policiales, aunque reconoce que la situación actual es muy diferente a la que encontró cuando ingresó en la Policía Nacional.

Del insulto al aislamiento

Los cuatro policías entrevistados coinciden en que la realidad ha cambiado profundamente durante los últimos veinte años. Sin embargo, ninguno considera que la igualdad legal haya eliminado por completo las reticencias dentro de los cuerpos policiales. Lo que ha desaparecido en buena medida es la discriminación abierta; lo que permanece, aunque de forma más discreta, son determinados prejuicios y la sensación de que hacer visible la orientación sexual continúa siendo una decisión que conviene medir.

Policías en una manifestación del Orgullo.

Begoña Gallego, presidenta de LGTBIPol, cree que el principal problema ya no suele ser el insulto. A su juicio, el miedo adopta hoy una forma mucho más difícil de detectar: el aislamiento. Muchos agentes, explica, temen dejar de encajar en determinados grupos, convertirse en “el policía gay” de la plantilla o sentir que una parte de sus compañeros comienza a relacionarse con ellos de otra manera. No se trata necesariamente de sufrir una discriminación formal, sino de convivir con la sensación de estar permanentemente etiquetado.

La percepción coincide con la de Manuel Peinado, aunque ambos llegan a ella desde experiencias distintas. Mientras el presidente de Gaylespol pone el acento en los comentarios cotidianos que todavía sobreviven en algunas dependencias policiales, Gallego considera que el verdadero desafío consiste en construir entornos donde nadie tenga que calcular las consecuencias de hablar con naturalidad de su vida privada.

el verdadero desafío consiste en construir entornos donde nadie tenga que calcular las consecuencias de hablar de su vida privada

La evolución tampoco es uniforme. Los entrevistados describen diferencias importantes entre unos cuerpos y otros, entre grandes ciudades y destinos pequeños e incluso entre unas unidades y otras. Peinado cree que la renovación generacional está contribuyendo a cambiar determinadas dinámicas, especialmente en plantillas donde existe una mayor movilidad. En cambio, en comisarías pequeñas o con escasos cambios de personal resulta más fácil que determinadas inercias permanezcan durante años.

Esa visión optimista encuentra, sin embargo, algunos matices. Txema asegura que en los últimos años ha detectado el regreso de determinados discursos que creía definitivamente superados. En su opinión, algunos agentes jóvenes llegan con posiciones más radicalizadas de las que eran habituales hace apenas una década. Gallego comparte esa preocupación y reconoce que el clima social y político también acaba reflejándose, inevitablemente, dentro de las organizaciones policiales.

Cuando la víctima llega a la comisaría

Las asociaciones coinciden en que la transformación pendiente no afecta únicamente a los propios agentes LGTBI. También tiene consecuencias directas para quienes acuden a denunciar una agresión o una discriminación.

Según explica Begoña Gallego, buena parte del trabajo que desarrolla LGTBIPol consiste en acompañar a víctimas de delitos de odio y colaborar con distintos cuerpos policiales en acciones de formación. A su juicio, el problema ya no suele ser la falta de voluntad por parte de los agentes, sino el desconocimiento de unos protocolos que llevan años vigentes pero que todavía no se aplican de forma homogénea. “El protocolo existe, pero no todo el mundo lo conoce”, resume.

Esa falta de formación puede provocar que una denuncia no recoja adecuadamente la motivación de odio que hay detrás de una agresión o que determinados hechos terminen investigándose como incidentes comunes cuando en realidad presentan características específicas. Por ese motivo, tanto LGTBIPol como Gaylespol dedican una parte importante de su actividad a impartir cursos, asesorar a administraciones públicas y colaborar con distintos cuerpos de seguridad.

Manuel Peinado insiste en que la formación no debería entenderse como una cuestión ideológica, sino estrictamente profesional. Quien acude a denunciar una agresión motivada por su orientación sexual o identidad de género, explica, llega a la comisaría en una situación especialmente vulnerable y necesita encontrar delante a un agente que conozca esa realidad y sepa atenderla con normalidad.

Más derechos, más denuncias

España acaba de situarse por primera vez en el primer puesto del Rainbow Map elaborado por ILGA-Europe, después de haber ocupado la quinta posición un año antes. Ese liderazgo europeo en materia de derechos LGTBI contrasta, sin embargo, con la evolución de los delitos de odio registrados por las fuerzas de seguridad.

Agentes de la Policía Nacional en la Plaza de la Escandalera Foto: David Aguilar

Los últimos datos del Ministerio del Interior, correspondientes a 2025, reflejan que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad investigaron 2.417 infracciones penales e incidentes de odio, la cifra más alta desde que comenzaron a recopilarse estas estadísticas en 2014. De ellas, 571 estuvieron relacionadas con la orientación sexual o la identidad de género, el segundo grupo más numeroso después del racismo y la xenofobia. En términos relativos, además, Asturias figura entre las comunidades autónomas con mayor tasa de este tipo de hechos por habitante.

Las asociaciones recuerdan, no obstante, que esas cifras representan únicamente la parte visible del problema. La gran encuesta publicada por la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea (FRA) en 2024 concluye que la infradenuncia continúa siendo muy elevada. En España, solo el 14 % de las personas LGTBIQ que sufrieron una agresión física o sexual motivada por odio acudieron a la policía. La media de la Unión Europea es todavía inferior, con un 11 %.

Ese dato ayuda a explicar por qué tanto Gaylespol como LGTBIPol consideran prioritario reforzar la confianza entre las fuerzas de seguridad y el colectivo LGTBI. Durante décadas, recuerda Peinado, la policía fue el instrumento encargado de aplicar leyes que perseguían a las personas homosexuales. Aunque esa realidad pertenece al pasado, parte de aquella desconfianza continúa muy presente y explica que muchas víctimas sigan dudando antes de acudir a una comisaría.

Asturias: una visibilidad todavía escasa

La dificultad para encontrar policías asturianos dispuestos a participar en este reportaje no permite extraer conclusiones sobre la realidad del Principado, pero sí plantea una pregunta que todas las fuentes consultadas consideran pertinente. ¿Hasta qué punto los agentes LGTBI se sienten cómodos haciéndose visibles dentro de su entorno profesional?

Para Begoña Gallego, la respuesta pasa por distinguir entre existencia y visibilidad. “Policías asturianos y asturianas gays seguro que hay. La historia es que sean visibles”, afirma. Lo cierto es que ni LGTBIPol ni Gaylespol cuentan actualmente con miembros visibles del Principado.

Desde XEGA, Yosune Álvarez comparte una reflexión similar. Considera que el problema no es exclusivo de las fuerzas de seguridad. “Visibilizarse en los espacios de trabajo es difícil”, explica. A su juicio, la policía reproduce una realidad que todavía persiste en muchos ámbitos laborales, donde numerosas personas siguen prefiriendo mantener separadas su vida profesional y su orientación sexual.

La experiencia de XEGA con las fuerzas de seguridad ilustra esa dificultad. En 2024 la asociación organizó en Gijón unas jornadas dirigidas a policías sobre diversidad y delitos de odio. La asistencia fue reducida y apenas participaron siete agentes. Lejos de interpretar aquel dato como una falta de interés, la entidad considera que este tipo de iniciativas necesita otro planteamiento. Álvarez explica que las actividades que forman parte de la formación reglada o cuentan para la carrera profesional suelen registrar una participación mucho mayor que aquellas impulsadas desde asociaciones sociales.

Con esa idea, este año volvieron a organizar nuevas jornadas hace apenas un mes, en esta ocasión junto a Gaylespol, y esta vez la participación subió a trece personas.

Los prejuicios también pueden vestir de civil

Durante décadas, buena parte del esfuerzo de las asociaciones LGTBI consistió en reclamar una policía más cercana y mejor preparada para atender a las víctimas de delitos de odio. Sin embargo, las experiencias recogidas para este reportaje muestran que los prejuicios no siempre aparecen dentro de las comisarías.

Txema recuerda una escena que todavía hoy le llama la atención por lo excepcional. Destinado a la Oficina de Denuncias de la policía local, suele llevar un reloj con una pequeña bandera arcoíris. En más de veinte años de servicio solo le ha ocurrido una vez, pero no la ha olvidado. Una persona acudió a presentar una denuncia, vio aquel símbolo, se levantó de la silla y abandonó la dependencia policial sin completar el trámite. “Ha sido la única vez que me ha pasado”, explica.

La anécdota no altera la valoración general que hace de su carrera profesional, pero sí le sirve para recordar que la visibilidad también puede generar rechazo entre una parte de la ciudadanía. Mientras durante años las asociaciones reclamaban que las fuerzas de seguridad entendieran mejor la realidad del colectivo LGTBI, hoy algunos agentes descubren que esa misma visibilidad puede convertirse, ocasionalmente, en motivo de desconfianza por parte de quien acude a una comisaría.

El silencio como termómetro

No existen estadísticas oficiales que permitan saber cuántos policías españoles son gays, lesbianas, bisexuales o trans. Tampoco cuántos lo son en Asturias. La orientación sexual y la identidad de género no forman parte de los registros de las administraciones públicas y las asociaciones solo conocen a quienes deciden acercarse voluntariamente a ellas.

Quizá por eso el dato más revelador de este reportaje no aparezca en ninguna tabla estadística. No ha sido posible encontrar un solo policía asturiano dispuesto a contar públicamente su experiencia. Ninguna de las personas consultadas interpreta ese hecho como una prueba de que la situación en Asturias sea peor que en otros lugares. De hecho, todos coinciden en que la evolución ha sido muy positiva y que los cuerpos policiales de hoy poco tienen que ver con los de hace dos o tres décadas.

Pero también coinciden en otra idea. Los avances legislativos, por importantes que sean, no siempre llegan al mismo ritmo que los cambios culturales. España puede ocupar el primer puesto de Europa en derechos LGTBI y seguir habiendo agentes que prefieran no hablar de su pareja durante una conversación con los compañeros, que duden antes de colocar una fotografía sobre la mesa del despacho o que decidan no conceder una entrevista por miedo a hacerse visibles.

Al final, quizá la igualdad no se mida únicamente por las leyes aprobadas o por la posición que ocupa un país en un ranking internacional. También se mide por la tranquilidad con la que una persona puede responder a una pregunta cotidiana sin sentir que está revelando algo que deba esconder. Y, en ese terreno, el silencio con el que comenzó este reportaje sigue diciendo mucho más de lo que parece.

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