Ante el ruido y la necrosis del Estado, una vez más, a las cosas

Si somos cultos y simpáticos, que sea porque se note, no porque lo digamos. Y si somos de izquierdas también.

Recomendados

Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

Samy Mahfar, por lo que dicen, debe ser la pera. Es un inversor inmobiliario que actúa en Nueva York, de los que vemos en las películas, que acosa a inquilinos con actos de fuerza y haciendo insalubre su vida. Lo hace porque quiere echarlos y ganar más dinero con inquilinos ricos o con un uso turístico más lucrativo de sus inmuebles. Marolda Properties hacía algo parecido en Chinatown. Montaba falsas acusaciones contra los inquilinos para forzar su desalojo y sacar más dinero con otro tipo de clientes y actividades. Gentrificación se llama eso. A pequeña escala, en Asturias ya hubo hosteleros contra el pincho que te ponen con la caña, porque es pobreza, dicen. En Gijón quizá noten capas hosteleras a quienes les sobra el cliente de pollo al ajillo y calamares fritos y, ahora que llega el sol, verán locales en los que estorba el cliente que ocupa una mesa tomando un vino o una sidra a las siete de la tarde, por si algún turista quiere usar esa mesa para cenar a esas horas. Lo que decimos de Nueva York es ilegal y no juega con cañas y tapas, sino con el cobijo que no debe faltar a nadie. El Sindicato de Inquilinos de Chinatown consiguió probar las prácticas ilegales de Samy Mahfar y que pagara una importante indemnización a sus acosados. Y logró que la Fiscalía General del Estado investigara a Marolda Properties. Esta organización está integrada en otra mayor, llamada CAAAV Voice, que trabaja en problemas de acceso a la vivienda de gente trabajadora y de problemas específicos de justicia social. Al lado hay otra organización, llamada New York Communities for Change, muy activa y reivindicativa sobre alquileres, bajos salarios, violencia policial y cambio climático, siempre con un componente claro de clase trabajadora. Organizaciones de este tipo no solo resisten, presionan y a veces ganan. Intervienen activamente en procesos electorales. Es la movilización plural y de base que llevó a la alcaldía de Nueva York a Zohran Mamdani. A las cosas, dijo Ortega y Gasset a los argentinos en los años treinta.

La movilización electoral por Mamdani fue una articulación de activismos sobre cosas, sobre los asuntos que incumben a la gente. Al grano. Esa es la unidad que entiende la gente. Muchas veces pierde, pero a veces gana y, cuando no gana, consigue cosas, resiste y está en lo que importa, en las cosas. El aire izquierdista de estas movilizaciones es evidente y a mucha honra. Pero la ideología no es ese el mensaje ni la oferta. Son las cosas. Si somos cultos y simpáticos, que sea porque se note, no porque lo digamos. Y si somos de izquierdas también. Y en las cosas se funda algo necesario en toda movilización social: la identidad colectiva. Pero no una identidad simbólica. Un médico y un peón pueden entender en Mallorca que tienen un problema intolerable con la vivienda y sentir que en ese barco están juntos, que son afectados por lo que hasta el Banco de España califica de emergencia nacional. Nos identificamos con otra gente porque nos sentimos en su mismo barco: por las cosas.

Cuando los patriotas llevan togas, convierten a la justicia en una terminal de la actividad de la derecha, cada vez más extremista

El Financial Secrecy Index es un índice creado y divulgado por la Tax Justice Network. Pone en números la injusticia fiscal. Mide cuánto permiten la opacidad fiscal las leyes y organismos de cada país, cuánta opacidad permite a actividades extranjeras y cuánto incide cada país en la opacidad e injusticia fiscal global. A la cabeza, destacado, está EEUU, no porque su sistema sea más permisivo con la rapacería fiscal que el de las Islas Caimán. Se trata del daño global que hace: con leyes y prácticas menos injustas que las de las Islas Caimán, pero con un porcentaje muy alto de la actividad financiera internacional, el daño es mayor. Europa no sale bien parada, encabezada, cómo no, por Luxemburgo y Países Bajos. Los impuestos son el circuito por el que los que más tienen ceden una parte mayor de su dinero que los que tienen menos, para unos servicios públicos comunes en los que se gestionan nuestros derechos de protección y de oportunidades. La injusticia fiscal es la reina de las injusticias, es la negación del mínimo reparto de la riqueza que hace que una comunidad sea, en algún sentido, una patria. Las cosas. No se pueden tomar en serio los derechos ni los servicios esenciales sin procedimientos explícitos contra el fraude fiscal.

Ortega. Foto: Herber List.

Las cosas, en el sentido de Ortega, son el mejor fundamento de unidad de la izquierda, como decimos. Pero concentrar el discurso en las cosas tiene otra función: que se te oiga. Solo se te oye por encima del ruido si eres claro y si concentras el mensaje en la movilización sobre cosas bien elegidas. Así que seamos claros: España tuvo un ictus y el Estado tiene parálisis. No hay independencia judicial. La izquierda está asediada por desmesuras de jueces, acosos sin indicios y condenas sin pruebas. A la vez, en la izquierda hay casos graves de delitos que son justamente investigados y juzgados. Pero estas actuaciones justas contrastan con la impunidad de fechorías peores de la derecha o con la desgana con que se actúa cuando se actúa. Quién se acuerda ya de la operación Lezo. Qué lugar ocupa la corrupción más grave que tenemos sobre la mesa, la de Cristóbal Montoro. El sistema judicial no se actualizó con los tiempos democráticos y en la cúspide dominan los patriotas, en el sentido de la derecha: la derecha invoca la patria siempre contra compatriotas. Los patriotas, pronúnciese con tonillo, creen que la patria está por encima de la ley. Cuando los patriotas llevan togas, convierten a la justicia en una terminal de la actividad de la derecha, cada vez más extremista. Los demás jueces son corporativos, suponen que creer en la separación de poderes obliga a creer que efectivamente la hay. No la hay. El Parlamento tampoco funciona, ni el debate. La comunicación se basa en lo que los teóricos llaman “terreno común”. Todos tenemos creencias que nos parecen comunes con los demás y que nos parece que los demás las tienen por comunes. Eso forma la base por la que, cuando hablamos, normalmente la gente entiende lo que queremos decir. El terreno común es lo que la gente acepta, lo crea o no. Un creyente me puede hablar asumiendo verdades religiosas que yo no creo, pero que acepto en el curso de su discurso para entender lo que dice. O puede dar por hechas cosas que yo dudo o desconozco, pero que acepto para seguir su conversación. O puede haber una complicidad por la que fingimos ignorar cosas que sabemos, pero que hace fluida nuestra relación obviar como si no existiera. Siempre producimos un terreno común a partir del cual nos entendemos. La ultraderecha, y ya la derecha convencional, destruye ese terreno común, pone en cuestión creencias comunes, de manera que construye discursos herméticos que hace a sus portadores impermeables a los hechos palmarios y, desde luego, a ningún argumento que venga de fuera. Cuando alguien dice que es hipócrita abominar de la dictadura franquista y no del sanchismo, o cuando Margallo dice la necedad de que Sánchez es peor que Mussolini, no hay terreno común desde el que dialogar, sitúa el discurso en la locura. El nivel de deshumanización que pretenden de Sánchez, la desmesura enloquecida del odio, se sustenta en exclamaciones y alaridos que chocan con la realidad con la virulencia con que se choca en un brote psicótico. No hay comunicación posible, hablamos en mundos sin terreno común y ese es el estado del Parlamento. Y ese es el ruido amplificado por medios de comunicación pagados por fondos públicos a través de publicidad y supuestos proyectos de colaboración. Justicia lacayuna, incomunicación absoluta en el Parlamento y el debate, medios de comunicación pesebres financiados por la derecha. El Estado tuvo un ictus y tiene zona de parálisis. No hay más mensaje audible que el que se oyó en Nueva York y el que se oye de los enseñantes en Valencia: las cosas tangibles, las que suceden. No movilizan los credos ni las convicciones ideológicas, movilizan las cosas. Son lo que moviliza por legítimos intereses y no por desvaríos de patrias que se rompen u hordas imaginarias de inmigrantes bárbaros. Y son además lo que mejor supera el ruido y lo que mejor se entiende cuando hay una actividad financiada y organizada para que no sea posible el entendimiento. La izquierda no debe hablar de sí misma. Como en los años treinta, a las cosas.

Actualidad

spot_img