El genocidio del que tenemos noticias a diario, aunque cada vez sea más difícil encontrarlas en las primeras páginas de los periódicos, o en los primeros minutos de los informativos, recibe de vez en cuando ese nombre de “genocidio” de parte de comisiones de investigación de la ONU. Ya hace mucho tiempo que diferentes organismos internacionales, así como políticos, periodistas, gente común con un mínimo de decencia sabe que estamos ante un genocidio, pero como sigue habiendo quien lo niega y quien busca incluso criminalizar a quien lo denuncia, calienta un poco el corazón verlo escrito con todas las letras por organismos internacionales respetables.
La última, hasta donde sé, de esas comisiones de investigación publicó su informe a finales de junio: casi cien páginas sobre los crímenes de Israel contra niños palestinos entre octubre del 2023 y el 31 de marzo del 2026. Habla de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este. El ejército de Israel mata deliberadamente a los niños, no sólo en los bombardeos indiscriminados, sino alcanzándolos con drones y con disparos muy precisos de francotiradores.
Además de eso, el informe también documenta la destrucción de escuelas y universidades, hospitales y orfanatos. Documenta las muertes por desnutrición, registra casos de crueldad extrema, como la muerte de un adolescente de catorce años, herido de bala, al que dejaron agonizar desangrándose durante 45 minutos sin permitir que su madre, o una ambulancia que se había acercado, lo asistieran. En el informe se dice que los soldados que lo asesinaron están identificados. ¿Rendirán cuentas algún día? ¿Tendrán ese crío y su madre quienes los recuerden, quienes cuenten su historia con sus nombres? No. Nos limitamos a recitar siempre la misma letanía, a clamar en el desierto, a maldecir. Me repito, ya lo sé, pero no tanto como la muerte de los niños: más de veinte mil en esas fechas que analiza el informe, el treinta por ciento del total de asesinados.
Las amenazas y las mentiras nos envuelven para que no denunciemos, las amenazas de convertir en delito la crítica a la política colonialista de Israel, confundiendo intencionadamente antisionismo con antisemitismo, las mentiras que distinguen “colonos” de “colonos extremistas”, como señalaba en uno de sus últimos artículos la periodista Olga Rodríguez. Todos los colonos son extremistas, todos participan en una campaña de limpieza étnica, en la anexión ilegal de nuevos territorios, en la práctica del apartheid contra la población palestina. Los colonos también se repiten, con la protección del ejército, amenazan a los palestinos, los aterrorizan, roban sus tierras, queman o arrancan sus olivos. Y los van empujando cada día un poco más hacia el abismo y la desaparición.
Todas conocemos el castigo de Sísifo, está en el Hades llevando a hombros una enorme piedra hasta la cima de una montaña para ver que, cuando está llegando, la piedra resbala de sus manos y va de nuevo hasta el pie de la montaña. Y vuelta a empezar. Lo que es menos conocido es el motivo del castigo, ¿por qué fue condenado Sísifo? Como en todos los mitos griegos, hay varias versiones sobre la “culpa” del héroe. Una de ellas cuenta que en una ocasión en la que Zeus había raptado a una muchacha, la ninfa Egina, hija del río Asopo, Sísifo fue quien denunció el rapto y al raptor. Zeus, enfurecido, envió a Thánatos, la muerte, a apresar a Sísifo. La cosa no salió bien porque Sísifo secuestró a Thánatos, nada menos, con la terrible consecuencia de que la gente dejó de morir. Zeus volvió a intervenir y castigó a Sísifo de manera ejemplar.
Denunciar los crímenes de Israel es como subir una roca a la cima de una montaña, ver cómo cae, volver a buscarla, volver a subirla, ver cómo cae… Una tarea repetitiva, infernal, pero no nos olvidemos de que el infierno real es el que sufre la población palestina y especialmente su infancia.



























