“Una pérdida de patrimonio brutal, no sólo de patrimonio material, no sólo del hórreo como un elemento arquitectónico que cae, sino una pérdida de patrimonio inmaterial”. Cuando Irene Muñiz observa un hórreo abandonado, ve algo más que una construcción deteriorándose. Ve una parte de la historia cotidiana de Asturias que corre el riesgo de desaparecer, además de la madera, como son los usos, los oficios y las vivencias que durante generaciones crecieron alrededor de estas construcciones.
Esa mirada es la que intenta recuperar la Asociación del Hórreo Asturiano, una entidad nacida en 2016 para proteger, estudiar y divulgar un patrimonio que durante mucho tiempo estuvo tan integrado en el paisaje asturiano que casi dejó de llamar la atención. Su objetivo no pasa únicamente por conservar estructuras, sino por recordar el valor cultural que existe detrás de cada hórreo y cada panera.
La iniciativa surgió de Víctor Manuel Suárez García, actual presidente de la asociación y vinculado desde hace años a la defensa del patrimonio. Su profesión como camionero le permitió recorrer Europa y comparar la relación que otros lugares mantenían con sus elementos históricos. “Viajando por Europa se dio cuenta de que fuera de España se cuidaba mucho el patrimonio y que aquí teníamos los hórreos prácticamente que no mirábamos para ellos”, explica Muñiz. De aquella reflexión nació la idea de crear un colectivo capaz de reunir a personas interesadas en defender estas construcciones.

La propia Irene Muñiz, geógrafa, se incorporó al proyecto en 2021. Actualmente forma parte del grupo que desarrolla el trabajo diario de la asociación junto a otros perfiles vinculados al patrimonio. El equipo principal ronda las cinco personas y cuenta además con una junta de estudio integrada por historiadores, arqueólogos y geógrafos, así como una base social que supera los 170 socios.
Escuchar las historias antes de que desaparezcan
Una parte fundamental de la labor de la Asociación del Hórreo Asturiano es la documentación. Fotografías, fichas técnicas y estudios constructivos forman parte del proceso, pero el trabajo no termina ahí. La entidad busca también recoger la memoria oral asociada a estas construcciones hablando directamente con propietarios y familias.
“Intentamos recopilar historias hablando con los propietarios, que nos cuenten la historia de ese hórreo o de esa panera”, señala Muñiz. La asociación defiende que, además del elemento arquitectónico, existe un patrimonio más difícil de conservar porque depende de los recuerdos de quienes convivieron con él.
Los registros oficiales recogen más de 14.000 construcciones inventariadas, aunque diferentes estimaciones elevan la cifra real hasta situarla entre los 20.000 y los 30.000 ejemplares
El abandono del medio rural y los cambios generacionales han complicado esa transmisión. Muchas viviendas quedaron vacías y algunos hórreos pasaron a manos de descendientes que viven lejos o que no pueden asumir su mantenimiento. Muñiz reconoce que no existe una cifra exacta de cuántos se encuentran en riesgo porque Asturias todavía no cuenta con una catalogación completa de todos sus hórreos y paneras. Los registros oficiales recogen más de 14.000 construcciones inventariadas, aunque diferentes estimaciones elevan la cifra real hasta situarla entre los 20.000 y los 30.000 ejemplares debido a aquellos ubicados en fincas privadas, zonas de difícil acceso o espacios que nunca fueron incorporados a inventarios municipales. En cualquier caso, más allá del número exacto, la asociación advierte de una situación que requiere atención.

“Nos encontramos mucha gente que está en Madrid o incluso en Estados Unidos, en Argentina, y no se pueden hacer cargo de él”, explica. Otras veces son familias que sí permanecen en Asturias, pero que no pueden afrontar económicamente una reparación o que ya no encuentran un uso para esa construcción. “La gente mayor, los propietarios mayores sí que vivieron ese hórreo, esa panera como algo que formaba parte de su casa, pero con las herencias se va perdiendo un poco ese amor por el hórreo”, resume.
Buscar una segunda vida a los hórreos
De esa realidad nació AYALGA, uno de los proyectos principales de la asociación. La iniciativa pone en contacto a propietarios que no pueden conservar un hórreo o una panera con personas interesadas en recuperarlos, con el objetivo de evitar que terminen perdiéndose.
“Veíamos que había gente que estaba interesada en tener un hórreo y que también había propietarios que se querían deshacer de ellos porque no los podían mantener”, explica Muñiz. La asociación funciona así como intermediaria entre dos necesidades: quien busca una salida para una construcción que no puede cuidar y quien quiere darle continuidad.
En algunos casos esa recuperación implica un traslado, algo que, recuerda la geógrafa, forma parte también de la historia de los hórreos. Sin embargo, la asociación defiende que debe hacerse respetando siempre las características propias de cada territorio. “Si alguien nos dona un hórreo de estilo Allande y hay alguien en Llanes que lo quiere, no lo vamos a permitir, porque a nivel decorativo no tiene nada que ver un hórreo del occidente con un hórreo del oriente”, explica.
Algunos ejemplos muestran cómo estos movimientos pueden permitir que construcciones que habían perdido su función original encuentren una nueva ubicación. Entre los casos destacados por la asociación está la Panera del Real, procedente de Carreño y trasladada a Gozón. También se han realizado otros traslados, como el de un hórreo de Antromero (Gozón) a Gijón o el de una construcción que pasó de Avilés a Laviana.
A veces, el trabajo termina incluso antes de mover una sola pieza. La asociación ha vivido casos en los que una familia que pensaba desprenderse de un hórreo acaba cambiando de opinión después de conocer mejor su valor. Muñiz recuerda una conversación reciente con una propietaria que inicialmente quería donarlo: “Me llamó unos días después y me dijo: oye, que me lo pensé mejor y que lo voy a reparar”.
Aunque el mantenimiento continúa siendo una dificultad para muchas familias, la asociación destaca la importancia de las ayudas públicas destinadas a restauración y reparación. Muñiz explica que cada año existen subvenciones y que “ayudan mucho a los propietarios”, aunque considera necesario seguir aumentando los recursos porque cada vez hay más personas interesadas. La entidad participa además en la Mesa del Hórreo, donde mantiene contacto con el Principado de Asturias para trasladar propuestas y posibles mejoras.
Los oficios que mantienen los hórreos en pie
La conservación de estas construcciones depende también de quienes todavía saben repararlas. Por eso la asociación impulsó Maestros del Hórreo, un documental realizado con la colaboración del Ministerio de Cultura para reconocer el trabajo de los profesionales especializados en estas técnicas.
Aunque siguen existiendo carpinteros y canteros, no todos cuentan con los conocimientos necesarios para intervenir en este patrimonio. “Carpinteros que se dediquen exclusivamente al hórreo son muy pocos”, señala Muñiz, que insiste en la necesidad de formar nuevos profesionales capaces de continuar ese oficio.
“Es un trabajo específico, es un trabajo que requiere unos conocimientos”, explica. Para la asociación, proteger el futuro de los hórreos implica también garantizar que no desaparezcan las personas capaces de conservarlos.
El futuro empieza en las escuelas
La divulgación entre las nuevas generaciones es otra de las líneas de trabajo del colectivo. A través del proyecto Tentemoz@s, la asociación une educación patrimonial e inclusión social mediante actividades con personas con diversas capacidades que después trasladan lo aprendido a colegios rurales.

“Se forma a esas personas y luego se va por colegios de la zona rural de Asturias a que ellos les expliquen a los críos cosas sobre el hórreo”, cuenta Muñiz. Juegos y actividades sirven como herramienta para acercar a los más pequeños un patrimonio que forma parte de su entorno más cercano.
En estos años, la Asociación del Hórreo Asturiano también ha participado en recuperaciones que considera especialmente importantes, como el hórreo de Montovo, en Belmonte de Miranda, o la Panera de El Bustio, en Villaviciosa. “Creíamos que corrían bastante peligro y que era necesario actuar”, explica la geógrafa.
Pero más allá de las grandes intervenciones, Muñiz insiste en la importancia de cambiar la forma de mirar estas construcciones. En muchas ocasiones, propietarios que creen no tener nada especial que contar empiezan a recordar cuando alguien les pregunta. Aparecen nombres, usos y pequeñas historias familiares que parecían olvidados.
“Cada hórreo tiene una historia única”, resume Irene Muñiz. Una idea sencilla que explica el trabajo de una asociación que intenta llegar a tiempo antes de que desaparezcan no solo las piezas de madera, sino también todas las historias que todavía guardan.



























