Este jueves Xixón recibió la visita de uno de los grandes protagonistas de la historia reciente del movimiento LGTBI español. Jordi Petit (Barcelona, 1954), histórico activista, antiguo militante de las Juventudes Comunistas y del PSUC, pasó por Asturies para presentar, junto a la historiadora Isabel Alonso, el libro Cuando los gais perdimos el miedo. Infancia, juventud y activismo en el tardofranquismo y la Transición (1954-1980), publicado por Editorial Egales, en un acto organizado por XEGA y la Fundación Juan Muñiz Zapico.
Uno de los primeros activistas gais visibles de la Transición, Petit fue encarcelado durante el franquismo por su militancia antifranquista y dedicó después más de cuatro décadas a la defensa de los derechos LGTBI, desde la lucha contra la Ley de Peligrosidad Social hasta las campañas frente al VIH o el reconocimiento legal de las parejas del mismo sexo. Galardonado con la Creu de Sant Jordi, la Medalla de Honor de Barcelona y, recientemente, con la Medalla al Mérito por la Igualdad concedida por el Ministerio de Igualdad, resume así su trayectoria durante la conversación con NORTES: “Nadie nos regaló nada. Todos esos derechos hubo que conquistarlos”.
El libro se titula Cuando los gais perdimos el miedo. ¿En qué momento sintió usted que había dejado atrás ese miedo?
Yo tengo 72 años y diría que fue entre los 15 y los 16, cuando conocí el informe Kinsey. Me cambió la vida. Hasta entonces era un chico que no se aceptaba, sufría bullying en el colegio y no podía compartir con nadie el secreto de mi deseo. Me había refugiado en la Iglesia buscando una forma de ser “normal”. Incluso, con trece años, un monitor del Opus Dei me convenció de que debía dominar mi voluntad mediante la automortificación. Llevaba un cilicio en el brazo, debajo de la camisa, y me ponía piedras en los zapatos. Aquello no cambió nada. Un año y medio después conocí el informe Kinsey y la ciencia me permitió reconciliarme conmigo mismo y entender que era una persona como las demás.

Antes de convertirse en uno de los referentes del movimiento LGTBI, militó contra la dictadura en las Juventudes Comunistas y el PSUC. ¿También había prejuicios hacia la homosexualidad dentro de la izquierda?
La gente joven con la que coincidí en las Juventudes Comunistas y en el PSUC tenía una mentalidad muy abierta. Otra cosa era parte de quienes regresaban del exilio, que arrastraban prejuicios de origen estalinista. Hubo que hacer mucha pedagogía, tanto dentro del partido como desde el Front d’Alliberament Gai de Catalunya. Las entrevistas en la radio y, más tarde, en televisión ayudaron mucho. La Transición fue un momento en el que todo el mundo quería saber, debatir y entender cosas que hasta entonces habían permanecido ocultas.
Pasó dos veces por la cárcel durante el franquismo y la Transición. ¿Qué recuerda hoy de aquel joven que entró en prisión?
La primera vez fue en 1973, en la cárcel Modelo de Barcelona, después de que me detuvieran haciendo una pintada antifranquista. Estuve tres semanas. La segunda fue en 1977. Como ya tenía antecedentes políticos, me condenaron por sospecha de subversión y pasé dos meses en la prisión militar de El Ferrol. Fueron cinco días de aislamiento absoluto y una experiencia muy dura. Pero también me dio una fortaleza que luego me sirvió para implicarme mucho más en el movimiento cuando regresé a Barcelona. Durante la mili me perdí buena parte de la Transición y, cuando volví, tenía muy claro que había que ponerse a trabajar.
La conquista de los derechos
Los últimos presos del franquismo en salir de prisión fueron los homosexuales. Cuando se habla de la Transición, ¿cree que esa historia sigue sin ocupar el lugar que merece?
Sin duda. Primero hubo que conseguir salir de la Ley de Peligrosidad Social y que salieran de prisión quienes seguían encarcelados por ser homosexuales. Después llegó la legalización del Front d’Alliberament Gai de Catalunya, que costó muchísimo. Hubo manifestaciones, manifiestos, intelectuales, artistas y también un trabajo muy importante entre bastidores, con diputados que convencieron al Gobierno de Suárez de que una democracia no podía tener a los homosexuales en la cárcel ni mantener ilegales nuestras asociaciones. Nadie nos regaló nada. Todos esos derechos hubo que conquistarlos uno a uno.
“Las mujeres transexuales fueron quienes sufrieron la peor violencia: palizas, violaciones e incluso asesinatos porque eran las más visibles”
¿Cree que la memoria democrática española sigue teniendo una deuda con las personas LGTBI?
Creo que la sociedad española arrastra todavía un enorme peso de culpa heredado del franquismo y de la influencia de la Iglesia. Hoy tenemos probablemente una de las mejores legislaciones de Europa, pero lo importante es aplicarla y mantener viva la memoria de quienes fueron perseguidos. Las mujeres transexuales fueron quienes sufrieron la peor violencia: palizas, violaciones e incluso asesinatos porque eran las más visibles. La mejor garantía para que aquello no vuelva es la educación en la diversidad desde la infancia.
Ha dicho alguna vez que pertenece a “una generación desaparecida”. ¿Qué cree que las generaciones jóvenes desconocen de lo que supuso el sida?
Lo desconocen porque murió muchísima gente que ya no puede contarlo y porque la llegada de los tratamientos convirtió el VIH en una enfermedad crónica y produjo un cierto olvido. Fueron años durísimos en los que tuvimos que repartir preservativos, trabajar con las instituciones y despedir a muchísimos amigos. En Barcelona seguimos celebrando cada año un memorial por quienes murieron de sida. Es importante que las nuevas generaciones conozcan aquella historia y no bajen la guardia.
Del activismo al presente
Participó en campañas que cambiaron leyes que hoy parecen normales. Mirando atrás, ¿cuál fue la batalla más difícil?
Para mí, sin ninguna duda, la lucha contra el sida. Los derechos pueden avanzar o retroceder, pero los virus no esperan. Aquellos años fueron devastadores y marcaron a toda una generación. En el terreno legislativo también conseguimos avances importantes, como la reforma de la Ley de Arrendamientos Urbanos para que las parejas del mismo sexo no perdieran su vivienda cuando fallecía el titular del contrato. Siempre creímos en las victorias parciales: conquistar un derecho y seguir luchando por el siguiente.

En los últimos años han reaparecido discursos de odio contra las personas LGTBI. ¿Le preocupa que algunos derechos puedan darse por irreversibles cuando quizá no lo sean?
Sí, claro que me preocupa. Estamos viendo un retroceso en muchos países y también en España aparecen discursos LGTBIfóbicos que no tienen base científica, sino ideológica y, muchas veces, religiosa. Frente a eso hay que reivindicar la ciencia y los derechos humanos. Un Estado democrático debe ser laico y garantizar los mismos derechos para todas las personas, con independencia de cuáles sean sus creencias.
Ha trabajado también en el ámbito internacional. ¿Dónde ve hoy los mayores riesgos para los derechos LGTBI?
Me impresionó mucho América Latina. Allí la competencia entre determinados sectores de la Iglesia católica y las iglesias evangélicas ha alimentado discursos de odio que terminan legitimando agresiones y asesinatos por homofobia. Muchas veces esos discursos compiten por ver quién condena con más dureza la homosexualidad y acaban creando un clima que favorece los crímenes de odio. Desde Europa no siempre somos conscientes de esa realidad. Los derechos nunca pueden darse por definitivamente conquistados y por eso es tan importante defender un Estado laico y una educación basada en los derechos humanos.
Después de toda una vida de activismo, ¿qué le gustaría que entendiera un joven de veinte años al leer Cuando los gais perdimos el miedo?
Me gustaría que entendiera que ninguno de los derechos de los que hoy disfrutamos apareció por generación espontánea. Hubo que luchar por todos ellos. También que la ciencia fue decisiva para que muchas personas pudiéramos aceptarnos y dejar atrás la culpa y el miedo. Y que la educación sigue siendo la mejor herramienta para combatir los discursos de odio y construir una sociedad donde la diversidad sea algo completamente normal.





























