“Manuel Llaneza no representaba los ideales que sirvieron de estímulo a la revolución del 34”

Bernardo Díaz Nosty es el autor de "Mineros de Asturias", un repaso de dos décadas de sindicalismo minero y una revisión de la trayectoria política de Manuel Llaneza

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Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

En “Mineros de Asturias” (Editorial Renacimiento), el periodista y catedrático Bernardo Díaz Nosty ofrece un análisis riguroso sobre los orígenes y el carácter del sindicalismo minero en Asturias. A través de una investigación centrada en el político y líder sindical Manuel Llaneza, Díaz Nosty reconstruye la génesis de una conciencia de clase y los conflictos sociales en las décadas previas al estallido de la revolución del 34.

El libro pretende una nueva lectura de Manuel Llaneza: ¿cuál es tu perspectiva sobre la naturaleza de personaje y en qué difiere de las interpretaciones tradicionales? Te he leído en alguna entrevista hablar de las tres erres de Llaneza…

Han pasado muchos años desde que escribí mi tesis doctoral —este libro respeta prácticamente su literalidad—. Entonces, Llaneza era un personaje poco conocido. El hecho de que muriese en 1931, meses antes de la proclamación de la Segunda República, y estuviese ausente de acontecimientos tan significados como la revolución de 1934 y de la Guerra Civil lo sacó temporalmente de la historia. La dictadura franquista, donde todo lo que estaba fuera del régimen se homogeneizaba en el colectivo «rojos», contribuyó a enterrar sin matices la memoria del líder sindical. La indagación en la figura de Llaneza respondía a una inquietud personal nacida de uno de mis primeros libros —“La comuna asturiana”—. ¿Se encontraban en la tradición sindical ugetista los estímulos ideológicos de la revolución? A esa hipótesis venía a dar respuesta la tesis. Manuel Llaneza no representaba dichos ideales. Esa fue la conclusión.

Vayamos a las erres…

Ninguna de las tres erres —perdón por la frivolidad o la ironía— es de «rojo», y no lo digo en el sentido universal y perverso que los franquistas dieron a sus adversarios, fuesen católicos o comunistas.  Las tres erres a las que me refiero definen criterios que convergen: reformismo, regeneracionismo y regionalismo.  

El reformismo es una constante que recorre las dos décadas de protagonismo llanecista en la medida que propugna un cambio social progresivo, pacífico e inserto en el sistema institucional —el líder será concejal, alcalde y diputado—. Rechaza, pues el inmovilismo conservador y el cambio revolucionario.

En los abundantes textos de Llaneza hay otra constante que apela, más allá de la clase trabajadora, a una profunda modernización de la vida política, económica y social del país, fijándose en ocasiones en referente externos, en vectores de progreso que entierran las formas ancladas en el inmovilismo. Es significativo su llamamiento a la modernización de los empresarios, porque crearían más riqueza y ganarían más…

El regionalismo se manifiesta en la defensa de la minera asturiana frente a las preferencias de la industria por el carbón inglés —más barato y de mejor calidad que el asturiano—. Es ahí donde se une a las fuerzas vivas de la región en la demanda de ayudas al carbón nacional y la imposición de aranceles al extranjero… Llaneza aparece como orador destacado en las concentraciones celebradas en Oviedo en defensa de los intereses regionales, definidos estos más como un sentimiento de apego a la región que de soluciones de autogobierno.

Manuel Llaneza, en una foto de 1923

Resulta chocante leer en el libro sobre el carácter moderado y reformista del proletariado minero. ¿Cómo, entonces, eso desemboca en el estallido revolucionario del 34? ¿Qué sucede para que ese sindicalismo dialogante y transigente acabe protagonizando la única revolución obrera de Europa occidental?

En todo caso me he referido a Llaneza y no tanto al movimiento obrero en Asturias. Como se puede leer en el libro hay en los veinte años de protagonismo del líder sindical una fuerte oposición que se manifiesta en luchas internas, escisiones, debates en la prensa obrera… Tal vez —podría especularse—, las sucesivas respuestas orientadas a una práctica de la lucha de clases acorde con criterios de acción directa o revolución social estuviesen de alguna medida provocadas por la polarización nacida de la oposición a la continuada política de diálogo y acuerdo con la patronal.

“El alcance regeneracionista de Manuel Llaneza señala a las élites por arcaicas”

Otro aspecto llamativo: antes que por mejores económicas o laborales, las organizaciones mineras aspiran a conseguir un reconocimiento político y ciertos derechos ciudadanos: libertad de reunión, de expresión, difusión de prensa… ¿Hasta qué punto contribuyó el movimiento obrero en Asturias, y en España, a consolidar una democracia liberal que existía formalmente, pero que de facto excluía a un porcentaje importante de la población?

Mejor que hablar de «organizaciones obreras» en plural, ciñámonos al Sindicato Minero. El movimiento obrero, incluso dentro de la UGT, era mucho más complejo, con matices ideológicos, liderazgos y corrientes muy diversas. El modelo de Llaneza, en buena medida tomado de los socialistas franceses y de los laboristas británicos, y en absoluto extraño al socialismo pablista español, buscaba no solo el diálogo y la negociación con los patronos, sino con las instituciones, participando directamente en ellas. De las negociaciones con el Gobierno, por ejemplo, se consiguieron mejoras salariales y en las condiciones del trabajo, sirviendo en ocasiones en la mediación con las posiciones empresariales más cerradas.

Una caricatura de Manuel Llaneza en la revista “España”

El libro no escamotea algunos aspectos más oscuros o controvertidos de la figura de Llaneza: la forma en la que en ocasiones antepone los intereses del sindicato a los de los mineros, su colaboración con la dictadura de Primo de Rivera, las presiones para marginar a los trabajadores que no estén afiliados al sindicato, cierta connivencia con las prácticas especuladoras de los empresarios hulleros, un vago aire de caudillo… ¿Cuáles son, a tu juicio, los puntos más controvertidos de Manuel Llaneza? ¿Crees que la deriva corrupta y autoritaria que acabó tomando el SOMA en épocas recientes estaba, de algún modo, contenida en esos primeros años del sindicato?

Empiezo por negar este último aspecto. En todo caso, no tengo datos que apunten en esa dirección. Respecto a los momentos más oscuros o controvertidos de Llaneza, la respuesta está determinada por la posición de la mirada. Para sus opositores, en su comparecencia pública había argumentos para una crítica feroz —traidor a la clase trabajadora, se afirmó—, mientras que otras posiciones apreciaron la defensa de un sector industrial en crisis cíclicas, un reformismo que ofrecía mejoras o defendía lo conquistado en momentos críticos y un sentido del progreso de la economía asturiana como elemento dinamizador de la sociedad en su conjunto… Sin duda, la etapa más oscura corresponde a la dictadura de Primo de Rivera. He ahí una razón para no imaginar la pirueta que lo hubiese llevado, de no fallecer en 1931, a empujar el carro de octubre del 34.

Hay en Llaneza un moralismo —en ocasiones un tanto cargante— que aspira a redimir a la clase obrera del «vicio» y la incultura, pero también apela a las élites: poco formadas, incapaces, incultas, desfasadas… ¿Cómo describirías la ideología llanecista a este respecto?

Son manifestaciones peculiares de la orientación regeneracionista de su discurso. Muy presentes en su etapa como alcalde de Mieres, ya que se dirigen no solo a los mineros, sino a toda la población. El alcance regeneracionista se advierte también cuando, más allá de incidir en la clase trabajadora, señala a las élites por arcaicas o escasamente preparadas para el salto de modernidad. El modelo de Llaneza, así como parte de los objetivos de los acuerdos con la patronal, contemplaban una idea de complemento salarial —el «salario social»—, que no retribuía la nómina del trabajador, sino que estaba destinada a su progreso como miembro de la sociedad. El reformismo conducía a la modernización: bibliotecas frente a tabernas. Instrucción frente a vicio…

Grupo de trabajadores mineros a comienzos del siglo XX (Muséu del Pueblu d’Asturies. Autor desconocido).

Por último, me resultó apasionante todo lo que cuentas en relación al Marqués de Comillas, Maximiliano Arboleya y la guerra político-cultural que libraron contra el SOMA, por lograr la hegemonía entre los mineros asturianos. ¿Cuál era el modelo laboral, sindical y social que regía en el Coto de Comillas, y en qué difería del propuesto por los socialistas?

El asturiano Maximiliano Arboleya fue una de las figuras sobresalientes de la política social de la Iglesia nacida de la encíclica Rerum Novarum. Sin duda, mucho más avanzado de lo que marcaban los muros doctrinales del marqués. El Coto de Comillas desarrolló estrategias de confrontación que eludían el diálogo obrero-patronal defendido por el Sindicato Minero, con un propio sistema de mejoras y protección confesional del trabajador, algo que no solo tensionó las luchas obreras —en los graves sucesos de Moreda de 1920 perdieron la vida 13 trabajadores—, sino que llevó al choque permanente con la propia asociación de patronos. Un modelo que sufrió constantes altibajos, circunscrito al ámbito estricto de Hullera Española.

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