Un espacio para Corín Tellado

Sé que hay demasiados museos, y que muchos están vacíos, pero tengo la sensación de que este estaría muy concurrido.

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Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

La pieza de Laura Iglesia sobre Corín Tellado, que contó con la presencia de su hija como espectadora, me ha hecho volver a pensar en la escritora. Son cuatro, con este, los momentos donde la figura y obra de Corín ha despertado curiosidad en mí vida. La primera fue en mi preadolescencia, en el kiosco de Pepe de la barriada, en Barredos, a finales de los años sesenta y hasta mediados los setenta del siglo pasado. Acudíamos al interior de esa vivienda acomodada como bajo comercial a comprar chuches, a mirar el periódico, a fumar nuestros primeros cigarrillos y a “conversar” entre amigos. Por la ventana, que era por donde atendía a los clientes que hacían la compra de paso para dirigirse al hogar, Pepe despachaba pipas, chicle, regaliz, tabaco, La Voz de Asturias, Región, La Nueva España, Lecturas, Mortadelo, Pulgarcito, El guerrero del antifaz, cromos de Vida y Color, de fútbol y los primeros helados Camy, flashes de hielo… y novela rosa, del Oeste y fotonovelas. Y eran estas últimas, junto a los tebeos, una vez leídas, las que se cambiaban por otras ya “usadas” (en 1971 por no más de una peseta).

En el caso de los tebeos los cambios eran constantes, infinitos y hasta la extenuación. Recuerdo haber visto ejemplares del Purgarcito con hojas sueltas, rotas, pegadas con celo de cualquier manera o escarabajeadas con todo tipo de mensajes. Erosionados por el mucho toqueteo y el sempiterno trasiego de ida y vuelta al kiosco de Pepe, pero aún activos en el mercado del trueque, como para demostrarnos que el valor de uso de algunos productos –Marx dixit– es mil veces superior a su valor de change. Para el lector más exigente, ya en el interior, Pepe colocaba sobre el mostrador una montonera importante de ejemplares y títulos publicados durante los últimos años, para que el cliente disfrutase con tranquilidad y sosiego de una libre elección. Novelas que a mí me llamaban la atención por el atractivo encanto que tenían las portadas, especialmente las de Marcial Lafuente Estefanía, Keith Luger y Silver Kane (años después descubriría que se trataba de González Ledesma); y en menor medida en este kiosco, por tratarse de un género “rosa”, sentimental, las de Corín, autora que por aquella época mi madre conocía por las fotonovelas. Los consumidores de las novelas del Oeste eran, es obvio el decirlo, hombres de cualquier edad y condición, siendo la novelería del corazón, amor, adulterio y desengaño la preferida de las mujeres. Dos grupos bien diferenciados en temáticas y ambientes, acorde a una sociedad franquista empeñada en fortalecer los roles de género con estructuras y enredos de repetición (ignoro si el fenómeno pulp arraigó con igual fuerza en todos los países). Pues bien, fue ahí, in situ, en el kiosco de Pepe, donde por primera vez descubrí, inconscientemente, que Corín Tellado era una portentosa autora de masas y multitudes, una rara avis o especie invasora que contaminaba el planeta con millones de ejemplares merced a un efecto multiplicador en el intercambio de segunda mano. A mi entender, la más prolífica de las letras españolas al lado de Marcial Lafuente Estefanía, indubitablemente, pues no había iberoamericano en el mundo que no supiera de su existencia, aunque jamás hubiera leído una de sus novelas.

Portada de una novela de Corín Tellado.

La segunda vez que vuelvo a tropezarme con el fenómeno Corín fue ya en los años ochenta. Vargas Llosa, Cabrera Infante y Juan Cueto, entre otros, comenzaron a reivindicar su nombre y a combatir el desprestigio que su obra tenía entre los sectores “ilustrados”. Umberto Eco, con artículos y ensayos en los primeros setenta abrió la espita y encendió la cerilla que produciría una explosión giroscópica de 180º en el orden académico. El cómic, el pop-art, la publicidad, el cine y la cultura popular abandonaban la condición de “subproducto” en todos sus frentes para incorporarse por fin, con todas las de la ley –la filosofía semiótica, la razón y el sentido común–, a un indiscutible status cultural de primer orden. Andrés Amorós, Terenci Moix y Vázquez Montalbán fueron también figuras destacadas en este sentido, aunque en España, en opinión de muchos y de todos, el más brillante y experto en mass media fue Juan Cueto Alas. Postmoderno avant la lettre, chamán racionalista, politólogo catódico, oráculo cibernético, lúcido, lúdico, sagaz, irónico, clarividente y demoniaco a lo diablo cojuelo (autodefinido), Juan Cueto reclamaría atención y valor para la obra de Corín ya en 1975, a través de su imprescindible Guía Secreta de Asturias, una jocosa joya de valor incalculable donde se trituran y voltean mitos y tópicos de la vida entrañable por el lado oscuro de la existencia. Momento este donde el comunicólogo experto desplegaría su diabólica inteligencia para articular la teoría de las dos literaturas populares y ciudades enfrentadas, Corín Tellado como representante del Gijón industrial y proletario y Martín Vigil como el de la clerigalla y levítica Ovetus. Una disyuntiva a favor de Corín, cuyo prestigio y reafirmación no se acrecentaría sólo entre los playos, obviamente, sino urbi et orbi. Un cambio de paradigma que llevó a la intelligence editorial y al mercado no sólo a entender que los kioscos y Corín les estaban ganando la partida, sino a comprender que como ellos no se despabilasen y propusieran asaltarlos… muy mal lo iban a pasar en un futuro inmediato. Y fue así como los autores clásicos y contemporáneos, el ensayo y la literatura de todos los colores, lo popular y lo docto, lo sacro y lo profano, el seso y el sexo, lo crudo y lo cocido, lo simple y lo complejo, lo de arriba y lo de abajo, lo de muchos y lo de pocos, la jet, la set y la grey, el universo editorial entero con sus redes kiosqueriles de combustión y determinación múltiple, unieron y cruzaron in situ y de facto sus nombres con Corín, para volver a juntarse pocos años después ya en los compartimentos-librería de los supermercados.

Un momento de “Corín”
“Corín”

En 1992 Yo soy así, la biografía sobre Corín Tellado de Blanca Álvarez, me llevaría en tercera instancia a sentir simpatía por la prolífica e inagotable reina de la novela romántica, especialmente por su persona. Una vida sencilla y reservada, con las complicaciones propias de una separación matrimonial a los tres años de casarse, a principio de los sesenta y siendo madre de dos niños sobre los que volcaría –amén del firme compromiso profesional adquirido– su atención. Una imagen a la que yo añadiría la iconografía de señora elegante, fumadora, luchadora y con carácter. La belleza de la escritora ideal que teclea y teclea, pelea y pelea sin bajar la guardia, solitaria, contra el desprestigio, el paso del tiempo, la derrota y la enfermedad. Una vida de conquista ininterrumpida y de afirmación, con éxito económico, conflictos y contradicciones de diversa índole, que a mí me cautivaba por tratarse de un oficio consistente en inventarse historias todos los días, para que unas lectoras y lectores que leían sólo y exclusivamente por placer –¿habrá gozo mayor? – vivieran otras vidas además de las suyas. Algo exactamente igual a lo que les ocurría a los espectadores con el cine. El éxito internacional de Corín, y el hecho de que fuera asturiana y viviera en Gijón, me llevó a pensar en lo importante que sería para todos disponer de un museo dedicado a su obra. Un museo con su nombre y recorrido por bandera, pero capaz de albergar la novela pulp española de todas las épocas y géneros, con los autores más destacados, las vistosas portadas, los muchos formatos, las editoriales y el pertinente informe sociológico y cultural para hacerse una idea cabal de la envergadura y alcance de esa literatura durante el siglo XX. Sé que hay demasiados museos, que casi nunca son rentables y además muchos están vacíos, es cierto. Pero tengo la corazonada, una extraña y misteriosa sensación de que el de Corín, por el contrario, estaría muy concurrido.

Y por último vuelvo a encontrarme con Corín este verano en Villaviciosa, a través del espectáculo de Laura Iglesia. Un biopic entretenido y didáctico, estrenado hace unos años e interpretado por actrices y actores reputados del palmarés asturiano. Laura, la autora y directora escénica, se ha embarcado en este proyecto por justicia poética y como acto reivindicativo, pero también porque su madre y la escritora fueron amigas. Motivo que refuerza la simpatía y cariño de la elección. Corín Tellado, el espectáculo, es una biografía autorizada que repasa grosso modo los hitos principales de su vida profesional, condimentada con coreografías, ciclorama de sombras, diálogos breves y conocidas canciones que contextualizan los cuadros informativos. Los contratos y relaciones con Bruguera y los muchos años de trabajo dieron como resultado un récord de ventas y entrada en el Libro Guinness, con cerca de 400 millones de ejemplares y más de 4000 títulos. Corín escribió además novela juvenil y erótica, utilizó también el seudónimo Ada Miller (María del Socorro Tellado López era su verdadero nombre) y fue reconocida y galardonada por varias instituciones. María Teresa González, estudiosa, lectora y autora de Corín Tellado. Medio siglo de novela de amor, resalta entre su ubérrima y extraordinaria superproducción dos obras largas, La lucha oculta y Amargos sentimientos. Ahora ha cambiado el contexto y corrido el tiempo. La incertidumbre y la complejidad del mundo digital ha trastocado la lectura y el mercado. Ya nada será igual. Pero el año que viene es el centenario del nacimiento de Corín y su nombre volverá a sonar por unos días.

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