Caminando las Asturias de Santillana

l amigo que me invitó a caminar decidió hacer este viaje a pie porque se acababa de jubilar y, justo al día siguiente de cruzar esa meta laboral, quiso andar desde la casa en la que hizo su vida en Asturies hasta el hogar en el que nació en Cantabria.

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Ernesto Díaz
Ernesto Díaz
Es consultor medioambiental.

Asombra el Cuera visto desde Llanes, tan humilde en altitudes -su cumbre, el picu Turbina, apenas supera los 1.300 metros- pero tan osado plantado entre dos gigantes, el Cantábrico al Norte y Picos de Europa a sus espaldas meridionales.

Un amigo me ha invitado a caminar con él partiendo desde aquí en un viaje a pie hasta Rozadío, en el valle del Nansa, un viaje que él ya inició en Uviéu tres jornadas atrás. De modo que aquí estamos, en la muga occidental de un territorio que un día se llamó las Asturias de Santillana, comarca histórica con capital en Santillana del Mar que abrazaba los concejos asturianos de Ribadedeva y las dos Peñamelleras y una buena tajada de la actual Cantabria.

En el occidente, mi país, reconozco bien el intermareal en el que Asturies se mezcla con Galicia, pero este flanco oriental lo domino poco y hasta este viaje no me había detenido a pensar en lo mucho que se asemejan, y también se mezclan, Asturies y Cantabria entre el Sella y el Saja, tanto que incluso la raíz común de ambos cauces es la misma, Salia, que significa “agua”.

Acantilados de Santiuste. Foto: Emilio Cuenca

Aquí comanda la caliza, calizas que desgastadas precisamente por el agua albergan cuevas como la cercana de Tito Bustillo o todo el rosario de oquedades formidables que abundan en el occidente de Cantabria; calizas que barrenadas por la mar son bufones que salpican el borde de la rasa costera llanisca; calizas que se elevan buscando los cielos en las cumbres de los Picos de Europa. Sobre esos suelos ricos en sales se asientan pastos en los que apacentan casinas en el lado asturiano y tudancas al cruzar el Deva. Porque, aunque hoy mande el turismo, todas estas Asturias de Santillana fueron durante siglos marineras en el litoral y ganaderas en la montaña. Sobre esto último ahí está el indicador quesuno: si trazamos un radio de muy pocos kilómetros desde Unquera, posiblemente estemos ante uno de los panoramas queseros más extensos de Europa. Y no, no es solo en Asturies -antes de que empecemos a tocar gaita y tambor-, en Cantabria hacen unos quesazos de quitarse la boina.

Es también este un país de encinas. Si bien los bosques ganando altitud se cubren de formaciones mixtas y de hayedos, las encinas, algunas portentosas, abundan en toda la franja litoral y en muchas laderas soleadas. Y de rías, y aquí radica uno de los rasgos en los que sí se aprecian diferencias entre la costa astur y la cántabra. Si desde Cabu Peñes hasta Ribadedeva, nosotros tenemos la Villa y Ribeseya, ya según entras en Cantabria topas con la ría de Tina Mayor formada por la desembocadura del Deva, y la de Tina Menor, con el Nansa, para seguir con las de San Vicente de la Barquera, Oyambre, Suances…

Río Nansa. Foto: Emilio Cuenca

Pero volvamos al caminar. Habréis hecho el recorrido entre Llanes y Unquera muchas veces, ahora como postas por la autovía, hace años por la nacional, pero os aconsejo hacerlo andando. Partiendo de Llanes hay que coger algo de altura por La Cuesta, pasando por la capilla del Cristu y siguiendo la traza de la senda costera pronto se asoma uno a dar vista al litoral y a mucha montaña, que estando claro se ve hasta el Sueve hacia el Oeste. El camino lleva hasta La Boriza, mirador asomado a las playas de Ballota y de Andrín. Luego de bajar a Andrín es todo seguir la senda costera hasta Pendueles. Como llevamos tres horas a la chepa y uno es de buen apetito, en Pendueles nos atrincheramos junto al comercio que hay pegando a la bolera y de allí salimos con unos bocatas. Merece una visita el comercio y merece una reverencia el bocadillo que te preparan de lo que pidas, con buen pan además. Encima aparecieron unos amigos con sidra y Cabrales y la parada a punto estuvo de convertirse en un ágape, pero como había que llegar a dormir a Unquera no era plan de forrar el buche.

De Pendueles a La Franca el pasillo entre la red de carreteras y los acantilados costeros se estrecha, así que hay que brujulear caleyas para ir colándose sin meterse al interior. Y ahí sí, desde La Franca para pasar a Colombres no queda otra que caminar un tramo por la antigua nacional para ascender al penúltimo paso de Asturies y bajar por un empinado tramo del Camino de Santiago hasta Bustio, apenas un pueblín desde el que asusta el despliegue de estaciones de servicio, supermercados y grandes tenderetes que se extiende ya en Unquera. Porque Unquera no es un pueblo bonito, las cosas como son, pero por alguna razón -las fronteras tienen eso, que suceden cosas sin mucha explicación- en algún momento se convirtió en una especie de Meca consagrada a la repostería, y la costumbre de parar allí venció a la imposición de circular como velocípedos por la autovía. Se sigue parando en Unquera: la corbata vive, la lucha sigue.

Picos de Europa desde El Cuera. Foto: Ernesto Díaz

Al día siguiente cruzamos de buena mañana de Unquera a Pesués, y de allí a Muñorrodero para enfilar la senda fluvial del Nansa. Este camino, antigua senda ribereña frecuentada por pescadores y ganaderos, fue recuperado como ruta de uso turístico, pero no esperéis derroches en pasarelas o miradores de esos en los que ahora se puso de moda pulirnos un dineral; está bien adaptado con pasos de madera, y muy bien integrado en el paisaje con acciones de mejora ambiental como pequeñas charcas, para solaz de anfibios y libélulas.

El Nansa es un riazo, limpio como el jaspe, con un bosque de ribera precioso y numerosas pozas y brazos. Ves el Nansa y piensas en salmones, y es que este río que nace en Peña Labra fue uno de los más salmoneros de la península. La decadencia del gran pez comenzó en 1953 cuando alguien tuvo la ocurrencia de hacer una presa en La Palombera. Esto ya sabéis cómo va: construimos presas, contaminamos ríos, pescamos hasta exprimir las poblaciones, y luego cuando la cosa se tuerce, ya sea con salmones o anguilas, echamos la culpa a los cormoranes, a las nutrias o al sursuncorda.

Vista de la Costa Oriental desde el picu Turbina. Foto: Ernesto Díaz

Paso con paso y atravesando algunos pueblos bien bonitos, con esas casonas de arquitectura montañesa de buena piedra, llegamos a Rozadío, muy cerca de Puentenansa. En apenas dos días hemos recorrido casi setenta kilómetros por un territorio del que nació la provincia de los Nueve Valles de las Asturias de Santillana, raíz sobre la que en 1778 se constituyó una provincia de Cantabria que después de dos siglos y muchos avatares terminó convirtiéndose en la comunidad que hoy avecindamos por Levante.

De todo ello hablé con mis amigos cántabros mientras caminábamos en estos días de coletazos de agosto. También de por qué caminamos. Quizás lo hagamos porque es como cuando siendo niño aprendes a montar en bicicleta; tan plena es la sensación de haber dominado una habilidad, que no quieres detenerte. Como especie, los humanos dominamos la habilidad de caminar erguidos sobre dos extremidades hace unos pocos millones de años, es posible que nuestra genética siga esa inercia disfrutona de sentirnos muy hábiles.

El amigo que me invitó a caminar decidió hacer este viaje a pie porque se acababa de jubilar y, justo al día siguiente de cruzar esa meta laboral, quiso andar desde la casa en la que hizo su vida en Asturies hasta el hogar en el que nació en Cantabria. Pero no lo hizo, no lo hicimos, como reto deportivo; lo hicimos oliendo, mirando, escuchando.

David Le Breton, el antropólogo francés autor del Elogio del caminar, escribió esto: Cuando comprende algo de su entorno, el caminante no dice “ya veo”, sino “ya siento”. El caminante avanza con la nariz al viento, los oídos atentos, los ojos bien abiertos, con la sensibilidad a flor de piel y con el sabor del mundo en la boca; en definitiva, con todos los sentidos al máximo.

Eso fue lo que hicimos durante la caminata Miliucu, Clauf y yo. Sentir.

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