No cabe duda de que el Museo de la Emigración es uno de los principales equipamientos culturales de Asturias. Varios carteles situados en los dos sentidos de la Autovía del Cantábrico invitan al turista y al transeúnte a visitar dicho museo. Se trata de un equipamiento ubicado en un bello e impresionante edificio de dos alturas, la Quinta Guadalupe, construida en 1906 en Colombres por el exitoso emigrante asturiano a México Iñigo Noriega Laso.
Pronto se cumplirán, de hecho, cuarenta años de la creación de la Fundación Archivo de Indianos, constituida en 1987. En aquellos años cercanos a la celebración del Quinto Centenario, Asturias no quiso quedarse atrás y aportó su granito de arena a la magna conmemoración del “descubrimiento” de América creando precisamente esa Fundación. En 1992 la Fundación Archivo de Indianos empezó a editar una interesante colección de libros bajo la denominación de “Cruzar el charco”. Una colección dedicada a publicar monografías de indudable calidad en torno a los movimientos migratorios que se registraron históricamente entre España y América. La colección “Cruzar el charco” enseguida contó con la ayuda de la Dirección General de Migraciones del Ministerio de Asuntos Sociales, y en menos de tres años, a la altura de 1995, habían publicado ya dieciséis monografías diferentes.

Apagado, no obstante, el eco del Quinto Centenario, iniciativas como aquella colección pasaron a mejor vida. Más aún, no parece que el propio Archivo de Indianos acabara cumpliendo bien sus funciones. De eso mismo se quejó, en 2012, el periodista Gregorio Morán. Afirmaba entonces Morán que había querido “saber qué era y qué contenía aquel Archivo de Indianos, en el que el Gobierno asturiano había enterrado tantos dineros” y, después de visitarlo y de conocer sus fondos, su mordaz pluma nos dice que, a su juicio, aquella restaurada Quinta Guadalupe “acabó siendo un lugar para saraos y festejos (…) Allí no se archivaba nada, sencillamente era una mansión para exhibir a los turistas veraniegos”, y poco más. Fuera, o no, a partir de la crítica publicada por Morán, lo cierto es que la Quinta Guadalupe se acabó transformando para trascender el marco de un archivo documental y convertirse en todo un Museo de la Emigración. Probablemente, esa razón explique el cambio de nombre de la Fundación que lo gestiona, ahora denominada Fundación Archivo de Indianos – Museo de la Emigración.
Tal como se presenta el propio Museo, los “espectaculares interiores” de la Quinta Guadalupe “despliegan un interesante programa iconográfico referido al fenómeno de la emigración a América y el viaje ultramarino”, con Asturias, por supuesto, siempre en el centro. Además de la biblioteca, la primera planta alberga “espacios museísticos dedicados a Manuel Ibáñez, primer conde de Ribadedeva, Iñigo Noriega Laso” así como a “la emigración: una cultura de empresa” con “varios salones dedicados a la emigración a México”. Y si la segunda planta contiene salones dedicados a los asturianos y sus comunidades en Chile y Argentina, en la planta baja (o principal) el visitante encuentra “espacios dedicados a exposiciones de la emigración a Cuba y Tampa”.
Está claro, como apuntaba Gregorio Morán, que el gobierno de Asturias ha dedicado muchos dineros, año tras año, a su Museo de la Emigración, ese mismo museo al que invita a acercarse a los visitantes que pasan en coche cerca de Colombres. No podemos hablar, en ningún caso, de falta de medios. Aún sorprende más, entonces, la ausencia en su narrativa museística de un determinado elemento vinculado a la historia del hecho migratorio asturiano. Una omisión aún más evidente al leer los plafones y recorrer las salas dedicadas a los asturianos en Cuba. Me refiero al olvido del papel que los emigrantes asturianos, muchos de ellos retornados finalmente a la Península (y, como tales, indianos), tuvieron en relación con el tráfico de esclavos y la esclavitud colonial. Atendiendo a lo que explica (y a lo que oculta) el Museo de la Emigración, de Colombres, parecería que no hubiera emigrantes ni indianos asturianos que hubieran jugado papel alguno en el tráfico de africanos esclavizados, en el Atlántico. Ni que tampoco los hubiera enriquecidos merced a la economía de base esclavista, de Cuba o de Puerto Rico. El enriquecimiento, en todo caso, de todos aquellos triunfadores emigrantes asturianos (retornaran, o no, como indianos) fue esa “cultura de empresa” que tanto sublima el Museo, y nada más. No se mencionan, en ningún momento, ni la trata ni la esclavitud.

Esa tendencia a ocultar el pasado esclavista en el que se movieron muchos emigrantes del norte de España en tierras cubanas, también los asturianos y muchos de ellos indianos, fue señalada en su espléndido libro por Lisa Surwillo, profesora de la Universidad de Stanford y especialista en literatura española. En su magnífica monografía, titulada Monsters by trade. Slave Traffickers in Modern Spanish Literature and Culture, publicada hace más de diez años, en 2014, Surwillo dedica todo un capítulo a hablar, en sentido genérico, de la (o de las) “rutas del indiano” propias de la cornisa cantábrica. A partir de la visita de la autora a Somao y a Colombres aunque, sobre todo, tras haber realizado la “ruta del indiano” de la parroquia de Malleza, en el concejo de Salas, destaca dicha autora una cierta “ambigüedad” en la información que se ofrece al visitante sobre la forma de hacer fortuna de los indianos asturianos en Cuba. Una ambigüedad que le resulta distinta, eso sí, al silencio de la esclavitud que ella misma había podido detectar en su visita a Comillas, por ejemplo. En Malleza encontró Surwillo una “ambigüedad [que] invita al visitante a sacar sus propias conclusiones sobre las condiciones en que los indianos de este pueblo pudieron crear riqueza”. Y en las paredes del restaurante Al Son del Indiano encontró, de hecho, “fotografías de trabajadores afrocubanos en los campos de tabaco”.
A los políticos y gestores culturales que han diseñado ese tipo de instalaciones no parece preocuparles mucho “lo que realmente sucedió en Ultramar”
Nada similar se encuentra, sin embargo, en el Museo de la Emigración de Asturias, o antiguo Archivo de Indianos, al que la propia Lisa Surwillo define como “un monumento al intento de documentar la influencia de la emigración española (…) en un discurso abiertamente hispanista que encuentra a cada emigrante parte de una historia de España más allá de España”. Concuerdo con dicha autora cuando señala que edificios como la Quinta Guadalupe “sirven de elegante iconografía que tiende un puente entre la grandeza decimonónica y la actual influencia en las antiguas colonias. Proporcionan una imagen de la continua relevancia e influencia de España en el mundo atlántico que elude los conflictos de la problemática mitad del siglo XX y desalienta la investigación crítica sobre lo que realmente sucedió en Ultramar”.

A los políticos y gestores culturales que han diseñado ese tipo de instalaciones no parece preocuparles mucho “lo que realmente sucedió en Ultramar”. No resulta difícil llegar a la conclusión de que, más bien, están más preocupados por ocultar aquellos elementos del pasado que pueden resultar incómodos o problemáticos. Y así sucede con la cuestión de la esclavitud. No puede alegarse, de entrada, falta de información. Aunque seguro que todavía falta mucho por conocer, en relación a los vínculos de Asturias y los asturianos con la trata y la esclavitud colonial, cabe señalar que es bastante lo que conocemos al respecto. Hace más de seis años este mismo medio publicó, sin ir más lejos, una interesante pieza sobre “los indianos negreros”. Allí se hablaba, por ejemplo, de José Antonio Suárez Argudín Ramírez de Arellano, primer marqués de Casa Argudín, quien tiene una calle con su nombre en Soto del Barco.

También tendría sentido, de hecho, recordar la figura de su padre, José Suárez Argudín García-Barbosa, natural precisamente de Soto del Barco. Emigrado a La Habana, allí trabajó con el traficante de personas esclavizadas primer marqués de Lombillo, con cuya viuda acabaría, por cierto, casándose. Según el historiador cubano Manuel Moreno Fraginals, Suárez Argudín fue uno “de los primeros contrabandistas negreros del mundo”. Su matrimonio con la criolla Teresa Ramírez de Arellano, y la oportunidad de manejar los bienes heredados por sus hijastros, le permitió construir una gran fortuna, para él y para sus hijos, nietos y demás descendientes. Una gran fortuna basada tanto en el tráfico de africanos esclavizados como en la esclavitud. A la altura de 1860, José Suárez Argudín era el propietario de al menos un cafetal (Rotunda) y de tres plantaciones de caña de azúcar, situadas en la región occidental de Cuba: los ingenios Santa Teresa (de 241 hectáreas de extensión), San Juan Bautista (de 295 hectáreas) y Angelita, llamado así en honor de su única hija (de 671 hectáreas), en los que trabajaron cientos y cientos de personas esclavizadas. Andando el tiempo, su hija Ángela se convertiría en la abuela materna de José Antonio Primo de Rivera. Los Suárez Argudín regresaron, de hecho, a España, participando del fenómeno indiano e instalándose en Madrid. Tiempo después fueron precisamente sus orígenes asturianos, por vía de su bisabuelo traficante, los que facilitaron que José Antonio Primo de Rivera pudiera vestir el Hábito de la orden militar de Santiago.
Una de las formas de participación de los asturianos en la trata negrera desde Cuba fue organizando y financiando desde Cuba expediciones a las costas de África
Una de las formas de participación de los asturianos en la trata negrera desde Cuba fue, tal como hiciera José Suárez Argudín, organizando y financiando desde Cuba expediciones a las costas de África. Otra forma de participar, tal vez más evidente, fue ejerciendo como oficial e, incluso, como capitán de esas mismas expediciones. Así lo hizo, por ejemplo, el gijonés Miguel Morán, quien comandó al menos cuatro expediciones sucesivas, registradas entre La Habana y las costas africanas entre 1814 y 1818. En todas ellas percibió no solo su sueldo como capitán de buque sino también una cantidad fija por cada cautivo desembarcado vivo en la capital cubana. En las últimas tres expediciones invirtió, además, parte de sus caudales como socio capitalista de esas mismas expediciones [6]. En menos de cinco años Morán llegó a acumular un capital de casi cien mil pesos fuertes (o sea, cien mil duros); unos beneficios notables, que ningún otro empleo, o actividad, salvo la trata, le hubiera permitido acumular. Hubo, como Miguel Morán, muchos otros asturianos comandando expediciones negreras y algunos nos resultan incluso conocidos, con nombre y apellidos: Antonio Corme fue piloto del bergantín Midas (1828) mientras que Manuel Prendes Hevia fue maestre del buque Felicia (1836) y Juan García Santa Marina ejerció como segundo piloto del bergantín Pompeo (1839), dedicado en su caso a la trata en Brasil. Nacido en Gijón, Manuel Muñiz fue, por su parte, el capitán y maestre de la goleta Sirena, capturada por la Royal Navy en 1840, en la desembocadura del río Gallinas (actual Sierra Leona). Unos meses después, en enero de 1841, los británicos capturaban frente al río Pongo a la goleta Segunda Rosario, cuando había ya cargado a bordo 293 cautivos africanos. Uno de los oficiales de aquel buque, Diego Sánchez, era también natural de Gijón.

No fueron, por cierto, los Suárez Argudín los únicos asturianos emigrados a Cuba que acabaron convirtiéndose en propietarios de fincas agrarias. Unas fincas, fueran plantaciones de caña o de café, trabajadas por centenares de hombres y mujeres esclavizados. Podemos destacar también a los hermanos Fernández Vallín. Nacidos en Cuba, los hermanos Antonio, Constantino y Benjamín Fernández-Vallín y Álvarez-Abuerne eran hijos de José María Fernández-Vallín García, natural de Asturias, y tuvieron siempre los tres una estrecha relación con el Principado. Constantino Fernández-Vallín, por ejemplo, acabó recibiendo el título de marqués de Muros, precisamente por sus vínculos con Muros de Nalón. Buena parte de su riqueza la pudo acumular merced a su condición de propietario del ingenio Resulta, ubicado en Sagua la Grande. Su hermano Antonio era, por su parte, el propietario de otro ingenio de fabricar azúcar, llamado Ojo de Agua, situado cerca del municipio de Coliseo, en la provincia de Matanzas, y trabajado también por centenares de personas esclavizadas. Antonio se casó, por cierto, con Dolores Alfonso Madán, hija a su vez de Gonzalo Alfonso Soler. Su matrimonio le permitió incorporarse al rico y poderoso clan familiar de los sacarócratas criollos Aldama-Alfonso. Para atestiguar quienes eran y qué representaban los miembros de ese clan basta visitar el Palacio Aldama, entre La Habana Vieja y Centro Habana, sede desde hace años del Instituto de Historia de Cuba.
José Suárez Argudín o Antonio Fernández Vallín no fueron los únicos asturianos, o descendiente de asturianos, que consiguieron enlazar matrimonialmente, en Cuba, con mujeres de la élite insular. Otro asturiano emigrado a la Isla, y luego retornado a la Península, Apolinar Rato, certificó y potenció su ascenso económico y social al casarse, en La Habana, con una rica criolla perteneciente a una saga familiar cuya fortuna se había cimentado en la esclavitud. Rato se casó con Ana Duquesne O’Farrill, hija del conde Duquesne y nieta de Richard O’Farrill, quien fuera el director de la delegación de la South Sea Company en La Habana, la firma británica que había conseguido el llamado Asiento de Negros tras el Tratado de Utrecht (1713), es decir, la empresa que tuvo el monopolio del tráfico de cautivos africanos en las colonias españolas en América durante varias décadas. Apolinar Rato había llegado a Cuba, en los años 1850s, para ejercer como juez en Baracoa. Tras ejercer como Auditor de Guerra en Santo Domingo, en 1863, se trasladó luego a La Habana y acabó dejando la magistratura para ejercer como abogado particular. Su doble condición de juez, primero, y de abogado, después, permitió a Apolinar Rato acumular una buena fortuna. Un interesante manuscrito, conservado en la Biblioteca Nacional, lo retrata así:
“…. pasó a La Habana donde abrió un bufete y dedicado a la abogacía en la que demostró una moralidad acomodaticia (…) aumentó bastante su caudal (…) Es el Sr. Rato de regular talento, travieso, intrigante, y en política del partido peninsular intransigente, y pleitista”.

Nacido en La Habana, uno de los hijos del matrimonio Rato – Duquesne, el poeta José María, se casó con una de las nietas del político gijonés Faustino Rodríguez-San Pedro, quien fuera ministro en diversos momentos del reinado de Alfonso XIII. Ambos fueron, así, los abuelos paternos del empresario y político Rodrigo Rato Figaredo, quien fuera ministro de Economía y presidente del Fondo Monetario Internacional y que ha sido condenado por sendos delitos: de blanqueo de capitales y de corrupción entre particulares; así como por otros tres delitos contra la Hacienda pública.
Otro asturiano enriquecido en la Cuba esclavista fue Luciano García Barbón, cuya persona es descrita, en el mismo manuscrito, de la siguiente manera:
“Peninsular, asturiano (…). Como otros tantos asturianos y gallegos de buena figura tales como Argudín, Martínez Rico, etc. que casan con hijas del país, Barbón lo verificó con la de Bustamante, rico tratante en tabacos, que tenía negocios con Joaquín Gómez”, el mayor traficante de esclavos de Cuba, añado yo. “Hoy es comerciante rico y propietario de uno de los mejores cafetales de la isla. Se dedicó algo a la trata (…) Figura García Barbón entre los peninsulares asturianos, que no son de los menos intransigentes en cuestiones patrióticas …”.


La nómina de emigrantes asturianos a la Cuba del XIX que se enriquecieron merced a la trata o a la esclavitud es aún más amplia. Muchos de ellos retornaron a la península convirtiéndose propiamente en indianos. O lo hicieron sus hijos. Y en su mayoría mantuvieron sus vínculos con Asturias, adonde muchos optaron por regresar. Aquí hemos recogido solo unas pocas referencias sobre algunos casos: los Suárez Argudín, los Fernández Vallín, Apolinar Rato Hevia, Luciano García Barbón, …. Podríamos haber dado también noticias de los socios de la firma de comercio y banca Noriega Olmo y Compañía, de La Habana; una de las mayores empresas de la Cuba de mediados del siglo XIX. Una compañía regentada por asturianos, cuyo patrimonio se cimentaba de forma casi exclusiva en la trata y la esclavitud. O hablar también de los hemanos Rionda Polledo, originarios de Noreña. Cabe considerar, precisamente, a los hermanos Rionda Polledo los patriarcas de una (o de varias) dinastías empresariales, vinculadas todas al azúcar y radicadas, en su mayoría, en los Estados Unidos. Sagas azucareras que llegan hasta nuestros días y entre las que podemos destacar a la conformada los hermanos Fanjul, íntimos amigos del otrora rey Juan Carlos de Borbón. Los Fanjul son los máximos accionistas de Fanjul Corporation, considerado el mayor conglomerado de refinación de azúcar del mundo.

Los pocos ejemplos aportados sirven a modo de muestra de un fenómeno mucho más extenso, sin el cual no se puede retratar, con rigor, el fenómeno de la emigración asturiana a América y, particularmente, a Cuba. Menos aún de la emigración de retorno a tierras asturianas, o en general a la España peninsular, conformada por los indianos asturianos. No tiene sentido, en consecuencia, que esta dolorosa dimensión del recorrido vital y empresarial de unos migrantes asturianos que intentaron (y consiguieron) hacer las Américas en un contexto y en una sociedad plenamente esclavistas esté completamente ausente de su Museo de la Emigración. Ocultar el pasado no debería ser la función de un museo, menos aún si es público o se financia con fondos públicos. El conocimiento factual está ahí. Los historiadores han puesto al alcance de la sociedad un conjunto de información que puede y debe ser divulgado. Y unos buenos equipamientos para la divulgación completa y rigurosa son, indudablemente, los museos. Más aún los museos dedicados al fenómeno de la emigración.
En otros países de nuestro entorno más cercano (Francia, Gran Bretaña, Países Bajos, ….) existen museos, o exposiciones permanentes, que narran los vínculos de sus sociedades con la esclavitud atlántica. Incluso en España ha habido alguna iniciativa en este sentido como la Exposición La Infamia, organizada por el Museo Marítimo de Barcelona. Va siendo hora de que también el Museo de la Emigración, de Colombres, incorpore a su narrativa los innegables vínculos de muchos migrantes asturianos con la trata y la esclavitud colonial. Unos vínculos sin los cuales no puede explicarse ni su enriquecimiento ni su ulterior labor benéfica. Unos vínculos, en definitiva, que conformaron también una verdadera “cultura de empresa” en un contexto plenamente esclavista, que no deberían ser silenciados ni ocultados.






























