Toallas grises

Las toallas grises quedaron intactas en su armario. Las recogimos todavía hace poco. No hizo falta utilizarlas nunca.

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Rafa Cofiño
Rafa Cofiño
Es médico de familia y diputado de Sumar.

A finales de la primavera del 2022 diagnosticaron a mi tío José Tomás Cofiño, Pipi, de un cáncer de senos paranasales. Fue un hallazgo casual. Tenía 86 años en el momento del diagnóstico y tenía los mismos años cuando falleció apenas unos meses después. Fue carpintero y fumador toda su vida. Un buen hombre, un hombre tranquilo.

Desgraciada y afortunadamente, teníamos cierta experiencia en casa en planificar este tipo de sucesos y sabíamos que algo importante es anticiparse y estar preparados para lo que pudiera pasar en los siguientes meses. Saber qué ir haciendo en cada momento o saber quién podría decirnos qué hacer. Una de las cosas más importantes en estas situaciones es contar con una buena médica de familia y con un buen equipo de Atención Primaria. Los teníamos. Marta González y el Centro de Salud del Llano.

Marta nos acompañó en la confirmación diagnóstica, incluso en la visita a Otorrinolaringología en el Hospital de Cabueñes para conocer pronóstico y posibilidades terapéuticas. Nos informó sobre qué aspectos logísticos tener en cuenta en la casa, en la cama y en el baño (fuimos conscientes de lo lejos que estaba su cama del baño y de lo que podría pasar si quedaba encamado). Me dio información sobre la medicación adecuada para los cuidados paliativos en un curso acelerado para alguien que ya no es médico clínico desde hace años y me dejó su número de teléfono personal para cualquier cosa que hiciera falta: “No te lo doy a ti a modo de privilegio, este teléfono se lo doy a todo el mundo que está en la misma situación que Pipi por si necesitan cualquier cosa”.

Otro de sus consejos fue que compráramos toallas pequeñas grises: “Una de las cosas más desagradables que podrían pasar es que tuviera una hemorragia e hiciera un sangrado importante por la nariz a causa del tumor. El gris es un color que enmascara bien el rojo y asusta menos que si la toalla es clara.”. Nunca había pensado en ello. Al buscarlas lo primero que hice fue imaginármelas empapadas en sangre y cómo el color podría servir no para negar la evidencia sino para ahorrarnos – y, sobre todo, a él o a su hermana- el espanto.

Durante todos los días de aquellos meses me pasaba por la calle Zoila a última hora a ver cómo andaba Pipi. Mi tía Ana, su hermana, me ofrecía un poco de chorizo, pan y un vaso de vino. Charrábamos los tres y contaban historias de su infancia en Cofiño, de la guerra y la postguerra, de cuando se vinieron desde el monte a Xixón, de la carpintería, de mi padre y de mis güelos, de mi tia Maribel y de alguna historia familiar velada que nunca nos habían contado. Yo había dejado de fumar en el 2011, pero le acompañaba ocasionalmente en algún pitillo en la cocina de la que había sido la casa de mis abuelos.

El mes de octubre, cuando el deterioro fue mayor, me fui a dormir a su casa e instalé un colchón provisional en el salón. Mi traslado fue breve. No llegó a una semana. Se levantaba diciendo que estaba cansado porque había estado toda la noche trabajando, haciendo cajones, sillas y camas. También cantaba de noche y hablaba con los suyos que ya no estaban en Zoila. Desgraciada o afortunadamente, la evolución de la enfermedad fue rápida y se marchó muy tranquilo. Sin sufrir.

Las toallas grises quedaron intactas en su armario. Las recogimos todavía hace poco. No hizo falta utilizarlas nunca. Sin embargo, he pensado mucho en ellas todo este tiempo en el Congreso.

También la Política utiliza toallas. A veces son grises y se utilizan como un elemento paliativo, necesario y preciso, como pretendíamos con Pipi; pero, otras veces, siendo grises, son eufemismos, circunloquios, voces pasivas y meandros administrativos, pleonasmos y apelaciones a banalidades que lo único que hacen es ocultar la sangre. En esos casos no se utilizan para evitar el espanto, sino para negar o posponer lo evidente.

Otras veces se utilizan de forma intencionada toallas blancas, prístinas y exageradamente inmaculadas, encartonadas y casi cuarteadas por tanto usar lejía. Interesa que destaque la sangre. Aunque sea un sangrado homeopático, minimo, leve, banal, interesa la sobreactuación y la exageración en los verbos y en los discursos y en el túmás, los amagos y las escenificaciones que pongan en relieve lo mínimo, la glorificación de los reyes y las reinas del drama en discursos teatrales de una representación pésima de teatro, las grandilocuencias y prosopopeyas cocainómanas leídas y estudiadas, que señalan y amplifican una traza mínima en la blanca toalla y consiguen desviar la atención del ciudadano de otros temas relevantes.

Por eso cuando alguien se sube al estrado o inicia su turno de intervención en el Pleno o en una Comisión, cuando alguien señala una herida en el Congreso me gusta mucho fijarme qué tipo de toalla emplea: cómo la toma entre sus manos, la despliega y muestra su color; cómo la presenta y la convoca y con qué palabras lo hace, cómo atenúa o acentúa el color de la misma y cuál es la ética y el significado de su intervención, cuál es su grandeza o su miseria, cuál es su compromiso con el Pueblo o, por el contrario, su pobreza de Espíritu. Me gusta también observarme en ese viaje desde el 2022 en Zoila al 2023 en Carrera de los Jerónimas. Desde aquellas toallas grises en el armario de Pipi a observar también y fijarme qué toalla llevo entre las manos cuando hablo en el Congreso.

(Este texto forma parte del libro en proceso “Las cosas que no importan a nadie. Libro-Almanaque 2023-XXXX”)

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