Franco Delle Donne (Buenos Aires, 1983) es doctor en Comunicación por la Universidad Libre de Berlín y máster en Democracia y Gobierno por la Universidad Autónoma de Madrid. Especializado en el estudio de la extrema derecha y los autoritarismos, es autor, junto a Andreu Jerez, de Factor AfD. El retorno de la ultraderecha alemana y de Epidemia ultra. Del fascismo europeo a Silicon Valley, publicado por Península en 2025. Desde 2020 dirige el pódcast Epidemia Ultra, desde el que analiza el avance de las derechas radicales. Actualmente residen en el sur de Alemania, investiga en la Werkstatt für Sozialforschung de Berlín y dirige la productora Rombo Podcasts.
Este domingo clausura el festival “Pan y Roses” organizado por Agenda 2030, Hoja de Lata y NORTES, junto a otras asociaciones y colectivos, y que se celebra en Almacenes Kuivi.
¿Estamos ante una ola coyuntural o la extrema derecha se ha instalado ya de forma irreversible en la política global?, ¿ya han ganado o aún estamos a tiempo de parar esa ola?
Creo que es la consolidación de un proceso que viene dándose desde hace bastante tiempo. En el libro hablo de un germen que queda dormido tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y que va volviendo poco a poco. Reaparece con fuerza en el mundo intelectual de la nouvelle droite en Francia, y en el campo político con el ascenso de Jean Marie Le Pen. Desde la llegada de Trump al poder vivimos la normalización de esa agenda, y ahora con lo que pasó en Alemania creo que vivimos una segunda fase de normalización, que pasa por incorporar elementos extremistas a la agenda política. Es decir, ya se puede imaginar un proyecto de país con esas demandas. Creo que no es algo coyuntural, sino que es un fenómeno global y asentado. No hay ningún país en el mundo en el que la extrema derecha no sea ya una opción política relevante. Vemos un retroceso fuerte de ciertos valores que considerábamos intocables, y eso nos hace ver que ese consenso era más frágil de lo que pensábamos. Algo clave es la desigualdad creciente, que es algo de lo que se ha aprovechado en gran parte la extrema derecha. Insisto en la idea de proceso: estamos tal vez en la cúspide de ese proceso, y como todo proceso tiene sus dinámicas y se trata de pensar qué dinámicas podrían lograr que el proceso mute y logremos construir un proyecto de sociedad opuesto al de la extrema derecha. Pero tampoco se trata de volver a los consensos previos, porque esos consensos han dejado a mucha gente fuera.
Sostienes que la verdadera victoria de estas formaciones no pasa necesariamente por gobernar, sino por lograr que la sociedad y el resto de partidos adopten sus marcos ideológicos. ¿Cómo evitar esa contaminación del discurso y las ideas en temas como la migración?
Creo que es importante pensar en los diferentes actores de los que hablamos. No creo que haya una solución generalizada. Pensaría que hay cosas que tienen que hacer los políticos de partidos democráticos, hay cosas que le corresponden hacer a los ciudadanos de a pie, otras que tienen que hacer los periodistas, otras los dueños de las empresas…Hay que pensar cómo cada una de las acciones de los diferentes elementos pueden apuntar a ese proyecto de sociedad más justa como alternativa al proyecto de la ultraderecha. Los partidos y sus líderes se equivocan cuando creen que copiar el discurso de la ultraderecha es la solución. Esos partidos tienen que pensar cómo marcar de manera más clara sus propios valores, ya sea la democracia cristiana o la socialdemocracia. Cada uno de esos partidos deben ser relevantes para construir una nueva narrativa. Si no hay un trabajo de transmisión de los valores de ese partido y de su programa, seguimos en las mismas. Esos partidos seguirán cayendo, y estoy pensando en lo que ha pasado con los partidos tradicionales en Alemania, Italia o Francia. Otro actor son los medios de comunicación y cómo pueden convertirse en algo que nos dé herramientas para entender la sociedad y lo que está pasando, pero siempre ubicando los hechos en un contexto, sin caer en la búsqueda del clic reproduciendo lo que dice la ultraderecha, por más impacto o morbo que genere. Por el lado de los ciudadanos, sobre todo hay una cosa que me parece clave, y es tratar de no caer en la polarización total y afectiva. Tratar de no odiar al que piensa diferente o al que vota a la ultraderecha, sino tratar de encontrar valores en común que puedas compartir, y a partir de ahí construir un diálogo. De lo contrario, se refuerza la lógica de los partidos de ultraderecha.
¿Hasta qué punto la extrema derecha opera hoy como una franquicia internacional globalizada y qué papel juegan las redes sociales en esa sincronización?
Creo que no se ha generado una internacional en el sentido clásico, sino más bien una suerte de red o de espacio de confluencia de narrativas y de agendas que se superponen. La ultraderecha tiene sus corrientes y sus diferencias, que no son pocas. Tienen espacios de intercambio, como los foros internacionales, donde se da un tráfico de narrativas y vemos que los líderes de estos partidos empiezan a contar las mismas cosas de la misma manera. Al mismo tiempo, se da también un tráfico de financiamiento. Es decir, un espacio donde actores poderosos que puedan estar a favor de agendas ultraconservadoras puedan encontrar vehículos de esos intereses en diferentes lugares del mundo.

¿En qué se diferencian y en qué se parecen las extremas derechas en Europa y en América Latina?
Tal vez el elemento de la migración ha sido más propio de las ultraderechas europeas, y menos impactante en América Latina, aunque eso está cambiando poco a poco. La cuestión migratoria aparece con una lógica diferente a la de la teoría conspirativa del gran reemplazo.
¿Cómo interpreta los recientes resultados de AfD en Alemania, y qué expectativas crees que tienen de continuar creciendo?
Creo que AfD está en el momento más alto de su historia, que es muy breve porque nació en 2013. Está aprovechando al máximo que el gobierno actual tiene la popularidad muy baja y, al mismo tiempo, está aprovechando en el este del país una historia de decepción. Una historia que se remonta a partir de la reunificación, las promesas no cumplidas y la sensación de desigualdad respecto al resto del país. Ahí tiene posibilidad se seguir creciendo. No obstante, ningún partido ha dicho que pactaría con AfD, por lo que solo podría llegar al poder en caso de obtener una mayoría absoluta. Es una cuestión de quién es capaz de instalar el marco correcto en el momento correcto, y ahora AfD está más fuerte que nunca y el resto de los partidos están más perdidos que nunca.
¿Qué papel le queda al pensamiento y a la literatura, si es que le queda alguno, en el debate público?
Pienso que es clave. El otro día leí un libro, “Radicalizado”, de Cory Doctorow, que son cuatro cuentos que hablan de una sociedad radicalizada en la que te cuenta la historia de alguien que es refugiado, te cuenta qué pasa con alguien cuyos derechos son ignorados, qué pasa con la paranoia ante la llegada del extranjero…y lo hace a través del cuento, que te permite entender hasta donde podemos llegar. Pienso que la literatura ha sido y sigue siendo para entender lo que nos pasa. La literatura nos ayuda a no subestimar el mundo que nos toca vivir, porque lo que parece ficción, de pronto se vuelve realidad. La forma de comunicar que nos rodea es excesivamente veloz, pero los procesos siguen siendo lentos, van por debajo de la superficie.



























