De Asturias a Ceuta, señaladas por ayudar

Tres gijonesas viajaron a Ceuta con material humanitario y 7.000 euros y se encontraron con amenazas, vigilancia y un clima de hostilidad.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

Diana Luaces habla desde la carretera. Acaban de dejar atrás Salamanca y todavía les quedan horas para llegar a Asturias. Ella, Irene y Leticia Pumares han dormido apenas tres horas después de pasar dos días en Ceuta repartiendo ayuda. Pero el cansancio no es lo primero que aparece cuando intenta explicar lo que acaba de vivir. “Hasta que no bajé del ferry ya en Algeciras no me quedé tranquila”.

Habían viajado desde Gijón para llevar ayuda humanitaria y gastar en los comercios ceutíes los 7.000 euros que habían conseguido reunir. Lo que no esperaban era terminar hablando en voz baja, escondiendo sus mochilas y diciendo que estaban allí de turismo. “Yo soy una persona bastante impetuosa en el discurso”, explica Luaces. “Allí me mantenía con un perfil bajo, no, lo siguiente”.

Diana Luaces asegura que durante sus recorridos por las zonas donde permanecían los jóvenes pudo moverse sin problemas y que el miedo que sintió durante el viaje no procedió de ellos. “Te sonríen, te dan la mano, te agradecen”, contó a Nortes. Foto: Carolina Santos.

“¿Venís a la manifestación por la invasión?”

La iniciativa había nacido semanas antes alrededor de Esto ye Ciares, en Gijón, con el lema “Ante’l racismu, sofitu vecinal”. Recogieron productos no perecederos, material para curas, antisépticos, analgésicos, antiinflamatorios, mantas, esterillas y sacos de dormir. Paralelamente, abrieron una campaña de aportaciones económicas destinada a comprar productos de primera necesidad directamente en Ceuta.

El material salió de Asturias en una furgoneta alquilada. Lo dejaron en Sevilla, en un almacén desde el que se centralizan envíos para inventariarlos, paletizarlos y hacerlos llegar posteriormente en ferry. Ellas continuaron hasta Algeciras, dejaron allí el vehículo y cruzaron a pie. La tensión comenzó antes incluso de pisar Ceuta.

En el ferry, una mujer observó las grandes mochilas que llevaban y preguntó a Diana si iban a una manifestación. “¿A qué manifestación?”, respondió ella. “Por la invasión”, recuerda que le contestó. Diana dijo que no y su compañera le tocó la rodilla para evitar que la conversación fuese más lejos. Entonces llegó otra pregunta, si iban a los campamentos.

Parte de los 7.000 euros reunidos en Asturias se convirtió ya en Ceuta en alimentos y otros productos de primera necesidad, una fórmula con la que la iniciativa buscaba que las compras repercutiesen también en el comercio local. Foto: Carolina Santos.

Nada más desembarcar, cuenta Luaces, la Guardia Civil las identificó a ellas y a otro joven de origen marroquí. Según su relato, no vio que hicieran lo mismo con el resto de pasajeros. Todavía estaban en el puerto esperando a Carolina, la fotógrafa que llevaba ya varias semanas en Ceuta y que las acompañaría durante su estancia, cuando un hombre se bajó de un coche junto a otros tres y se dirigió directamente hacia ellas para preguntar si eran “de la ONG”. Diana negó que lo fueran.

Horas después comprendieron qué estaba ocurriendo. Aquel día se esperaba la llegada del colectivo navarro Negu Gorriak/Derecho a Techo y se había organizado una movilización contra su presencia. Ese mismo domingo, un grupo de personas atacó el vehículo en el que viajaban la diputada de Ceuta Ya! Julia Ferreras, el activista Rafael Borrego y la abogada Sofía Cánovas, después de confundirlos con personas vinculadas al colectivo. El coche sufrió la rotura de cristales y los ocupantes denunciaron que los agresores intentaron acceder a su interior.

Las asturianas acababan de llegar en medio de aquel clima. Pero el señalamiento hacia su iniciativa había empezado antes de que pusieran un pie en Ceuta. El 19 de septiembre, coincidiendo con la salida desde Gijón de la ayuda organizada por Esto ye Ciares, TPA Noticias publicó una información sobre la expedición. Sonsoles Peralta, portavoz del Grupo Municipal de Vox en Oviedo, reaccionó a esa publicación desde su cuenta en X. “Traidores, colaboracionistas y quintacolumnistas. Una invasión no se consuma sin estos agentes internos”, escribió la política ultraderechista.

La expedición asturiana llegó sin una estructura propia de reparto en Ceuta y se apoyó en las redes que ya operaban en la ciudad para distribuir las compras realizadas durante los dos días de estancia. Foto: Carolina Santos.

Refugiadas por quienes habían ido a ayudar

Desde el puerto, Carolina las llevó hasta la playa del Trampolín, donde había personas migrantes instaladas de forma precaria. Recorrieron la zona acompañadas por ceutíes musulmanes que colaboraban con quienes permanecían en los campamentos. Entonces apareció una movilización de motoristas con banderas españolas. “Nos fuimos corriendo. Fueron los propios migrantes los que nos resguardaron en sus tiendas para que no nos increparan”, recuerda Diana.

Habían recorrido más de mil kilómetros para prestar ayuda y terminaron siendo protegidas por las mismas personas a las que habían ido a ayudar. No fue el único momento en el que sintieron que debían vigilar lo que hacían.

Durante su estancia quedaron con un grupo de mujeres ceutíes que lleva desde el inicio de la crisis proporcionando comida y asistencia, especialmente a menores. Con ellas recorrieron establecimientos para transformar los fondos recogidos en Asturias en productos de primera necesidad. En una pausa entraron Diana, Irene, Leticia y Carolina en un restaurante. “Había un tipo allí con una pinta neonazi grabándonos mientras estábamos pidiendo el menú”, relata. Diana decidió marcharse. “Yo aquí no me quedo”, recuerda que dijo.

A esas alturas habían guardado las mochilas con las que habían llegado y trataban de pasar desapercibidas. “Yo me puse un vestido largo para pasar lo más desapercibida posible”, cuenta. La mañana de regreso, mientras esperaba el taxi que debía llevarlas al ferry, todavía pensaba en la posibilidad de que alguien conociese su hora de salida.

La ayuda recogida en Asturias pasó primero por Sevilla, donde fue inventariada y paletizada antes de cruzar el Estrecho. Las tres asturianas dejaron la furgoneta en Algeciras y embarcaron hacia Ceuta sin vehículo. Foto: Carolina Santos.

“Creo que ahora hay más odio a la ayuda humanitaria”

Diana insiste en separar lo que vio personalmente de aquello que le relataron las personas que trabajan allí de manera permanente. Durante sus dos días en Ceuta dice no haber presenciado ninguna agresión directa de vecinos contra personas migrantes. “Yo creo que ahora hay más odio casi a la ayuda humanitaria que a los propios migrantes”. Carolina Santos, la fotógrafa que las acompañó y que llevaba unas tres semanas en Ceuta, también había sufrido el señalamiento. Según relata Diana, la furgoneta rotulada que utilizaba apareció rayada con la palabra “puta”.

Su experiencia se produce en un momento en el que distintas organizaciones han denunciado una escalada de amenazas y agresiones. No Name Kitchen asegura que tras las manifestaciones del 26 de agosto y el 2 de septiembre uno de sus activistas recibió una bofetada, a otro le tiraron el teléfono al suelo y un tercero fue zarandeado. También afirma haber recibido más de 3.000 mensajes deseando la muerte a sus integrantes. Luna Blanca, que distribuye comida, ha denunciado decenas de llamadas amenazantes y que uno de sus trabajadores fue increpado en la calle.

El 12 de septiembre, la periodista Gabriela Sánchez, de elDiario.es, presenció cómo una patrulla militar permaneció durante unas dos horas junto a la base de operaciones de No Name Kitchen, dificultando la salida de las cajas destinadas al reparto. Las voluntarias denunciaron insultos, comentarios de carácter sexual y que uno de los militares arrojó ceniza sobre una de ellas. La organización ha llevado los hechos ante la Justicia.

La campaña recogió también productos básicos de higiene y otros artículos de uso cotidiano, además de alimentos, material sanitario y elementos para dormir. Foto: Carolina Santos.

Las mujeres ceutíes con las que trabajaron las asturianas viven esa presión de otra manera. Según explica Diana, algunas prefieren no aparecer fotografiadas y una de ellas le contó que sus vecinos llaman a la Policía cuando observan su actividad ayudando a los jóvenes. Diana escuchó también repetirse una acusación contra quienes llevan comida y otros productos básicos. “Sois los culpables de mantener aquí a la gente”. No se lo dijeron directamente a ella, precisa, sino que lo conoció a través de otras voluntarias. “Como si fueran perros, como si estuvieras alimentando a perros”, lamenta.

El rechazo a determinadas organizaciones humanitarias tampoco se desarrolla únicamente en la calle. El 4 de septiembre, Vox acusó a varias ONG, entre ellas Cruz Roja, de favorecer “la permanencia de los invasores en Ceuta” y sostuvo que algunas habrían proporcionado espráis de pimienta y materiales para fabricar artefactos explosivos caseros. Las acusaciones se alimentaban de informaciones difundidas días antes por medios de la derecha y la extrema derecha como La Gaceta, El Español y OKDIARIO que llegaron a afirmar que No Name Kitchen suministraba material para fabricar cócteles molotov.

Las comprobaciones posteriores desmintieron elementos centrales de ese relato. Mercadona negó haber denunciado ninguna compra atípica y el Ministerio del Interior aseguró a VerificaRTVE que ni la Policía Nacional ni la Guardia Civil estaban investigando a ninguna ONG por facilitar elementos para fabricar explosivos. La Policía Nacional señaló además a Maldita que no tenía información oficial de que las ONG estuvieran proporcionando espráis de pimienta a personas migrantes. El bulo, sin embargo, sigue circulando.

Dos días para gastar 7.000 euros

En Ceuta, las tres asturianas buscaron organizaciones vecinales con las que canalizar los 7.000 euros reunidos y Diana quería que el dinero llegase a diferentes iniciativas que estuviesen ayudando directamente. “A mí me daba igual que fueran musulmanes que no musulmanes, que cristianos. El tema era repartir ese dinero entre diferentes asociaciones”.

Finalmente, explica, una parte fundamental de su colaboración se produjo con un grupo de mujeres musulmanas que llevaba trabajando desde el comienzo de la crisis. “No encontré ninguna asociación de vecinos de Ceuta no musulmanes que hiciera ese trabajo”, señala, aunque introduce inmediatamente una precisión. “No digo que no exista”.

Las asturianas buscaron que las compras realizadas con el dinero recaudado se canalizaran a través de personas que ya conocían las necesidades sobre el terreno. Algunas de las mujeres que participaban habitualmente en esa red prefirieron no ser fotografiadas por temor al señalamiento. Foto: Carolina Santos.

Fueron aquellas mujeres y otros ceutíes musulmanes quienes las acompañaron durante buena parte de su estancia y les mostraron los campamentos, las playas y los lugares por los que habían llegado muchas de las personas migrantes. Diana asegura que se sentía tranquila cuando estaba con ellos. De su paso por la ciudad se lleva también una impresión personal, la de una convivencia frágil entre las comunidades musulmana y cristiana. Investigaciones sobre las relaciones interculturales en Ceuta han señalado desde hace años la persistencia de estereotipos y dificultades de integración entre ambas comunidades, pese al discurso institucional que presenta la convivencia como una de las señas de identidad de la ciudad.

Las personas ceutíes que las acompañaron tampoco negaban los problemas derivados de la llegada de decenas de miles de personas. Diana explica que admiten que dentro de una población tan numerosa puede haber personas que cometan delitos, pero rechazan que esos casos sirvan para definir al conjunto. “Eso es normal, como si haces una extrapolación a los españoles”.

La distribución implicó a personas que ya estaban trabajando en Ceuta y a los propios jóvenes. Diana cuenta que fueron esos contactos locales los que permitieron a las asturianas moverse por campamentos y zonas que desconocían. Foto: Carolina Santos.

Un chico de 14 años llorando

Cuando Diana deja de hablar del clima político y de la hostilidad, termina regresando a los menores. Es lo que más le preocupa después de volver. Habla de jóvenes que duermen fuera, de recursos saturados y de chavales que aparecen continuamente mientras recorres determinadas zonas.

Cuenta que una noche quiso dar 10 euros a uno que tenía hambre porque pensaba que estaba solo. Inmediatamente aparecieron otros alrededor y terminó gastando 35 euros en cuatro minutos. En ese entorno no describe una situación de miedo. “Les compras comida, no tienes ningún problema con ninguno de ellos. Puedes pasear tranquilamente”, asegura. “Te sonríen, te dan la mano, te agradecen”.

Y entonces recuerda a uno que tenía 14 años. Lo habían encontrado llorando. Según le explicaron, llevaba desde el 31 de julio solo y viviendo en la calle. Intentaron buscarle un lugar, pero los recursos para menores estaban saturados y el campamento en el que se encontraban ellas estaba destinado a mujeres y niñas. “Es que no hay solución para esos chavales”, dice Diana.

Después de dos días de compras, repartos y campamentos, Diana, Irene y Leticia tomaron a las seis de la mañana el ferry hacia Algeciras. Cuando Nortes habla con Diana el martes 22 de septiembre todavía están atravesando la Península camino de Asturias. Antes de despedirse, insiste una vez más: “Hasta que no bajé del ferry ya en Algeciras no me quedé tranquila”.

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