No hay nada más penetrante que un caso particular. No sé si hay faquires capaces de acostarse sobre puñales en punta, pero sé que ninguno es capaz de acostarse sobre un solo puñal, porque uno solo sí que se le clavaría. El desahucio de Maricarmen espesa a su alrededor un montón de emociones, datos, pautas morales, inquietudes, convicciones y malestares. No aturde ni confunde. Es un caso que aclara, que quita telarañas y muestra puras y cristalinas las cosas tal y como son. Y cuando las cosas están claras, los puños se aprietan y la movilización y presión social fermentan. Por eso, los ultras suelen provocar, crispar, acosar, mentir y desquiciar, lo hacen para entafarrar, porque sus generales conocen la fuerza de la claridad. Por eso, el choque de la democracia con ellos busca luz. Es el duelo de siempre entre la razón y el ruido y entre la franqueza y la ocultación. Pero un caso tan estridente como el de Maricarmen hace caer todas las máscaras y extingue todas las distracciones. Es un caso que desenreda todas las líneas de la maldad, de la injusticia y de las trapacerías del beneficio improductivo, del colesterol parásito que atrofia el sistema.
Algunos simios ultras intentan “desmitificar” a Maricarmen, y como buenos lacayos pretenden que la diferencia entre lo que ella pagaba al mes y el pastizal que quiere llevarse en las uñas el fondo buitre más o menos lo estaba robando la anciana, la muy jeta. Elisa Beni, que ya había propalado la culpabilidad de Mónica Oltra en aquel vergonzoso complot político y judicial y que lleva tiempo buscando cacho en la jugosa tarta de la infamia, culebrea con las opciones que le habían ofrecido a la obstinada anciana que no quería dejar su casa, la vieja no huele a trigo limpio. Pero admitamos que todo esto lo reproducen sus medios con desgana. Como digo, el caso es tan nítido que las formas habituales de intoxicación se desmayan ante la contundencia de la maldad (hasta en la prensa internacional sale la foto de Maricarmen). Así que intentan quitarse a Maricarmen de encima endosándosela a Sánchez, más no pueden intentar. Por cierto, Ayuso debería guardar sus secretos. Una táctica antigua que le enseñó MAR es atribuir al adversario las maldades propias, para enredar. Eso tiene la consecuencia de que las balas contra el enemigo llevan impresas esas maldades propias. Y ahí es donde tiene que ser cauta. Dijo que Sánchez busca deshumanizarla y acosarla. Deshumanizar y acosar es una parte del librillo ultra que ella debería guardar en secreto y no mostrarlo lanzándolo contra Sánchez.
Los hechos. Un montón de policías se plantan en el domicilio de una anciana de 87 años, discapacitada, para echarla de la casa en la que vive desde hace 70 años, porque un fondo buitre quiere sacar más pasta. La discapacidad de Maricarmen es del 50%. Una discapacidad del 50% con 87 años encima te aleja mucho de una vida normal. Pero la ley dice que, para que tu discapacidad te dé derecho a mantener el contrato de alquiler, la discapacidad ha de ser del 65%. No llega, diría el equipo jurídico de los buitres restallando los dedos (“no necesito pistoleros, necesito abogados”, decía Michael Corleone). Lo que se hizo fue legal, las leyes permiten una injusticia tan palmaria. Pero no era lo único legal que se podía hacer. A los fondos buitre, como es habitual en entidades malignas, les gusta el anonimato y lo consiguen siendo genéricos: fondo buitre, sin nombre, sin nombres. Para ser incógnito por genérico, hay que ser canónico. No se puede ser medio bueno, hay que ser un mamón esférico. Así que el fondo no aceptó un nuevo contrato con sus pretensiones, pero con una tercera persona (que ya se había ofrecido) que pagase la diferencia pretendida por el fondo y ni siquiera aceptó un aplazamiento previsto en la ley de 15 días. Son cosas del anonimato: para ser una silueta negra, un fondo buitre sin nombre, hay que canónicamente cabrón, o en caso contrario ya eres especial y acabas teniendo nombre.
Decía que el caso de Maricarmen desenmaraña y aclara. Los fondos, los bancos y los grandes poseedores vuelcan sus dineros en una necesidad vital fuera de control. Alteran el mercado, los propietarios más pequeños consiguen unas rentas altísimas, hay tensión social y, en medio de la tensión, se extiende, como una trinchera, la convicción de que la propiedad es lo primero y de que tienen derecho a alquilar ¡un pasillo! por quinientos o mil euros en Madrid y Baleares. Todo el mundo apura sus intereses hasta el límite de la horma. Los tiburones huelen la sangre y los que no lo son acaban contagiándose. No es un problema social. Es un colapso, una emergencia nacional que exige exprimir la Constitución. Más de una generación sin salir de casa o trabajando íntegramente para quien pone la mano a fin de mes, personas de alta cualificación trabajando para entregar su salario como renta parásita hace al país un enfermo necesitado de atención urgente. Es lo que pasa cuando se entregan las necesidades vitales al lucro. ¿Qué creen que pasará si entregan nuestra salud, nuestra pensión o nuestra educación a los tiburones? El caso de Maricarmen nos tira a la cara un aspecto básico de la construcción social. Los derechos son actuaciones que se hacen para protegernos unos a otros y para garantizarnos unos a otros nuestras legítimas oportunidades. Los derechos escritos en la ley no sirven de nada si no hay actuaciones que hagan eso que reza el derecho. No sirve de nada tener derecho a la salud si no tenemos un hospital con personal y dotación que nos opere. Los ricos no quieren pagar los impuestos que suponen los servicios públicos y no quieren que se les limite el lucro con nuestras necesidades. La vivienda es un derecho reconocido, pero sin actuaciones públicas que lo sustancien. Con la vivienda se hace lo que quieren los ricos y lo que relata como un loro Almeida: nada. Claro que Sánchez tiene su responsabilidad. Pero no la que le endilga el facherío. Otra más delicada que señalaremos.
La policía empleando la fuerza para sacar a la anciana y desalojar a los indignados que no se resignaban a semejante espectáculo, y la crueldad e insensibilidad extremas en las actuaciones de los buitres nos ponen cristalina una obviedad que no se mira de frente. El colapso de la vivienda no tiene solución apacible ni posibilidad de entendimiento y acuerdo. Es una confrontación abierta y descarnada. Pero eso solo parece saberlo una parte: la parte que te dice que vivas en un pasillo por mil euros al mes porque el piso es suyo, la que mueve a sus picapleitos para que la policía saque a rastras a una anciana discapacitada de la casa en la que vive hace 70 años. La otra parte, todos nosotros, debe entender que es una confrontación. Y esa es la responsabilidad de Sánchez y el Gobierno. Ni los incentivos fiscales ni la construcción de viviendas serán suficientes en una situación de combate. Habrá que pasar a severos castigos fiscales, a expropiaciones, a leyes que marquen límites. Tiene que intervenir el estado con la Constitución, la justicia y la humanidad en la mano.
No hay ningún derecho que no tenga su mezquino aprovechado. Es un derecho estar de baja cuando enfermas, y siempre hay jetas que encuentran resquicios para no hincarla aprovechando ese derecho. Eso ni es general ni pone en cuestión ningún derecho básico. Con una fuerte intervención sobre la vivienda por supuesto que aparecerán los pícaros cutres a chupar de bote. La propaganda ultra, la de los ricos, aprovechan y aprovecharán estas conductas para generalizar y demonizar a la gente necesitada de la protección. En el caso de la vivienda ya se inventaron una legión inexistente de okupas para que toda actuación para que la gente pueda vivir en algún sitio parezca complicidad con el crimen. Con eso hay que contar. Ellos saben que esto es una confrontación. Por eso mienten e intoxican, por eso … ¿cómo era lo del librillo de Ayuso? … deshumanizan y acosan. Ellos están en combate. El Gobierno debe verlo así, esa sí es responsabilidad de Sánchez. Maricarmen quitó ruido y telarañas y mostró las cosas como son.



























