Hemos visto en Gaza cómo los colonos atacaban a los vehículos que intentaban acceder a la Franja con alimentos y medicinas para los palestinos que agonizan de hambre y enfermedades derivadas del asedio genocida; vemos ahora cómo, en España, se amenaza y golpea a quienes tratan de ofrecer ayuda a los inmigrantes que todavía están en las calles de Ceuta. Hemos visto a los soldados israelíes y a los colonos quemar las tiendas de los campamentos de refugiados, quemar vivos a sus ocupantes; vemos cómo ahora, en Vigo, un español muy español quema el colchón en el que dormía a la intemperie un hombre sin hogar. Al presunto, que se había ido a una terraza a tomarse algo después de su hazaña, la policía lo detuvo acusado de un delito de tentativa de homicidio. Hemos visto cómo el estado genocida de Israel afirmaba que la Agencia de Naciones Unidas para la población refugiada de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA), que ofrece ayuda sanitaria y servicios educativos a millones de palestinos, es una organización terrorista y, en consecuencia, ataca a sus miembros y destroza sus instalaciones; vemos ahora en España cómo se persigue y se insulta a la Cruz Roja al grito de “mafia”, cómo se vandalizan sus instalaciones con pintadas tan originales como “zorras”, “guarras”, o cómo algunos, envueltos en banderas de España, tratan de linchar a miembros de ONGs.
Hemos llegado tan lejos que, en las raras ocasiones en las que se presentan disculpas, o algo parecido a eso, la explicación consiste en un “es que nos confundimos”. El linchamiento en Ceuta ocurrió porque los agresores creyeron que la diputada y el abogado y activista atacados eran miembros de la asociación navarra Negu Gorriak / Derecho a Techo, supuestamente “proetarra”, en realidad dedicada a ayuda humanitaria a los sintecho. Lo de “proetarra” era un bulo, pero la pregunta es, ¿se justificaría el linchamiento si realmente hubieran sido “proetarras”? La respuesta obvia es que sí, para mucha gente sí, para demasiada gente sí.
No tiene ninguna gracia. Da miedo. Decir, con Sócrates, que es mejor sufrir las injusticas que cometerlas, saber que lo que hacen estas hordas, aquí y allí, tiene consecuencias peores en ellos mismos que en sus víctimas, es verdad, pero ni es un consuelo ni tiene efectos prácticos. Lo que hacen les pasa también a ellos y lo que les pasa es que se convierten en basura, una basura infinita. Pero dejan demasiado dolor a su paso. Nos indigna que tanta brutalidad no sea juzgada ni tenga castigo, que quienes podrían hacerlo no les exijan cuentas, pero tan preocupante, o más, es que sus responsables no se exijan nada a sí mismos. Los argumentos de la tragedia griega están llenos de crímenes terribles, muchos de ellos cometidos “por error”, padres que matan a sus hijos creyendo que son los hijos de otros, como Heracles, hijos que matan a ancianos sin saber que son sus padres, como Edipo. En otras ocasiones no hay confusión, sino deliberación plenamente consciente, como cuando Orestes mata a su madre, o Medea a sus hijos; pero ni la confusión, cuando existe, ni los juicios absolutorios, si los hay, borran el horror, esa mancha que los griegos llamaron “miasma”, porque no se trata sólo de lo que los demás, o la ley, te exija, se trata de las cuentas que debes rendir ante ti mismo. De estas exigencias vemos poco en la actualidad.
Queda una esperanza, lo ha dicho Borja Sémper: cuando ellos ganen, todo será poesía. Borja, cual Circe de efecto inverso, tocará con su varita a los Aznares, Feijóos, Cayetanas, Ayusos, Tellados y Estheres y de sus labios brotarán palabras dulces como la miel y sólo se llevarán fruta a la boca para comerla, no para insultar al presidente. Todos ellos entonarán los versos más hermosos y sus rebaños no llamarán zorras y guarras a las mujeres de las ONGs que llevan comida y agua a los que duermen en las calles, ni su policía revisará las bolsas de la compra de las jubiladas por si llevan acopio de bocadillos para repartir entre quienes no tienen qué comer, ni los chicos de familias bien hostiarán a los rojos y a los maricones. De las lesbianas no digo nada, porque dejarán de existir, de hecho nunca existieron, como bien sabía la Reina Victoria. Y nuestro país, como pide Aznar, volverá a estar en las mejores relaciones posibles con el estado de Israel.
Ningún genocidio está cometiendo Israel en Gaza y Cisjordania, lo niega Aznar, lo niega Cayetana, lo niega Almeida, lo niega Borja el Moderado. Cuando ellos ganen, los palestinos seguirán siendo asesinados, pero denunciarlo será delito; se cortará el grifo a las organizaciones humanitarias por mafiosas y, una vez eliminadas, nadie las atacará; las calles se llenarán, todavía más, de terrazas y no de gente durmiendo en colchones viejos que nadie, entonces, quemará, y las mujeres cocinarán, pero para sus maridos, no para repartir entre desharrapados. Todo será poesía, no habrá nada que denunciar, nada de lo que rendir cuentas, nada que exigirnos a nosotros mismos. “Teníamos un problema y lo hemos resuelto”, así, con esas inolvidables palabras de Aznar en la mente, apoyaremos la cabeza en la almohada y a dormir de un tirón. Ni una anciana desahuciada, ni un niño palestino quemado con fósforo blanco, nada nos quitará el sueño, ni una palabra más alta que otra se escuchará en el edén.
El que pueda deshacer que deshaga, por favor, esta pesadilla.



























