El extraño caso de Gonzalo Suárez

Con un pie en el cine y otro en la literatura, el asturiano fue desde sus inicios una rara avis en la industria cinematográfica española.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

El escritor y director de cine Gonzalo Suárez ha fallecido este martes en su domicilio de Madrid a los 92 años. Nacido en Oviedo/Uviéu en 1934, pero criado en Madrid, donde la Guerra Civil sorprendió accidentalmente a su familia en el verano de 1936, Suárez desarrolló durante más de seis décadas una trayectoria que transitó entre la literatura, el periodismo y el cine, su faceta más conocida.

Hijo de Gonzalo Suárez Gómez, ovetense, catedrático de francés, expulsado de la enseñanza tras la guerra por sus ideas republicanas y socialistas, Suárez no fue a clase hasta los 10 años, recibiendo clases de su progenitor hasta que pudo ingresar en el Liceo francés de Madrid.

Durante sus estudios de Filosofía y Letras en la universidad madrileña entró en contacto con el mundo del teatro, y comenzó a escribir, dirigir y protagonizar obras. Posteriormente se trasladó a París, donde conoció a su mujer, Hélène Girard, madre de sus cuatro hijos.

Su carrera cinematográfica comenzó en los años sesenta en Barcelona, ciudad a la que llegó tras su paso por Francia, y estuvo marcada por la experimentación, la mezcla de géneros y una particular relación entre realidad y fantasía. En sus primeros años fue una figura relevante de la llamada Escuela de Barcelona, un grupo informal de cineastas entre los que sobresalen nombres como Joaquim Jordà, Pere Portabella, Vicente Aranda, el también arquitecto Ricardo Bofill, o Jacinto Esteva.

La libertad creativa, la experimentación y la influencia de la Nouvelle Vague marcaron a una Escuela de Barcelona en la que solo Aranda y Suárez llegarían a consolidar una carrera cinematográfica dentro de la industria. La gran diferencia entre Aranda y Suárez es que mientras el primero optaría por un cine realista que poco tenía que ver con el de sus primeros años, el asturiano se mantendría fiel a un estilo muy anómalo para la industria española, y que tiene muy poco que ver con el de sus contemporáneos. Era consciente de su excepcionalidad, e incluso de su fortuna, de que alguien tan extraño lograra sobrevivir como profesional en un sector tan complicado. “He tenido suerte, pero no éxito” resumía sobre su trayectoria Suárez en una entrevista de febrero de este mismo año en el diario El País.

Dirigió más de una veintena de largometrajes, entre ellos El extraño caso del Doctor Fausto, Ditirambo, Epílogo, La Regenta, un encargo que tiene poco que ver con el resto de su obra, Parranda, El detective y la muerte, Mi nombre es sombra y Oviedo Express, su última obra en el cine comercial.

Un joven Gonzalo Suárez. Foto: Colita. Exposición COLITA. ARTE Y PARTE. Centro Niemeyer.

Trabajó con bajos presupuestos y con grandes producciones. En los últimos años incluso dirigió pequeñas películas domésticas con cámara digital. Su obra más exitosa, y probablemente también la mejor, es Remando al viento, una rara avis para el cine español de los 80, centrada en la escritura de Frankenstein por Mary Shelley, y con un reparto internacional en el que destaca un entonces desconocido Hugh Grant. Caso insólito para la industria, fue una superproducción, un taquillazo y a la vez una película de culto, profundamente literaria, que aguntó durante meses en los cines. Rodada en Noruega, el concejo asturiano de Llanes y las afueras de Madrid, la película, en la que Frankestein cobra vida y va asesinando a los amigos y familiares de Shelley, le valió en 1989 el Goya a la mejor dirección y la Concha de Plata del Festival de San Sebastián. Como curiosidad, el rodaje de Remando al Viento también tiene su lugar en la historia de la prensa rosa, ya que dio pie al sonado romance entre Grant y Elizabeth Hurley, que interpretaba un papel secundario en la película.

A pesar de tener algunas obras notables, ninguna de sus posteriores películas tendría tanto éxito como Remando al Viento. En 1995 estrenaría “Mi nombre es sombra”, otra película rodada en Llanes, muy emparentada con su obra más famosa, y en la que el juego entre literatura y realidad toma como pretexto “El doctor Jekyll y el señor Hyde” de Robert L. Stevenson.

Gonzalo Suárez en “Ditirambo”.
“Remando al viento”
“El detective y la muerte”

Su cine está intimamente asociado a Llanes, donde pasaba temporadas, y donde se rodaron muchas de sus películas, y donde llegó a vislumbrar la posibilidad de un rodaje con el cineasta norteamericano Sam Peckinpah. Un proyecto fustrado por el alcoholismo y el carácter violento del cineasta norteamericano, con el que Suárez rompería su amistad tras un episodio de violencia contra una mujer por parte del creador de “Grupo Salvaje”.

Suárez nunca fue únicamente cineasta. Antes y durante su carrera cinematográfica cultivó también la literatura. En Barcelona, donde comenzó su trayectoria profesional, publicó sus primeros libros y trabajó como periodista deportivo bajo el seudónimo de Martín Girard. En los últimos años había vuelto a concentrarse especialmente en la escritura, un arte en el que había debutado en 1963 con el libro “De cuerpo presente”.

La Academia de Cine le concedió en febrero de 2026 el Goya de Honor por una trayectoria de seis décadas. “Es un galardón postumo” ironizó entonces el cineasta asturiano.

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